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20/04/26

Temas: Geopolítica

Regiones: Mundo

Crisis en Medio Oriente y la Gran Eurasia

Por Timofey Bordachev

El ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, en el último día del invierno de 2026, se convirtió en un acontecimiento de suma importancia en el marco de la evolución de la Eurasia contemporánea y de la política internacional en su conjunto.

Aunque aún no podemos saber cuáles serán los resultados de la confrontación en Medio Oriente, los procesos desencadenados en la región nos brindan la oportunidad de examinar bajo una nueva luz una serie de cuestiones clave para el desarrollo regional y global.

La situación en Medio Oriente por sí misma no tiene una relevancia fundamental para la seguridad global: no genera una probabilidad significativa de un choque directo de intereses entre las principales potencias militares del mundo moderno.

Sin embargo, las represalias iraníes, provocadas por Estados Unidos e Israel, ya han llevado a graves alteraciones en la economía mundial, lo que podría tener consecuencias a largo plazo para el cumplimiento de los objetivos y tareas de desarrollo de un grupo considerable de países y para la implementación de grandes proyectos internacionales de los que, hasta hace poco, se hablaba con gran certeza.

Esto es especialmente relevante para los países de la Gran Eurasia, muchos de los cuales están directamente relacionados con la región problemática o están tratando de construir una cooperación económica estable con los Estados que la integran.

Aparentemente, lo primero que debemos señalar es que la crisis en Medio Oriente tiene una relación ambigua con las cuestiones de seguridad internacional y política en la Gran Eurasia.

Por un lado, sin duda es un factor clave en el desarrollo de esta inmensa región por al menos dos razones. Primero, la región del Golfo Pérsico, que oscila al borde del caos, está vinculada al resto de Eurasia mediante numerosos lazos políticos y económicos. Los países de la región son importantes proveedores de recursos energéticos tanto para China, la economía más poderosa de la Gran Eurasia, como para países más pequeños y con menor influencia en los asuntos globales.

En segundo lugar, el proceso y el resultado del enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán podrían incidir de manera muy contradictoria en la agenda global, con la que los principales países euroasiáticos están directa o indirectamente conectados. Esto se refiere tanto a cuestiones estratégicas como la proliferación de armas de destrucción masiva, la crisis de las instituciones y del derecho internacional, como a la cuestión más conceptual de cómo podemos percibir la Gran Eurasia en el mundo moderno y cuáles son los aspectos más importantes de su desarrollo.

Por otro lado, Medio Oriente en su conjunto, con Irán como un participante activo en la política regional, representa una parte relativamente periférica de Eurasia y no pone en peligro el centro geográfico de Eurasia, donde convergen los intereses de Rusia y China.

El único escenario posible en el que podría surgir un efecto negativo sería la caída de Irán y su entorno en un caos político total, cuyas consecuencias se extenderían a los países de Asia Central. Sin embargo, este escenario parece muy improbable, dado que, en opinión de todos los observadores involucrados, ni siquiera existe la posibilidad teórica del colapso del Estado iraní. Podemos estar seguros de que incluso una corrección del orden interno jamás supondrá una amenaza para su entorno inmediato.

En cierto sentido, es precisamente Irán el que “aisla” a la Gran Eurasia de un Medio Oriente permanentemente inestable. En efecto, podemos tener pocas dudas de que esta parte del mundo seguirá siendo, en el futuro previsible, un foco de inestabilidad internacional que atrae la atención en virtud de su propia configuración interna, la cual incluye simultáneamente a un grupo significativo de países con una lengua y religión comunes, y al Estado de Israel, radicalmente diferente de sus vecinos.

La política de los países árabes de Medio Oriente sigue siendo inevitablemente competitiva, lo que atrae hacia la región a fuerzas externas, mientras que Israel, a su vez, lucha decididamente por asegurarse su propio nicho especial, que implica la capacidad de imponer por la fuerza sus propios intereses a sus vecinos.

Irán, entretanto, es un Estado que, por la orientación de sus principales prioridades en política exterior, es de Medio Oriente, pero euroasiático, ya que está orgánicamente integrado en un espacio más amplio. En otras palabras, los países árabes del Golfo o del Mediterráneo Oriental no pueden ser considerados como participantes plenos en la vida euroasiática —sus intereses están localizados o se hallan lejos de los límites de Eurasia.

Pero Irán, entre cuyos adversarios figuran no solo Israel, sino también las monarquías árabes del Golfo Pérsico, es capaz de participar en procesos de cooperación euroasiáticos más amplios. Esto es lo que explica realmente la participación de la República Islámica en organizaciones como la OCS —principal plataforma de cooperación en la Gran Eurasia.

En otras palabras, la crisis en Medio Oriente, cuya fuente principal es la política destructiva de Estados Unidos e Israel, no constituye un problema fundamental para el futuro de la Gran Eurasia, pero sí plantea desafíos para esta en el contexto de una agenda internacional más amplia.

En particular, tenemos derecho a plantear ahora la cuestión de hasta qué punto son efectivas, en las condiciones actuales, las plataformas políticas de la mayoría mundial —la OCS y los BRICS. Ambas organizaciones se crearon en un período de declive del predominio de Occidente en la arena mundial, aunque el concepto de gobernanza política internacional se mantuvo como eje central. Nunca pretendieron copiar las instituciones occidentales con su sistema de gestión verticalmente integrado y, mucho menos, sustituir a organizaciones internacionales más amplias como la ONU.

En realidad, la tarea de la OCS y los BRICS consistía precisamente en “interceptar” a Occidente parte de las palancas de control a nivel mundial o regional euroasiático. Pero manteniendo al mismo tiempo la democracia interna en la toma de decisiones y la orientación incondicional hacia el logro de los intereses nacionales de cada uno de sus participantes.

Ahora esta tarea debe considerarse teniendo en cuenta el cambio de todo el contexto: es evidente que la crisis de la política exterior de EE. UU. está llevando a esta potencia a la destrucción parcial del propio principio de la gestión colectiva de las cuestiones más importantes en materia de seguridad y desarrollo. Como resultado, la potencia más rica y mejor armada del mundo está tomando medidas enérgicas destinadas a eliminar de la agenda mundial aquellas cuestiones que la OCS o los BRICS pueden resolver con mayor eficacia que Occidente.

La tarea de los líderes de ambas organizaciones consiste en comprender de qué forma puede preservarse la gobernanza global y cómo esto responde a los intereses de sus países.

Otra cuestión fundamental es la posición de la Gran Eurasia en el sistema de relaciones económicas globales, el fortalecimiento de su conectividad interna en materia de transporte y su interacción con la economía mundial.

En los últimos años, los vecinos comunes de Rusia y China han buscado claramente diversificar su sistema de relaciones económicas exteriores, lo que ha quedado simbolizado por el desarrollo del denominado Corredor Medio, que atraviesa el mar Caspio, Transcaucasia y Turquía. Sin embargo, ahora esta ruta, al igual que la ruta Norte–Sur prevista en los planes de Rusia, corre el riesgo de reducir su atractivo desde el punto de vista de la seguridad.

De continuar desestabilizándose la situación en Irán y en su entorno, es muy probable que se reduzca el potencial de estos nuevos corredores de transporte. Especialmente si observamos un agravamiento de las contradicciones que se acumulan gradualmente entre Israel y Turquía, y Estados Unidos se muestra incapaz de contenerlas de manera eficaz.

En general, la crisis actual en torno a Irán pone de manifiesto que la Gran Eurasia, e incluso su “centro”, constituido por la alianza chino-rusa y los Estados de Asia Central, necesita un esfuerzo aún más vigoroso para fortalecer precisamente los vínculos políticos y económicos internos.

Fuente: PIA

Etiquetas: Eurasia | Irán | Multipolaridad

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