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07/10/26

Temas: Política

Regiones: Brasil

El espejo brasileño en América Latina

Por Marcelo Yaquet

Cuando la democracia solo da de comer, la derecha se aprovecha y se alimenta de las debilidades del campo popular. Las urnas del 4 de octubre en Brasil dejaron una verdad incómoda, de esas que queman las manos de las dirigencias progresistas de toda América Latina.

En política no hay sorpresas, hay sorprendidos.

El 25 de octubre no solo se juega el destino de un país: se define si toda la región se encamina inexorablemente hacia un nuevo ciclo de entreguismo colonial o si somos capaces de despertar a tiempo.

Primero. Que Flávio Bolsonaro lidere la carrera frente a Lula da Silva no es un accidente técnico ni un triunfo exclusivo de las noticias falsas o del manejo «sabio» de las redes. Es el síntoma de una democracia atrapada en el laberinto de sus propias promesas incumplidas (léase, limitaciones).

Segundo. La derecha continental ya no necesita camuflarse. Avanza de la mano de un neoliberalismo extremo: por un lado, se blinda con un discurso violento pero efectivo, que le habla al miedo de la sociedad; por el otro, no duda en rifar y entregar los recursos estratégicos de cada una de nuestras patrias.

Tercero. La reacción de derecha avanza porque las fuerzas populares, cuando llegan al gobierno, ceden o se dejan arrinconar por las élites económicas, por el fetiche de la moderación o por la falta de correlación de fuerzas. Administran la crisis en lugar de transformarla. Confunden inclusión social con justicia social, sin tocar los intereses concentrados. Así, la política pierde sentido para las mayorías.

Cuarto. La abstención de 33 millones de brasileños, y la de millones de latinoamericanos en las contiendas electorales de la región, es un grito de hartazgo material. No es una apatía meramente ideológica: es el estómago vacío, el trabajo explotado (formal o informal), el cansancio de las y los trabajadores de aplicaciones que pedalean doce horas al día. Son personas que ven que sus realidades no cambian, gobierne quien gobierne: vidas sin presente ni futuro.

Para ellas, las defensas abstractas de la «institucionalidad» o los pactos de «damas y caballeros» con el poder judicial no significan nada, porque la democracia actual no les ha resuelto ni la alimentación saludable, ni el laburo, ni la vivienda, ni la seguridad.

Quinto. América Latina y del Caribe está en una encrucijada geopolítica. Hoy, la derrota de los sectores progresistas a manos de derechas neoliberales y violentas nos deja aislados frente al saqueo corporativo de las élites económicas y del imperialismo norteamericano.

Sexto. El desafío de las fuerzas nacionales, progresistas y de izquierda no es convencer a las élites ni a los bienpensantes. Es arremangarse, pisar el barro, romper olas, recuperar el lenguaje (pensar, decir y hacer) revolucionario y hablarles, con el corazón y con propuestas materiales concretas, a esos millones de hermanas y hermanos que se sienten abandonados y envueltos en su apatía política.

Cuando los gobiernos que defienden los intereses del pueblo solo dan de comer y no emancipan; cuando los procesos democráticos hacen crecer la abundancia de las élites económicas y no construyen un proyecto de nación; cuando los discursos son más altos que los hechos, cuando no se construye ´la política´ de cara a la sociedad, cuando se declama sin ejerce soberanía: entonces es la derecha la que se alimenta de nuestras debilidades.

Fuente: Nodal

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