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25/11/21
Regiones: Nicaragua
OEA y EEUU traman otro golpe en Nicaragua
Por Vicky Peláez

Una lógica simple establece que cada nación tiene derecho a elegir su sistema y sus gobernantes sin presiones ni injerencias. Sin embargo, en este mundo neoliberal, la única lógica existente es la del más fuerte.

«Nosotros no pensamos mucho en los efectos de nuestras acciones. No consultamos, simplemente nos comportamos como una potencia colonial». Ben Scowcroft, consejero de seguridad nacional de la Casa Blanca, 1989-1993, LA Times, 26 de marzo de 2000.

Las recientes elecciones en Nicaragua lo demuestran claramente donde una aplastante victoria electoral del Frente Sandinista, inmediatamente fue declarada como «ilegítima» por Washington. Inclusive, antes de las elecciones, el presidente Joe Biden declaró que no reconocerá las elecciones en Nicaragua si gana Daniel Ortega porque EEUU considerará a Nicaragua como una «dictadura» y apoyará a los grupos antisandinistas.

Esto no es nada nuevo porque desde 1798, Estados Unidos consideraba la democracia como su propio instrumento para imponer su voluntad y proteger sus intereses a través de las intervenciones militares o imposición de las sanciones económicas en el mundo entero. En el caso de Nicaragua, por primera vez, Washington mandó sus tropas a este país en 1853, después en 1854, en 1876, 1896, 1898, 1910 y 1926-1933. El presidente norteamericano Calvin Coolidge recalcó en su intervención ante el Congreso en 1927 que «tenemos un interés bien definido y especial en mantener el orden y buen gobierno en Nicaragua».

Precisamente durante la última intervención directa (1926-1933), el patriota nicaragüense Agousto Sandino dirigió la lucha guerrillera contra el ejército de ocupación logrando que las tropas norteamericanas salieran del país. No obstante, los norteamericanos crearon la Guardia Nacional antes de abandonar al país y pusieron al frente al general Anastasio Somoza, quien cumpliendo órdenes de la embajada norteamericana ordenó asesinar a Sandino en 1934. Se dice que el secretario de Estado del Gobierno de Franklin D. Roosevelt, Cordell Hull, remarcó en 1939 que «puede ser que Somoza sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta».

Esta frase de Cordell Hull revela el real significado de la democracia en la interpretación de todos los gobiernos norteamericanos durante 245 años de la existencia de este país. La dictadura de la familia Somoza mantuvo a sangre y miedo a Nicaragua durante 42 años desde 1937 hasta 1979 con el apoyo y financiamiento de Washington. Cuando Anastasio Somoza II fue sacado del poder por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), un 75% de la población ganaba menos de 300 dólares al año. No obstante, Somoza se escapó a Miami, donde ya tenía depositados 900 millones de dólares.

Inmediatamente después de que los sandinistas tomaron el poder en 1979, el presidente norteamericano Jimmy Carter autorizó a la CIA facilitar todo el apoyo necesario a los oponentes del nuevo Gobierno. Así fue creado un ejército de mercenarios, llamados contras, que posteriormente fueron bautizados por el presidente Ronald Reagan como «luchadores por la libertad», quienes hasta 1991 estaban cometiendo todo tipo de barbaridades violando, torturando, asesinando de la forma más cruel a los inocentes civiles, incluyendo niños.

Los contras aprendieron todas estas barbaridades del manual de la CIA: Operaciones Psicológicas en la Guerra de Guerrillas y del folleto de 16 páginas de la CIA, El Manual del Luchador por la Libertad que enseñaba las técnicas del sabotaje. Lo triste fue que en aquel entonces solo la Unión Soviética y Cuba protestaban, denunciando las atrocidades patrocinadas por Norteamérica mientras el resto del mundo las observaba con indiferencia. Por supuesto, el pretexto de Washington de injerencia en aquel entonces era el mismo que utiliza la administración norteamericana ahora, 42 años después respecto al planeta entero: no permitir la expansión del imperialismo ruso.

No cabía duda que una década de violencia desatada por los contras combinada con las sanciones económicas y financieras de EEUU contra el Gobierno sandinista, que provocaron una severa crisis económica en el país, llevaron al agotamiento y cansancio del pueblo nicaragüense que decidió quitar el apoyo electoral al Frente Sandinista y a su líder, Daniel Ortega, y emitió su voto a favor de Violeta Barrios de Chamorro cuya campaña electoral fue dirigida y financiada por Washington. Chamorro pertenecía a una de las familias más ricas de Nicaragua y durante su Gobierno 1990-1997 se impuso el modelo neoliberal dirigido por los Chicago Boys de Milton Friedman, que trató de deshacerse de todos los logros sociales promovidos por el sandinismo.

Lo que significó el desmantelamiento del sector estatal, imposición de un programa de austeridad, privatización del servicio médico lo que llevó al país a una quiebra. Para 1997 la inflación llegó al 13.490%; la pobreza subió al 70%; el desempleo, al 60% y el analfabetismo que fue reducido por el Gobierno sandinista del 50% en 1979 al 13% en 1990, aumentó hasta el 35% en 1997.

Tan servil fue el Gobierno de Chamorro que en 1992 perdonó a Washington la sentencia de la Corte Internacional de Justicia de las Naciones Unidas que obligaba a EEUU indemnizar con 17.000 millones de dólares a Nicaragua por 38.000 víctimas civiles y por la destrucción de la infraestructura del país.

El sandinismo bajo el liderazgo de Daniel Ortega regresó al poder en 2007 y desde aquella fecha el pueblo nicaragüense seguía dando preferencias en sucesivas elecciones a Daniel Ortega, incluyendo la última contienda que dio la mayoría el pasado 7 de noviembre al líder del Movimiento Sandinista de Liberación Nacional, lo que provocó la ‘indignación’ de Washington, sus satélites de la Unión Europea (UE) y de la mayoría de los miembros de la OEA que declararon las elecciones haber sido un «fraude» y una «farsa».

No se podía esperar ninguna otra cosa de esta alianza encabezada por EEUU, que desde el triunfo del sandinismo en 1979 ha venido haciendo todo lo posible con la derecha local, cada vez más radicalizada, para destruir el populismo, el izquierdismo, el socialismo, como lo han estado haciendo en Cuba, Venezuela y Bolivia, utilizando la «bandera de fraude como la nueva consigna de la derecha perdedora electoralmente dispuesta a usar las armas, el asesinato, la mentira para preservar y defender sus intereses», como ocurrió en Bolivia en 2019, según el ex vicepresidente de Bolivia, García Linera. (Programa de Radio de Argentina, “La Pizarra de AM 750”, 8 de noviembre de 2021).

Nicaragua tuvo su propia experiencia con un fallido golpe de Estado en 2018, promovido y financiado por la USAID (Agencia de EEUU para el Desarrollo Internacional) y la Fundación Nacional para Democracia (NED), ambas ramificaciones encubiertas de la CIA. Las pautas para el golpe fueron diseñadas por la USAID en el documento Final Report: Capacity Building for Civil Society, Advocacy Project (25 de enero de 2018). Durante aquel intento de sacar a Daniel Ortega y el sandinismo del poder hubo 298 muertos, 205 millones de dólares de pérdida por el destrozo de bienes públicos, 525 millones de dólares en transportes destrozados, 231 millones de daño en la industria del turismo lo que provocó en total la desaparición de 120.000 puestos de trabajo. Además la violencia desatada por la oposición en 2018 ha obligado a unos 100.000 nicaragüenses abandonar el país.

La reelección de Ortega tiene su lógica. A pesar de las sanciones, bloqueo económico, permanentes ataques mediáticos el pueblo dio su confianza al sandinismo porque su Gobierno es uno de los pocos en América Latina que desde su llegada al poder decretó la atención médica y educación gratuita, aseguró en 92% la soberanía alimentaria, redujo la pobreza al 24% y la extrema pobreza al 7%. Según las Naciones Unidas, Nicaragua está en el quinto lugar del mundo de igualdad entre el hombre y la mujer. En los últimos 10 años, su crecimiento económico en promedio anual ha sido del 5%. Respecto a la actual plaga de COVID-19, el 53,87% de sus ciudadanos han sido vacunados.

Para EEUU, Nicaragua junto con Cuba, Venezuela y Bolivia dan un mal ejemplo al resto de los países latinoamericanos por su desobediencia a Washington, su orgullo nacional y la defensa férrea de su soberanía nacional. Desde 1979, Norteamérica sigue tratando de vencer el sandinismo infructuosamente utilizando distintos métodos con la ayuda de sus satélites incondicionales de la Organización de Estados Americanos (OEA), 24 de cuyos miembros votaron recientemente durante la reunión presidida por el secretario de Estado norteamericano, Antony Blinken, por la propuesta de resolución de declarar «ilegítimas» las últimas elecciones en el país que dieron victoria al sandinismo.

Una gran sorpresa dio el supuesto Gobierno progresista del Perú, apoyando a la Casa Blanca en su condena de las elecciones en Nicaragua. Parece que el presidente peruano, Pedro Castillo, resultó ser uno de los violinistas políticos que, según Eduardo Galeano, «toman el violín con la mano izquierda, pero lo tocan con la derecha». La OEA siempre ha sido un fantoche de Washington que aporta anualmente a esta organización 68 millones de dólares equivalentes al 44% de su presupuesto anual y que fue creada especialmente para promover y asegurar los intereses políticos, económicos y la seguridad de EEUU y no de los países latinoamericanos y los del Caribe.

Como lo enfatizó el canciller de Nicaragua, Denis Moncada, «la OEA tiene como misión facilitar la hegemonía de EEUU con su intervencionismo sobre los países de América Latina y el Caribe, lo que para Nicaragua es inaceptable. Nicaragua no es colonia de nadie». Frente a esta situación, el Gobierno nicaragüense tomó la decisión de desvincularse de la OEA y seguir su propio camino a pesar de las sanciones económicas y financieras, guerra mediática, amenazas de Washington y las conspiraciones de la derecha nacional.

Como dijo el héroe nacional de Nicaragua, Agousto Sandino: «La soberanía no se discute, se defiende con las armas en la mano».

Fuente:
Sputnik Mundo
Etiquetas: FSLN | OEA

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