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24/08/26

Temas: Política

Regiones: Venezuela

Sólo el pueblo salva al pueblo

Por Miguel Ernesto Salazar

«y el mar, el mar, aroma suspendido, coro de sal sonora, mientras tanto, nosotros, los hombres, junto al agua, luchando y esperando, junto al mar, esperando. Las olas dicen a la costa firme: Todo será cumplido». Pablo Neruda, Oda a la esperanza
«El pueblo, y sólo el pueblo, es la fuerza motriz que hace la historia mundial». Mao Tse-Tung, Obras Escogidas, t. III.

La instalación de la narrativa de «recuperación» y prosperidad inmediata que Washington y sus voceros han desplegado sobre Venezuela no responde a un simple capricho de relaciones públicas. Tras la escalada de agresión e intervención extranjera sobre el país, se intenta posicionar la idea de un bienestar inevitable derivado de la apertura irrestricta de los recursos nacionales. Sin embargo, el fenómeno más complejo no reside en la soberbia de los emisarios del Norte, sino en la resonancia que estas promesas encuentran en sectores de la población trabajadora y en las barriadas populares.

​¿Por qué un trabajador asalariado o una familia que padece las penurias cotidianas en Caracas, en el Zulia o en el oriente del país llega a considerar factible una solución mágica venida desde afuera?

​La respuesta no está en la ingenuidad, sino en el terreno de lo aspiracional y el desgaste material. Incluso, con el Comandante Chávez, donde el país logro un grado alto de bienestar pasamos por esto. Cuando la cotidianidad se transforma en una carrera extenuante por la supervivencia básica, cualquier promesa de estabilidad, consumo o reactivación económica resulta comprensiblemente atractiva. Asumir que las mayorías razonan desde dogmas abstractos es un error de diagnóstico, el trabajador busca certidumbre para el plato de comida de sus hijos, para el acceso a la salud, para el transporte y para un salario que no se diluya.

​Este fenómeno no es exclusivo de Venezuela. En la región y en el mundo —desde los giros electorales en Latinoamérica hasta el auge de opciones ultraliberales en Europa y Norteamérica—, millones de personas han respaldado proyectos políticos abiertamente contrarios a los intereses populares y a la clase trabajadora. No votan ni simpatizan por la figura del magnate en su jet privado o por el discurso del opresor, sino por la expectativa —muchas veces desesperada— de romper con la asfixia económica previa. La trampa radica en convertir una legítima aspiración de progreso en un cheque en blanco para el despojo.

​Reducir este escenario a un solo mandatario o a una administración coyuntural en la Casa Blanca debilita el análisis. Los rostros en el poder cambian, pero la arquitectura de dominación imperial y corporativa permanece idéntica. Lo que está en marcha sobre el territorio venezolano no es la voluntad aislada de un gobernante, sino la ofensiva coordinada del Gran Capital internacional.

​La historia contemporánea ofrece lecciones irrebatibles, desde el arrasamiento de Irak y Libia hasta las presiones económicas sobre naciones aliadas en Europa o Asia, la política exterior de las potencias industriales jamás ha perseguido el desarrollo soberano de los pueblos. Basta un ejemplo reciente, hasta hace poco, Trump amenazó con bombardear a Omán, si interfiere en el control del estrecho de Ormuz. La política exterior del Gran Capital, se mueve estrictamente en función de garantizar energía barata, reservas estratégicas, materias primas y nuevas áreas de inversión con alta tasa de retorno.

​La supuesta «ayuda» o «reconstrucción» que pregonan los centros financieros globales se traduce siempre en un modelo de enclave, burbujas de alta rentabilidad para corporaciones transnacionales, fondos de inversión y élites locales subordinadas, mientras se precariza el empleo, se desmontan las garantías laborales y se privatiza la renta pública, una receta que quisieran aplicar a Venezuela.

​Mientras la economía interna estadounidense arrastra una deuda monumental, una inflación que castiga a sus propios trabajadores y una crisis de legitimidad política sin precedentes, la exportación de la agresión y el control de recursos ajenos sirve como válvula de escape para su propio complejo financiero y militar. La aprobación de Trump se desplomó a un mínimo histórico del 32 %.

El desafío político y comunicacional no se resuelve juzgando o recriminando al pueblo por desear una vida mejor. La tarea central consiste en evidenciar, con datos y argumentos de clase, que el capitalismo transnacional no viene a enriquecer a los barrios ni a democratizar la riqueza, sino a extraerla y trasladarla a las casas matrices de los grandes consorcios.

​Como señalaba Mao, integrarse con las masas populares exige escucharlas, comprender sus necesidades reales y elevar la conciencia colectiva sin posturas de superioridad moral. La soberanía no puede ser una consigna vacía frente a un salario que se diluye al caer en las cuentas bancarias de los trabajadores; debe traducirse en organización comunal, en producción real y en respuestas tangibles frente a la crisis de servicios y salarios.

​La verdadera alternativa frente a los espejismos de prosperidad importada no vendrá de quienes históricamente han codiciado las riquezas del sur global. Se forja en la resistencia organizada, en el análisis riguroso de la economía global y en la convicción de que el bienestar de las mayorías solo será sostenible si es construido y defendido por el propio pueblo trabajador.

Fuente: PIA

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