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11/03/22
Regiones: Mali
Francia, abandona Mali, pero no tanto
Por Guadi Calvo

Entre gallos y medias noches, utilizando el fárrago de noticias que llegan sobre la crisis en Ucrania, para disimular la gravedad de su retirada, Francia anunció finalmente el retiro de sus fuerzas, en los próximos meses, tras las amenazas a la junta de coroneles que gobierna Mali, desde mayo del año pasado, sin el beneplácito de París. El anuncio aclaraba que la retirada de los efectivos franceses, dado la volatilidad de la situación, deberá ser ordenada por lo que se tomarán seis meses para finalizar la salida. Tiempo que le dará la posibilidad de permanecer en un doble estándar de actuar cuando le parezca y monitorizar los cambios estratégicos decididos por la junta militar de Bamako. Mientras el presidente francés Emanuel Macron, quien se juega su segundo mandato en las presidenciales del 10 de abril, bien podría ignorar el fracaso en Mali.

Macron, lavándose las manos, denunció que Bamako había descuidado la lucha contra los integristas, por lo que “era lógico que Francia se retirara”. Al parecer sin recordar que su país se encuentra allí desde hace casi diez años y que todo ha ido para peor desde entonces. Además, agregó que: “La victoria contra el terrorismo no es posible si no cuenta con el apoyo del propio Estado”. Al parecer ignorando que ha sido Francia quien, desde las sombras, ha gobernado Mali desde su “independencia” en los años sesenta.

Con el fin de la Operación Barkhane que llegó a ocupar casi seis mil hombres, que el Elíseo instaló en la región norte de país saheliano en 2013, a un coste de 1140 millones de dólares al año, y en la que murieron 59 hombres para contener la presencia de grupos tributarios de al-Qaeda, dos años más tarde llegaría el Daesh, los que interfirieron y cambiaron la dirección de la rebelión tuareg de 2012, que reclamaba Azawad, su ancestral territorio. La inestabilidad tenía dos componentes: la desaparición del coronel Gaddafi, muchos de los tuaregs que reportaban en los ejércitos del líder libio, volvieron a sus comunidades para iniciar aquel reclamo, que no era el primero, pero quizá el último en muchos años. El otro suceso que había precipitado la acción tuareg, fue el golpe que derrocó al entonces presidente malí Amadou Touré.

Una vez disipado el intento independentista tuareg, los grupos fundamentalistas de la región, que poco y nada se diferenciaban de las bandas de contrabandistas y traficantes que operaban en el área, comenzaron a recibir apoyo, hombres y armas de sus “hermanos” argelinos, dando la excusa perfecta a Francia para la “amigable invasión” a Mali.

Tras los largos años de presencia de la Operación Barkhane, ahora remplazada por la Takuba, en la que si bien ha disminuido la presencia francesa y agregado tropas de otros países europeos, en número total de tropas bajó a unos 2500 hombres, nunca se han podido contener las khatibas integristas, las que no solo no fueron derrotadas, sino que se cohesionaron en dos grandes grupos el Jamāʿat nuṣrat al-islām wal-muslimīn (Frente de Apoyo para el Islam y los Musulmanes) o JNIM adscrito a al-Qaeda y el Estado Islámico del Gran Sahara, (GSIM) subsidiaria del Daesh, y se expandieron de manera exponencial, desde el norte y centro de Mali a Níger, Burkina Faso, desde donde han llegado a los territorios norteños y parques nacionales de Togo, Benín, Ghana y Costa de Marfil. Lo que ha generado miles de muertos y 3,5 millones de desplazados y otros trece millones necesitan asistencia humanitaria.

Fue esta situación lo que precipitaron los golpes de estado de Mali en mayo del 2021 (ya había habido otro en agosto del 2020, esa vez “bendecido” por París) y en Burkina Faso en enero del 2022, ambos ejecutados por jóvenes coroneles que tienen idénticos reclamos hacia sus mandos: presupuesto y dirección de la guerra, al tiempo que estaban en desacuerdo con las estrategias francesas en el combate a los muyahidines, la que era utilizada por París, ex metrópoli de ambas naciones, como un arma presión en las decisiones de esos gobiernos, consiguiendo protección para sus empresas, y obligando a los gobiernos a las compra casi exclusiva de armamento francés y sólo en algunos casos estadounidense. Por lo que no es casual que, con la llegada de los coroneles tanto a Bamako como a Uagadugú, se hayan conectado con la empresa de seguridad rusa Grupo Wagner, lo que ha exasperado a occidente, para relanzar la guerra contra los integristas, a quienes nunca se les ha podido cortar sus fuentes de financiación, lo que no es un secreto para nadie: Arabia Saudita y otras monarquías wahabitas del golfo. La retirada francesa sin duda es un tónico para ambos grupos terroristas, enfrascados en una guerra territorial desde el 2020.
En el área de Tessit, norte de Mali, próximo a las fronteras de Burkina Faso y Níger, en tres episodios diferentes durante el ocho y diez de febrero al menos cuarenta civiles murieron en Keygourouten, Bakal y en Tadjalalt, tras haber sido acusados por los muyahidines del GSIM de colaborar con el JNIM. Los insurgentes del Daesh, saquearon un centro médico, de donde robaron una ambulancia, una farmacia, destruyeron una torre de agua y algunas tiendas. Además de ordenar a los pobladores que abandonaran sus aldeas por lo que entre 150 y 200 familias, escaparon hacia la frontera con Níger y ciudades cercanas. Se conoció que solo en la aldea de Tadjalalt, fueron asesinados treinta hombres: ancianos, funcionarios y jóvenes que no quisieron afiliarse a la organización terrorista. Este es el escenario que se ha reiterado de manera creciente a lo largo de estos últimos diez años.

La ineptitud manifiesta de las tropas francesas a lo largo de estos casi diez años ha generalizado en los países de la región un creciente sentimiento anti francés por lo que la llegada de los coroneles y más tarde de los comandos rusos, ha sido recibido con alegría por la población de Bamako y otras ciudades malíes.

El pasado viernes 19, se conoció que ocho soldados de las FAMa (Fuerzas Armadas de Mali) y cerca de sesenta terroristas, murieron en el asalto a un campamento terrorista en la región de Archam al norte del país, un día después del anuncio de la retirada francesa. Según el vocero de la FAMa, el ataque contra la base rebelde se produjo después de que un grupo de muyahidines atacaron una caravana militar en cercanías de la frontera con Burkina Faso y Níger.

Al conocerse el anuncio del presidente francés, Emmanuel Macron, de la retirada de sus tropas, desde Bamako, el vocero del coronel Assimi Goita, líder de los militares malíes, exigió a Francia el retiro “sin demora” de sus hombres junto a la pequeña dotación de las fuerzas especiales Takuba. Ensanchando las diferencias entre Bamako y París.

Níger, la nueva escala y un poquito de geopolítica

Tras la deshonrosa retirada de Mali, Francia ha anunciado que será su vecino, Níger la nueva sede, cerca de la frontera con Burkina Faso, para las operaciones europeas en el Sahel. Al tiempo que funcionarios norteamericanos han informado que cerca de un millar de “mercenarios” rusos ya se encuentran desplegados en el territorio malí.

El coronel Pascal Ianni, portavoz de las Fuerzas Armadas francesas, especificó que la mudanza también implica un cambio de estrategia ya que las fuerzas europeas solo darán apoyo a las locales, que llevarán la responsabilidad de liderar la lucha. “La solución está en manos de las fuerzas locales, no de las fuerzas extranjeras”, admitiendo de manera embozada que la crítica situación que han creado los franceses en el Sahel, por su inoperancia, si solo fuera esa la razón, tendrán que ser resuelta con vidas africanas, una vez más, evitando de alguna manera repetir, en poco tiempo más, la grotesca retirada estadounidense de Afganistán el año pasado.

Por lo que para varios gobiernos africanos (Libia, Malí y la República Centroafricana, y posiblemente pronto Burkina Faso) ya han pedido la presencia de los hombres del Grupo Wagner para combatir focos terroristas y de otro tipo de insurgencias.

El acercamiento de Moscú a África no solo se verifica por la presencia y expansión del Grupo Wagner, sino en la agresiva campaña iniciada con anterioridad a la pandemia, por el presidente Vladimir Putin, quien se reunió en la ciudad de Sochi con 43 mandatarios africanos con quienes se habían pactado 12.5 mil millones en acuerdos que, con el fin de dicha crisis sanitaria mundial, se esperan sean actualizados y ampliados. Trabajo que concienzudamente la Federación de Rusia viene haciendo desde 2009, entendiendo el hartazgo de las grandes mayorías africanas de la siempre omnipresencia de las viejas metrópolis coloniales y su nuevo patrón los Estados Unidos.

Entendiendo las expansivas políticas económicas rusas hacia África, y no tanto las militares, es que también lleguemos a comprender la insistencia de Joe Biden, para que por fin Moscú se enrede en un conflicto de envergadura en sus fronteras europeas y distraiga tiempo y recursos, apuntados a establecer nuevos puentes y menos trincheras en otros países.

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