El 12 de mayo, The New York Times publicó una autopsia forense del fracaso de las hostilidades renovadas de la administración Trump contra el ejército yemení liderado por Ansarolá en el mar Rojo.
La investigación estuvo plagada de revelaciones extraordinarias, describiendo en detalle cómo el esfuerzo combinado aéreo y naval, lanzado con gran fanfarria y retórica altisonante por parte de los funcionarios estadounidenses, resultó ser un desastre aún mayor y una derrota devastadora para el Imperio de lo que se había pensado anteriormente.
La magnitud del cataclismo podría explicar la repentina determinación de Washington de llegar a un acuerdo negociado con la República Islámica de Irán.
Quizá la revelación más impactante sea que el blitzkrieg (guerra relámpago) de Trump contra Yemen fue inicialmente planeado como un compromiso a largo plazo y a gran escala, culminando en una invasión terrestre con fuerzas proxy.
El general Michael Kurilla, comandante del Comando Central del Pentágono, que cubre Asia Central, Sur y Occidental, había estado a favor de la guerra total con el movimiento de Resistencia Ansarolá desde que comenzara su bloque del mar Rojo contra el genocidio a finales de 2023.
Se dijo que, sin embargo, el expresidente de EE.UU. Joe Biden era escéptico de que una “campaña agresiva” pudiera hacerlos “destacarse a nivel global”.
Con la reelección de Donald Trump, “Kurilla tuvo un nuevo comandante en jefe” y una oportunidad para incrementar significativamente la apuesta contra Ansarolá. Propuso un esfuerzo de entre ocho y diez meses, comenzando con un bombardeo de saturación contra los sistemas de defensa aérea de Yemen, seguido de una ola de asesinatos selectivos de líderes del movimiento, inspirados directamente en los ataques israelíes a los altos miembros de Hezbolá (Movimiento de Resistencia Islámica de El Líbano) en septiembre de 2024.
La gran operación de Kurilla recibió el apoyo entusiasta de elementos de la administración Trump, incluidos el secretario de Defensa Pete Hegseth y el entonces asesor de seguridad nacional Mike Waltz.
Los funcionarios saudíes también estuvieron de acuerdo, proporcionando a Washington una lista de objetivos de 12 líderes de Ansarolá “cuyas muertes, según dijeron, paralizarían al movimiento”.
Sin embargo, los Emiratos Árabes Unidos, que junto con Riad bombardearon Yemen sin cesar entre 2015 y 2023 sin resultados tangibles, “no estaban tan seguros”. Varios miembros de la administración de Trump también eran escépticos del plan y temían que un ataque prolongado a Saná agotara valiosos recursos finitos, incluyendo al propio presidente.
No obstante, tras un intenso cabildeo, Trump “aprobó una parte del plan del General Kurilla: los ataques aéreos contra los sistemas de defensa aérea de hutíes (Ansarolá) y los ataques contra los líderes del grupo”.
Así fue como, el 15 de marzo, los aviones de guerra de EE.UU. comenzaron a bombardear Yemen nuevamente, mientras una fuerza de portaaviones liderada por el USS Harry S. Truman se adentraba en el mar Rojo.
Los funcionarios de la Casa Blanca se jactaron de que el asedio continuaría “indefinidamente”, mientras Trump presumía que Ansarolá sería “diezmado” mediante “fuerza letal abrumadora hasta lograr nuestros objetivos”.
Una degradación real
En realidad, The New York Times sugiere que Trump dejó claro en privado que quería que Ansarolá fuera bombardeado “hasta la sumisión” en tan solo 30 días, y que el fracaso en este objetivo significaría la terminación de la operación.
Al día 31 de las hostilidades, el presidente de EE.UU. “exigió un informe de progreso”. Según el medio, “los resultados no estaban ahí”, lo cual es una gran subestimación. EE.UU. “ni siquiera había establecido superioridad aérea” sobre Ansarolá, mientras que el grupo de Resistencia continuaba “disparando a barcos y drones, fortificando sus bunkers y moviendo arsenales de armas bajo tierra”.
Además, durante esos primeros 30 días, el ejército yemení “derribó siete drones MQ-9 estadounidenses” que costaban alrededor de 30 millones de dólares cada uno, “perjudicando la capacidad del Comando Central para rastrear y contraatacar”. Mientras tanto, varios F-16 y un avión de guerra furtivo F-35 estadounidenses “fueron casi alcanzados por las defensas aéreas hutíes, haciendo real la posibilidad de bajas estadounidenses”.
Durante todo este tiempo, EE.UU. consumía armas y municiones a un ritmo de aproximadamente 1000 millones de dólares solo en el primer mes:
“El costo de la operación fue asombroso. El Pentágono desplegó dos portaaviones, aviones B-2 adicionales y cazas, así como defensas aéreas Patriot y THAAD… Se usaron tantas municiones de precisión, especialmente las de largo alcance, que algunos planificadores de contingencia del Pentágono comenzaban a preocuparse por las existencias generales y las implicaciones para cualquier situación en la que EE.UU. tuviera que repeler un intento de invasión de Taiwán por parte de China”.
Preocupada, “la Casa Blanca comenzó a presionar al Comando Central para obtener métricas de éxito de la campaña”.
En una amarga ironía, los funcionarios del Pentágono “respondieron proporcionando datos que mostraban el número de municiones lanzadas” para demostrar que estaban alcanzando sus objetivos. También afirmaron, sin evidencia, haber golpeado más de 1000 objetivos militares, matando a “más de una docena de líderes hutíes”.
La inteligencia de EE.UU. no estaba convencida, reconociendo que hubo “cierta degradación” del ejército liderado por Ansarolá, pero “el grupo podría reconstituirse fácilmente” independientemente.
Como resultado, “altos funcionarios de seguridad nacional” comenzaron a investigar “caminos” para retirarse del teatro con la menor vergüenza posible o continuar el fiasco utilizando fuerzas locales proxy.
Una opción era “intensificar las operaciones durante hasta otro mes y luego realizar ejercicios de ‘libertad de navegación’ en el mar Rojo usando dos grupos de portaaviones, el Carl Vinson y el Truman”. Si Ansarolá no disparaba contra los barcos, “la administración Trump declararía victoria”.
Otra opción era extender la campaña, dando tiempo a las fuerzas bajo el control del Consejo Presidencial de Liderazgo Yemení, basado en Riad, “para reiniciar una ofensiva para expulsar a los hutíes de la capital y los puertos clave” en un asalto terrestre.
El plan fue elaborado a pesar de que las invasiones previas lideradas por Arabia Saudí de Yemen terminaron invariablemente en un desastre total. Esto puede explicar por qué las conversaciones entre Hegseth y los funcionarios saudíes y emiratíes a finales de abril “para encontrar una manera sostenible hacia adelante… que pudieran presentar al presidente” no llegaron a nada.
