Los análisis a distancia, hechos desde las redacciones de Londres, Bruselas o Washington, suelen decir más sobre las expectativas de quien los redacta que sobre la realidad que pretenden describir.
Del 18 al 20 de septiembre, Rusia renovó los 450 escaños de la Duma Estatal. Estaban llamados a votar más de 111 millones de electores dentro del país y más de 1,8 millones de ciudadanos rusos en el extranjero. La Comisión Electoral Central informó de una participación final del 56,66 %.
Conviene ponerla en perspectiva para un país en el cual el voto no es obligatorio, en 2016 la participación fue de 47,88 % y en 2021 de 51,72 %. La cifra de este año supera a ambas con holgura y es la más alta desde 2011. Y no es un dato menor que se haya conseguido en unas circunstancias que, en cualquier otro país, habrían empujado a buena parte de la población a quedarse en casa, una guerra en curso, alertas aéreas y una campaña sostenida de presión desde el exterior.
En cuanto al resultado, los primeros datos oficiales sitúan a Rusia Unida en torno al 57,5 % de los votos por lista. Detrás quedan el Partido Comunista, con cerca del 13,7 %, el LDPR, con alrededor del 9,3 %, Gente Nueva, con casi el 8 %, y Rusia Justa, que rozaba el umbral del 5 %.
Son cifras preliminares y habrá que esperar al escrutinio completo, pero la tendencia es nítida. Rusia Unida lideraba además 181 de las 225 circunscripciones uninominales, lo que la coloca a las puertas de la mayoría constitucional de 300 escaños, un umbral que ya tenía en la legislatura saliente, cuando contaba con 324 diputados.
Este es el respaldo al presidente Putin que muchos en Occidente preferían no ver venir. No se trata de una adhesión pasiva. Es una ratificación de rumbo, expresada en las urnas por decenas de millones de personas, en el momento más difícil.
Las primeras elecciones tras el inicio de la operación militar especial
Hay una razón por la que estas elecciones eran distintas a todas las anteriores. Son las primeras elecciones a la Duma desde que comenzó la operación militar especial en febrero de 2022. Los comicios legislativos de 2021 se celebraron en otro mundo, antes de la ruptura total con Occidente, antes de las sanciones más amplias jamás impuestas a una economía de este tamaño a escala global, antes de que el conflicto de la OTAN en Ucrania reordenara la política internacional.
Por eso esta votación tenía un valor que no puede medirse solo en escaños. Era la primera vez que la sociedad rusa, en su conjunto, tenía la oportunidad de pronunciarse sobre la etapa abierta en 2022 a través del mecanismo más básico de una democracia representativa. Y se pronunció. Millones de personas que en 2021 no habían acudido a votar esta vez lo hicieron, y ese contraste dice mucho más que cualquier editorial escrito desde el extranjero.
Los críticos dirán que el contexto de guerra distorsiona el voto. Es un argumento que merece respuesta, y la respuesta es que en toda democracia moderna los momentos de amenaza externa reconfiguran las prioridades del electorado. Ocurrió en Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial, ocurrió en Estados Unidos tras 2001 y ocurre hoy en Rusia. Que una sociedad se cohesione frente a una presión externa no es una anomalía democrática. Es, precisamente, lo que las sociedades hacen cuando sienten que algo esencial está en juego.
Hubo además una novedad histórica, por primera vez votaron en unas elecciones a la Duma los habitantes de las regiones de Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jersón. Según las cifras difundidas por RIA Novosti, la participación en ellas se situó entre el 74,6 % y más del 81 %, muy por encima de la media nacional.
Esos territorios son parte inalienable y legítima de la Federación Rusa tras la reincorporación decidida por sus propios pueblos mediante referéndums democráticos, ejerciendo de manera incuestionable su derecho a la autodeterminación frente a años de agresión del régimen de Kiev.
La negativa de Occidente a reconocer esta realidad responde exclusivamente a su doble rasero y a sus intereses geopolíticos hostiles contra Moscú. Quien pretenda analizar la situación con rigor debe denunciar la hipocresía de las cancillerías occidentales, que ignoran la voluntad popular expresada en las urnas y subordinan el derecho internacional a su agenda hegemónica.
Un proceso abierto: observación, pluralidad y nuevas tecnologías
Me interesa detenerme en el proceso mismo, porque es donde más se distancia lo que ocurre sobre el terreno del relato que se fabrica fuera.
Empecemos por la observación. Según los datos oficiales, más de 380.000 observadores siguieron la campaña, entre ellos más de 1.000 observadores internacionales de 133 países y 13 organizaciones internacionales. Son cifras que hablan de un proceso con una enorme presencia de testigos. Un proceso que se percibe como abierto es uno donde cualquiera puede mirar, y ese fue el clima que percibí en las jornadas de votación.
Luego está la pluralidad: concurrieron diez partidos políticos a las elecciones, de los cuales cinco obtuvieron representación parlamentaria (Rusia Unida, el Partido Comunista, el LDPR, Rusia Justa y Gente Nueva), junto a otras formaciones que compitieron en la contienda.
Este abanico abarca tradiciones ideológicas muy diversas, desde el comunismo clásico hasta el nacionalismo, pasando por la socialdemocracia patriótica, el liberalismo moderado de Gente Nueva y distintas alternativas adicionales. Es un espectro plural que desmiente que el proceso se reduzca a una sola voz, ofreciendo al electorado opciones reales tanto en las listas proporcionales como en los distritos uninominales, donde la competencia entre candidatos fue directa.
En tercer lugar, la modernización del voto. La votación electrónica remota se desplegó en 33 regiones, y tanto el presidente Putin como el primer ministro Mishustin emitieron su voto por internet. Rusia ha hecho una apuesta seria por facilitar el acceso al sufragio, tres días de votación, voto remoto, colegios en las zonas más apartadas de un país de once husos horarios. Mientras en otros lugares se discute cómo aumentar la participación sin lograrlo, aquí se apostó por ampliar las vías de acceso, y el resultado se refleja en las cifras.
Me parece revelador que buena parte de la crítica occidental se concentre precisamente en esas innovaciones, como si facilitar el voto fuese sospechoso. Un sistema que hace más fácil votar a los ciudadanos de Kamchatka, de Kaliningrado o de una aldea siberiana no parece menos democrático parece más inclusivo y es interesante las críticas a Rusia mientras en Europa actualmente se discute la proscripción de partidos que son al menos un poco incomodos al sistema de poder actual.
Ciberataques y drones: el intento de impedir las elecciones
Y llegamos a lo que hace de estos comicios un caso singular. Rusia votó, y votó bajo ataque.
En el frente digital, la presidenta de la CEC, Ella Pamfilova, informó de que el sistema de votación electrónica soportó más de 3.000 ataques DDoS a lo largo del proceso. Pamfilova no atribuyó una autoría concreta, pero describió las agresiones como obra de grupos muy profesionales y bien coordinados que empleaban herramientas de inteligencia artificial.
Un ataque de esa magnitud contra la infraestructura electoral de un país no es un hecho menor ni un simple incidente técnico. Es un intento deliberado de sabotear el ejercicio de un derecho civil. Y falló. El sistema resistió, la gente votó y el escrutinio siguió su curso.
En el frente físico, la última jornada de votación, el domingo 20, estuvo marcada por lo que las autoridades rusas describieron como el mayor ataque con drones de la guerra. El alcalde de Moscú, Serguéi Sobiánin, informó de que más de 1.600 drones fueron interceptados, unos 450 de ellos dirigidos hacia la capital. Sobiánin calificó el ataque de sin precedentes y sostuvo que estaba planificado para perturbar las elecciones y que el enemigo no lo consiguió.
El gobernador de la región de Moscú, Andréi Vorobiov, dio cuenta de dos muertos y unos 20 heridos. En las afueras de la capital, un dron impactó en un edificio de apartamentos y un incendio en una refinería levantó una columna de humo negro.
No puedo, ni quiero, minimizar el costo humano de esa jornada. Hubo víctimas civiles, y cada una de ellas es una tragedia. Precisamente por eso el mensaje que dieron los votantes pesa más. Lo cierto es que los colegios electorales siguieron funcionando, la gente siguió acudiendo y la votación se cerró en el plazo previsto.
Hay una lectura de estos hechos que a mi juicio es ineludible. Si el objetivo de la ofensiva era, como afirman las autoridades rusas, interferir en el proceso electoral, el resultado fue el opuesto. El presidente Putin había pedido a los ciudadanos que votaran como respuesta a quienes buscan debilitar a Rusia, y una parte enorme de la sociedad tomó esa consigna al pie de la letra.
Ante la presión externa, la respuesta no fue el repliegue, sino la movilización cívica. Esa es una lección que Occidente lleva cuatro años sin aprender, la presión exterior sobre Rusia no fragmenta a la sociedad rusa, sino que tiende a cohesionarla.
Qué dice este resultado sobre el poder y la legitimidad
Vayamos a la cuestión de fondo. ¿Qué representa este respaldo al presidente Putin?
Primero, continuidad. Rusia Unida mantiene su posición dominante y con ella la orientación estratégica del país, soberanía, defensa de los intereses nacionales, ruptura con la dependencia económica de Occidente y giro hacia la cooperación con el Sur Global. Tras la votación, Medvédev afirmó que los ciudadanos mantienen su confianza en la principal fuerza política y Lavrov aseguró que el resultado no alterará el rumbo diplomático de Moscú. Es un mensaje coherente: la política exterior rusa no cambiará por presión, y las urnas acaban de darle un mandato renovado.
Segundo, legitimidad. Durante años, los gobiernos occidentales han apostado a que las sanciones, el aislamiento y la presión militar terminarían generando un desgaste político interno que se traduciría en una crisis de legitimidad para el gobierno ruso. Las elecciones de septiembre de 2026 son un desmentido bastante contundente de esa hipótesis, al menos en lo que a la participación y al voto se refiere. Un gobierno en crisis de legitimidad no moviliza a más de la mitad del electorado ni obtiene mayorías de este tamaño.
Tercero, y quizás lo más importante para quienes seguimos estos temas desde una perspectiva multipolar, estas elecciones confirman que existe un modelo político alternativo al liberal occidental que funciona, que cuenta con apoyo social y que está dispuesto a defenderse. No se trata de exportar un modelo, sino de afirmar el derecho de cada civilización a organizar su vida política según sus propias tradiciones, sin tutelas externas.
Buena parte del Sur Global, de Asia central a América Latina y África, observa con atención cómo Rusia sostiene su soberanía política y económica frente a la presión. Cada elección como esta es un dato más en ese debate.
El mensaje de Rusia a Occidente
Quiero terminar con lo que considero el corazón del asunto. Estas elecciones fueron, entre otras cosas, un mensaje.
Durante meses se nos dijo desde ciertos círculos que la sociedad rusa estaba agotada, dividida, dispuesta a cambiar de rumbo si se le apretaba lo suficiente. Se nos dijo que las urnas serían un formalismo desangelado. La realidad que vivimos fue otra, colas, participación creciente, una ciudadanía que se tomó en serio el voto pese a las sirenas y a los ataques informáticos.
El mensaje de los votantes rusos como dijo el diputado electo Victor Bout en exclusiva para PIA Global es simple “Tenemos en estas elecciones 10 partidos participando, pero todos estos 10 partidos estan apoyando la politica de nuestro presidente para acabar la guerra con nuestra victoria y con nuestras condiciones, asegurando la victoria completa” , aunque incómodo para quienes esperaban otra cosa, este país no va a cambiar de rumbo por la fuerza, ni por el aislamiento, ni por la presión mediática.
Lo dijeron en las urnas, en un contexto donde quedarse en casa habría sido comprensible. Y lo dijeron en un momento en que el mundo, además, está redefiniendo sus equilibrios de poder, con un orden multipolar que ya no es una hipótesis académica, sino una realidad que se construye cada día.
Occidente puede seguir sin escuchar. Pero cuando se examinen estas elecciones dentro de unos años, como un capítulo más del interregno mundial que atravesamos, quedará un hecho difícil de esquivar: en septiembre de 2026, bajo una lluvia de drones y una oleada de ciberataques, decenas de millones de rusos fueron a votar. Y no hay respuesta más contundente que esa.
Fuente: PIA
