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13/09/23
Temas: Arte | Cultura
Regiones: Chile
Levántate y mírate las manos, Víctor Jara
Por Norberto Codina

Levántate y mírate las manos /Víctor Jara /pan trigueño donde florecen /amandas y rosas increíbles. /Crece canto que vino /para brotar de la gota del tiempo /del dibujo del martillo /de la armadura de la parra. /Crece canto que vino /y va a morir y ha de volver /porque busqué el Mapocho y lo he encontrado /en el vientre de tu palabra.
Canto (octubre de 1973).

Richard M. Nixon, por entonces presidente de Estados Unidos, y Henry A. Kissinger, en ese instante su consejero de Seguridad Nacional y que al sábado siguiente se iniciaría como su secretario de Estado ―por demás, uno de los creadores del Plan Cóndor―, sostuvieron este diálogo, cinco días después del 11 de septiembre de 1973, fecha en que se consumó el golpe de estado en Chile en contra del gobierno constitucional de Salvador Allende. El contexto, un fin de semana cuando la dictadura militar ya era un hecho:

“‘Lo de Chile se está consolidando’, le informó Kissinger, desestimando las críticas de algunos medios al derrocamiento de un gobierno democráticamente electo en ese país. ‘En la época de Eisenhower seríamos héroes’, comentó.

‘Nuestra mano no se nota en este caso sin embargo’, observó Nixon.

‘Nosotros no lo hicimos. Es decir, los ayudamos’, estableció Kissinger.

Ese diálogo, uno de los varios registros desclasificados por Washington a lo largo de los años, es parte de las evidencias sobre el rol que tuvo EE.UU. en la caída del presidente socialista de Chile, Salvador Allende, y el quiebre institucional y social que provocó”.[1]

Mientras se desarrollaba esta cínica conspiración de la que se cumplirán cincuenta años, justo ese domingo 16 de septiembre era asesinado a mansalva, acribillado con 44 disparos —después de cuatro días de ser torturado y mutilado—, el cantautor y activista social Víctor Jara. Como anticipo siniestro de “una muerte anunciada”, el día 12 por el vespertino La Segunda —parte del emporio progolpista El Mercurio—, informa que el cantante Víctor Jara “ha fallecido de manera no violenta, y que su sepelio ha sido de carácter privado”.[2] En realidad, durante esas horas Jara estaba siendo torturado y sería asesinado cuatro días después.

Al cumplirse medio siglo de aquellos dramáticos acontecimientos, el poder universal de los grandes medios hegemónicos para reconstruir la historia en función de sus intereses y enmascarar los hechos, ha multiplicado su capacidad de enajenar amplios sectores de la sociedad.

Y el Chile de hoy, aún con un gobierno progresista donde están hijas y nietas de figuras relevantes de la Unidad Popular con los apellidos de mártires notables del golpismo como Toha y Allende, entre otros, constituye un triste ejemplo de esa enajenación mediática: “…según el sociólogo chileno Hugo Rojas, seis de cada diez chilenos son ‘hostiles, indiferentes o ambivalentes’ a la hora de hablar sobre los abusos cometidos durante el golpe liderado por Augusto Pinochet”;[3] y donde dice “abusos” debería decir crímenes.

La sentencia que en estos días leemos sobre la condena a siete militares implicados en el caso Víctor Jara —y con la noticia del suicidio de uno de los oficiales condenados—, develan a cincuenta años de su asesinato las fracturas de un país donde todavía no hay consenso en condenar el golpe de septiembre del 1973.

La figura de Jara, músico, cantautor, profesor, escritor, y director de teatro, es un símbolo internacional de la llamada “canción protesta”, y uno de los más representativos del movimiento músico-social llamado “nueva canción chilena”, un referente en la música latinoamericana.

Embajador cultural de la Unidad Popular cuando Allende llega al poder, en esa condición viajó por diferentes latitudes. Dirigió el homenaje a Pablo Neruda al merecer este el Premio Nobel, y a un llamado del autor de “Canto general”, colaboró como director y cantante en un ciclo de programas de televisión contra la guerra y el fascismo.

La figura de Jara es un símbolo internacional de la llamada “canción protesta”, y uno de los más representativos del movimiento músico-social llamado “nueva canción chilena”.

Canciones suyas como “Plegaria a un labrador” y “El derecho de vivir en paz”, se convirtieron en himnos para la juventud de entonces. En un listado elaborado por la mítica revista Rolling Stone, publicado el 3 de junio de 2013, se reconoce a Víctor Jara como uno de los “quince rebeldes del rock & roll”, el único latinoamericano en integrar dicho canon.

Como homenaje a su memoria, treinta años después del golpe militar, en septiembre de 2003, se puso su nombre al hasta entonces Estadio Chile, plaza que fuera mudo testigo de su martirologio.

Su vínculo con Cuba fue de larga data. Llama la atención que como director teatral en fecha temprana como 1966 asume la puesta de La casa vieja —mención dos años antes del Premio Casa—, de nuestro Abelardo Estorino. 

El concierto que ofreció en Casa de las Américas en 1972, es de los hitos que allí se atesoran. De sus lazos con la isla, su viuda Joan Jara, en el contexto de tener a esa institución como anfitriona, “rememora con especial cariño este viaje que, en esta ocasión, fue en familia: ‘Una de las mejores cosas fue la visita que hicimos a Cuba (…) Víctor había sido invitado a dar recitales por toda la isla y yo a dar clases de danza (…) conocimos a Haydée Santamaría (…) a Haydée le gustaban sus canciones y su modo de cantar y la comprendo, pues suya es la frase: ‘algunos músicos aman la música, pero otros aman al pueblo’”.[4]

Como Faya, Vicente Feliú —que siempre recordaba haber sido testigo de esos recitales—, y tantos conocidos y amigos, rememoro que estuve presente esa noche, memorias que, como mi asistencia a los recitales de Mercedes Sosa o Soledad Bravo en aquella Casa de todos, integran mi tributo a la nostalgia.

“En la noche del 4 de marzo de 1972, yo estaba sumergido entre la multitud que seguía atenta el quehacer de Víctor Jara en la sala grande de la Casa de las Américas…”. Así se inician las notas del músico Alberto Faya, uno de los fundadores de la Nueva Trova, en la edición del disco Víctor Jara en Cuba, realizado por los veinte años de su desaparición física, que contiene la grabación en vivo de aquel memorable concierto.

En el repertorio de aquella velada se registran clásicos de creadores emblemáticos como “Preguntitas sobre Dios”, de Atahualpa Yupanqui; “La carta”, de Violeta Parra; u otras de su autoría, entre las más conocidas, como “Plegaria a un labrador”; “Te recuerdo Amanda”; “Las casitas del barrio alto”; “Ni chicha ni limoná”.

Como Faya, Vicente Feliú —que siempre recordaba haber sido testigo de esos recitales—, y tantos conocidos y amigos, rememoro que estuve presente esa noche, memorias que, como mi asistencia a los recitales de Mercedes Sosa o Soledad Bravo en aquella Casa de todos, integran mi tributo a la nostalgia.

En julio de 1973 visité Santiago de Cuba, en compañía, entre otros colegas, de Francisco Pancho Noa, por entonces director de El Caimán Barbudo. Alguien ya fallecido y a quien siempre recordaré por la transparencia que demostró como amigo.

Como compromiso natural, era ineludible la visita a la Casa de la Trova Pepe Sánchez, sita en la emblemática calle Heredia. El sitio que, a diferencia de Pancho, yo visitaba por primera vez, me deslumbró en toda la autenticidad espiritual de su bohemia y tradición. 

Entre los temas sobre lo que conversamos estaba el de una foto —que descubrimos en una de las paredes—, donde él aparecía junto al cantor chileno, ambos de recorrido por la institución trovadoresca, cuando Noa lo acompañara en una gira por el oriente del país. Costó trabajo convencer a dos entusiastas habituales, tragos mediante, de que Pancho no era chileno.

Por esas fechas Jara, empezando por Cuba, gozaba de una creciente popularidad. Su música acompañaba nuestras reuniones en casa de amigos y tertulias diversas, marcando a mis compañeros de generación, en el nombre de hijas; canciones preferidas; letras recordadas; amigos que ya no están.

A raíz de su muerte, escribí un breve poema que unos meses después incluí en mi primer libro. A cincuenta años de su asesinato no debe olvidarse su memoria y lo que representa, y que su leyenda, como en aquellos ingenuos versos veinteañeros, sea fiel a esta divisa: crece canto que vino /y va a morir y ha de volver…

Fuente:
Cubarte

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