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04/02/24
Regiones: Venezuela
Venezuela, EEUU y la geopolítica mundial: ¿Quién agrede a la democracia?
Por Juan Carlos Monedero

La hipocresía de los sancionadores

Casi 30.000 muertos en Palestina. Y no somos capaces ni siquiera de dejar fuera de Eurovisión al genocida Israel. Otra cosa fue con Rusia. Ahí fue fácil. O con Venezuela: hasta les pusimos un Presidente títere, que se colocó la banda presidencial a sí mismo en una plaza de Caracas. Luego le recibimos en las capitales europeas con privilegios de jefe del Estado.

Las sanciones tienen un sancionador y un sancionado. Uno parece que aplica lo justo y otro paga por una supuesta injusticia cometida. ¿Quién vigila al vigilante? No deja de llamar la atención la hipocresía de los EEUU y de la Unión Europea que, incapaces de sancionar al gobierno asesino de Netanyahu, quieren seguir imponiendo sanciones a algunos países como si les perteneciera la legitimidad internacional. Al tiempo, desoyen los mandatos de Naciones Unidas usando su poder de veto en el Consejo de Seguridad, un vestigio de la guerra fría que vulnera su tan cacareado orden internacional «basado en reglas». El orden internacional, como diría el Trasímaco de La República de Platón es solo lo que conviene a los poderosos.

EEUU es un país que el año pasado tuvo 331 tiroteos masivos y donde la policía mató en 2022 a tres personas cada día. Es el país que inició en Irak una guerra con mentiras sobre armas de destrucción masiva -Colin Powell mintió al respecto ante Naciones Unidas, que es como mentir en un confesionario- que han costado la vida a, al menos, 600.000 personas. EEUU tiene encarcelado a Julian Assange por desvelar los asesinatos norteamericanos en Irak. EEUU es el país de Laura Richardson, la jefa del Comando Sur de EEUU, que dijo que querían quedarse con los recursos naturales de América Latina y para eso tenían un ejército tan poderoso. Son los Estados Unidos que Donal Trump quiere «hacer grande otra vez» presumiblemente, como reconoció en un mitin, invadiendo Venezuela y robándoles el petróleo. Algo que no debe extrañarnos cuando Trump ha estado dispuesto a desconocer el resultado de las elecciones en EEUU y lanzó a sus huestes a asaltar el Capitolio. Ese es el país que dicta al mundo quién debe ser sancionado y quién no. Están al borde de una guerra civil pero antes quieren incendiar el mundo.

Acabamos de saber que los EEUU mandaron a Venezuela a agentes encubiertos para inventar una trama que vinculara al Presidente Nicolás Maduro con el narcotráfico. Como dice el diario El País, que cubrió la noticia, se trataba de un intento de desestabilización de Venezuela para un objetivo repetido: desposeer a ese país de su riqueza. Igual que estuvieron con Roma los lusitanos que asesinaron a Viriato, siempre las élites latinoamericanas han apoyado a los invasores del norte. Esas élites siempre han apoyado e impulsado los golpes de Estado de la derecha en el continente. Todos los atentados contra el derecho internacional y contra la legislación venezolana recibieron el apoyo puntual y entusiasta, toda la colaboración de María Corina Machado y su entorno. Por la mitad de la mitad de la mitad de lo que ha intentado en Venezuela esta líder extremista, en España hemos encarcelado o exiliado a la cúpula de ERC y de Junts. Parece que vemos la paja en el ojo ajeno, pero no vemos la viga en el propio. Conspirar contra tu país es un delito en todos sitios. Dice el artículo 128 del Código Penal de Venezuela: «Cualquiera que, de acuerdo con país o república extranjera, enemigos exteriores, grupos o asociaciones terroristas, paramilitares, insurgentes o subversivos, conspire contra la integridad del territorio de la patria o contra sus instituciones republicanas, o las hostilice por cualquier medio para alguno de estos fines, será castigado con la pena de presidio de veinte a treinta años.»

Venezuela: que grite su economía como en el Chile de Allende

La oposición venezolana lleva intentando tumbar a los gobiernos populares de su país desde que Chávez ganó las elecciones en 1998. Un año después, cuando el nuevo Presidente aprobó las leyes habilitantes que recuperaban el petróleo, los latifundios improductivos y las costas del país, supieron que tenían que recurrir a los métodos tradicionales. Dieron un golpe de Estado en 2002 apoyados por la patronal y un sector del ejército, secuestraron al Presidente Chávez y mandaron fusilarlo, aunque los que tenían que haberlo hecho desobedecieron; hicieron su particular kale borroka que paralizó varias veces el país (allí se llamaban guarimbas), con muerte incluida de miembros de los cuerpos de seguridad del país (en España, la diputada del PP Cayetana Álvarez de Toledo, en un ejercicio de hipocresía propio del fascismo, celebró en las redes que prendieran fuego a policías. La derecha, en todo el mundo, se esfuerza en igualarse en indignidad); sabotearon la industria petrolera, principal riqueza del país; intentaron invalidar las elecciones cuando las perdían; se apoyaron en EEUU para nombrar un presidente encargado, Juan Guaidó, que se autoproclamó en una plaza, y que, en un gesto agradecido de reciprocidad entre caimanes, le regaló el oro de Venezuela a Londres y la red de gasolineras más importante del país, CITGO, a los EEUU. Terminó siendo reprobado, por ladrón, por sus compañeros antichavistas.

Esa es la oposición venezolana y, sin embargo, siguen teniendo permitidos sus partidos, sus medios de comunicación e, incluso, reciben apoyo exterior. En España hemos perseguido e ilegalizado partidos, cerrado periódicos y encarcelado y torturado a gente incluso sin pruebas. Como dictador, Nicolás Maduro no vale gran cosa. Los que en España han estado diez años acusando a Podemos de estar financiado por Irán y Venezuela sin ningún sustento, son los mismos que celebran que la mafia internacional y el gobierno golpista de los EEUU financie a la oposición venezolana. Hipócritas. ¿Cuándo no lo han sido?

EEUU nunca toleró que ganase la presidencia Hugo Chávez -esta semana se han cumplido 25 años desde que jurara el cargo sobre aquella «moribunda Constitución»- y luego, en una marea rosa, Néstor Kirchner, Lula Da Silva, Rafael Correa, Evo Morales, Francisco Lugo, Mauricio Funes o Gustavo Petro en la alcaldía de Bogotá. Desde Washington se leyó como una catástrofe, producida por haber concentrado el foco en la guerra de Irak. ¡Cómo iba a tolerar EEUU que sus subordinados al sur del Río Grande empezaran a desobedecerle! Llamaron a la CIA, se vieron en el Pentágono y empezaron a planear con maneras de la old school. Cuando le pasó a España con el Rif hicimos lo mismo: pasas a cuchillo a los desobedientes y crees que así has solventado el problema.

A partir de ese momento, el Departamento de Estado norteamericano decidió recuperar otra vez la «normalidad», esto es, volver a convertir a América Latina en su obediente patio trasero. Ahí se explican los golpes, duros o blandos, en Honduras, en Ecuador, en Bolivia, en Brasil; y los intentos constantes y determinados de tumbar primero a Hugo Chávez y luego a Nicolás Maduro.

Hay que entender que cuando Chávez gana en 1998, el modelo neoliberal estaba en su apogeo y los países referentes de la izquierda durante el siglo XX -la URSS, China, Cuba, Albania, Corea del Norte- habían dejado de ser atractivos como oferta electoral. En Venezuela, sin embargo, empezaba a nacer una izquierda democrática -bajo el paraguas del socialismo del siglo XXI-, que se presentaba a las elecciones, cumplía la Constitución y abrazaba los principios parlamentarios y jurídicos del liberalismo político al tiempo que redistribuía la renta como en un New Deal caribeño. Si en 1973 había que tumbar al socialismo de Allende -era el peor ejemplo para la región por su atractivo-, a partir de 1999 Venezuela era el objetivo a batir, aún más cuando Chávez reorganizó la OPEP, creó la UNASUR, frenó a las grandes empresas petroleras norteamericanas, le prestó dinero a países a los que quería arrodillar el FMI y le abrió las puertas del continente a China y Rusia.

La muerte devastadora de Chávez fue el momento que la oposición y los EEUU quisieron aprovechar para conseguir, por fin, acabar con el gobierno chavista. Fue cuando Arabia Saudí tumbó los precios del petróleo en su lucha contra el fracking. También cuando las sanciones de EEUU buscaron, como ya hizo Nixon con los bloqueos en Chile, hacer «chillar» a la economía venezolana. Impedirle a Venezuela vender petróleo -se hundió su PIB más del 30%- era condenar al país al hambre. ¿Cómo no iba a emigrar una parte relevante de su población? Impedir a Venezuela vender petróleo es como si en España, de pronto, se prohibiera que entraran turistas. ¿Aguantaría algún gobernante? Maduro ha resistido con elecciones limpias que ningún organismo electoral latinoamericano ha puesto en duda.

La extrema derecha venezolana

En la oposición venezolana siempre han existido dos grandes sectores: uno que busca derrotar al chavismo en las urnas (que aunque se deja también querer por los EEUU, no cruza determinadas líneas rojas), y otro, el que representa María Corina Machado, que siempre ha apoyado la intervención militar norteamericana. Esta representante de los intereses norteamericanos en la región ya fue inhabilitada por un año en 2015 por asistir como «embajador alterno» de Panamá a una reunión de la Organización de Estados Americanos (OEA). En esa reunión de la OEA -recordemos que esta organización fue parte activa en el golpe contra Evo Morales en Bolivia- Machado aprovechó para denunciar, sin pruebas, supuestas violaciones a los derechos humanos durante las guarimbas en Venezuela. La condena de la OEA podía haber habilitado una intervención militar de los EEUU. María Corina Machado, no es extraño, es la líder apoyada por José María Aznar -uno de los que provocaron la invasión de Irak con la mentira de las armas de destrucción masiva y que, sorprendentemente, no está preso-; también le apoyan el golpista norteamericano Trump, los golpistas ecuatorianos Moreno y Lasso, el golpista boliviano Jorge Quiroga o el ex presidente Felipe Calderón -que tiene a su segundo en el gobierno, Genaro García Luna, en la cárcel en EEUU por ser una pieza del narco a sueldo del cártel de Sinaloa-. También, obviamente, Álvaro Uribe, bajo cuyo mandato se asesinaron a miles de inocentes -los falsos positivos- para presentarlos como supuestos guerrilleros. Lo mejor de cada casa. Los amigos de María Corina Machado no son los amigos de la democracia.

Este viernes pasado, la Sala Político Administrativa del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) anunció que Machado «está inhabilitada para ejercer funciones públicas por un período de 15 años». La acusación tiene que ver con casos de corrupción durante la gestión del presidente interino Juan Guaidó, al que se le entregó la responsabilidad de los bienes internacionales incautados a Venezuela. Convencidos de que tumbaban al gobierno de Maduro, robaron sin muchas precauciones y entregaron a gobiernos extranjeros los bienes del país. También la inhabilitación se relaciona con el apoyo de Machado a las sanciones económicas a Venezuela que han causado muchas muertes en el país -pensemos en la prohibición de importar medicinas-. Es evidente que Machado ha incumplido el artículo 128 del Código Penal. Imaginemos en España que los líderes catalanes hubieran utilizado tarimas nacionales e internacionales para apoyar un boicot a la economía española, que hubieran enajenado bienes del país y hubieran apoyado una intervención militar que acabara con el gobierno de la nación. Los delitos, ya juzgados, de María Corina Machado no son tolerados en ningún país.

Machado, con el férreo apoyo de los EEUU, era la líder de la oposición mejor ubicada, aunque el proceso a través del cual fue elegida en unas primarias estuvo lleno de irregularidades. Querer presentar a una persona en riesgo claro de inhabilitación ha sido una imposición de los sectores duros de la oposición y de los EEUU, que prefieren que todo salte por los aires antes que el país se recupere económicamente, como ha empezado a hacer desde que se han rebajado las sanciones.

De hipócritas y golpistas

Al tiempo que se inhabilitaba a Machado y a Capriles, el TSJ habilitó para ejercer cargos públicos al ex gobernador del estado Zulia, Pablo Pérez; al ex parlamentario y dirigente de Primero Justicia, Richard Mardo; al líder de Prociudadanos, Leocenis García y al ex alcalde del municipio San Cristóbal del estado Táchira, Daniel Ceballos, quienes habían presentado distintos recursos contra sus inhabilitaciones. La inhabilitación de Machado, junto a la de Capriles, no es una novedad. El día de la firma de los Acuerdos de Barbados, el responsable de la delegación venezolana y Presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, fue muy claro: «Si usted recibió una inhabilitación administrativa, no podrá ser candidato».

Los acuerdos de Barbados, firmados en octubre de 2023, fueron el marco general que aprobaron la oposición y el gobierno de Nicolás Maduro para las elecciones generales de 2024. En ese acuerdo, donde se establecía un calendario, el derecho de las partes a elegir a sus candidatos, el equilibrio mediático, la depuración del registro electoral, misiones técnicas de observación internacional y la libre circulación por todo el territorio a todos los candidatos, se decía también, con claridad -y la oposición firmó los acuerdos-, que: «se promoverá la autorización a todos los candidatos presidenciales y partidos siempre que cumplan con los requisitos establecidos en la ley para participar en la elección presidencial, consistentes con los procedimientos establecidos en la ley venezolana». Vamos, que para presentarse a las elecciones en Venezuela, hay que cumplir con la ley. Malditos bolivarianos legalistas.

El escándalo que se quiere crear con la inhabilitación forma parte del ánimo golpista que está acompañando a las relaciones internacionales desde la crisis de 2008. EEUU está preparando su confrontación con China, porque el modelo no resiste sin guerras. El gobierno norteamericano es un gobierno de corporaciones que, igual que está dispuesto a un genocidio en Palestina para controlar la zona petrolera de Oriente Medio o a una guerra absurda en Ucrania para separar a la Unión Europea de Rusia, está dispuesto a otro genocidio en América Latina si con eso controla las reservas petroleras venezolanas. El apoyo del ejército venezolano al gobierno de Maduro es un «inconveniente» novedoso en los planes norteamericanos, que siempre han sido capaces de comprar oficialidades en todos los países. En esa confrontación futura con China, EEUU necesitaba que la Unión Europea rompiera con Rusia -y Putin mordió el anzuelo-, especialmente Alemania. Ya lo han logrado. Aunque hayan necesitado volar el Nordstream 2. Ahora necesitan doblegar a América Latina, pero ya no pueden. López Obrador en México, Lula en Brasil, Petro en Colombia, Castro en Honduras, Boric en Chile… Y la Venezuela de Maduro que representa la resistencia a esos EEUU imperiales y en cuya caída EEUU y la extrema derecha mundial siempre han buscado una derrota para toda la izquierda latinoamericana.

Claro que Venezuela tiene muchas tareas pendiente. ¿Algún país no? Han solventado mejor los desafíos para superar el neoliberalismo que los viejos problemas heredados de la época colonial y de su condición rentista. Para solventarlos, podría empezar EEUU dejándoles en paz para que puedan, como venían haciendo, dar respuesta a sus problemas. La semana pasada María Corina Machado reunió a un millar de personas en Caracas. Maduro sacó a las calles a decenas de miles. Alguien no está midiendo bien la conciencia de ese pueblo.

Pero no nos engañemos. La demonización de Venezuela no es sino un intento de hacer un castigo ejemplarizante que discipline a las izquierdas en todo el mundo. Además, tiene la necesaria gratificación -algo que siempre ha movido a los EEUU y a Europa- de controlar las reservas de petróleo más importantes del mundo. La propaganda es machacona y afecta incluso a la izquierda. Cuando repetimos las consignas de EEUU sobre Venezuela -o sobre Palestina o sobre Oriente Medio o sobre Assange o sobre la izquierda-, estamos poniendo ladrillos en el muro que nos impide salir de la cárcel del neoliberalismo. Milei ha ganado en Argentina porque el FMI y los medios de comunicación, en manos de la derecha, lo han hecho posible. Y está devastando el país. En Ecuador se persigue a los opositores, se asesinó a un candidato presidencial y el Gobierno ha entregado la gestión del país a las bandas. En El Salvador ha desaparecido el estado de derecho. En Perú ha habido un golpe de Estado y el presidente legítimo está preso. ¿Y el problema es Venezuela?

Dentro de unos años, Hollywood hará una película sobre los ataques al país de Simón Bolívar y luego la academia de cine le dará algún premio. Sólo después de que todo el daño esté hecho. Pero el verdadero premio es que dejen a ese país hoy construir en paz y desde ya su futuro. Basta echar una ojeada al mundo para saber que quien agrede a la democracia a lo largo del planeta casi siempre tiene algo que ver con la derecha, la extrema derecha o con intereses globales de eso que antes se llamaba imperialismo. Las palabras parece que envejecen; los comportamientos continúan.

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