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27/05/26

Temas: Política

Regiones: Senegal

Crisis de gobernanza debilita al presidente y fortalece el proyecto soberanista

Por Beto Cremonte

Primero se produjo la decisión del presidente senegalés de destituir de su cargo de Primer Ministro a Ousmane Sonko, lo que, contrariamente a los primeros análisis, presuponía la caída del proceso soberanista que había comenzado en aquellas elecciones de 2024, finalmente decantó, con el correr de las horas, en un fortalecimiento político real de la figura del ya “ex” Premier senegalés.

La renuncia, en un gran gesto de “obediencia política”, del presidente de la Asamblea Nacional Malick Ndiaye, le permitió a Sonko alzarse con la presidencia de la Asamblea Nacional. Este movimiento modificó el escenario político senegalés y expuso una fractura cada vez más profunda dentro del oficialismo. Mientras Bassirou Diomaye Faye queda ligado a la estabilización económica, las negociaciones financieras y la necesidad de garantizar inversiones estratégicas, Sonko busca preservar desde el Parlamento el capital político soberanista que llevó al PASTEF al poder y evitar quedar asociado al desgaste social de una moderación económica cada vez más visible.

La crisis entre Bassirou Diomaye Faye y Ousmane Sonko abrió una discusión que atraviesa hoy a buena parte del continente africano. Detrás de la fractura política en Dakar aparece una pregunta mucho más profunda: hasta dónde puede avanzar un proyecto soberanista dentro de economías moldeadas durante décadas por dependencia financiera, presión internacional y control externo sobre los recursos estratégicos.

Durante meses, Senegal apareció como una especie de anomalía política dentro de una África Occidental atravesada por golpes militares, deterioro institucional y ruptura creciente con Francia. Mientras Malí, Burkina Faso y Níger avanzaban hacia un enfrentamiento cada vez más abierto con el viejo esquema regional sostenido históricamente desde París, Dakar parecía insinuar otro camino posible: la llegada al poder, por vía electoral, de una generación política que hablaba abiertamente de soberanía monetaria, renegociación de contratos energéticos y necesidad de revisar el lugar subordinado que África sigue ocupando dentro de la economía global.

Allí residía buena parte de la expectativa que despertó el ascenso del PASTEF. No era solamente un cambio de gobierno. Lo que parecía abrirse en Senegal era algo mucho más delicado y mucho más importante para el continente: la posibilidad de que un proyecto soberanista africano lograra construir legitimidad popular, disputar poder institucional y avanzar políticamente sin necesidad de ruptura militar. En una región donde la salida saheliana comenzó a expresarse mediante juntas militares y confrontación directa con Francia, Senegal aparecía como el intento de construir una transición diferente, apoyada sobre una enorme movilización juvenil y un discurso político profundamente conectado con el clima panafricanista que empezó a expandirse en distintas partes de África durante los últimos años.

Porque el crecimiento de Ousmane Sonko nunca respondió solamente a la lógica tradicional de la política senegalesa. Su figura comenzó a condensar algo mucho más amplio: el cansancio de una generación que creció observando cómo Senegal mantenía estabilidad institucional mientras persistían desempleo estructural, dependencia económica, deterioro social y una sensación cada vez más extendida de que la independencia formal jamás había terminado de traducirse en soberanía real.

Por eso el discurso de Sonko logró impactar tan fuerte sobre sectores urbanos jóvenes. La crítica al franco CFA, los cuestionamientos a los contratos energéticos, las denuncias sobre el peso histórico de Francia dentro de África Occidental y la insistencia permanente sobre la necesidad de construir autonomía africana terminaron conectando con una sensibilidad política que ya venía creciendo en distintas partes del continente, particularmente después del deterioro de la influencia francesa en el Sahel.

Senegal además no ocupa cualquier lugar dentro de la historia política africana. Dakar fue durante décadas uno de los grandes centros intelectuales y culturales del continente. Desde Léopold Sédar Senghor hasta Cheikh Anta Diop, desde los debates sobre negritud hasta las discusiones contemporáneas sobre panafricanismo y dependencia económica, Senegal conservó históricamente una vida política profundamente atravesada por la pregunta sobre el lugar de África dentro del orden mundial. Incluso durante los años de mayor cercanía diplomática con Francia, persistió siempre una tensión latente alrededor de la continuidad de estructuras económicas y monetarias heredadas del viejo esquema colonial.

El gas, la deuda y los límites del soberanismo

Ese malestar comenzó a adquirir otra dimensión cuando Senegal empezó a transformarse también en un actor energético relevante dentro de África Occidental. La explotación de importantes yacimientos offshore de gas y petróleo, particularmente los proyectos GTA y Sangomar, modificó rápidamente la relevancia geopolítica del país. La guerra en Ucrania y el deterioro de la relación energética entre Europa y Rusia terminaron empujando nuevamente la mirada occidental sobre el Atlántico africano precisamente cuando Senegal comenzaba a prepararse para ingresar al grupo de productores energéticos importantes de la región.

La aparición del gas offshore modificó además el tipo de relación que las potencias extranjeras, las compañías energéticas y los organismos financieros comenzaron a construir con Senegal. Mientras el PASTEF intentaba consolidar un discurso de autonomía económica y soberanía política, el Estado senegalés pasaba a depender cada vez más de inversiones externas, infraestructura energética y acceso al financiamiento internacional para sostener el desarrollo de su nueva matriz exportadora. El soberanismo dejó entonces de ser solamente una consigna política y comenzó a entrar en tensión directa con las condiciones materiales necesarias para administrar la nueva etapa energética del país.

La crisis económica que heredó el nuevo gobierno terminó acelerando esas contradicciones. Senegal no llegó a esta fractura desde una posición de comodidad, sino desde un escenario financiero mucho más estrecho del que inicialmente se había reconocido. La revelación de pasivos ocultos durante el gobierno anterior deterioró rápidamente la relación con los acreedores externos y colocó al nuevo Ejecutivo frente a un dilema brutal: sostener el programa soberanista que había despertado enormes expectativas populares o aceptar una negociación condicionada por el Fondo Monetario Internacional y los mercados financieros.

La discusión ya no pasaba solamente por el volumen de deuda heredada. Lo que empezó a quedar expuesto fue el nivel de dependencia estructural que todavía condiciona a buena parte de las economías africanas incluso después de cambios políticos profundos. Senegal necesitaba financiamiento externo, estabilidad monetaria y garantías para sostener inversiones energéticas estratégicas. Y eso obligaba inevitablemente al nuevo gobierno a negociar con los mismos actores financieros y diplomáticos que el PASTEF había cuestionado durante su ascenso político.

Ese escenario ayuda a entender mejor la diferencia de ritmo que comenzó a emerger entre Faye y Sonko. Para una parte del gobierno, la prioridad parecía ser evitar una ruptura financiera que pudiera empujar al país hacia una crisis mayor, especialmente en un momento en que Senegal necesita sostener inversiones, administrar el inicio de su nueva etapa energética y recomponer la confianza internacional después del escándalo de deuda. Para Sonko y para los sectores más movilizados del PASTEF en cambio, el riesgo era otro: que la búsqueda de estabilidad terminara vaciando de contenido político el mandato popular que había llevado al nuevo gobierno al poder.

La negociación con el FMI terminó funcionando como uno de los puntos donde esa tensión se volvió más visible. El programa multimillonario suspendido tras las revelaciones sobre la deuda colocó al gobierno senegalés frente a una contradicción extremadamente difícil de administrar: preservar gobernabilidad financiera sin desmontar el núcleo político del discurso soberanista que había permitido la llegada del PASTEF al poder.

La aparición del gas offshore modificó además el tipo de relación que las potencias extranjeras, las compañías energéticas y los organismos financieros comenzaron a construir con Senegal. Mientras el PASTEF intentaba consolidar un discurso de autonomía económica y soberanía política, el Estado senegalés pasaba a depender cada vez más de inversiones externas, infraestructura energética y acceso al financiamiento internacional para sostener el desarrollo de su nueva matriz exportadora. El soberanismo dejó entonces de ser solamente una consigna política y comenzó a entrar en tensión directa con las condiciones materiales necesarias para administrar la nueva etapa energética del país.

Ese punto resulta central para entender el desplazamiento político que comenzó a producirse dentro del oficialismo. La explotación offshore de gas y petróleo no solamente transformó la economía senegalesa; modificó también el nivel de presión internacional alrededor de la estabilidad política del país. Cuanto más estratégico comenzó a volverse Senegal dentro del nuevo mapa energético africano, menor empezó a ser el margen para sostener niveles altos de confrontación diplomática, incertidumbre financiera o radicalización política sin afectar inversiones multimillonarias vinculadas al Atlántico energético.

La discusión dejó entonces de girar únicamente alrededor del ritmo político del gobierno y comenzó a concentrarse en una pregunta mucho más incómoda para el oficialismo: cuánto estaba dispuesto el PASTEF a moderar de su programa original para garantizar estabilidad financiera y sostener relaciones funcionales con acreedores, compañías energéticas y organismos multilaterales. La diferencia entre Faye y Sonko empezó a construirse precisamente sobre ese límite.

Bassirou Diomaye Faye comenzó a asumir progresivamente la lógica de administración estatal que impone esa nueva etapa. La necesidad de sostener inversiones offshore, garantizar acceso al crédito y evitar una crisis financiera capaz de afectar el desarrollo energético empujó al Ejecutivo hacia una política de mayor moderación diplomática y económica. Allí empezó a reaparecer también el peso estructural de Francia sobre África Occidental, ya no únicamente mediante formas clásicas de intervención política directa, sino a través de mecanismos financieros, redes empresariales, organismos multilaterales y estructuras monetarias que continúan condicionando buena parte de las economías francófonas del continente.

La relación con París dejó entonces de discutirse solamente en términos diplomáticos o simbólicos. El problema comenzó a desplazarse hacia un terreno mucho más profundo: la dificultad de sostener autonomía política dentro de economías que todavía dependen de financiamiento externo, estabilidad monetaria y vínculos permanentes con actores financieros internacionales estrechamente articulados con intereses europeos.

Sonko y la disputa por el poder real

La salida de Sonko de la jefatura de gobierno y su posterior elección como presidente de la Asamblea Nacional con 132 votos sobre 133 modificaron completamente el sentido político de la crisis. Permanecer dentro del Ejecutivo implicaba quedar asociado a futuras negociaciones con acreedores internacionales, posibles políticas de ajuste y al desgaste social derivado de una estabilización económica cada vez más visible. La Asamblea Nacional le ofrecía otra posición dentro del mismo esquema de poder: preservar centralidad política, mantener influencia sobre la mayoría parlamentaria y conservar vínculo directo con la base militante que convirtió al PASTEF en referencia del nuevo panafricanismo regional.

La votación parlamentaria mostró además que el núcleo político del oficialismo continúa orbitando alrededor de Sonko incluso después de abandonar la jefatura de gobierno. El posible traslado del presidente saliente de la Asamblea hacia la jefatura de gobierno termina de completar esa reorganización interna: el Ejecutivo queda asociado a la administración económica y a la negociación internacional; el Parlamento aparece como el espacio desde donde Sonko puede preservar el programa soberanista original sin absorber directamente el costo político de la moderación económica.

El movimiento no fue casual. Sonko entendió que el centro del desgaste político comenzará a concentrarse en el Ejecutivo a medida que el gobierno avance hacia una política de estabilización económica. El Parlamento, en cambio, le permite conservar margen político, mantener autonomía dentro del oficialismo y preservar una narrativa soberanista que inevitablemente comenzará a tensionarse con las necesidades concretas de la administración estatal.

Allí aparece uno de los aspectos más delicados del escenario senegalés. Sonko parece intentar evitar el destino político que atravesaron numerosos movimientos africanos que llegaron al gobierno denunciando dependencia económica y terminaron absorbidos por la administración cotidiana de las mismas estructuras financieras que prometían transformar. La presidencia de la Asamblea deja entonces de funcionar como un simple reacomodamiento institucional y comienza a operar como una posición defensiva dentro del propio Estado: un espacio desde donde preservar legitimidad política mientras el Ejecutivo absorbe el costo de la estabilización económica.

Por eso la fractura dentro del oficialismo senegalés no responde solamente a diferencias personales ni a una disputa clásica de liderazgo. Expresa dos maneras distintas de administrar los límites concretos que enfrenta hoy cualquier proyecto soberanista africano cuando llega al gobierno dentro de economías profundamente condicionadas por deuda externa, necesidad de financiamiento, dependencia monetaria e inversiones extranjeras estratégicas.

La propia CEDEAO atraviesa una de las mayores crisis de legitimidad de su historia. Francia perdió capacidad de influencia directa sobre sectores importantes de África Occidental. Los discursos panafricanistas recuperaron fuerza entre juventudes urbanas africanas. Y al mismo tiempo, la disputa global por minerales críticos, corredores marítimos y recursos energéticos volvió a colocar a África Occidental en el centro de las tensiones internacionales.

Ese contexto regional ayuda a entender por qué el caso senegalés genera tanta atención política dentro y fuera del continente. Malí, Burkina Faso y Níger avanzaron hacia rupturas abiertas con Francia y con el esquema regional sostenido históricamente desde París mediante procesos encabezados por juntas militares. Senegal parecía ofrecer otra posibilidad: un proyecto soberanista construido desde legitimidad electoral, movilización popular y disputa institucional.

La experiencia senegalesa empezó a mostrar rápidamente una contradicción que atraviesa hoy a buena parte de África Occidental. Los movimientos soberanistas lograron construir legitimidad denunciando dependencia monetaria, subordinación económica y control extranjero sobre los recursos estratégicos, pero una vez dentro del Estado quedaron obligados a garantizar exactamente aquello que prometían discutir: estabilidad financiera para acreedores, seguridad jurídica para inversiones extranjeras y previsibilidad macroeconómica para sostener exportaciones energéticas y acceso al crédito internacional.

La discusión que empieza a atravesar hoy al oficialismo senegalés no es solamente cuánto soberanismo puede sostener un gobierno africano, sino cuánto margen real existe para transformar legitimidad electoral en autonomía efectiva dentro de economías todavía profundamente dependientes del sistema financiero internacional.

La fractura entre Faye y Sonko comenzó a hacerse visible precisamente cuando el ejercicio concreto del poder obligó al PASTEF a decidir cuánto estaba dispuesto a moderar de su programa original para garantizar estabilidad económica. Y allí apareció una diferencia estratégica cada vez más difícil de ocultar: mientras el Ejecutivo empezó a concentrarse en administrar las condiciones de gobernabilidad exigidas por acreedores, organismos multilaterales e inversiones energéticas, Sonko decidió desplazarse hacia un espacio desde donde preservar capital político, autonomía interna y vínculo con la base soberanista que impulsó el ascenso del movimiento.

Por eso la crisis senegalesa excede ampliamente una disputa personal o partidaria. Lo que comenzó a tensionarse en Dakar es una de las discusiones centrales del nuevo ciclo político africano: cómo transformar el discurso soberanista en capacidad real de gobierno sin terminar absorbido por las mismas estructuras financieras y geopolíticas que ese discurso prometía confrontar.

Fuente: PIA

Etiquetas: Democracia | Soberanía

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