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09/08/21
Regiones: Mundo
Cambio climático y catástrofes naturales: por qué el futuro inmediato es impredecible
Por Ruperto Concha

Hay que ser muy “empeñosamente” estúpido para no darse cuenta de que se nos está viniendo encima una catástrofe horrorosa. Y no para un futuro cómodamente futuro. ¡No!… Es para ahora mismo.

Démonos cuenta de lo que está pasando en este mismo instante en todo este magnífico y pequeño planeta en que vivimos. La bióloga británica Emily Carrington estaba en la costa noroeste de Estados Unidos y Canadá, el 5 de junio pasado, justo cuando la cúpula de calor alcanzaba allí los 40ºC, en Alaska.

Ese día también se produjo la marea más baja del año, que despejó kilómetros y kilómetros de playa. Y lo que ella presenció fue la muerte de millones de animalitos marinos asfixiados. Según los cálculos, ese 5 de junio, entre Alaska y la Columbia Británica, perecieron, fíjese Ud., alrededor de mil millones de seres, mariscos, cangrejitos, gusanitos de mar… Eso es lo que pasó el 5 de junio.

La Tierra, la Madre Tierra, la Pachamama. Según informe de la Academia Nacional de Ciencias Sociales de Estados Unidos, el 99% de todos los seres humanos vivimos entre 0 y  dos mil 400 metros sobre el nivel del mar, y el 70% de toda la superficie terrestre está sumergida bajo el mar.

La población humana actual es del orden de los ocho mil millones de seres repartidos irregularmente en los 153 millones de kilómetros cuadrados de tierra firme. Eso da, aproximadamente, 50 personas por cada kilómetro cuadrado del planeta en que vivimos.

Si la Tierra fuera un ser vivo y nosotros fuéramos microbios, la pobrecita estaría agonizando.

¿Qué es lo que la Tierra nos está mostrando en estos momentos?… y, ¿cómo estamos respondiendo a ello?…

En Estados Unidos, el sur de Europa, parte de Rusia, Turquía y el sur de Irán, se han producido temperaturas extremadamente altas, sin precedentes, acompañadas de una sequía ruinosa para la agricultura, y que, además, ha desatado enormes y calamitosos incendios de bosques con destrucción de vidas y pérdidas por miles de millones de dólares.

Junto con las altas temperaturas y las sequías, muchos de los ríos y lagos más grandes e importantes del mundo están disminuidos dramáticamente, mientras en otras regiones lluvias excesivas han provocado inundaciones demoledoras.

El gran río Paraná, vital para Argentina, Brasil, Bolivia, Paraguay y Uruguay, y tan caudaloso e importante como el Mississippi de Estados Unidos, ha disminuido su caudal a menos de la mitad, debido a la falta de lluvias. De hecho, ya su profundidad ha bajado al extremo de no permitir la navegación de buques oceánicos.

En la misma zona, incluyendo la Amazonía de Bolivia, Brasil y Paraguay, por falta de agua y por la destrucción que realizan los madereros, ya la selva está produciendo más anhídrido carbónico que oxígeno pues el crecimiento de arbolitos nuevos es mínimo mientras la putrefacción de restos de los árboles talados emite más gases con efecto invernadero.

En Brasil, la lluvia ha ido disminuyendo, y esta temporada no llegó ni siquiera a 800 milímetros de agua cuando lo normal es de mil 800 milímetros de agua lluvia.

En Bolivia, el gran lago semi salado Poopó, que producía anualmente tres mil toneladas de peces, este año se secó por completo, se convirtió en una especie de cráter estéril con costras ponzoñosas.

Y aquí, en Chile, la falta de lluvias ha provocado un irresistible avance hacia el sur de los desiertos del norte. Ya el desierto de Atacama se tragó casi por completo la región de los valles transversales, dejando apenas unos diminutos oasis. Y la desertificación no ha parado ahí. De hecho, todas las regiones del norte chileno, de la Primera hasta la Quinta, incluyendo la Región Metropolitana, enfrentan una sequía que está aniquilando cualquier forma de agricultura.

La falta de lluvias unida al aumento de la temperatura no solo está convirtiendo en desierto los alrededores de Santiago. Además, los caudales cordilleranos, incluyendo los ríos Aconcagua, Mapocho y Maipo, precariamente alcanzan para las necesidades básicas de agua de la población, y ya no se puede contar con energía hidroeléctrica para la zona central.

A tal extremo se ha llegado que el gobierno del señor Piñera resolvió volver a poner en marcha las centrales termoeléctricas a base de carbón de Puchuncaví y Talcahuano, que habían sido cerradas por sus emisiones atrozmente polucionantes.

Con eso, Chile queda en calidad de incumplimiento de sus compromisos internacionales en términos de reducir la generación de anhídrido carbónico, principal gas con efecto invernadero.

Peor aún, para enfrentar el desastre del cambio climático, Chile está intensificando las causas del desastre climático.

Pero todo esto es apenas una parte menor del desastre que está produciéndose. En Alaska y Canadá, así como en la Siberia rusa, el aumento de la temperatura ya está produciendo deshielo del terreno subterráneo, que se mantenía congelado invariablemente a pocos metros de profundidad incluso durante el verano.

Ese deshielo de ahora permite que grandes depósitos de gas metano, que estaban atrapados bajo la tierra congelada, ahora estén borboteando hacia la superficie y la atmósfera. Y, oiga, el gas metano tiene un efecto invernadero tres veces más intenso que el del anhídrido carbónico, y eventualmente puede encenderse provocando incendios y una polución aún mayor.

Al mismo tiempo, las temperaturas extremas que se están produciendo en Estados Unidos y otras regiones, genera la formación de burbujas de aire muy caliente y seco, que se elevan súbitamente hacia la estratósfera. Esas masas calientes y livianas, que suben llevando temperaturas hasta 60 grados mayores que las del heladísimo aire estratosférico, lo empujan hacia abajo desplazándolo, provocando con ello inesperadas olas de frío glacial que desciende desde la estratósfera, como la que afectó a Europa este año provocando congelamiento de ríos y lagos en plena primavera.

Es decir, recalentamiento en algunas zonas puede provocar fríos extremos en otras, tal como las sequías en una región van acompañadas de lluvias torrenciales con destructivas inundaciones en otra región.

Todos los trabajos científicos concluidos en los últimos dos años han confirmado sin lugar a dudas que la polución atmosférica ha provocado que nuestro planeta ya sea incapaz de equilibrar la energía que recibe del sol, reflejando el exceso de vuelta al espacio. Ahora el planeta solo puede reflejar una cantidad insuficiente de esa energía y entonces va acumulándose ella, sobre todo en los océanos.

Y precisamente son los océanos los que configuran una especie de arquitectura de corrientes marinas formadas por masas de agua caliente que van al encuentro de masas de agua muy fría. Aquí en Chile, la corriente fría de Humboldt que recorre nuestras costas de sur a norte con una velocidad de alrededor de tres millas náuticas por hora, es impulsada por la corriente cálida que baja por el Pacífico central rodeando a Australia.

Gracias a esa corriente fría, las aguas costeras de Chile llegan enriquecidas de oxígeno disuelto, que permite proliferar la vida marina, y que, además, favorece la formación del viento sur, bastante frío y de presión baja atmosférica, que choca con el viento norte cálido, de alta presión y cargado de humedad, provocando con ello las abundantes lluvias que caracterizaban el clima de nuestro país.

Ahora, por el calentamiento de los océanos, la corriente de Humboldt se ha debilitado, se ha entibiado y con ello también se ha debilitado el viento sur en su capacidad de estrujarle la humedad al viento norte. El resultado es la sequía que nos está afectando.

Un fenómeno similar, aunque de mayor intensidad y en dirección opuesta, está produciéndose en el Atlántico Norte donde se forma la poderosa Corriente del Golfo, que lleva agua muy cálida del Mar Caribe y el Golfo de México, hacia el Atlántico norte, con lo que genera un valioso aumento de la temperatura ambiente en toda la Europa Occidental, especialmente Portugal, Irlanda, las Islas Británicas y Noruega.

El agua cálida de la Corriente es más liviana que el agua muy fría del Ártico y Groenlandia. Entonces, el agua tibia del Golfo avanza hacia el Norte por la superficie, mientras que el agua helada, más pesada, se desplaza rumbo al Sur a mayor profundidad.

Pero ahora el calentamiento de la atmósfera está haciendo desaparecer los campos de hielo de las costas canadienses y Groenlandia. Con ello, disminuye la masa de agua fría que se hunde dejando el paso al agua cálida del sur.

Si ese proceso no se detiene, y el deshielo del Ártico continúa, el Atlántico Norte dejará de recibir el cálido aporte de aguas tropicales y el efecto climático de eso será terriblemente negativo para toda Europa.

Asimismo, al interrumpirse esa corriente, las aguas del Caribe se calentarán todavía más, y parte de esa energía la traspasará al aire junto con mucha humedad. Es decir, se acumulará en el Océano Atlántico tropical una carga de energía suficiente para desatar sucesivos huracanes y tornados de enorme intensidad y eventualmente unidos a lluvias torrenciales.

En tanto, los efectos de la pandemia de Covid-19 y sus variantes han tenido un efecto inquietante en la economía mundial. Un efecto que todavía no ha sido bien entendido por los economistas ni tampoco por los políticos.

Como fuere, la necesidad de los países occidentales de paliar el impacto social y empresarial de la pandemia, ha llevado a la emisión de sumas gigantescas de dinero. Sumas que no han sido acompañadas por un aumento de la producción de bienes o de servicios.

De hecho, tanto Estados Unidos como Europa, Japón, la India y Australia, han aumentado su endeudamiento, poniendo en circulación, en cambio, muchísimo dinero en manos de presuntos consumidores. Sin embargo, la abundancia de dinero, o sea un aumento de la demanda, no ha encontrado el necesario aumento de bienes y servicios que se ofrezcan, es decir que no ha habido aumento de la oferta frente al aumento de la demanda.

El efecto ha sido, naturalmente, una inflación desatada. Hasta ahora no se han dado a conocer las cifras involucradas con precisión, pero el aumento de precios de algunos productos ha sido más que alarmante. Por ejemplo, el precio de la bencina y del gas licuado.

Se informó ya que el precio del gas natural licuado ha subido en un mil por ciento en relación con el precio al comienzo de la pandemia, en octubre de 2019. Ahora vale 10 veces más.

Y se prevé que seguirá subiendo de precio porque la demanda sigue aumentando, pues el gas natural es la única alternativa eficiente a los combustibles fósiles tradicionales, el petróleo y el carbón.

Aquí en Chile la inflación ya se está haciendo sentir muy intensamente en los precios de los productos farmacéuticos, materiales de construcción, alimentos de súpermercados y combustibles. El gas licuado en Chile está al doble de su precio de un año atrás, y se teme que la bencina pueda llegar  los mil pesos el litro. Es decir, la abundancia de dinero por los retiros de fondos de pensiones y otros auxilios financieros entregados por el Estado, está teniendo un efecto inflacionario que puede causar gravísimo daño social.

Recordemos que, de hecho, la inflación viene a ser un “impuesto a la gente económicamente más modesta”.

Los gobiernos de la Unión Europea (UE) han dejado en claro que no es posible buscar un buen desenlace a la crisis pandémica, si no se cumplen las metas comprometidas para detener el desastre del cambio climático.

De partida, ya se prohibió absolutamente en Europa el uso de envases, envoltorios, palillos, frascos, botellas y cajitas de material plástico, exceptuando aquellos que empleen un polímero determinado que, de veras, es reciclable.

En cambio ya se está haciendo obligatorio el uso de materiales como palillos de bambú u otras cañas, tubitos de paja de trigo y otros cereales, papel encerado y, por supuesto, reemplazar los millones y millones de bolsas plásticas por las antiguas bolsas de papel.

¿No suena eso a dar un pequeño paso atrás para realmente avanzar hacia adelante?

En realidad, la pandemia del Covid-19, que posiblemente no llegaremos nunca a eliminar del todo, ha tenido un efecto importante en la cultura de la gente común.

Se está haciendo evidente que una proporción cada vez mayor de personas de todas las edades está cuestionando racionalmente gran parte de lo que ha sido la “narrativa”, el contexto de cosas que la publicidad comercial y la propaganda política tradicional nos venían imponiendo como la manera única y correcta de aceptar la realidad en que nos toca vivir.

De hecho el poderoso protagonismo que han alcanzado las mujeres y que sin duda enriquece también las opciones de las llamadas “minorías sexuales”, está logrando que surjan nuevas nociones sobre lo que es conveniente y bueno, lo que nos gusta y nos hace sentir a gusto… y eso por cierto implica una noción nueva de lo que es ser “honorable”, ser “sano”, ser confiable.

El futuro inmediato es impredecible. Pero ya no podemos permitirnos ser ingenuos, impulsivos, bromistas, vanidosos y seguir sintiéndonos juguetones como en los avisos comerciales de la tele.

O sea, no podemos seguir permitiendo que ser estúpido siga estando de moda.

Hasta la próxima, gente amiga. Cuídense, hay peligro.

Fuente:
Correo del Alba

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