Irán ganó la guerra. Desde hace meses, la República Islámica venía demostrando que su posición frente a los ataques de Estados Unidos e Israel no sería la de un país derrotado. Mantuvo una postura firme en las negociaciones, priorizando sus intereses estratégicos; expuso las limitaciones de la protección estadounidense sobre los países del Golfo; logró condicionar el tránsito por el Estrecho de Ormuz; y frustró el proyecto sionista de expansión y consolidación regional.
La pretensión del eje estadounidense-israelí de impulsar un cambio de gobierno en Teherán, presentada desde el inicio de las hostilidades del 28 de febrero como uno de los principales objetivos de la ofensiva, terminó fracasando. Tampoco se alcanzó el segundo objetivo central: imponer un control efectivo sobre el programa iraní de enriquecimiento de uranio.
El cierre del conflicto y las condiciones que dieron lugar al último acuerdo de paz llevaron la impronta iraní. La reanudación de los ataques sobre territorio israelí y las ofensivas contra bases estadounidenses en el Golfo durante la última semana funcionaron como una demostración de fuerza: Occidente ya no puede actuar en Asia Occidental con el mismo margen de maniobra que durante las últimas décadas.
El Acuerdo Final
“El fin de la guerra, incluida la del Líbano, será anunciado en el marco del memorando de entendimiento para poner fin al conflicto”, declaró este domingo el ministro de Asuntos Exteriores de Irán, Abbas Araghchi.
El pasado 7 de junio, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica lanzó una serie de ataques contra el norte de Israel en respuesta a los bombardeos ejecutados por el ejército israelí sobre Beirut. Desde las primeras discusiones en torno a un posible cese del fuego, Teherán sostuvo una posición firme, el Líbano debía ser incluido en cualquier acuerdo de tregua y toda agresión contra territorio libanés sería considerada una agresión directa contra Irán.
Las presiones ejercidas por Teherán, concibieron una respuesta de Israel y Estados Unidos que no pudo disuadir la proyección de la defensa chiita.
Seguidamente, los funcionarios representantes de Irán y la Casa Blanca se encontraron durante varios días en Islamabad, bajo la mediación pakistaní y qatarí para negociar ahora sí, un marco de entendimiento.
Tras las negociaciones, delegaciones de los países involucrados anunciaron que en los próximos días se firmará en Ginebra el acuerdo definitivo destinado a cerrar la guerra iniciada contra Teherán.
El acuerdo incluye la finalización de las operaciones militares en todos los frentes, incluido el Líbano, de forma inmediata y permanente, y el bloqueo marítimo impuesto a Irán durante la guerra.
Al mismo tiempo, se mencionó que Estados Unidos y algunos países europeos estudian alivios graduales de sanciones a Irán, además de la liberación de fondos iraníes congelados en el exterior.
El acuerdo también incluye el compromiso iraní de no desarrollar armamento nuclear, la reapertura del Estrecho de Ormuz en un plazo de treinta días bajo un nuevo esquema de control marítimo que incorporará el cobro de tarifas de tránsito, y un período de sesenta días de negociaciones destinado a alcanzar un acuerdo nuclear definitivo.
En Israel, las repercusiones no tardaron en llegar. El diario Maariv sostuvo que Tel Aviv había fracasado en su intento de influir sobre los términos finales del acuerdo, atribuyendo esta situación al escaso margen de maniobra del liderazgo político israelí durante las negociaciones.
Por su parte, Araghchi advirtió sobre las dificultades que podrían surgir en la implementación del entendimiento. “La otra parte se caracteriza por su incumplimiento de compromisos, y debemos prever problemas importantes en su implementación. No estamos tratando con actores plenamente comprometidos con el acuerdo y, por lo tanto, debemos cerrar las lagunas que les permitan eludir sus obligaciones”, afirmó.
Para las autoridades iraníes, el desenlace del conflicto representa un punto de inflexión en la correlación de fuerzas regional. Teherán ha desmantelado la narrativa occidental y colocó en eje las prioridades soberanas de su país, y de toda la zona.
El control de Ormuz
Previo a los ataques de febrero de 2026, Estados Unidos se había autodenominado como la potencia encargada de garantizar “la libertad” de navegación en el cruce estratégico de Ormuz. Bajo la directiva del “tránsito de paso” impuesta por las normativas del derecho internacional, se condicionó a los países que cuentan con soberanía en las aguas aceptar el paso de los buques que por allí transitaran.
Sin embargo la utilización del concepto de “tránsito de paso” ha servido para justificar la presencia militar extranjera permanente en la región. Desde mediados de los años 90, Estados Unidos patrulló de facto el paso del Estrecho de Ormuz y del Golfo Pérsico, bajo el comando de la Quinta Flota de la Marina estadounidense, con base en Bahrein.
Desde una perspectiva jurídica, las aguas del Estrecho están repartidas entre Irán y Omán, países ribereños al paso donde circula el 20% del comercio mundial.
De esta manera, la República Islámica ha definido el bloqueo del Estrecho como una de sus estrategias fundamentales para negociar el fin de la guerra. La lógica persa evidenció la intención de presionar a EE.UU. demostrando que si lo que busca es una libre circulación energética, debería levantar sanciones o aceptar nuevos arreglos regionales.
En ese sentido, los funcionarios de Irán y el Reino de Omán anunciaron recientemente que ambos países gestionarán conjuntamente Ormuz, de conformidad con el derecho internacional.
La emisora estatal iraní IRIB, citó a Araghchi quien afirmó que “Irán y Omán, como países ribereños de esta vía fluvial estratégica, tienen el derecho natural a coordinarse y tomar decisiones con respecto a su gestión.”
Además, añadió que la República Islámica intercambiaría puntos de vista con los países del Golfo sobre los acontecimientos relacionados con el cruce, pero recalcó que las decisiones relativas a su administración serían tomadas en última instancia por Teherán y Mascate.
Este último anuncio se enmarca en una corriente de pensamiento surgida luego de los recientes enfrentamientos, en donde diversos sectores del gobierno persa consideran que una futura seguridad colectiva regional debería incluir a Irán, Irak, Qatar y Omán, reduciendo la dependencia de bases estadounidenses y británicas.
Andrea Ghiselli, profesora de política internacional en la Universidad de Exeter y directora de investigación del Proyecto ChinaMed, analizó que los acuerdos que Irán está firmando con otros países para concederles el paso por el estrecho “debilitan la influencia de Estados Unidos” ante las amenazas de Trump. Irán está demostrando su capacidad para gestionar el Estrecho, añadió Ghiselli, sin la intervención estadounidense.
Nuevos ejes, nuevas formas
Previo los inicios de la guerra, Estados Unidos contaba con alrededor de 30 bases en el Golfo Pérsico distribuidas en Bahréin, Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Jordania e Irak.
Además, varios países como Arabia Saudita, Kuwait, Qatar y Omán, eran mencionados como potenciales reinos a firmar los Acuerdos de Abraham o a normalizar bajo otras estrategias más sutiles el reconocimiento de Israel.
Irán movió sustancialmente el tablero.
Si bien en las últimas décadas el orden de “seguridad” en la región se basó principalmente en la presencia occidental, en la actualidad, esta construcción se está desmoronando gradualmente dando paso a un nuevo orden.
Las monarquías árabes observaron el desamparo de aquella seguridad prometida por Estados Unidos, evidenciada por los ataques de la Guardia Revolucionaria a las diferentes bases del Pentágono en toda la Península Arábiga.
Este modelo generó dependencia e impidió que los países de la región desarrollen mecanismos de seguridad propios. La Casa Blanca ha demostrado que, salvo en el caso de Israel, no está dispuesto a sacrificar sus intereses generales por la seguridad de ningún otro Estado.
Esto dio pie a la construcción de nuevos ejes para la conformación de alianzas que puedan consolidar una estrategia de seguridad propia de los estados del suroeste asiático.
El nuevo eje suní-hanafí, compuesto por Arabia Saudita, Türkiye, Egipto, Pakistán y Qatar, establece una nueva medialuna de influencia y defensa de la región:
Arabia Saudita ocupa un lugar central como principal impulsor económico de la nueva configuración regional. Los objetivos de modernización y diversificación planteados por Riad en su Visión 2030, requieren un escenario de estabilidad que reduzca los riesgos asociados a los conflictos regionales. En este contexto, el acercamiento a Irán forma parte de una estrategia orientada a consolidar un entorno favorable para las inversiones, el comercio y el desarrollo de grandes proyectos de infraestructura. Su aporte al eje radica en su capacidad para movilizar recursos financieros y promover iniciativas de integración económica.
Türkiye se perfila como uno de los principales articuladores políticos de este proceso. Su ubicación geográfica y su capacidad para vincular distintos espacios regionales le otorgan una posición privilegiada para impulsar nuevas dinámicas de cooperación. Ankara ha buscado construir una política exterior basada en la autonomía estratégica y en la diversificación de sus alianzas, lo que le permite mantener canales de diálogo con múltiples actores. Su relación pragmática con Irán la convierte en una pieza clave para la consolidación de un orden regional más equilibrado.
Egipto aporta legitimidad política, capacidad institucional y peso estratégico. Como uno de los Estados más influyentes del mundo árabe, El Cairo ha privilegiado históricamente la preservación de la estabilidad regional y la contención de escenarios de fragmentación. Su participación en esta nueva arquitectura responde al interés de fortalecer mecanismos de cooperación que reduzcan la dependencia de actores externos. Al mismo tiempo, su control de rutas comerciales fundamentales y su relevancia demográfica refuerzan su papel como actor indispensable en cualquier proyecto de integración regional.
Pakistán representa uno de los principales pilares de seguridad dentro del eje emergente. Su peso militar, su capacidad tecnológica y su condición de potencia nuclear le otorgan una relevancia estratégica difícil de igualar en el mundo islámico. La cooperación que mantiene con Türkiye, Qatar y diversos países del Golfo amplía su influencia regional, mientras que sus vínculos con Irán contribuyen a reducir tensiones.
Qatar desempeña una función de enlace entre actores con intereses diversos. Su capacidad para sostener relaciones simultáneas con Irán, Türkiye, Estados Unidos y distintas fuerzas políticas de la región le permite actuar como intermediario en momentos de tensión. A ello se suma su importante capacidad financiera, que le brinda herramientas para respaldar iniciativas diplomáticas y proyectos de cooperación económica. En este nuevo esquema regional, Doha se posiciona como un facilitador del diálogo y un actor capaz de tender puentes entre espacios políticos que tradicionalmente han permanecido enfrentados.
Esta articulación, representa entonces una alianza que busca integrar la seguridad, coordinación y estabilidad a partir de las acciones de los actores regionales, y ya no, en la dependencia de influencia extranjera.
Estados Unidos e Israel derrotados
La entidad sionista ha intentado sabotear cualquier acercamiento a un entendimiento que dé un cierre a la guerra impuesta sobre Irán. A medida que se anunciaban intenciones de formalizar el acuerdo, Israel intensificaba sus operaciones en el Líbano, en Gaza y en Irán.
Esta estrategia fue criticada por el mismo presidente estadounidense, Donald Trump, quien atrapado entre las presiones de su Congreso, su autodenominación de “líder de la paz”, el mundial FIFA 2026 y las elecciones de noviembre, buscaba construir alguna alternativa para finalizar la guerra que estaba perdiendo.
Trump necesitaba demostrar que podía terminar un conflicto que estaba alterando su economía, estabilizar los precios del mercado energético y llegar a las elecciones parlamentarias sin un frente abierto en Irán.
En ese sentido, el inquilino de la Casa Blanca presionó al primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, frente a los incesantes ataques sionistas a los Estados que son parte del Acuerdo Final.
Queda a ver, qué nuevas estrategias calcula este eje colonial para intentar reconstruir su poder regional. No hay que olvidar las palabras del Ministro de Asuntos Exteriores, quien sentenció que el enemigo no es de fiar, por lo que la capacidad de respuesta de Irán continuará pendiente a los futuros acontecimientos.
Sin embargo, la República Islámica se ha catalogado ante los ojos del mundo como la nación vencedora frente a la Guerra.
Irán no es el mismo. Su cúpula política fue embestida, e incluso perdió a su principal líder, el Ayatolá Jamenei, cientos de científicos y especialistas de su programa nuclear fueron asesinados, miles de civiles objetivados como blancos, y sin embargo, se mantuvo firme frente a sus convicciones.
La guerra comenzó con la intención de deslegitimar el poder de Teherán, mas la nación persa dio vuelta la jugada y desmoronó la hegemonía occidental en toda la región.
Con objetivos claros, que aseguran su estabilidad económica, priorizan su industria energética, reorganizan el control de uno de los pasos comerciales más importantes del mundo, y resguardan la soberanía de sus aliados, la República Islámica se convirtió en el ganador.
Fuente:PIA
