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13/08/21
Juvenicidio de clase, crimen de la guerra multidimensional en Colombia
Por Maria Fernanda Barreto

Al inicio de la década de los noventa como el gran vencedor de la «guerra fría», que en realidad tuvo expresiones muy calientes, Estados Unidos, ya establecido desde la segunda post guerra como cabeza del imperio capitalista, se consolidó también como la más grande potencia política y militar, y se convirtió en el eje del mundo unipolar. Ese había sido el objetivo de la lucha contra el comunismo, que justificaba todas las guerras en una supuesta defensa de la paz que, según decían, solo el capitalismo podía sostener.

Esa fue al menos la idea que se le vendió a la opinión pública mundial, para hacerle creer que el triunfo del bloque de potencias occidentales garantizaría al planeta la estabilidad y la paz mundial. Se difundió ese argumento en las caricaturas, películas, discursos y hasta en canciones, con las que la próspera industria cultural estadounidense bombardeó a las generaciones que crecimos entre la década de los cincuenta y la de los noventa. Pero el resultado fue que el mundo siguió llenándose de guerras jamás declaradas, y se hizo cada vez más difícil saber cuándo un conflicto armado era interno y cuándo internacional.

Hacía falta comprender para quiénes sería la paz y la estabilidad, y cuál sería el precio que los pueblos deberíamos pagar. Pronto descubrimos que esa «paz» que defendían implicaba más acumulación de riqueza para sus bolsillos y más sobreexplotación para nosotras y nosotros.

Su paz se convirtió en privilegio de los países del norte, mientras en los países del sur, en el mejor de los casos, en un privilegio de las grandes ciudades. A cambio, los pueblos debíamos someternos en silencio al más depredador despojo, la más brutal explotación y por supuesto olvidar conceptos tan subversivos como independencia, soberanía y justicia social.

En ese contexto Estados Unidos, su OTAN e Israel, imponen al mundo sus modelos de guerra cada vez más difusa que generaron el florecimiento de compañías militares y de seguridad privadas, así como de grupos paramilitares a su servicio.

La «guerra contra las drogas» terminó por reordenar el negocio a su favor para fortalecer su economía y financiar los grupos paramilitares, luego se declaró la «guerra contra el terrorismo» para legitimar su expansión y todo esto terminó en la «guerra sin fin» como estrategia imperialista, lo que configuró una guerra multidimensional o hibridizada que dio un papel aún más protagónico a la industria cultural y sus corporaciones mediáticas.

Venezuela y Colombia son claros ejemplos de esa nueva modalidad de la guerra, aunque de diverso modo. Venezuela es objetivo de guerra por representar un Estado que se insubordina luego de décadas de sumisión restando poder político, económico y militar a la potencia norteamericana en la región, constituyéndose en un mal ejemplo político y por ello, catalogada como una amenaza inusual y extraordinaria para los Estados Unidos.

Legitimación de un modelo genocida de control social en Colombia

Colombia, por su parte, es escenario y puerto de exportación de esa guerra. Sometida al más brutal despojo, a la ocupación militar y a la absoluta entrega de su soberanía, se ha constituido en principal enclave imperialista en la región y en exportadora de un modelo genocida de control social.

En Colombia el genocidio, las masacres, el desplazamiento forzado, la tortura, la desaparición y la judicialización o lawfare como práctica del Estado contra el pueblo en general y contra la oposición nacional e internacional, se han instituido. Esta institucionalización tan bien lograda ha requerido el respaldo de las corporaciones mediáticas que se encuentran cartelizadas y responden a los mismos intereses económicos de la clase política que ha conseguido gobernar el país desde hace doscientos años, subordinando los intereses nacionales a los de Estados Unidos, como cabeza del imperialismo.

Las mafias que manejan los carteles mediáticos en Colombia han sido fundamentales para invisibilizar el conflicto social y armado que vive el país, presentándolo como una pelea entre bandas delincuenciales enemigas del Estado, y para naturalizar ese genocidio que se continúa ejecutando. Las voces disidentes que accidentalmente emergen en los medios son marginadas, y a menudo enfrentan todas esas formas de violencia instituida que hemos mencionado.

Sin embargo, la paradoja de la saturación de información que ha generado la masificación de las redes sociales es que pueden ser herramientas al servicio de operaciones psicológicas con fines comerciales y hasta militares, o pueden ser herramientas populares para abrir brechas por donde puede irrumpir la verdad. El sueño o la pesadilla de Goebbels según se usen. A pesar de los algoritmos que hacen evidente el poder de los grandes capitales en las redes.

Las capacidades de apropiación de estas relativamente nuevas herramientas de comunicación de masas que han desarrollado medios alternativos y hasta individualidades que defienden intereses populares, han permitido levantar en ellas trincheras fundamentales de la comunicación contrahegemónica.

Lamentablemente la correlación de fuerzas en esta área sigue estando de su parte. Mientras el imperialismo y sus gobiernos solo necesitan unas horas de protestas en Cuba para armar un gran escándalo mediático, se necesitan masacres a plena luz del día en las grandes ciudades ejecutadas por la policía, difundidas por las redes sociales, personas que arriesguen su vida para cubrir y analizar esas noticias, y el esfuerzo titánico de medios de comunicación alternativos, para que el mundo se entere de lo que pasa en Colombia.

El estallido social que se generó a partir del Paro Nacional convocado el pasado 28 de abril logró revertir al menos temporalmente esa correlación nacional e internacionalmente, a tal punto que las grandes corporaciones mediáticas del mundo se vieron obligadas a visibilizar lo que ocurría en las calles de las principales ciudades de Colombia. Aunque la cobertura que hicieron sus medios fue parcial, tratando de minimizar la gravedad de los hechos, deslegitimar la protesta y justificar la violenta represión, ese ejercicio popular de comunicación fue tan fuerte que algunos medios corporativos nacionales también se vieron conminados a abrir espacios para la denuncia de las violaciones masivas de derechos humanos y reseñar las exigencias populares para no perder el gran público que todavía alcanzan.

Pero a pesar de ello, la tan cacareada «ética periodística» es hoy una excentricidad entre quienes ocupan los grandes podios del periodismo mundial. Durante las jornadas de lucha popular de estos últimos meses en Colombia, la pérdida de esa ética ha sido más que evidente para la opinión pública y esto ha contribuido a desenmascarar la vinculación de las corporaciones mediáticas colombianas con quienes han violentado sin clemencia al pueblo.

Gerontocracia y juvenicidio de clase

Lo más doloroso de este nuevo genocidio que se ha cometido mayoritariamente en Cali, pero también en Bogotá y otras ciudades del país, es que el objetivo principal ha sido la valiente juventud colombiana.

El asesinato sistemático y planificado de jóvenes que se está cometiendo en América Latina ha sido denominado «juvenicidio» por el investigador mexicano José Manuel Valenzuela Arce, y basado en esa categoría, el profesor Renán Vega Cantor denuncia que en Colombia se está ejecutando un juvenicidio de clase.

El tiempo, que siempre juega a favor de quien está en el poder, ha generado sin duda desgastes que se manifiestan en una disminución de la intensidad de la protesta en las calles que, de todos modos, a costos muy altos, obtuvo grandes logros que han colocado a Colombia al borde de una crisis orgánica y, sin duda, han sembrado un acumulado histórico que la oposición política institucional puede recoger en las próximas elecciones a Congreso y Presidencia del año 2022.

Pero lo más importante de todo es que lo recojan los y las jóvenes de los sectores populares que continúan alzando su voz, en procesos tan interesantes como las Asambleas Populares que se han venido realizando el último mes en todo el país, de las cuales han participado las Primeras Líneas como un actor político emergente que expresa a esta generación disidente sin conformar una organización en sí, pero con la legitimidad incuestionable que les da el arraigo local y la diversidad que eso implica.

Sin disimulo, mientras en esos medios controlados por las mafias que dominan el país se victimiza a los mercenarios que asesinaron al presidente de Haití y se trata de minimizar las denuncias sobre cómo Colombia se ha convertido en el principal proveedor de mercenarios cualificados por los Estados Unidos e Israel para terminar asesinando presidentes. Criminalizar la protesta social es una línea editorial cada vez más masificada, con la que, por ejemplo, la juventud que ha constituido espontáneamente la Primera Línea en sus comunidades sobre todo desde el 28 de abril de este año, son presentados como un solo grupo al que califican de terrorista y hasta delincuencial legitimando así el juvenicidio que el Estado criminal está ejecutando.

Este juvenicidio, que contraviene los más básicos instintos de conservación de una especie, se suma a una serie de crímenes de Estado. El etnocidio, las masacres, los asesinatos políticos, las torturas, desapariciones y desplazamientos forzados, y el memoricidio, en el que juegan un papel determinante esas corporaciones mediáticas mafiosas que desinforman al país.

Colombia se ha convertido en un digno objeto de estudio para entender el capitalismo en su clímax en los países del sur. Una sinergia eficiente entre gobierno, fuerzas militares y paramilitares, narcotráfico, industria cultural y prensa, al servicio de las corporaciones y la gran potencia aún hegemónica. Escenario que la convierte también en plataforma de lanzamiento del imperialismo en la región y modelo de exportación, a la vez que en el teatro de operaciones de una guerra multidimensional del Estado contra su propio pueblo.

Doscientos años de poder de las mismas familias que solo cuidan sus propios intereses y subordinan los intereses nacionales a los designios de los Estados Unidos, remozadas con los cuadros emergentes de las familias de nuevos ricos nacidas del narcotráfico y su lucrativo lavado de activos, han consolidado una dictadura donde la oligarquía tradicional y las mafias emergentes se entremezclaron sin pudor y ya no es posible diferenciarlas fácilmente. Doscientos años son bastantes, y ese modelo envejeció.

El modelo de supuesta democracia colombiana que creyó que a tiros se podía salvar de una revolución, es hoy una dictadura genocida y «gerontocrática» que ha demostrado a fuerza de sangre que, si bien el miedo al pueblo es permanente, hoy es específicamente el miedo a la fuerza del pueblo joven el que verdaderamente le hace temblar porque ella terminó por asumir el peso de la protesta trascendiendo en mucho la convocatoria inicial, porque la historia colocó a esta generación ante un panorama desolador en el que arriesgar su vida es su única alternativa.

El propio ministro de Defensa de Colombia, Diego Molano, apenas hace unas horas amenazó públicamente a la juventud de la Primera Línea advirtiendo que «no quedará uno solo en libertad», mientras los organismos de inteligencia y sus grupos paramilitares continúan deteniendo, judicializando, secuestrando, desapareciendo y asesinando jóvenes de todo el país.

Abandonar a la juventud colombiana en sus trincheras sería un crimen del que se arrepentirían más temprano que tarde las juventudes del mundo y particularmente de la región, pero sobretodo nos arrepentiríamos las generaciones anteriores que no pudimos hacer lo que ésta hace a costa de su vida.

Las incontables imágenes de crueles asesinatos de jóvenes que han recorrido el mundo en estos últimos meses de Paro Nacional son la prueba más reciente de que el Estado colombiano asesina y criminaliza a la juventud sistemática y planificadamente, porque para perpetuarse en el poder necesita mantener al país sumergido en una guerra sin fin, aunque eso signifique masacrar una generación.

A su vez, deben alertar a los pueblos de la región, porque este juvenicidio de clase que se está cometiendo en Colombia no tardará en internacionalizarse aún más si, por ignorancia, egoísmo o apatía, se deja a esta generación luchar en soledad y se permite la normalización de este crimen brutal.

Fuente:
Misión Verdad

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