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13/10/26

Temas: Política

Regiones: Brasil

El elector que aún no ha decidido

Por Frei Betto

Había votado por Lula en elecciones anteriores, pero no se consideraba lulista. Tenía reservas sobre el gobierno, críticas hacia la izquierda y opinaba que el país necesita afrontar problemas que no caben en sus propuestas. Al mismo tiempo, no se siente representado por el bolsonarismo. Flávio Bolsonaro le despierta curiosidad, pero también muchas interrogantes.

En la primera vuelta, por tanto, dudó. Prefirió abstenerse. Luego llegó el resultado: Lula y Flávio Bolsonaro en la segunda vuelta. La duda, que antes podía resolverse eligiendo una tercera opción, se volvió inevitable. Quedaban dos candidatos.

Decidió entonces hacer algo que nunca había hecho: apagar el celular y leer los programas de gobierno. Sabía que el Tribunal Superior Electoral pone a disposición oficialmente las propuestas de ambos candidatos, incluso organizadas por temas.

Empezó por la economía. Quería saber qué prometía cada candidatura respecto al empleo, los ingresos, la inflación, los impuestos y el equilibrio de las cuentas públicas. Descubrió que no bastaba con preguntar quién prometía gastar menos o más. Era necesario preguntar en qué, para quién y de dónde vendría el dinero.

Pasó a la salud. Pensó en las filas del sistema público de salud (SUS), en los exámenes que se demoran, en los medicamentos que faltan en ciertos lugares, en los hospitales saturados. No quería una frase bonita. Quería saber qué compromisos estaban efectivamente registrados y cómo se ejecutarían.

Después, la educación. Pensó en los profesores, en las escuelas públicas, en los jóvenes que necesitan compaginar estudios y trabajo. Comparó las propuestas y se dio cuenta de que una elección no se reduce a la personalidad de los candidatos.

Hay un país concreto detrás de la propaganda.

En materia de seguridad pública, la duda resurgió con fuerza. Él quería menos violencia, pero también quería saber cuáles serían los métodos para lograrlo. La seguridad, concluyó, no consiste simplemente en endurecer los discursos; implica a la policía, la investigación, la inteligencia, el sistema penitenciario, la prevención y las políticas sociales.

Así llegó a las políticas sociales. Ahí residía una de sus mayores preocupaciones. Conocía familias para las que la ayuda social no suponía un lujo, sino comida en la mesa. Al mismo tiempo, no quería políticas que perpetuaran la pobreza. Buscaba propuestas capaces de combinar la protección inmediata con el empleo, la educación y la autonomía.

También leyó sobre democracia e instituciones. Este capítulo influyó en su reflexión. No porque deseara un país sin conflictos- sabía que la democracia es, precisamente, la convivencia entre conflictos y diferencias-, sino porque consideraba indispensable que el presidente, el Congreso, el Poder Judicial, la prensa y la sociedad civil respetaran los límites constitucionales.

Fue entonces cuando se dio cuenta de algo sobre sí mismo. Su decisión no se basaría en si le gustaba un candidato o si detestaba al otro. Votaría porque comprendió que su objetivo era tener en cuenta el país que imaginaba posible y los compromisos que consideraba más importantes.

Aun así, seguía indeciso. Habló con amigos. Uno decía que Lula representaba demasiada continuidad; otro, que Flávio Bolsonaro suponía un cambio necesario. Un tercero recordaba los errores y controversias de un bando, mientras que otro señalaba los del otro.

Desconfió de los cuatro amigos. Se dio cuenta de que también debía desconfiar de sí mismo. Descubrió lo fácil que resulta creer únicamente en aquello que confirma nuestras convicciones. Empezó a verificar noticias en distintas fuentes, a consultar documentos oficiales y a distinguir entre promesas y hechos, opiniones e información, propaganda y programas.

Poco a poco, su indecisión cambió de naturaleza. Ya no se preguntaba: «¿Qué candidato me gusta más?», sino: «¿Qué proyecto de gobierno se ajusta mejor a lo que considero necesario para el país?».

No encontró un candidato perfecto. Tampoco esperaba encontrarlo. La democracia no es un concurso de santos. Es una elección entre alternativas concretas, con virtudes, limitaciones, promesas, riesgos y contradicciones.

En vísperas de la segunda vuelta, se sentó frente al televisor. Vio a los dos candidatos. Escuchó de nuevo las promesas. Algunas le parecieron convincentes; otras, frágiles. Releyó fragmentos de los programas oficiales.

Finalmente se decidió por Lula. No porque hubiera dejado de reconocer los problemas del candidato elegido. No porque hubiera pasado a estar de acuerdo con todo lo que él defendía. Y tampoco porque considerara al adversario incapaz de representar a una parte del electorado.

Se decidió por Lula porque, tras comparar propuestas y trayectorias, comprendió que había un conjunto de compromisos que, para él, debía pesar más en la elección.

Su voto no nació de la pasión. Nació de la duda.

Tal vez esa sea una de las cosas más importantes de una elección: que el elector no necesite transformar su voto en una profesión de fe. Puede votar con esperanza, pero también con memoria; con convicción, pero también con espíritu crítico.

El 25 de octubre, al marcar el 13 en las teclas de la urna, sabría que no estaba eligiendo a un santo, a un salvador ni a un avatar. Optaba por un presidente experimentado y confiable.

Precisamente por eso, decidió que su voto no debía ir al candidato que le prometiera el paraíso, sino a aquel cuya propuesta de país- tras examinarla con el mayor cuidado posible- le pareciera más compatible con el futuro que deseaba para Brasil.

Haz como mi primo: el 25 de octubre vota por la democracia. ¡Vota a Lula! ¡Vota al 13!

Fuente: Rebelión

Etiquetas: Democracia | Elecciones | Lula

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