Con el transcurso de las semanas, el golpe de efecto pretendido por Estados Unidos e Israel lejos de constituir una medida audaz va camino de convertirse en uno de los errores geopolíticos más grotescos.
La situación política interna que atraviesan Estados Unidos e Israel, además de la visión que ambos tienen de un Irán supuestamente frágil y debilitado, incentivan no solo los reiterados actos de agresión, sino que han motivado, en última instancia, la decisión de Donald Trump de dar luz verde al asesinato del Ayatolá Ali Jamanei. Por donde se mire, se trata de una decisión abyecta, deliberada y cínica; concebible, únicamente, para aquellos que hayan subestimado en extremo la capacidad militar y la habilidad diplomática iraní para dar una respuesta en todos los frentes.
Con el transcurso de las semanas, el golpe de efecto pretendido por esta acción lejos de constituir una medida audaz va camino de convertirse en uno de los errores geopolíticos más grotescos. Al igual que la primera agresión militar (junio 2025), esta segunda se llevó a cabo de nuevo, para mayor oprobio, en medio de un proceso de negociación diplomática en curso, con la mediación de un tercer actor neutral (Sultanato de Omán) y en ausencia de una declaración formar de guerra. De esta manera, la Casa Blanca parece haber incorporado a su acervo, en línea con la práctica israelí, el recurso a la perfidia y al asesinato como herramienta válida para dirimir disputas.
El liderazgo político y el aparato militar iraníes ha desechado, por la vía de los hechos, cualquier posibilidad de un arreglo ‘a la venezolana’ y, menos aún, una “rendición incondicional”
El alcance político y moral de esta nueva agresión, que ha traspasado líneas rojas fundamentales, no le deja a Irán otra opción que dar la respuesta en el plano militar. Pues, están en juego no solo su existencia como Estado, sino como pueblo y como nación. Es más, a la luz de lo ocurrido en los casos de Irak (2003), Libia (2011) y Siria (2024), la respuesta iraní es política y militarmente racional.
En cualquier caso, si el objetivo principal de Trump-Netanyahu era obligar a las autoridades iraníes al mando a asumir lo sucedido como un hecho consumado y, en consecuencia, forzarles a aceptar nuevos términos y condiciones de negociación, no parece que lo estén logrando. El liderazgo político y el aparato militar iraníes ha desechado, por la vía de los hechos, cualquier posibilidad de un arreglo ‘a la venezolana’ y, menos aún, una “rendición incondicional” como reclama ahora de manera maximalista Trump. Irán parece determinada a poner fin al ciclo de agresión permanente que las potencias occidentales le han impuesto al país persa.
Jingoísmo americano-israelí
En la medida en que la agresión contra Irán no ha arrojado como resultado un escenario de quiebre del gobierno ni el colapso del estamento militar, Estados Unidos se ha colocado en una situación de impasse. Ahora que la amenaza iraní de atacar todos los intereses de los estadounidenses en la región y cerrar el paso por el Estrecho de Ormuz se ha hecho realidad, Trump se juega la continuidad de la presencia estadounidense en la zona. Sin perjuicio de cómo termine esta aventura militar, no hay posibilidad de regresar a las fórmulas ni a la situación ex ante, fundamentalmente en lo referente a la controversia nuclear.
La ansiedad geopolítica de Netanyahu puede haber precipitado a Trump a un callejón sin salida. Porque, aunque el enfoque jingoísta americano-israelí en Asia occidental es coincidente, los tiempos de unos y otros no son los mismos. Mientras que el proyecto estadounidense para contener y cercar a China es de largo plazo, la urgencia expansionista israelí es de corto y mediano plazo. A Estados Unidos no le queda otra opción que escalar el conflicto, enviando eventualmente tropas —sin que ello constituya garantía de éxito alguno—, o dar marcha atrás, con la seguridad de la humillación internacional.
Con independencia de la decisión que se tome desde Mar-a-Lago, China tomará debida nota, con la situación política de Taiwán en el horizonte. Pues, tras lo ocurrido primero en Venezuela y ahora en Irán, no cabe duda de que el propósito último de Estados Unidos es cercar a China. El control de los reservorios de petróleo y gas de Suramérica y de Asia occidental, que pretenden frenar el auge económico China, no es sino la antesala para el cerco político y militar de esta.
La rendición de Bruselas
La dupla Trump-Netanyahu ha emprendido la agresión contra Irán con total desprecio por los intereses de los europeos, sin importar si son sus socios comunitarios o sus aliados atlantistas. Tampoco les ha importado lo más mínimo el hecho de que, dada la desvinculación del suministro energético ruso, las economías europeas dependan de la estabilidad de Asia occidental para la sostenibilidad de su estrategia de sustitución de proveedores. Estados Unidos e Israel parecieran dispuestos a rendir a Bruselas y repartirse el mercado europeo.
Los efectos de la energía empiezan a sentirse y han hecho aflorar contradicciones entre Estados miembros: España e Italia, de un lado; Francia y Alemania, del otro. Sin embargo, los grupos de presión israelíes y proisraelíes en Estados Unidos están resueltos a seguir ejerciendo todo tipo de presión sobre la Casa Blanca para que esta meta en cintura a los países comunitarios que contravengan del guion prescrito por Washington y Tel-Aviv. El caso de España es buen ejemplo de esta política de amedrentamiento.
Fuente: El salto diario
