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15/08/23
Apuntes sobre las elecciones primarias en Argentina. No hay derechización, hay hartazgo
Por Fernando Esteche

Durante casi toda la última década nuestro pueblo fue sometido por la gestión de la política, con gobiernos de distinto signo, a un arrebato de la producción social de su vida; estigmatizándolo, persiguiéndolo, impugnando sus propios registros de existencia y sus repertorios políticos, pero sobre todo sometiéndolo a una creciente pauperización de su vida

Este gesto de producción y cristalización en la subalternización profundizó la tendencia, propia de la democracia liberal, de enajenación del sistema político formal con la producción política e histórica de lo popular.

La promesa democrática recurrentemente defraudada llega al paroxismo del desengaño cuando a la restauración neoliberal se le opone, con la ilusión de que se estaba entronando su desbaratamiento, una consolidación neoliberal.

Fundamentalmente en el último lustro con la fondomonetarización de la economía, la pobreza creció exponencialmente violentando los horizontes de expectativas que venía ofreciendo la expresión hegemónica del campo nacional y popular a nuestro pueblo, el kirchnerismo.

La hiperfinanciarización de la economía redunda en destrucción de fuerza de trabajo, en destrucción del trabajo genuino, es decir en demolición de las formas de vida del pueblo.

En un proceso acelerado de transformismo, la dirigencia política del campo nacional se funcionalizó a la lógica de la gobernabilidad (no es tema de estas reflexiones los por qué ni los cómo de dicho proceso) deplorando y despreciando las heridas sociales, culturales y doctrinarias que semejante orientación política provoca.

Desde las usinas del poder imperial se ensayó la posibilidad de construir una democracia liberal restringida, ya no de amplia base, contando para ello un dispositivo policial de sobredeterminación a partir de la colonización del poder judicial y su rol de gendarme democrático, y la ilusión de lograr constituir una suerte de puntofijismo a la argentina que ofreciera un polo neoliberal conservador y otro polo neoliberal liberal (o progresista); Larreta y Massa como exponentes físicos de semejante pretensión. El recambio asegurado ante la recurrencia inevitable de crisis de dominación con revoluciones pasivas controladas.

Probablemente la irrupción de Milei haya desbaratado este dispositivo o por lo menos la previsibilidad del mismo. Lo que no pareciera ser posible es que el nihilismo antiestatal doctrinal y vacuo que propone Milei, en tiempos donde el neoliberalismo replantea el rol del estado como agente garante de su propia producción (nuevo Consenso de Washington), donde el imperialismo está como pocas veces digitando y regulando la propia producción política vernácula, vaya a consolidarse fuera de su decisión.

Ya el outsider Kast en Chile fue absorbido y regulado por el propio establishment, y la política formal, contra todo cálculo, operó la victoria de Boric como mejor gestor y administrador del ajuste y la consolidación de la colonización de Chile frente a un pueblo en rebelión.

Lo que puede suceder es una readecuación de las estructuras políticas nacionales que permeen las viejas identidades, una centroderecha en base a los elementos de la política tradicional y una derecha depilada que atempere a Milei y Bullrich, pero eso es una proyección para adelante.

Lo nacional y popular en una u otra variante de la gestión pro-imperial del poder quedará en vacancia y orfandad, ahí está la tarea de los patriotas.

Esta enajenación de la política formal y sus dispositivos de dominación, esta persistencia en el achicamiento de la base social democrática, produce un rechazo sensible de una porción de la población que se manifiesta en su abstencionismo electoral y también en la adhesión electoral a propuestas disruptivas y anti sistémicas (en lo narrativo). Así se explica la victoria de Milei, cuyos candidatos provinciales tuvieron pésimas performances electorales, pero que la figura individual del histriónico personaje penetró en amplísimos sectores, sobre todo sectores sociales marginados y sectores amenazados en una movilidad descendente.

Es una reacción previsible, lógica, que se vuelve excesivamente reaccionaria, permítase la redundancia, y responde además a la vacancia de una alternativa proactiva de otro tipo.

No se puede ser alternativa nacional sin ser antisistema en esta lógica de producción política.

Para el sistema es imposible construir consenso en una población que permanentemente es atacada. Ni siquiera los dispositivos de producción cultural o ideológicos están operando una narrativa que justifique semejante situación.

Lo que sucede es la operacionalización de una esquizofrenia intolerable donde los intelectuales orgánicos de lo popular mientras hacen una cosa proponen discursivamente hacer exactamente lo contrario. Hay un error de base en esta ecuación que es la torpe creencia de que las preocupaciones y banderas formales del progresismo nacionalista están por encima de las necesidades materiales básicas. Lo peor es la pretensión de que esas banderas son propias banderas de lo popular cuando son solamente de una minoría cultural mesocrática, absolutamente sobredimensionada respecto de lo que realmente expresa , representa o es. Lo cultural simbólico es una parte que no debe nublar lo material.

Lo expuesto disipa cualquier pretensión de impugnación al comportamiento electoral de nuestro pueblo. Los que tengan la puta y gorila actitud de rezongar contra la “derechización” del pueblo están invisibilizando deliberadamente o por estrechez intelectual, que el divorcio de la política con el mundo de lo popular tiene responsables concretos y que en base a la defraudación recurrente no se pueden construir adhesiones.

Nadie sea tan presuntuoso de pretender entender qué se votó votando a Milei, pero a todas luces se puede sostener que no se votó venta de órganos, o destrucción de los derechos sociales, o aniquilamiento de principios estructurantes de lo social como la Justicia Social o la idea de que donde hay una necesidad hay un derecho que tan explícitamente deploró Milei. No es eso lo que escucha en Milei la gente que lo votó, aunque puede resultar un voto seguramente polisémico; los sectores populares no votan contra sí mismos, votan contra los que los defraudan. El pueblo jujeño resistiendo la reforma constitucional de Morales dos semanas después de haberlo entronado por segunda vez es elocuente muestra de esto.

El sistema político definido por el despeinado candidato como “casta” deberá asimilar el golpe inesperado para ellos. Deberá interpretar el mensaje del sufragio. En principio, un día después de la elección primaria se decidió una devaluación acordada con el FMI de un 22% que raquitiza los salarios de los trabajadores y las trabajadoras. La naturalización de la inestabilidad económica producto de la inflación galopante naturaliza o normaliza semejante decisión.

El mejor candidato del establishment es un hombre que como ministro de economía acordó con el fondo un programa de pagos impagable, unas metas fiscales de ahogo presupuestario y una devaluación criminal. Ese escenario de tanta hostilidad para el mundo popular es el que se presenta en las elecciones generales donde el pueblo deberá resolver compulsivamente entre un candidato que quiere destruir todo el edificio de estatalidad y con él a la casta política, y un candidato que gestiona un estado al servicio de un FMI cuya principal meta es achicar la capacidad de consumo del pueblo argentino.

Fernando Esteche* Dirigente político, Doctor en Comunicación Social y director de PIA Global

Fuente:
PIA

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