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15/01/22
Temas: Economía
Regiones: Mundo
«Detrás de la crítica extractivista a los gobiernos progresistas, se halla la sombra de la restauración conservadora»
Por Alvaro García Linera

Frente al izquierdismo ingenuo que piensa que una sociedad puede escapar a la dominación mundial por sí misma, Lenin y Marx nos recuerdan que el capitalismo es planetario, y que la única manera de superarlo es también planetariamente. Por tanto las luchas y los esfuerzos por la socialización de la producción en un solo país, son sólo eso: esfuerzos, batallas y escaramuzas dispersas que llevan una intencionalidad histórica, pero que únicamente podrán triunfar si se expanden como luchas a escala mundial. El comunismo o es planetario o jamás se dará. Y mientras haya una pre-dominancia general del capitalismo, en cuyo interior emergen destellos y tendencias de luchas de un potencial nuevo modo de producción que no puede existir localmente, éste sólo podrá estar presente como eso: una tendencia, una lucha, una posibilidad; ya que su existencia solamente será posible cuando exista en una dimensión geopolítica planetaria. La ilusión del “comunismo en un solo país” fue eso, una ilusión que trajo consecuencias funestas para los trabajadores de ese país y para las expectativas de la revolución en el siglo XX.

El socialismo no es un nuevo modo de producción que coexistiría al lado del capitalismo, disputando territorialmente el mundo o un país. El socialismo es un campo de batalla entre el capitalismo en crisis, y las tendencias, las potencialidades y los esfuerzos por comunitarizar la producción; en otras palabras, es el periodo histórico de lucha entre el modo de producción capitalista dominante establecido, y otro potencialmente nuevo. El único modo de producción que supera el capitalismo es el comunismo, la comunitarización de la producción de la vida material de la sociedad. Y ese modo de producción no existe por pedazos, sólo puede existir a nivel planetario. Pero mientras eso no se dé, lo único que queda es la lucha.

Este breve recuento básico de la lógica de los procesos revolucionarios es importante porque hay quienes nos reprochan el hecho de someternos a la división planetaria del trabajo mundial, como si la ruptura de esta división la pudiera hacer un solo país (ilusión de Stalin) y por pura voluntad de la palabra. Ninguna revolución contemporánea ha podido romper la división mundial del trabajo, ni lo podrá hacer hasta que no haya una masa social políticamente en movimiento, lo suficientemente extendida territorialmente (global) y técnicamente sostenible, que modifique la correlación de las fuerzas geopolíticas del mundo. Por eso antes que jalarse los pelos por la actual vigencia de la “división del trabajo capitalista”, lo más importante es erosionar esa división del trabajo mediante la expansión territorial de los procesos revolucionarios y progresistas del mundo.

Igualmente se reprocha al proceso revolucionario boliviano el quedarse en la etapa “extractivista” de la economía, lo que mantendría una actividad nociva con la naturaleza y sellaría su dependencia hacia la dominación capitalista mundial.

No existe evidencia histórica que certifique que las sociedades industriales capitalistas son menos nocivas frente a la Madre Tierra que las que se dedican a la extracción de materias primas, renovables o no renovables. Más aún, los datos sobre el calentamiento global refieren fundamentalmente a la emisión de gases de efecto invernadero por parte de las sociedades altamente industriales.

Y en lo que se refiere a las posibilidades de regiones autárquicas respecto al orden capitalista, Marx hace más de 100 años se hacía la burla de aquellos utopistas que creían que se podían crear “islas” sociales que no estuvieran bajo el influjo de las relaciones de dominación capitalistas. A modo de ironía señalaba que quizás alguna isla coralina de reciente formación en los mares del sur podría cumplir ese requisito utópico, ya que el resto de la sociedad estaba de una u otra manera sometida a las relaciones económicas dominantes.

Así como el extractivismo de nuestras sociedades está en medio de las redes de la división internacional del trabajo; la industrialización de materias primas o la economía del conocimiento son partícipes de la misma división mundial capitalista del trabajo. Ni el extractivismo ni el no-extractivismo son soluciones a esta dominación planetaria. Y de hecho, es posible pensar que en la construcción futura de un modo de producción comunitarista, donde la totalidad de la riqueza común, material e inmaterial, sea producida y administrada por los propios productores, existirán algunos países y regiones extractivistas.

Por tanto, es ingenuo creer que el extractivismo, el no‐extractivismo o el industrialismo son una vacuna contra la injusticia, la explotación y la desigualdad, porque en sí mismos no son ni modos de producir ni modos gestionar la riqueza. Son sistemas técnicos de procesamiento de la naturaleza mediante el trabajo, y pueden estar presentes en sociedades pre-capitalistas, capitalistas o sociedades comunitaristas. Únicamente dependiendo de cómo se usen esos sistemas técnicos, de cómo se gestione la riqueza así producida, se podrán tener regímenes económicos con mayor o menor justicia, con explotación o sin explotación del trabajo.

Los críticos del extractivismo confunden sistema técnico con modo de producción, y a partir de esa confusión asocian extractivismo con capitalismo; olvidando que existen sociedades no‐extractivistas, las industriales ¡plenamente capitalistas!

Puede haber sociedades extractivistas capitalistas, no capitalistas, pre-capitalistas o post-capitalistas. Y de igual forma, puede haber sociedades no extractivistas capitalistas, no capitalistas o post‐capitalistas. El extractivismo no es un destino, pero puede ser el punto de partida para su superación. Ciertamente en él se condensa toda la distribución territorial de la división del trabajo mundial — distribución muchas veces colonial. Y para romper esa subordinación colonial no es suficiente llenarse la boca de injurias contra ese extractivismo, dejar de producir y hundir en mayor miseria al pueblo, para que luego regrese la derecha y sin modificarlo satisfaga parcialmente las necesidades básicas de la población. Esta es precisamente la trampa de los críticos irreflexivos a favor del no extractivismo, que en su liturgia política mutilan a las fuerzas y a los gobiernos revolucionarios de los medios materiales para satisfacer las necesidades de la población, generar riqueza y distribuirla con justicia; y a partir de ello crear una nueva base material no extractivista que preserve y amplíe los beneficios de la población laboriosa.

Como toda emancipación, la del extractivismo tiene que partir precisamente de él, de lo que como forma técnica ha hecho de la sociedad. Actualmente, para nosotros como país es el único medio técnico del que disponemos para distribuir la riqueza material generada gracias a él (pero de manera diferente a la precedente), además, también nos permite tener las condiciones materiales, técnicas y cognitivas para transformar su base técnica y productiva. Porque si no, ¿con qué superar al extractivismo? ¿Acaso dejando de producir, cerrando las minas de estaño, los pozos de gas, retrocediendo en la satisfacción de los medios materiales básicos de existencia, tal como lo sugieren sus críticos? ¿No es esta más bien la ruta del incremento de la pobreza y el camino directo a la restauración de los neoliberales? ¿El amarrar las manos al proceso revolucionario en aras del rechazo extractivista, no es acaso lo que más desean las fuerzas conservadoras para asfixiarlo?

Superando el extractivismo no vamos a superar el capitalismo. Ojalá las cosas fueran tan fáciles. Y de ser así — como infantilmente creen algunos de nuestros críticos — ¡Estados Unidos sería el primer país comunista del mundo! Pero ojo, eso no significa que la superación del extractivismo no pueda ayudar a los procesos revolucionarios en proceso. Puede ayudarlos, en primer lugar, porque las fases de industrialización o producción de conocimiento permiten crear un mayor excedente económico susceptible de ser redistribuido para satisfacer las necesidades de la sociedad. En segundo lugar, porque puede permitir aminorar los impactos nocivos sobre el medio ambiente; y en tercer lugar, porque habilita a la sociedad a una mayor capacidad técnico-productiva para el control de los procesos globales de producción.

Pero en todo caso, ni el extractivismo nos condena al capitalismo, ni el no-extractivismo nos llevará directamente de la mano al socialismo. Todo depende del poder político, de la movilización social capaz de encaminar los procesos productivos — extractivistas o no extractivistas — hacia la creciente comunitarización de su control operativo y de la distribución social de la riqueza generada.

Y en esta tarea, en una primera etapa ¿acaso no es posible utilizar los recursos que brinda la actividad primaria exportadora controlada por el Estado para generar los excedentes que permitan satisfacer condiciones mínimas de vida de los bolivianos, y garantizar una educación intercultural y científica que genere una masa crítica intelectual capaz de asumir y conducir los emergentes procesos de industrialización y de economía del conocimiento? ¿Acaso dejando de producir materias primas el socialismo tocará la puerta? ¿Dejando intempestivamente el “extractivismo” se tendrán los recursos materiales e intelectuales para pasar inmediatamente a las etapas industriales y cognitivas de la producción? ¿No será que al condenar acríticamente el denominado extractivismo, en los hechos se busca dejar económicamente inerme y pobre al Estado Plurinacional para que sea incapaz de responder a la expansión de los derechos sociales que han surgido en el proceso revolucionario iniciado el año 2000?

Hay que superar la etapa de ser simples productores de materias primas. Está claro. Pero eso no se logra regresando a la situación de mendicidad estatal que caracterizó a Bolivia hasta el año 2005, cuando las riquezas generadas estaban en manos de las empresas extranjeras. Eso no se logra paralizando el aparato productivo, contrayendo el excedente que viene de las materias primas y regresando a una economía de auto subsistencia que no sólo nos colocará en un nivel de mayor indefensión que el de antes, llevándonos a la abdicación total de cualquier atisbo de soberanía (cuya base material radica en que el país pueda vivir y comer de su trabajo); sino que además le abrirá las puertas a la restauración patronal-neoliberal que se presentará como la que sí puede satisfacer las demandas materiales básicas de la sociedad.

Detrás del criticismo extractivista de reciente factura en contra de los gobiernos revolucionarios y progresistas, se halla pues la sombra de la restauración conservadora. Ante ello, y como forma de profundización de la movilización social, y de superación gradual del extractivismo, consideramos que en primer lugar se tienen que satisfacer las necesidades urgentes de la población, elevar los beneficios sociales imprescindibles de las clases laboriosas y, a partir de ello, crear las condiciones culturales, educativas y materiales para democratizar aún más allá del Estado el control de la riqueza común, y comunitarizar (también más allá del Estado) la propiedad y la propia producción social. En medio de eso, se debe a la vez construir un nuevo soporte tecnológico de producción de la riqueza que vaya superando elextractivismo. Y eso es justamente lo que estamos haciendo como Gobierno: generar riqueza y redistribuirla entre la población; reducir la pobreza y la extrema pobreza; mejorar las condiciones educativas de la población. Y paralelamente a todo ello, estamos emprendiendo la industrialización. En el caso de los hidrocarburos, mediante la inversión en dos plantas separadoras de líquidos: una en Gran Chaco que será entregada el 2014, y la otra en Río Grande, a ser entregada el año 2013. Además, tenemos la planta de Urea y Amoniaco, con un costo de 843 millones de dólares, que entrará en funcionamiento el 2015; una planta de etilenos y polietilenos a ser entregada el 2016, y otra de GTL (de conversión de gas a líquido) que deberá empezar a funcionar el 2014. En relación a la industrialización del litio, hemos dado grandes pasos. Con científicos y tecnología boliviana se ha entregado la producción semi-industrial de cloruro de potasio este mes de agosto, y antes de fin de año, se hará lo mismo con el carbonato de litio. Para el 2014, está planificada una gigantesca producción industrial de potasio y litio, además de las fábricas de cátodos y batería. El objetivo que recientemente nos ha propuesto el Presidente a todos los bolivianos, es que antes del bicentenario de la Independencia (o sea antes del 2025) ninguna materia del país sea vendida sin algún tipo de procesamiento industrial, sin un valor agregado. Ello requerirá de una profunda transformación científico-tecnológica del país y de una inversión nunca antes vista en conocimiento. Y por supuesto que lo haremos.

Evidentemente no es un proceso simple; requiere años, tal vez décadas. Lo importante es reorientar el sentido de la producción, sin olvidar que hoy hay que satisfacer también las necesidades básicas apremiantes, que fueron las que precisamente llevaron a la población a asumir la construcción del poder del Estado. Justamente eso es lo que estamos haciendo en Bolivia.

*Fragmento del artículo publicado por Nodal

Fuente:
Agencia Paco Urondo

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