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01/09/26

Temas: Geopolítica

Regiones: Mundo

La OCS se consolida como la verdadera arquitectura del mundo multipolar

Por Mónica Saiz Donato

La capital de Kirguistán se convirtió durante dos jornadas, el 31 de agosto y el 1 de septiembre, en el centro de gravedad de la política internacional. Bajo el lema «25 años de la OCS: juntos por la paz sostenible, el desarrollo y la prosperidad», el 26º Consejo de Jefes de Estado de la Organización de Cooperación de Shanghái reunió en Bishkek a Vladimir Putin, Xi Jinping, Narendra Modi, Masoud Pezeshkian, Shehbaz Sharif, Recep Tayyip Erdogan, Kassym-Jomart Tokayev, Shavkat Mirziyoyev, Emomali Rahmon y Alexander Lukashenko, bajo la presidencia rotatoria del anfitrión kirguís, Sadyr Japarov.

Formalmente, la cumbre se cerró con la firma de la Declaración de Bishkek y un voluminoso paquete de documentos técnicos. Pero como ocurre siempre en estos foros, lo verdaderamente decisivo no se produjo en el salón plenario de la residencia estatal de Ala-Archa, sino en las reuniones bilaterales que se sucedieron al margen del evento oficial.

Nuevamente se ha reafirmado que si de verdad se quiere hablar de una arquitectura multipolar en construcción, con instituciones, cronogramas y capacidad de convocatoria efectiva, la referencia obligada ya no es tanto el BRICS —que sigue siendo un espacio de coordinación política y financiera de gran valor simbólico— sino la OCS.

La organización nacida en Shanghái en 2001 reúne hoy a diez miembros plenos que representan más del 40% de la población mundial y cerca de una cuarta parte del producto bruto global, según cifras del Banco Mundial citadas por la prensa que cubrió el encuentro, además de quince socios de diálogo y dos observadores.

Ningún otro foro no occidental combina esa escala demográfica y económica con un aparato de seguridad regional propio —la Estructura Regional Antiterrorista, con sede en Tashkent— y con una agenda de conectividad física que empieza a traducirse en corredores, puertos y sistemas de pago concretos.

Xi y Putin: la relación que sostiene el edificio
El primer gran encuentro bilateral de la cumbre fue, como no podía ser de otro modo, el de Vladimir Putin con Xi Jinping, celebrado el lunes 31 de agosto. Fue el segundo cara a cara entre ambos líderes en lo que va de 2026, después del viaje de Putin a Beijing en mayo.

El presidente chino recordó que aquella visita había servido para cerrar acuerdos «de largo plazo» que ya están dando «muchos resultados», mientras que Putin insistió en la necesidad de mantener intercambios de alto nivel, reforzar la cooperación comercial, energética, industrial, espacial y de transporte, y avanzar hacia un régimen de exención de visados permanente entre ambos países.

El punto más seguido por los mercados energéticos fue, sin embargo, el proyecto del gasoducto Poder de Siberia 2, diseñado para transportar hasta 50.000 millones de metros cúbicos adicionales de gas ruso hacia China a través de Mongolia. El Kremlin había anticipado que el tema se abordaría «no solo a nivel del Foro Económico Oriental de Vladivostok, sino también en el encuentro con el líder chino», según confirmó el asesor presidencial Yuri Ushakov.

La reunión de Bishkek reafirmó el compromiso político con el proyecto y el vínculo estratégico entre Moscú y Beijing, pero —hay que decirlo con la sobriedad que exige un análisis serio— no destrabó el nudo comercial que retiene la obra desde hace más de una década: persisten las diferencias sobre precios, financiamiento y plazos de entrega, con Beijing en posición de mayor fuerza negociadora frente a una Rusia que necesita diversificar sus exportaciones energéticas tras el desplome de sus ventas a Europa.

«Tenemos muchos proyectos importantes en energía, industria, espacio, transporte y logística», señaló Putin ante Xi, en una reunión que confirmó la solidez del eje sino-ruso más allá de los obstáculos comerciales puntuales.

Pragmatismo por encima de las presiones
La segunda reunión bilateral de peso fue la de Putin con el primer ministro indio Narendra Modi, la primera entre ambos en lo que va del año, tras el encuentro de diciembre de 2025 en Nueva Delhi. La agenda cubrió comercio, inversión, energía, defensa, espacio y movilidad de personas.

Ambos líderes celebraron los resultados de la 27ª Comisión Intergubernamental Rusia-India sobre Comercio, Economía y Cultura, reunida en Moscú el 24 de agosto, y constataron un crecimiento del intercambio comercial bilateral superior al 2% junto a un salto del 16% en el turismo entre ambos países durante 2025.

India llegó a Bishkek con una posición delicada, es uno de los principales compradores de petróleo ruso, un vínculo que se ha visto sometido a fuerte presión de Washington y de las sanciones estadounidenses contra las petroleras rusas, pero que la crisis energética derivada del enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán volvió a reactivar entre los importadores indios.

En el plano militar, la conversación abordó la continuidad de las entregas de sistemas de defensa antiaérea S-400, el abastecimiento de misiles y los planes de coproducción y mantenimiento local de repuestos, en línea con la profundización de la autonomía estratégica india. Putin calificó la relación bilateral como una «asociación especial y privilegiada», y ambos mandatarios miraron ya hacia la próxima cita: la visita de Putin a Nueva Delhi para la 18ª Cumbre del BRICS, prevista para el 12 y 13 de septiembre, bajo presidencia india.

El dato político más relevante, sin embargo, fue otro, Modi reiteró ante Putin que la coyuntura internacional «no puede ser una era de conflictos armados» y respaldó el diálogo como vía para poner fin a la guerra en Ucrania, sin que ello alterara en absoluto la profundidad de la relación bilateral.

Es exactamente el tipo de matiz que Occidente suele leer como ambigüedad y que, observado con mayor rigor analítico, es en realidad la expresión de una autonomía estratégica consolidada, India dialoga con Washington, mantiene canales abiertos con Teherán y sostiene su asociación privilegiada con Moscú, sin que estas tres líneas resulten mutuamente excluyentes.

Solidaridad ante la presión de Washington
El 1 de septiembre, ya en la segunda jornada, Putin se reunió con el presidente iraní Masoud Pezeshkian. El encuentro se produjo en un contexto extremadamente sensible, apenas horas después de nuevos intercambios de fuego entre Estados Unidos e Irán y en medio de una escalada que la propia agencia rusa TASS describió centrada en la situación del golfo Pérsico.

Pezeshkian, que había señalado horas antes ante Modi que «continuar la guerra no es de interés ni para Irán ni para la región», buscó en Bishkek respaldo multilateral, la cumbre aprobó una declaración en defensa de la soberanía de los Estados miembros, aunque sin comprometer a Moscú ni a Beijing en un respaldo militar explícito a Teherán, cuyo apoyo económico hacia Irán, por lo demás, sigue siendo limitado aunque sostenible en medio de la reconfiguración global.

La prioridad operativa iraní pasa hoy por acelerar el Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur (INSTC), la ruta ferroviaria que conecta el mar Báltico con el golfo Pérsico y el océano Índico. Ante el riesgo de interceptación naval en las rutas marítimas convencionales, Teherán se proyecta como el gran nodo terrestre euroasiático, una apuesta que encuentra en la cobertura logística de la OCS su marco natural de despliegue.

Completó el cuadro de la diplomacia paralela la presencia de Recep Tayyip Erdogan, quien —pese a la condición de Turquía como Estado miembro de la OTAN— reafirmó ante Putin la disposición de Ankara para mediar en el mar Negro y consolidarse como nodo estratégico de tránsito para los gasoductos euroasiáticos.

Pakistán, protagonista discreto de una cumbre de gran escala
Uno de los elementos que merece particular atención analítica es el papel desempeñado por Pakistán. El primer ministro Shehbaz Sharif llegó a Bishkek con una agenda propia y sostuvo encuentros informales con Xi Jinping, Putin, Erdogan, Pezeshkian, Lukashenko, Mirziyoyev, Rahmon y Tokayev, un despliegue diplomático que confirma que Islamabad ya no actúa en la OCS como socio menor de Beijing, sino como actor con intereses regionales propios.

En su intervención ante el Consejo de Jefes de Estado, Sharif destacó el «extraordinario potencial» de la organización y llamó a coordinar esfuerzos a través de iniciativas de conectividad transregional, proyectos energéticos y cooperación en inteligencia artificial, reducción de la pobreza, salud y deporte.

Especialmente relevante fue su propuesta de establecer un marco de infraestructura y gobernanza de inteligencia artificial soberana dentro de la OCS, orientado a garantizar que ningún Estado miembro quede rezagado en la revolución tecnológica en curso, así como su advertencia —de fuerte carga simbólica en una región donde el agua es motivo de fricción entre India y Pakistán— de que los recursos hídricos «nunca deben ser arma ni instrumento de coerción o ventaja política».

Pakistán asumirá además la presidencia rotatoria de la organización el año próximo, con un plan de acción centrado en esos mismos ejes. Es un dato que la cobertura occidental tiende a subestimar, pero que resulta decisivo para entender la profundidad institucional que ha alcanzado el bloque: la OCS ya no depende únicamente del eje sino-ruso para funcionar.

Desdolarización y banca propia
En el plano económico, el mensaje ruso fue el más explícito de la cumbre. Moscú llegó a Bishkek con un objetivo operativo claro, reducir la dependencia del dólar estadounidense y blindar el comercio de materias primas frente a las sanciones occidentales supervisadas por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos y sus aliados.

La Declaración de Bishkek recoge el compromiso de profundizar el diálogo práctico sobre cooperación financiera en el marco del Consorcio Interbancario de la OCS, mecanismo que durante años ha funcionado por debajo de su potencial y que ahora vuelve a presentarse como antesala de un banco de desarrollo propio del bloque, largamente prometido y todavía pendiente de concreción plena.

A ello se sumó la aprobación, por parte del Consejo de Jefes de Estado, de un plan de acción para el desarrollo de puertos y centros logísticos en los países miembros para el período 2026-2030, una decisión que conecta directamente con la agenda de conectividad energética y comercial que atraviesa toda la cumbre, desde el corredor ferroviario China-Kirguistán-Uzbekistán, prioritario para Xi Jinping y presentado como columna vertebral del llamado Corredor Central que vincula los mercados de Asia con Europa y Oriente Medio, hasta el INSTC iraní y los proyectos energéticos ruso-chinos.

Se trata, en conjunto, de un intento sistemático de dotar a la desdolarización de infraestructura material y no dejarla en el terreno de la sola declaración política, que es precisamente donde ha quedado estancada en otros foros multipolares.

Seguridad compartida y reforma institucional
La dimensión securitaria, columna original de la organización desde su fundación como heredera de los «Cinco de Shanghái» en 1996, también avanzó en Bishkek. Los líderes respaldaron una reforma de la Carta fundacional de 2002, en un esfuerzo por dotar a la OCS de mayor capacidad de acción institucional después de veinticinco años de crecimiento acelerado en membresía —India y Pakistán se incorporaron en 2017, Irán en 2023 y Bielorrusia en 2024— que no siempre estuvo acompañado de una actualización equivalente en sus mecanismos internos.

La lucha frontal contra el terrorismo, el separatismo y el extremismo, mandato original del bloque, se reafirmó como eje transversal, articulado con las nuevas prioridades de cooperación en inteligencia artificial y ciberseguridad impulsadas particularmente por Pakistán y China.

La foto que resume el momento
Si hay una imagen que condensa el verdadero significado político de esta cumbre, es la que circuló durante la jornada del 1 de septiembre: Narendra Modi estrechando la mano de Vladimir Putin y de Xi Jinping, los tres juntos, momentos antes de la fotografía de familia en el Yrys Ordo Congress Hall de Bishkek.

La prensa internacional la describió como «una rara ventana de diplomacia personal» entre India y China, con el propio Modi compartiendo en sus redes sociales imágenes de sus «intercambios de perspectivas» con ambos mandatarios.

La escena de Modi, Putin y Xi juntos frente a las cámaras no debe leerse como un giro espectacular de alianzas, sino como la constatación de algo que este espacio viene sosteniendo desde hace tiempo: el RIC —Rusia, India y China— es una coalición que sabe limar sus diferencias sin que estas impidan el trabajo conjunto.

Es exactamente ese el punto que desde PIA Global hemos insistido en subrayar en reiteradas ocasiones, el triángulo Rusia-India-China (RIC) constituye, más allá de sus fricciones puntuales —la disputa fronteriza himalaya, la competencia estratégica en el sur de Asia, las negociaciones comerciales de India con Washington—, una coalición capaz de sostener cooperación funcional precisamente porque ninguno de sus miembros subordina su autonomía a los otros dos.

India no deja de comprar petróleo ruso ni de fortalecer su asociación privilegiada con Moscú por sus tensiones fronterizas con China; China no deja de avanzar en su relación con Rusia por la competencia que mantiene con India en foros multilaterales; y Rusia, que necesita tanto del mercado chino como del indio para sostener su reorientación económica hacia el este, actúa como bisagra que mantiene el equilibrio entre ambos.

Esa capacidad de gestionar la fricción sin permitir que bloquee la cooperación es, en rigor, la prueba de madurez estratégica que distingue a la OCS de otros espacios multipolares menos consolidados.

OCS y BRICS: Una comparación que ya no admite dudas
Si el objetivo es identificar la estructura que mejor encarna la transición hacia un orden multipolar efectivo, la comparación entre la OCS y el BRICS ya no favorece a este último.

El BRICS conserva un enorme valor como espacio de coordinación política y financiera —el Nuevo Banco de Desarrollo, el mecanismo de reservas contingentes, la próxima cumbre de Nueva Delhi en septiembre— pero sigue funcionando fundamentalmente como plataforma de declaraciones y coordinación macroeconómica entre potencias dispersas geográficamente.

La OCS, en cambio, combina contigüidad territorial, aparato de seguridad regional propio, corredores de infraestructura física en construcción, un consorcio bancario que empieza a activarse y una agenda de gobernanza tecnológica —la propuesta pakistaní sobre inteligencia artificial soberana es un ejemplo elocuente— que ningún otro foro no occidental está discutiendo con ese nivel de concreción.

Bishkek deja, en definitiva, una fotografía múltiple, la del eje sino-ruso reafirmado pese al estancamiento comercial en Poder de Siberia 2; la de una India que profundiza su vínculo privilegiado con Moscú sin renunciar a su margen de maniobra frente a Washington ni a Beijing; la de un Irán que busca en el marco multilateral una cobertura que Moscú y Beijing todavía no están dispuestos a convertir en respaldo pleno; la de un Pakistán que ya piensa en términos de presidencia rotatoria y agenda tecnológica propia; y la de una Turquía que juega, sin contradicción aparente, en dos tableros a la vez.

El análisis sobrio de esta cumbre no puede limitarse a contar declaraciones, debe leer, sobre todo, lo que ocurrió al margen del salón plenario. Y lo que ocurrió al margen confirma que la OCS, con sus tensiones internas y su ritmo institucional todavía imperfecto, es hoy la estructura que más se acerca a una verdadera arquitectura multipolar en construcción.

Fuente: PIA

Etiquetas: BRICS | Multipolaridad

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