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25/02/24
Temas: Industria | Temas
Regiones: Argentina
El trabajo industrial es el pilar del desarrollo nacional soberano; su merma genera dependencia, pobreza y sometimiento
Por Rodolfo Pablo Treber

Rodolfo Pablo Treber nos propone un exhaustivo análisis del modelo económico vigente en la Argentina. La importancia de pensar en clave de trabajo, producción y desarrollo como desafío para “salir de este laberinto colonial” y recuperar soberanía política, independencia económica y justicia social.

Existe una certeza política principal que nos debe aunar en la construcción de una organización política nacional, popular y revolucionaria, que enfrente decididamente a los distintos proyectos de administración de una Argentina colonial: La conquista del trabajo y la producción nacional que, en otras palabras, significa la recuperación de la soberanía y la independencia económica.

Más allá de las notables diferencias que existen entre las expresiones políticas que gobernaron la Argentina en los últimos cuarenta años existió y existe un denominador común, una política de Estado, que se mantuvo estable en todo el período, gobierne quien gobierne: la vigencia del modelo exportador y, por ende, la ausencia de un proyecto de industrialización nacional.

El Modelo Exportador, asesino del trabajo nacional

Antes del cambio de matriz productiva que vino a imponer la dictadura cívico militar de 1976, la Argentina producía bienes y servicios, principalmente, para su mercado interno y exportaba sus excedentes de producción a fin de adquirir divisas para reinversión, desarrollo, como también para la compra al extranjero de los pocos bienes que no se producían localmente.

Ese modelo productivo se caracterizaba por ser una economía mixta: el Estado ocupaba los sectores estratégicos con el objetivo de garantizar la protección y fortaleza del mercado interno, donde el empresario privado se desarrollaba produciendo y generando trabajo genuino. A su vez, se trataba de un modelo agrícola, ganadero, pero también industrial, que hacía foco en el autoabastecimiento de la mayoría de bienes y servicios que el pueblo argentino consumía con el fin máximo de asegurar la independencia económica sobre la producción y moneda extranjera. De esta manera, se lograba que el conjunto de la población económicamente activa disponga de un trabajo formal, con un ingreso básico, jubilación, y derechos laborales asegurados.

Todo eso vino a destruir la dictadura, a fin de instalar un modelo de explotación que solo beneficia a corporaciones transnacionales, en alineamiento irrestricto con los intereses geopolíticos de los Estados Unidos. Así, con los gobiernos democráticos como cómplices necesarios del industricidio, específicamente en la década del 90, se consolidó el liberalismo colonial mediante privatizaciones y cierres de fábricas que excluyeron al Estado de su rol de planificador y regulador de la economía. Desde ese preciso momento, se liberó el comercio exterior argentino al dominio transnacional y se adoptó un perfil netamente agroexportador en detrimento del mercado interno y, por lo tanto, de la industria y el trabajo local.

Los datos del comercio exterior son elocuentes y explican claramente la profundización del modelo exportador y, en consecuencia, la brutal caída del trabajo nacional: hacia 1980, el monto de exportaciones era de 8,021 millones de dólares y pasados 42 años de esas políticas, aumentó más del 1,100%, a 88,445 millones. Sin embargo, el enorme aumento de divisas (que generó un superávit comercial de 220,000 millones de dólares en ese período) no se tradujo en desarrollo económico y social; por el contrario, la apertura de importaciones ocasionó que la ocupación formal cayera de 77,4% a 40% de la población económicamente activa. Los resultados a la vista: un gran aumento del ingreso de dólares y una drástica caída del trabajo.

¡Por esto es que el problema de la Argentina no es de escasez de divisas! Es el modelo productivo, la liberación y la extranjerización de su economía.

El modelo exportador supone un crecimiento económico en base a lo que el mercado global y las potencias económicas determinan para nuestra región: el aumento de las exportaciones primarias o con poco valor agregado (granos, cereales, forraje, energía, minería, alimentos). Este principio trae aparejado un aumento natural de las importaciones y, por ende, una destrucción sistemática del trabajo local.

Sucede que, todos los países del mundo tienden a comerciar de manera equilibrada en dólares con su contraparte para que esa relación no genere insuficiencia de divisas en su economía. A modo de ejemplo, si la Argentina vende 100 millones de dólares en porotos de soja al extranjero, en su cadena de producción emplea a menos de 200 trabajadores. Sin embargo, cuando por el mismo importe Argentina compra automóviles al extranjero, en la industria y empresas proveedoras del país de origen se emplean a 3,000 trabajadores. El resultado de la relación comercial es una igualdad en divisas, pero un quebranto exponencial en puestos de trabajo. A groso modo, de esta manera funciona el mundo de las relaciones comerciales bilaterales.

Por lo tanto, cuando la Argentina busca acrecentar sus exportaciones de materias primas al mundo, en simultáneo abre sus puertas al ingreso de otras mercaderías que, en su enorme mayoría, son productos manufacturados de origen industrial. Así, el mercado interno argentino se inunda de productos extranjeros que imposibilitan el desarrollo de la industria local. Es imposible, para una empresa que recién comienza a producir, o para cualquiera preparada para abastecer un número de pobladores acotados, competir con un gigante transnacional del mercado global.

Toda industria que se desarrolla exitosamente, nace y crece a partir de la protección de mercado.

Continuando, y para acentuar el énfasis exportador, se implementa una política de debilitamiento del mercado interno con el objetivo de bajar el consumo local y así aumentar los saldos de producción disponibles para la exportación. Esto se lleva a cabo a través de la liberación y dolarización de los precios de bienes y servicios de la economía doméstica, y se complementa con una constante pérdida de poder adquisitivo mediante un proceso inflacionario que supera los aumentos salariales. En otras palabras, el ajuste es una parte fundamental de la política dirigida al aumento de las exportaciones y la inflación no es un error, es funcional a ese objetivo.

Al mismo tiempo se validan estafas, “deuda externa”, a fin de justificar el ajuste fiscal y estrangulamiento del mercado interno que el modelo exportador requiere y, se permite (por la ley de inversión extranjera vigente desde la década del 90) la fuga de capitales para que el excedente de divisas no quede dentro del país y que solo sirva para engordar las abultadas cuentas de las corporaciones que explotan nuestros bienes comunes naturales.

Así funciona el modelo exportador, asesino del trabajo nacional, que todo el arco político nacional defiende y promueve de distintas formas.

La consigna es: Patria industrializada o colonia dependiente

Al modelo de saqueo que gobierna nuestro suelo, debemos oponerle un proyecto de industrialización y desarrollo, que tenga como objetivos recuperar la soberanía nacional, alcanzar la independencia económica y conquistar la justicia social.

En principio, resulta indispensable un proceso de industrialización por sustitución de importaciones para recuperar la producción nacional que fue destruida por la incesante apertura comercial. El control del comercio exterior es indispensable para esto y requiere órdenes directas del Estado Nacional. Aduana privada, empresarios importadores, oligarquía transnacional y sus cipayos socios locales nunca lo hicieron, ni lo harán, por sí solos.

El crecimiento de nuestra industria y producción es el factor determinante para independizarnos de los factores externos que generan dependencia política y económica.

El comercio exterior argentino, actualmente, importa más de 7.000.000 de puestos de trabajo a razón del equivalente en pesos de 10 dólares la hora (promedio superior de pago de mano de obra calificada). Analizando por rubro dichas importaciones, podemos identificar los sectores a sustituir para ahorrar divisas, desanclar los intereses extranjeros de la política económica nacional y, principalmente, terminar con el flagelo de la desocupación y la precarización laboral creciente.

Dirigiéndonos al detalle por rubro de importación del último año, podemos ver que la gran mayoría corresponde a manufacturas industriales y que el 21% de ellas pueden clasificarse como “bienes de baja complejidad de sustitución”, dado que la Argentina cuenta con la capacidad instalada ociosa y mano de obra calificada para su producción. Estos, suman un total de 11,994 millones de dólares, equivalentes a 1.279.000 puestos de trabajo. Los rubros más destacados son:

–              Industria Automotriz (Automóviles y Autopartes): 575.680 puestos de trabajo.

–              Material Eléctrico y Electrodomésticos: 143.147 puestos de trabajo.

–              Industria Química, Laboratorio y Farmacia: 199.680 puestos de trabajo.

–              Industria del Plástico, Caucho y Papel: 150.933 puestos de trabajo.

Otro claro ejemplo claro del problema a resolver, es el déficit de la balanza comercial generado por la industria automotriz: 10 mil millones de dólares. El 65% de componentes de los autos que se venden en el país se produce en el exterior y solo el 35% localmente.  Entonces, por cada 10 salarios que se pagan por el comercio de la industria automotriz, 3,5 son en el país y 6,5 en el extranjero.

Aunque de menor volumen, otros rubros de importación de mayor simplicidad resultan de igual importancia en el proceso de sustitución de importaciones.

Recuperar la soberanía política (decidir que entra y sale de nuestro territorio) es el primer paso para lograr la independencia económica (producir lo que hoy importamos del extranjero) y alcanzar la anhelada justicia social (trabajo de calidad para todos los argentinos).

Sí, hay Plata

Las mentes colonizadas por la cultura del sometimiento, que imponen los medios de comunicación y las falsas “redes sociales”, repiten a coro que no hay plata en la Argentina para pensar en proyectos endógenos de desarrollo industrial o en salidas soberanas sin dependencia de la inversión extranjera. Eso es una absoluta mentira.

Sin ir más lejos, los datos oficiales del INDEC (que no contemplan la enorme evasión, el tráfico ilegal ni la brutal subfacturación de exportaciones) declaran que en los últimos 40 años existió un superávit comercial de 220,000 millones de dólares que, a causa de la legalización de la fuga de capitales y el pago de deuda externa espuria, se esfumaron del país sin dejar un solo centavo a la producción, ni el desarrollo nacional. Esto quiere decir que, en condiciones soberanas, la Argentina es un país rico en divisas, producto de su capacidad productiva y bienes comunes naturales altamente demandados por el mundo.

Al mismo tiempo, poniendo un ojo sobre el potencial productivo del ahorro nacional, en estos momentos y diametralmente opuesto a lo que el interés nacional indica, el sistema financiero argentino se encuentra dedicado exclusivamente a la especulación financiera. Para fundamentar esto, solo hace falta decir que la base monetaria (el total de billetes emitidos en manos del público más lo depositado en bancos) actualmente es de 10,3 billones de pesos, mientras que lo depositado en instrumentos financieros, “seguros de liquidez, notaliqs y pases pasivos del BCRA”, suma más de 30 billones de pesos cobrando una tasa de interés del 100% anual. Ese enorme volumen de dinero no tiene contacto alguno con la economía real y genera una emisión monetaria, por intereses, de 77,000 millones de pesos por día, 2,4 billones por mes y 28 billones al año (datos al 21/02/24), mientras se denuncia que no hay plata y se generan recortes en jubilaciones, educación, salud e inversión social para maximizar el saqueo a través de exportaciones. Analizando estos datos poder ver que, el 75% del total de dinero del país se encuentra inmovilizado en la especulación financiera, mientras que solo el 25% está en el comercio y la producción.

A la vista está que, mientras el pueblo argentino sufre la crisis, el mundo financiero totalmente desligado de la economía real, sigue obteniendo abultadas ganancias. Pero también queda expuesto que, de tomar la decisión política de administrar esos recursos, contamos con los fondos suficientes para afrontar los problemas urgentes de la coyuntura y orientar el ahorro nacional a un modelo de desarrollo productivo que genere puestos de trabajo genuinos.

Si hacemos foco en la reconversión del sistema productivo, esos fondos alcanzan para dar inicio a las inversiones de capital que requiere el proceso de industrialización. Por eso, una propuesta de nacionalización, y administración centralizada, de los depósitos bancarios no es en absoluto extemporánea, sino que, por el contrario, es totalmente lógica, justa, necesaria y urgente. Recuperar el rol del B.C.R.A. como Banco de promoción y desarrollo resulta imperativo para orientar el caudal de dinero, hoy destinado a la especulación financiera, al crédito a la inversión con fines productivos.

La plata está; lo que falla es la política nacional que se encuentra sometida a los designios de quienes verdaderamente nos gobiernan.  

El trabajo, algo más que una cuestión económica

Militar y encarnar un proyecto político que ponga al trabajo como centro es mucho más que la respuesta soberana y económica que nuestra Patria necesita. Porque lo que el trabajo representa, supera ampliamente la meta de ser la herramienta para satisfacer nuestras necesidades básicas. Es el pilar del desarrollo del individuo, la familia y la comunidad toda. Sin la organización de la comunidad en base al trabajo sucede lo que ocurre a partir de la década del 90: la organiza el paradigma de la desocupación. Desigualdad, delincuencia, adicciones, violencia en general, son hijos, horribles pero genuinos, de la desocupación. Por ende, tampoco hay desarrollo suficiente de la persona si permanece subordinada a la ayuda social.

El trabajo debe ser para todos, porque nadie se realiza en una comunidad que no se realiza. No hay éxito individual suficiente en un contexto social injusto. La carencia de solidaridad y amor son producto de un entorno desigual y violento. El trabajo, el pleno empleo de los argentinos, y los valores que conlleva, son la solución profunda de muchos males y la única forma de alcanzar la justicia social.

Hay que planificar la demanda política de nuestro Pueblo y las fuentes de trabajo que la satisfagan mediante un proyecto de industrialización nacional.

Unirnos detrás de proyectos concretos, con consignas claras y contundentes que nos permitan salir por arriba de este laberinto colonial, es lo que nos permitirá construir la organización política popular para dar la batalla urgente por la liberación y el desarrollo nacional.  

Fuente:
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