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02/11/26

Temas: Geopolítica

Regiones: Mundo

¿Un nuevo Yalta?

Por Nicolas Mayr

La posibilidad de una reunión entre Donald Trump, Vladimir Putin y Xi Jinping durante noviembre, en China, ha reavivado una vieja imagen: la de tres grandes potencias sentadas alrededor de una mesa para decidir el destino del mundo.

Según informó The Wall Street Journal, entre las aspiraciones atribuidas a Putin aparece incluso la posibilidad de reproducir una suerte de nueva conferencia de Yalta, aquella reunión de 1945 en la que Roosevelt, Stalin y Churchill discutieron la organización internacional que seguiría a la Segunda Guerra Mundial.

La comparación resulta tentadora. La guerra en Ucrania, las tensiones alrededor de Taiwán, la competencia tecnológica y comercial entre Estados Unidos y China y la proliferación de conflictos regionales parecen reclamar algún tipo de entendimiento entre quienes concentran las mayores capacidades militares y económicas del planeta.

Sin embargo, detrás de la aparente similitud se esconde una diferencia histórica fundamental, en 1945 las potencias discutían cómo organizar un mundo que emergía de una guerra cuyo desenlace estaba prácticamente definido. Hoy pretenden administrar un mundo cuyo equilibrio se encuentra en descomposición y para el cual ninguno de sus protagonistas dispone de una alternativa de organización duradera.

Yalta fue posible por condiciones que excedían ampliamente la voluntad de sus participantes. La derrota del nazismo estaba próxima, los ejércitos aliados ocupaban posiciones territoriales concretas y la distribución del poder militar comenzaba a establecer los límites dentro de los cuales se reorganizaría Europa. Aquellos acuerdos estuvieron lejos de resolver todas las contradicciones. La confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética comenzaría poco después y terminaría configurando dos grandes espacios enfrentados.

Pero existía una diferencia decisiva respecto del presente. En 1945, la derrota inminente de Alemania y la distribución de las fuerzas militares sobre el territorio europeo delimitaban las condiciones desde las cuales podía proyectarse una nueva organización internacional. Estados Unidos emergía de la guerra con una capacidad industrial y financiera extraordinaria, mientras la Unión Soviética había consolidado su posición militar y política en Europa oriental.

Sobre esas bases se desarrollaría posteriormente un prolongado ciclo de expansión económica, reconstrucción y construcción institucional que contribuiría a estabilizar el orden de posguerra. Yalta expresaba una relación de fuerzas concreta, pero también anticipaba una reorganización internacional que encontraría, en las décadas siguientes, condiciones materiales para sostenerse. Nada semejante existe actualmente.

Estados Unidos conserva una superioridad militar global, el predominio del dólar (aunque en dinámica negativa), una extensa red de alianzas y posiciones decisivas en el sistema financiero y tecnológico. China se ha convertido en el principal centro manufacturero del planeta y ha desarrollado capacidades industriales, científico-tecnológicas y militares que cuestionan crecientemente la primacía estadounidense. Rusia, con una base económica considerablemente menor, conserva una capacidad nuclear comparable a la norteamericana y suficiente poder militar para disputar posiciones estratégicas fundamentales.

Esta distribución desigual de capacidades explica parte de la inestabilidad contemporánea. Estados Unidos continúa siendo la potencia más poderosa considerada en su conjunto, pero ya no dispone de la asimetría extraordinaria que caracterizó las décadas posteriores a la desaparición soviética.

China ha desarrollado capacidades industriales, tecnológicas y militares suficientes para disputar crecientemente esa primacía, aunque su poder financiero, monetario y de proyección militar global continúa siendo considerablemente menor.

Rusia, por su parte, conserva capacidades estratégicas y militares decisivas, pero cuenta con una base económica mucho más limitada. Ninguna de estas potencias dispone de las condiciones necesarias para organizar una nueva hegemonía mundial.

El resultado es un proceso de multipolarización que multiplica los centros de poder sin producir una nueva estructura capaz de organizarlos establemente.

La pérdida de la primacía indiscutida de Estados Unidos no garantiza el nacimiento de otra hegemonía. La historia no funciona como una sucesión automática de imperios en la que el agotamiento de una potencia abre necesariamente el camino para su reemplazo.

Esta es probablemente la diferencia más importante con las grandes reorganizaciones internacionales del pasado. Las hegemonías históricas se construyeron sobre procesos expansivos que permitieron articular, bajo una dirección determinada, intereses económicos y políticos diversos.

Las potencias dominantes podían organizar un orden porque existían condiciones materiales para ampliar sus propias capacidades y, simultáneamente, abrir espacios de desarrollo que integraran a otros actores bajo su dirección.

Esa posibilidad se encuentra históricamente agotada. El capitalismo continúa desarrollando capacidades productivas extraordinarias, pero lo hace bajo contradicciones crecientes: endeudamiento, financiarización, competencia por mercados, desplazamiento de la producción, presiones sobre la rentabilidad y una expansión productiva que encuentra límites económicos, sociales y ambientales cada vez más difíciles de superar.

El problema excede la decadencia relativa de Estados Unidos. Aunque China continúe creciendo y ampliando su influencia, tampoco puede convertir automáticamente esa acumulación de poder en la base de un nuevo orden mundial. Su propia expansión depende de un mercado internacional cuyas contradicciones reproduce y profundiza. La integración económica mundial que permitió su extraordinario ascenso es también el terreno donde se desarrolla su enfrentamiento con Estados Unidos.

Aquí aparece una paradoja decisiva: la expansión del mercado mundial bajo la primacía estadounidense contribuyó a desarrollar las capacidades materiales que hoy cuestionan esa misma primacía. Washington necesita preservar posiciones construidas bajo una distribución anterior del poder, mientras Beijing procura ampliar las suyas a partir de una relación de fuerzas que ha cambiado considerablemente. Ninguna negociación diplomática puede eliminar esa contradicción.

La idea de dividir el planeta en zonas de influencia enfrenta, además, una dificultad adicional. El mundo actual carece de las fronteras económicas y políticas relativamente definidas que caracterizaron buena parte de la Guerra Fría. Las cadenas de producción, los circuitos financieros, las tecnologías, los recursos energéticos y los mercados atraviesan permanentemente las hipotéticas fronteras que las grandes potencias podrían acordar.

China necesita mercados que se encuentran bajo influencia estadounidense. Estados Unidos depende de cadenas productivas en las que China ocupa posiciones fundamentales. Rusia necesita sostener vínculos económicos y políticos que exceden su propio espacio regional. Y numerosas potencias intermedias, desde India hasta Turquía o Brasil, intentan ampliar sus márgenes de autonomía sin aceptar una subordinación rígida a ninguno de estos centros.

Un reparto del mundo podría reconocer ciertas posiciones territoriales o estratégicas. Pero difícilmente conseguiría ordenar las relaciones económicas y políticas que atraviesan esas posiciones y obligan permanentemente a disputarlas.

Esto no significa que una reunión entre Trump, Putin y Xi carezca de importancia. Por el contrario, podría producir acuerdos relevantes. Una negociación sobre armamento nuclear, una reducción de determinadas tensiones comerciales o algún entendimiento alrededor de la guerra en Ucrania tendrían consecuencias concretas. Incluso podrían, con profunda fragilidad, desacelerar una escalada bélica en el corto plazo.

Las grandes potencias poseen capacidad para negociar treguas, establecer límites recíprocos, reconocer determinadas áreas de influencia e imponer nuevas relaciones de fuerza. Pero cada uno de esos acuerdos deberá desenvolverse dentro de las contradicciones que hicieron necesaria la negociación.

Un eventual congelamiento del conflicto ucraniano, por ejemplo, podría reducir temporalmente los enfrentamientos sin resolver las disputas sobre seguridad, soberanía y posiciones estratégicas que atraviesan a Rusia, Ucrania, Estados Unidos y Europa. Algo semejante sucede en el Pacífico, donde la creciente capacidad china entra en tensión con una arquitectura militar y política regional establecida durante décadas de superioridad estadounidense.

El problema consiste precisamente en que las posiciones heredadas siguen existiendo mientras las relaciones materiales de fuerza que las sostuvieron se han transformado. Cada potencia intenta conservar o ampliar su lugar dentro de una estructura internacional que ya no consigue reproducir sus equilibrios anteriores.

De allí que la diplomacia y la confrontación militar aparezcan cada vez más entrelazadas. Los acuerdos pueden reducir tensiones y modificar las condiciones inmediatas de la disputa. Pero las presiones que empujan a las potencias a expandirse y defender sus posiciones continúan operando después de cada negociación.

Esto tampoco convierte una guerra mundial en inevitable. La existencia de arsenales nucleares capaces de provocar una destrucción recíproca introduce restricciones enormes al enfrentamiento directo. Precisamente por eso las disputas tienden a desplegarse mediante guerras regionales, sanciones, bloqueos tecnológicos, conflictos comerciales y múltiples formas de confrontación indirecta. La contención de una escalada puede coexistir con la extensión de los conflictos.

La posibilidad de un nuevo Yalta expresa, en última instancia, la aspiración de las grandes potencias a recuperar mediante acuerdos políticos una estabilidad que ha perdido sus fundamentos históricos. Pueden producirse compromisos importantes. Algunos podrían prolongarse durante años. Otros podrían fracasar rápidamente. Su duración dependerá de relaciones de fuerza cambiantes, de los conflictos que consigan contener y de aquellos que contribuyan a desplazar hacia otros territorios.

Pero ningún reparto diplomático puede restituir las condiciones que hicieron posible la construcción de los grandes órdenes internacionales del pasado. La crisis contemporánea no deriva simplemente de una distribución equivocada del poder que tres dirigentes podrían corregir sentándose a negociar. Es expresión de transformaciones materiales mucho más profundas y de las dificultades crecientes del sistema mundial para organizar su propia reproducción.

Por eso, aun si la reunión de noviembre finalmente se concreta y alcanza acuerdos significativos, resultaría equivocado interpretarla como el nacimiento de un nuevo orden internacional.

En Yalta se discutía la organización del mundo que emergía de una guerra. Hoy, las grandes potencias intentan encontrar acuerdos para administrar un mundo cuya organización se ha vuelto crecientemente inviable. Podrán acomodar transitoriamente las piezas del tablero. Lo que ya no pueden garantizar es la estabilidad del tablero mismo.

Fuente:PIA

Etiquetas: China | EEUU | Rusia | Yalta

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