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29/06/22
Regiones: Bolivia
El MAS boliviano ya no baila solo al ritmo de Evo
Por Fernando Molina

El triunfo de Luis Arce Catacora en 2020, tras el derrocamiento de Evo Morales luego de tres periodos de gobierno, abrió paso a una situación inédita para el Movimiento al Socialismo (MAS): por primera vez, el líder del gobierno no coincide con el líder partidario. Si bien mantiene un fuerte dominio del partido, Evo Morales ya no controla el Estado, y sus tensiones con Arce y el vicepresidente David Choquehuanca son cada vez más abiertas.

El 29 de marzo de 2022, el Movimiento al Socialismo (mas) celebró en la ciudad minera de Oruro el 27o aniversario de su fundación. Estuvieron allí sus tres principales dirigentes: Evo Morales, considerado el «líder indiscutible» del movimiento; Luis Arce, presidente del Estado y ex-ministro de Economía de Morales, autor del modelo económico que ha estado vigente en el país desde 2006; y David Choquehuanca, actual vicepresidente y ex-canciller de Morales, de quien se halla distanciado desde 2017. El acto discurrió sin percance alguno. Si no hubiera sido por la insistencia de los discursos en la necesidad de la «unidad», nadie se habría dado cuenta de los serios problemas en que se encuentra el partido oficialista de Bolivia.

En su discurso, Morales señaló con razón que su movimiento era «único». Y no solo por constituirse como la organización directa de una gran variedad de sindicatos de campesinos y trabajadores, que fue lo que él mencionó. También porque representó, por casi 27 años, la unidad de la izquierda boliviana, un sueño que para esta corriente había resultado imposible de concretar durante todo el Siglo XX. Pero la condición del MAS de frente único de la izquierda, que se dio gracias a un conjunto muy particular e irrepetible de circunstancias históricas, hoy está en entredicho. Cada uno de los personajes que se sentaron juntos en el escenario del acto de aniversario representaba a un ala partidaria distinta. 

Desde que volvió al país en noviembre de 2020, luego de su exilio mexicano y argentino, Morales controla férreamente el aparato del partido. Arce fue elegido presidente poco antes, con un sorpresivo 55% de los votos, y formó un gobierno que si bien ha implicado una distribución del poder entre los diferentes órganos y bloques del MAS, posee un núcleo «arcista» y no ha incorporado más que tangencialmente a los principales colaboradores de Morales en el pasado, el «entorno» que manejó las riendas del poder entre 2006 y 2019. 

En el interior del MAS, las demandas de renovación se solapan con disputas faccionales que vienen tensionando el liderazgo de Morales. El principal valedor de esta consigna de renovación es, sin embargo, un miembro de la vieja guardia, por mucho tiempo considerado una de las personas más próximas y sucesor de Morales: David Choquehuanca. Este, en su discurso después de su juramento como vicepresidente, el 8 de noviembre de 2020, dijo que el poder debía «fluir». Además, constantemente alienta a los jóvenes a tomar el testigo. Choquehuanca es el referente de algunos dirigentes intermedios que, por una razón u otra, se han distanciado o se sienten desplazados por la dirección nacional del mas, dominada por Morales. La consigna de renovación, por tanto, lo beneficia en la misma medida en que perjudica al ex-presidente. 

Choquehuanca se enfrentó a Morales tras el referendo de 2016 que debía habilitar al entonces presidente para una tercera reelección. El MAS perdió y Choquehuanca se comenzó a mover como su posible sustituto, lo que ocasionó la respuesta de Morales, quien lo despidió del Ministerio de Relaciones Exteriores en 2017; posteriormente, fue «exiliado» en un puesto diplomático secundario y todos sus colaboradores directos pasaron a la «congeladora». Finalmente, Morales lograría una controvertida habilitación por la vía de una sentencia del Tribunal Constitucional para disputar un cuarto mandato presidencial. 

La reacción contra Choquehuanca se debió a que el entorno evista no podía permitir que se perfilara un nuevo presidente y, por tanto, un nuevo entorno. Tal es la lógica de los agrupamientos políticos en Bolivia: fundamentalmente caudillista. La caída de un líder implica la salida del poder de todo un grupo; por tanto, este se halla fuertemente motivado a impedirla. O, a la inversa, el ascenso de un nuevo dirigente implica el ascenso de un nuevo grupo, como ha ocurrido tras el juramento de Arce como presidente. Esto, pese a que Arce había sido parte del entorno de Morales y había llegado a la candidatura presidencial por una decisión personal de este. El candidato elegido en Bolivia por el MAS para que lo representara en las elecciones de 2020 era Choquehuanca. Morales y el núcleo de exiliados en Argentina antepusieron a Arce, tanto porque les parecía un mejor candidato para un momento de crisis económica como el que vivía el país, cuanto porque no deseaban que un rival –que además es indígena– ocupara el puesto principal. Así, Choquehuanca perdió la oportunidad de ser presidente del país. Obviamente, esto ha profundizado su distanciamiento de Morales. Este político actúa con extrema contención, lo que le ha permitido sobrevivir las malas épocas, pero tiene muchas razones para tratar de socavar la influencia de su antiguo amigo. 

En el acto de celebración del aniversario, Morales y Choquehuanca se saludaron fríamente; la prensa siguió con atención su encuentro porque es muy raro que ambos se presenten juntos en público. En cambio, Arce y el ex-presidente se dieron un abrazo e intercambiaron sonrisas. Las fricciones de sus grupos todavía no se han hecho tan personales (o al menos tan públicamente personales) aunque, según se sabe, Morales considera en privado que el gobierno es ineficiente. Sin embargo, pocos creen que esto vaya a continuar sin cambios.

Causas de las fisuras

«El enemigo principal del MAS es la derecha que busca confrontarnos con traiciones, ambiciones y mentiras. Nuestra obligación es preservar la unidad», tuiteó el 25 de marzo Morales. Días antes, un comunicado del gobierno del presidente Arce exhortaba al oficialismo boliviano a resistir «las tácticas no convencionales [que] utilizando todo el poderío de la guerra multidimensional [esperan] lograr la implosión de las fuerzas internas de nuestro Proceso de Cambio»1

De estas declaraciones se puede inferir tanto el miedo a la escisión en el MAS –y, por tanto, la admisión de la posibilidad de su división– como la tendencia a responsabilizar de ésta a un tercero: la derecha boliviana y sus «tácticas no convencionales» de guerra. Para un observador neutral, las causas de los problemas del MAS son más bien internas, aunque esto no signifique que la oposición no siga con particular interés la pelea entre facciones, ya que su futuro depende de cómo esta se desarrolle. También es cierto que los principales medios de comunicación, que tienen una línea editorial antimasista, exponen en grandes titulares cualquier roce o desencuentro entre unos y otros dirigentes izquierdistas. Después del festejo del aniversario ya mencionado, Página Siete, el diario más abiertamente enfrentado al mas, tituló: «Pese a fracturas, el MAS se esfuerza por mostrar unidad». En los últimos meses, la política boliviana ha consistido casi únicamente en las vicisitudes de la disputa oficialista. 

Pero ¿cuáles son las causas de esta disputa? Primero, el MAS carece de una fuerte institucionalidad, como no la tiene ninguno de los partidos políticos bolivianos. Aunque en Bolivia varios partidos han sido ideológicos y han tenido cierta vida interna, su principal tendencia ha sido siempre la personalista, lo que tiene que ver con la forma predominante de las relaciones sociales en el país, que no son del todo modernas y están mediatizadas por los resabios de la colonización. En Bolivia el Estado es débil, siempre ha estado cooptado y manipulado por distintos sectores sociales, nunca ha podido imponerse del todo a la sociedad ni abarcar todo el territorio nacional, así que nadie puede estar seguro de que las normas y los derechos se aplicarán de forma objetiva y permanente, una condición imprescindible para el funcionamiento pleno de las instituciones. 

A fines del Siglo XIX, el fundador del Partido Liberal, Eliodoro Camacho, elogiaba a su criatura como el «primer partido impersonal» del país. Solo que tampoco lo fue. Apenas llegó al poder se dividió en facciones, según los diferentes presidentes que, en su representación, se iban sucediendo en el poder. Cuando no existen respaldos seguros para la institucionalidad, y cuando las instituciones son débiles, solo los individuos esclarecidos pueden proveer el orden y la certidumbre que se necesitan. El dirigente se convierte así en «caudillo». El caudillismo es un concepto a menudo mal definido pero que tiene una larga tradición literaria en América Latina. El más célebre sociólogo marxista boliviano, René Zavaleta, llegó a decir que en Bolivia «la forma de organización de las masas es el caudillo»2.

Aunque federa una amplia red de sindicatos y organizaciones sociales de todo el país, el MAS se formó en torno de la figura de Evo Morales, lo que exigió el alejamiento de otros aspirantes a la máxima dirección, como el dirigente campesino Alejo Véliz u otro de los fundadores del «Instrumento Político» –como también es denominado–, Román Loayza. Recientemente, en el contexto de las amenazas de división, Morales volvió a referirse a estos dirigentes que optaron por salirse y formar parte de otras fuerzas políticas: «Nuestro primer candidato a presidente era Alejo Véliz, pero en 2002 se ha ido con [la candidatura presidencial de] Manfred [Reyes Villa, volviéndose su] diputado; primera traición, pero no ha dividido», afirmó. Y luego señaló: «Segundo traidor, yo diría, Román Loayza; era candidato a presidente con otro partido, tampoco ha dividido»3

La subordinación del partido a su jefe funcionó muy bien (ningún disidente pudo dividir al MAS, como recordó Morales) en tanto éste tenía una enorme popularidad electoral y su presencia en la papeleta garantizaba la victoria a sus seguidores. También fue exitosa mientras el gobierno de Morales contaba con una gran cantidad de recursos económicos, lo que le permitía ampliar constantemente los canales de acceso al Estado y mantener el vínculo clientelar con grandes masas de seguidores.

Como señalaron hace varios años Pablo Stefanoni y Hervé Do Alto, el «pegamento» del MAS ha sido «la perspectiva de acceso al Estado»4, perspectiva descubierta gracias a la invención de un «instrumento político» que permitía participar electoralmente a los pobres y los indígenas. Hace poco, Morales ha dicho que ni él mismo creía en el futuro del MAS hasta una fecha tan próxima como 2002, año en el que se ubicó de manera inesperada en segundo lugar en las elecciones. ¿La razón? Pensaba que él nunca podría ser presidente, porque se lo acusaba de narcotraficante5. Por tanto, el movimiento mismo no llegaría a cuajar. Esta es la dimensión pragmática de la política en Bolivia. Cuando la mayoría indígena y popular descubrió, en un lapso que fue de 2002 a 2009, que el «Instrumento» sí funcionaba, se volcó completamente hacia él. Así quedó establecido, en los hechos, un pacto que no por utilitario dejaba de tener gran trascendencia: la mayoría empobrecida y discriminada votaba por el MAS-Evo («por ellos mismos») y, a cambio, el MAS-Evo franqueaba a esta mayoría el acceso al poder «tanto material como simbólico»6. Esto convirtió a Morales en el mayor caudillo de la historia de un país lleno de ellos. Además, como su modelo económico estatista marchó bien, especialmente entre 2006-2015, hubo prosperidad y movilidad social. De este modo, Morales logró gobernar más tiempo que ningún otro boliviano, incluido Víctor Paz Estenssoro, líder de la Revolución Nacional y cuatro veces presidente (si incluimos su fugaz reelección de 1964, cuando fue derrocado por un golpe de Estado) y Andrés de Santa Cruz, el fundador de Bolivia. Y consiguió así lo ya señalado, esto es, que se alinearan tras él casi todos los sindicatos campesinos (que al inicio lo veían solamente como un líder sectorial, cocalero); los sindicatos obreros y de clase media (que eran obreristas y resistían la posibilidad de apoyar a un dirigente rural); la mayoría de los aymaras (que inicialmente lo veían como alguien ajeno, porque, aunque nació en una comunidad aymara, había vivido en una zona quechua de Cochabamba); la mayoría de los quechuas (que hubieran preferido a uno de los suyos); muchos indígenas guaraníes (que lo percibían como «colla» o del occidente andino); y la mayoría de los cenáculos e intelectuales izquierdistas, desde los neomarxistas más sofisticados (como su vicepresidente Álvaro García Linera) hasta los más dogmáticos grupos comunistas, guevaristas y maoístas que quedaban en el país (pues el éxito de Morales también se explica en parte por el hundimiento previo, en la década de 1980, de los grupos marxistas que habían monopolizado el espacio de la izquierda durante el Siglo XX). 

Transformándose en un caudillo con un apoyo masivo, Morales demostró grandes dotes como estratega político, lo que ulteriormente impidió que el MAS perdiera demasiada sangre a causa de las múltiples batallas que tenía que librar desde el poder y también de los múltiples errores que cometía, entre los cuales los de índole personalista, de «culto a la personalidad», eran los más importantes. 

Stefanoni recuerda la condición sui generis de este partido. Explica que se trata de «una suerte de confederación de sindicatos, urbanos y rurales, comunidades indígenas y diferentes tipos de organizaciones populares, con escasa organicidad pero mucha capacidad para la representación corporativa de una amplia variedad de intereses sociales de los de ‘abajo’». De ahí que el MAS esté siempre en «un permanente e inestable equilibrio: por ejemplo, en el norte de Potosí, debe articular ayllus originarios, sindicatos de mineros y organizaciones campesinas; todos deben tener sus representantes en las listas de candidatos, sea a diputados, senadores, alcaldes, etc.»7. Y lo mismo ocurre en otras regiones del país.

Morales, en su «época de gloria», supo mantener este equilibrio con virtuosismo. Un estudio de Fernando Mayorga sobre su estilo de gobierno evidencia esto8. En él se señala que el ex-presidente tenía que negociar con los dirigentes del Pacto de Unidad, el conglomerado de sindicatos afiliados al MAS, las principales decisiones gubernamentales, que podían tratar de políticas públicas, legislación, proyectos de inversión o, muchas de ellas, de cargos y dignidades, lo que Morales hacía para asegurar cotidianamente un mínimo de coordinación entre los grupos internos y el alineamiento del partido con el gobierno.

Con este esfuerzo, Morales renovaba una y otra vez –recreaba sin cesar– el «pacto de unidad» (sin mayúsculas) de los distintos sectores que componían el «evismo», pacto que era estratégico a la vez que clientelar; de él emergía un bloque de poder, en el sentido gramsciano de este término, es decir, un actor histórico con proyección hegemónica, y al mismo tiempo una alianza social «populista», es decir, capaz de agregar en su seno diversas demandas, así como una variedad amplia de posiciones ideológicas. 

Las condiciones que permitían el gobierno «decisionista» de Morales acabaron en noviembre de 2019, cuando el jefe del MAS fue derrocado por un movimiento de la clase media y los descendientes blancos9 que contó con el apoyo decisivo de policías y militares, y que los obligó a él y a su cúpula a pasar a la clandestinidad y luego a salir del país y buscar protección extranjera. Perdió entonces parcialmente el control de un partido que previamente se había hecho inmenso: casi un millón de afiliados, la mayoría de ellos jóvenes y deseosos de recibir los beneficios del poder. La corrupción no siempre está incluida, pero tampoco es extraña en estos cálculos. Una vez alejado el caudillo, se produjo lo que habían temido –real o retóricamente– los defensores de la constante reelección de Morales: la fragmentación. Así lo planteaba, por ejemplo, García Linera: «Sigo reafirmando que Evo era la única garantía personal de la unidad de una sociedad plebeya, subalterna y popular muy fragmentada; si no hemos ido en 2020 [con Evo Morales como candidato] la unidad ha sido por el golpe»10.

Entonces emergieron varios caudillos regionales que intensificaron la volatilidad organizativa que era connatural al MAS, pues se resistían a alinearse automáticamente tras Evo. Comenzaron las recriminaciones contra este y su entorno, a los que, en un gesto muy interesante para el análisis político, no se les echó en cara su caudillismo, el haber tratado de perpetuarse en el poder, sino otras cosas: haberse «escapado» del país, haberse dado por vencidos frente a la clase media, haber dejado solos a los dirigentes intermedios, etc. En una situación de debilidad extrema, Morales tuvo que aceptar que alguien contrario a él como Choquehuanca fuera candidato, una posibilidad impensable en otras circunstancias. Solo atinó a impedir que fuera el primero de la fórmula y colocó allí a alguien relativamente cercano y sin base social propia: su ministro por más de una década y un hombre que no había demostrado particulares ambiciones (pero tampoco dotes) políticas, Luis Arce Catacora. 

Si en 2019-2020 no hubiera tenido tan altas credenciales internacionales y no hubiera contado con el histórico respaldo incondicional de los sindicatos cocaleros, Morales podría haber sido completamente desplazado, como pasó en la historia con otros «grandes derrocados» como Andrés de Santa Cruz o José Ballivián, poderosos caudillos y presidentes del Siglo XIX. En cambio, logró mantener parte de su influencia sobre el MAS, y éste, perseguido y vejado por sus enemigos, comprendió que si quería sobrevivir debía aceptarlo, así como aceptar a todos los grupos que habían surgido en su seno, lo que a la postre le permitiría volver al poder. García Linera lo expresó así: «En verdad, lo que ha unido [al MAS después de Morales] ha sido el golpe, este brutal desplazamiento de los sectores populares del poder es lo que los ha vuelto a unir»11.

Tras haber retornado al país en olor de multitudes, en noviembre de 2020, Morales se puso a la tarea de recuperar su centralidad. Con grandes resistencias, nunca antes vistas, definió las listas de los candidatos a alcaldías y gobernaciones para las elecciones de marzo de 2021. Ajustó cuentas con los caudillos regionales más díscolos: ahuyentó a la popular Eva Copa, ex-presidenta del Senado por el MAS durante el gobierno de Jeanine Áñez, y la empujó a postular a la alcaldía de El Alto por otro partido (aun así, Copa arrasó en las elecciones), y hace poco expulsó del MAS a Rolando Cuellar, dirigente del Bloque Oriente en la normalmente adversa región de Santa Cruz, porque no cesaba de antagonizar con él. Sin embargo, Morales no ha podido recuperar todas las posiciones y prerrogativas que tenía en el pasado por el sencillo hecho de la victoria del MAS en las elecciones de octubre de 2020, que si bien él necesitaba desesperadamente para que dejaran de perseguirlo y poder volver al país, entregó al mismo tiempo el poder más significativo de un país presidencialista como Bolivia, el Poder Ejecutivo, a dos personas que no eran él –y una de ellas, declarada adversaria suya–. 

Por otra parte, el atractivo electoral y político de Morales ya no es el mismo; ha quedado «desportillado» por los años de ejercicio casi absoluto del poder, las acusaciones de todo tipo que la oposición ha hecho en su contra y, sobre todo, por su obstinación en ocupar el sitial más alto de la política nacional sin límite de tiempo. Aparece en las encuestas con una menor popularidad e intención de voto que Arce y solo algo mejor que los dirigentes opositores.

Este hecho, la imposibilidad de que el poder vuelva completamente a sus manos, es la causa principal de las fisuras en el MAS. El ex-presidente ya ha dejado ver, sin embargo, que pretende volver al poder en 2025. Choquehuanca sabe que esta posibilidad sellaría su ocaso político, así que trabaja en contra de ella y trata de acumular fuerzas propias. Arce, por su parte, procura guardar un equilibrio entre los contendientes, ya que los necesita a ambos para que su gestión sea exitosa: una rebelión de Choquehuanca o un ataque frontal de Morales contra su gobierno, que todavía tiene más de tres años por delante, serían muy complicados para el presidente. La oposición tendría entonces una oportunidad de oro para debilitarlo o algo peor: desplazarlo del poder, lo que no ha logrado hacer, por la vía electoral, desde 2005. A la inversa, malquistarse con Arce mientras éste sea presidente significaría para los otros dos dirigentes dejar de participar, así sea parcialmente, en el gobierno, algo que prefieren diferir hasta el momento decisivo, que todavía no ha llegado.

La investidura presidencial ha convertido a Arce, si se quiere automáticamente, en un caudillo. Las organizaciones y bloques del MAS lo requieren para obtener empleos en el gobierno, que son el principal objeto de deseo de los políticos bolivianos (no solo del MAS: en estos meses se ha descubierto, de hecho, una enorme red de tráfico de puestos públicos en la alcaldía más grande del país, la de Santa Cruz de la Sierra, que nunca ha sido conducida por ese partido). Arce se acostumbró a «negar a Evo» en la campaña electoral, cuando los expertos del marketing político le pidieron no hablar de él. Tampoco lo mencionó en el discurso de aceptación de su cargo ante el Parlamento. Luego del retorno de Morales al país, comenzó a encontrarse con él, pero aclarando que los asuntos gubernamentales serían de su exclusiva responsabilidad. No incorporó a su equipo a los miembros del antiguo entorno evista, ni siquiera tras bambalinas. No obedeció la solicitud pública de Morales de cambiar algunos ministros. No ha despedido a los funcionarios choquehuanquistas que, contrastando con el talante calculador de su jefe, han atacado públicamente a Morales. Se sabe que el mandatario se molestó cuando el ex-presidente y jefe del MAS organizó la Marcha por la Patria, una caminata multitudinaria y épica para defender a su gobierno de los ataques de la oposición, pero que claramente significaba un despliegue de la fuerza social de Morales. Hasta ahora ha respaldado al ministro de Gobierno, Eduardo del Castillo, pese a que éste despertó la furia de Morales y de los cocaleros por supuestamente seguir la «agenda de la DEA» (Drug Enforcement Administration, agencia antidrogas de Estados Unidos), cuando hizo detener en enero de este año a un ex-jefe antidroga del último gobierno de Morales, influido por una investigación previa de esta agencia estadounidense que lo había vinculado a una red de protección al narcotráfico. Castillo también criticó a los dirigentes que supuestamente se benefician de los permisos de producción de coca. 

Todos estos hechos públicos, y lo que se puede saber de lo que se habla en los círculos íntimos del gobierno, indican que Arce desea proyectar su gestión –para apuntalar la cual, repetimos, hoy requiere de Choquehuanca y de Morales– más allá de 2025, aunque en un comienzo dijo que no lo haría. Hasta ahora ha logrado estabilizar el país tras la enorme crisis que causaron la pandemia y la irrupción del gobierno de Añez (que hoy nadie en la política boliviana defiende), pero no mucho más que eso. En público, Morales alaba la gestión de Arce, pero en conversaciones privadas la considera ineficaz; de ahí su demanda de cambio de ministros, que, como acabamos de ver, el presidente desestimó.

A esto se refería García Linera cuando identificaba «una separación entre el liderazgo político y estatal, que recae en Arce y Choquehuanca, y el liderazgo social, que representa Morales, como algo nuevo que podría manifestarse en candidaturas separadas». «Teóricamente –prosigue el ex-vicepresidente–, tienen la posibilidad de plantear su candidatura en 2025 y tienen todo el derecho a hacerlo; lo que pasa es que no sabemos cuál será la posición de ellos [Arce y Choquehuanca] en términos de las elecciones, si serán candidatos dentro del MAS o no lo serán»12.

Un futuro incierto

En suma, «las tendencias centrífugas [dentro del MAS] son grandes»13. ¿Existirá el «algoritmo» que busca el ex-copiloto de Morales para lograr que las diversas facciones del MAS sigan actuando dentro de un mismo marco organizativo? Quién sabe. Si tuviéramos que apostar basados en la historia política de Bolivia, y en concreto, de la izquierda boliviana, que siempre ha sido cismática14, tendríamos que responder que no. Pero el MAS ya ha sorprendido muchas veces rompiendo las formas tradicionales de pensar y obrar en la política nacional. A ninguno de sus militantes se le escapa que su división daría una ventaja enorme a la oposición, que aprovecharía para tratar de vencer y luego destruir al partido izquierdista, como ya ocurriera tras el derrocamiento de Morales a fines de 2019. Y el instinto de supervivencia, sumado al deseo de seguir en el poder, pueden lograr finalmente lo que hoy parece imposible.

  1. Ministerio de la Presidencia: «La unidad del pueblo es la garantía de la democracia intercultural», 3/2022.
  2. R. Zavaleta: «La creación de la conciencia nacional» en Obras completas I. Ensayos 1957-1974, Plural, La Paz, 2011.
  3. Agencia de Noticias Fides: «Evo anuncia registro de nuevos militantes en el MAS por la existencia de ‘muchos traidores’», 21/3/2022.
  4. P. Stefanoni y H. Do Alto: La revolución de Evo Morales. De la coca al Palacio, Capital Intelectual, Buenos Aires, 2006.
  5. Radio Kausachun Coca: «27 aniversario del MAS-IPSP», 29/3/2022.
  6. P. Stefanoni: «El MAS puede ganar sin Evo» en El País, 19/10/2020.
  7. Ibíd.
  8. F. Mayorga: Mandato y contingencia. Estilo de gobierno de Evo Morales, CESU / FES, La Paz, 2019.
  9. Este concepto permite englobar las diferentes transformaciones y mestizajes que sufrieron los bolivianos que se derivan, así sea remotamente, de los criollos coloniales. Por otro lado, están los descendientes indígenas, que también han mutado al mismo tiempo que mantenido su condición subalterna, en tanto que los primeros continúan poseyendo un ethos señorial. Ver F. Molina: Racismo y poder en Bolivia, Oxfam / FES, La Paz, 2021.
  10. Gabriel Romano: «García Linera advierte sobre una ‘fragmentación popular’ en el MAS para 2025», Agencia Efe, 6/3/2022.
  11. Ibíd.
  12. G. Romano: ob. cit.
  13. Ibíd.
  14. Dos partidos de base popular anteriores, como el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y el Movimiento de la Izquierda (MIR), se convirtieron en media docena de agrupaciones el primero, y en tres partidos distintos el segundo, y perdieron su influencia de antaño. La diferencia entre el mas y estos partidos está en que, por su extracción social y su fortaleza, el primero no ha buscado componendas ideológicas con la elite señorial del país.
Fuente:
Nueva Sociedad

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