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06/09/23
Regiones: Chile
Luis Vitale: un marxista latinoamericano olvidado
Por Michael Lowy y Marco Alvarez

Sigo creyendo que no se trata de crear una nueva teoría, sino de integrar al materialismo histórico –sin amalgamar– los aportes del feminismo, del ecologismo subversivo, de los pueblos originarios (antes llamados indígenas), de los pobladores (tipo favela), de la juventud, de los de tercera edad (o adultos mayores), de las nuevas capas campesinas (trabajadores temporeros) y de cristianos por la liberación. ¿No crees que tenemos el desafío de “refundar” o reelaborar la teoría del cambio social revolucionario, complementando la teoría fundada en la segunda mitad del siglo XIX?

Carta de Luis Vitale a Michael Löwy, 20 de agosto de 1994

A 50 años del golpe de Estado en Chile queremos recordar a un marxista revolucionario que sobrevivió al exterminio de la dictadura militar y que durante más de un año transitó por una decena de centros de tortura. Hablamos de Luis Vitale Cometa (1927-2010)quien murió a días de cumplir 83 años, y más de dos tercios de su vida los dedicó a la militancia política en las filas de la izquierda revolucionaria y al desarrollo del pensamiento transformador.

Injustamente, la trayectoria política y producción intelectual de este marxista olvidado, protagonista de las luchas populares en la segunda mitad del siglo pasado en América Latina, no ha tenido el reconocimiento que se merece a pesar de sus significativas contribuciones al campo de la emancipación.

Luis Vitale, argentino de nacimiento, chileno por opción y latinoamericanista por convicción, mientras cursaba sus estudios doctorales en Historia en la Universidad de La Plata, en los albores de la década del 50, comienza sus primeros pasos en la militancia revolucionaria. Inspirado por la Revolución boliviana de 1952, se incorpora a las filas del trotskismo rioplatense, formándose en la política junto a destacados militantes como Daniel Che Pereyra, Miliciades Peña, Hugo Blanco, Silvio Frondizi y Nahuel Moreno. Con este último, en aquellos años –y en el futuro– mantuvo acalorados debates que signan la historia del trotskismo latinoamericano. Desde aquel tiempo, fiel a la generación del comandante Ernesto Guevara, transita incansablemente el resto de su vida luchando por la segunda y definitiva independencia de América Latina.  

A mediados de la década de 1950, por razones investigativas y políticas, aterriza en Santiago de Chile, donde lo recibe quien será su más estrecho compañero durante varias décadas: Humberto Valenzuela, histórico dirigente del Partido Obrero Revolucionario (POR); a su vez, participa activamente en los debates de la IV Internacional. Raudamente se incorpora a las tareas política en esta organización trotskista y a las luchas del movimiento obrero chileno, siendo elegido en 1959 miembro del directorio nacional de la Central Única de Trabajadores (CUT), que lideraba el mítico Clotario Blest.

Ahora inspirado por el triunfo de la Revolución cubana y arraigado en la afinidad del trotskismo-guevarismo, se pliega al arduo camino de articulación de la nueva izquierda revolucionaria chilena, cristalizándose este proceso en la fundación del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) en agosto de 1965. Es importante destacar que fue pionero en escribir, en calidad de “investigador-testigo de época”, sobre esta organización, publicando el libro Contribución a la historia del MIR chileno 1965-1970 (1979). Es elegido miembro de su Dirección Nacional y redactor de su Declaración de principios, de marcada impronta antiestalinista, que dirá entre otras cosas: “hemos asumido la responsabilidad de fundar el MIR para unificar, por encima de todo sectarismo, a los grupos militantes revolucionarios que estén dispuestos a emprender rápida, pero seriamente, la preparación y organización de la Revolución Socialista Chilena”. Fue un promotor de la unidad partidaria, sin embargo, sus diferencias en materia de estrategia insurreccional e intervención táctica con el sector encabezado por el joven Miguel Enríquez lo terminan marginando del MIR en 1969 (Álvarez, 2015).

Es importante destacar estas diferencias que se expresaban en una crítica radical de Luis Vitale a la concepción del foco guerrillero, estableciendo en un documento llamado Tesis político-militar (1969), en abierto debate con las proposiciones de Miguel Enríquez y presentado a la discusión del IV Congreso Nacional del MIR –el que nunca se realizó–, que “las acciones directas efectistas, desligadas de la lucha de obreros y campesinos pueden ganar cierta influencia difusa de simpatía, pero no cumplen el papel de organizador de las masas, puesto que dichas acciones, no se dan junto a la clase obrera sino que consciente o inconscientemente pretenden sustituirla”.

Por otro lado, acercándose las elecciones presidenciales de 1970, nuestro pensador apuesta por apoyar la candidatura de Salvador Allende, mientras que la mayoría de los dirigentes del MIR se limitaban a llamar a no votar por el candidato de la derecha. Estas discrepancias, entre otras, gatilla que Enríquez y su grupo expulsaran a los trotskistas bajo el lema: “sin lastre avanzaremos más rápido”. Pese a los desacuerdos y considerando la confianza de años de trabajo conjunto, se le propone a Vitale quedarse en el MIR, pero este no acepa, en solidaridad con sus compañeros de ruta. 

La larga década de 1960 es el punto de partida de la prolífera producción teórica de Luis Vitale en el campo de la intervención política e historiográfica. Sus libros Los discursos de Clotario Blest y la Revolución chilena (1961), Historia del Movimiento Obrero Chileno (1962), Esencia y apariencia de la Democracia Cristiana (1963) y, sobre todo, los primeros tres tomos de Interpretación Marxista de la Historia de Chile (1967, 1969, 1972), lo inscriben junto a Julio Cesar Jobet, Marcelo Segal y Hernán Ramírez Necochea como uno de los fundadores de la historiografía marxista chilena, tradición que vino a desmontar el conservadurismo de los historiadores oficiales. 

En los primeros tomos de la Interpretación Marxista de la Historia de Chile, obra magistral y pionera en su género, Luis Vitale analiza el carácter monoproductor de la economía chilena, primordialmente minera, que resulta de un proceso de desarrollo desigual y combinado. La colonización es, a sus ojos, una empresa fundamentalmente capitalista, en oposición a la visión prejuiciada de ciertos historiadores, especialmente anglosajones, que insisten en “medievalizar” la sociedad colonial española. Con la Colonia, dice Vitale, se origina la propiedad privada de los medios de producción y la concentración de la tierra, lo que provocó a su vez el desarrollo de una burguesía criolla adinerada, pero sin poder político, que se enfrentará a la burguesía ibérica. Este conflicto conduce al proceso de independencia de 1810, que es una revolución meramente formal, de la que provendrá el carácter de la actual burguesía chilena, dependiente y centrada en producir mercancías y extraer materias primas para el mercado externo, e incapaz de realizar las tareas democrático-burguesas de los siglos XIX y XX.

De esta época también proviene uno de sus trabajos insignes y ampliamente difundido en diferentes lugares del mundo: América latina: ¿feudal o capitalista? (1968), que constituye una contribución significativa al análisis de las formaciones sociales en el continente. La interrogante que despliega el título de este texto está lejos de tener un interés “académico”, pues su respuesta tiene implicancias en el campo de la estrategia política, es por ello que Luis Vitale se interesa por dilucidarla. En contra de las tesis reformistas que, en base a declarar el carácter atrasado y feudal de América Latina, justificaban su política de alianzas con la burguesía para llevar adelante los objetivos democrático-burgueses, para Vitale “América latina no es una copia de la Europa del siglo XIX, en la cual la nueva clase media en ascenso tuvo que derribar al feudalismo para iniciar el ciclo de las revoluciones democrático-burguesas. Como hemos demostrado, América latina no ha pasado por las etapas clásicas del Viejo Mundo, sino que pasó directamente de las comunidades indígenas primitivas al capitalismo incipiente introducido por la colonización española”.

Estas contribuciones sitúan a Luis Vitale como uno de los precursores de la ciencia social marxista en la década del 60 y representante con André Gunder Frank, Rui Mauro Marini y Aníbal Quijano de la corriente más radical de la teoría de la dependencia que, en su afán de ligar sus análisis a la estrategia política, tiene como ejes centrales de su propuesta anticapitalista: 1) El rechazo de la teoría del feudalismo latinoamericano y la caracterización de la estructura colonial histórica y de la estructura agraria presente como esencialmente capitalistas; 2) La crítica al concepto de una “burguesía nacional progresista” y de la perspectiva de un posible desarrollo capitalista independiente en los países latinoamericanos; 3) Un análisis de la derrota de las experiencias populistas como resultado de la propia naturaleza de las formaciones sociales latinoamericanas, su dependencia estructural y la naturaleza política y social de las burguesías locales; 4) El descubrimiento del origen del atraso económico no en el feudalismo ni en obstáculos precapitalistas al desarrollo económico, sino el carácter del propio desarrollo capitalista dependiente; 5) Finalmente, la imposibilidad de un camino “nacional-democrático” para el desarrollo social en América Latina y la necesidad de una revolución socialista como única respuesta realista y coherente al subdesarrollo y a la dependencia (Löwy, 2007).

A fines de la década de 1960 inicia su carrera como profesor en la Universidad de Concepción, gracias a las gestiones de los dirigentes estudiantiles del MIR, que mantenían el control de la federación de estudiantes; nunca más dejó de hacer clases. Ya como un intelectual revolucionario anfibio, que articula producción teórica, docencia académica e intervención política, en los mil días de la Unidad Popular (UP) puso todos sus esfuerzos en aportar en múltiples dimensiones del quehacer revolucionario, llegando a ser incluso candidato a las elecciones a rector de la Universidad de Chile en 1972.

Tras el triunfo de Salvador Allende, en su folleto ¿Y después del 4, qué? Perspectivas de Chile después de las elecciones presidenciales (1970), Luis Vitale realiza un exhaustivo análisis de las circunstancias que posibilitaron el triunfo de la UP y las significancias que tiene para la clase trabajadora y el pueblo esta victoria político-electoral. Nos dirá: “Chile ha entrado en una etapa prerrevolucionaria caracterizada por un ascenso de las masas trabajadoras, una agudización de la lucha de clases, que hace altamente explosiva la situación, una polarización creciente de clases que acelera el enfrentamiento social”. Bajo este nuevo contexto de enfrentamiento abierto contra la burguesía, para Vitale el papel de la izquierda revolucionaria es el de integrarse a las luchas del movimiento popular y generar las instancias de reagrupamiento de los revolucionarios, para así contrarrestar la hegemonía de las direcciones reformistas. Consecuente con sus palabras, se entiende su participación en espacio de masas del MIR, el Frente de Trabajadores Revolucionarios (FTR), y en la experiencia de reagrupamiento de los trotskistas chilenos que se expresa en la creación del Partido Socialista Revolucionario (PSR). 

Con el golpe de Estado de 1973 fue detenido y ferozmente torturado en diversos centros clandestinos de la dictadura militar, dejando registro de este duro momento en su texto La represión militar en Chile. Vida, muerte y discusión política en los campos de concentración (1975). Como tantos otros militantes, estuvo recluido en el siniestro Campo de Concentración de Chacabuco. En este último presidio, ubicado en una exsalitrera del desierto chileno, evadiendo la mirada permanente de los carceleros, pudo escribir notas que graficaban el horror del cautiverio y dictar cursos de formación política entre los prisioneros. Una larga campaña internacional, impulsada por la IV Internacional, logra su liberación. Con fecha 31 de octubre de 1974 se emitió el Decreto Nº 1766 que lo expulsó del país por constituir un peligro para la seguridad interior del Estado, dando paso a un largo y errático exilio de una década y media que lo llevó a radicarse entre Frankfurt (1974-1976), Caracas (1976-1985) y Buenos Aires/Córdoba (1985-1989). En tierras germánicas dicta clases en la Universidad Goethe, gracias a la invitación de André Gunder Frank y del recientemente fallecido Franz Hinkelammert.

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En Europa Luis Vitale aprovecha de retomar sus vinculaciones con la IV Internacional, participando de álgidos debates respecto de la realidad mundial. Por ejemplo, Charles-André Udry, histórico dirigente cuartista, siempre recordó que fue Vitale en 1975 el primero en proponer otorgarle al proceso nicaragüense una centralidad en la revolución latinoamericana, pero no fue escuchado en un primer momento. En el XI Congreso de la IV Internacional de 1979, tomando en consideración los procesos insurgentes en América Central, propuso con Daniel Che Pereira y otros compañeros latinoamericanos la moción que sus secciones se prepararan para el evento de la lucha armada, cuestión que no fue adoptada.  

Su paso por Europa fue breve, pues Luis Vitale siempre sintió que su lugar estaba en América Latina. Se radica en Venezuela, donde ejerce como profesor titular de diferentes cátedras en la Universidad Central de Venezuela (UCV) (1977-1985). En este periodo es invitado a dar conferencia en una veintena de universidades del mundo. Asimismo, se encuentra activo en la militancia política, a través de la construcción de una orgánica trotskista (Topo Obrero) en tierra venezolana y en la solidaridad con Chile en conjunto con los grupos exiliados. Si bien en esta época no abandona sus trabajos historiográficos, que se expresan en una monumental obra de nueve tomos sobre la Historia de América Latina (1984), se hacen habituales sus contribuciones desde una perspectivas más sociológica y anticolonial. El estudio de la vida cotidiana y sus opresiones serán centrales en su agenda investigativa.

En esta época del destierro, particularmente en la década de 1980, se vislumbra en Luis Vitale una ampliación y giro en sus temáticas de estudio. Con más de una quincena de libros publicados, más una larga lista de folletos, artículos y ponencias, se concentra en la recuperación del marxismo latinoamericano olvidado, donde podemos destacar su tu trabajo sobre el venezolano Salvador de la Plaza (1981), a quien considera uno de los pioneros marxistas en el continente, como su libro Los precursores de la liberación nacional y social en América Latina (1987), obra fundamental en la recuperación y comprensión de un pensamiento crítico latinoamericano. A su vez, inserto en los debates de sistematización y caracterización del marxismo en América Latina, contribuye –como pocos– en los debates estratégicos del marxismo latinoamericano, siendo fundamental su texto El marxismo latinoamericano ante dos desafíos: feminismo y crisis ecológica (1983); a su propuesta de un feminismo anticapitalista y ecologismo subversivo, debemos agregar la noción de cristianismo libertario.

Partamos por esta última idea: la importancia gravitante de Luis Vitale para impulsar una política desde el campo marxista al mundo cristiano. Tempranamente se vincula a los grupos cristianos organizados que se sienten convocados por el horizonte socialista, vinculando al MIR en 1968 al primer grupo de cristianos revolucionarios. Sin embargo, será en los años 80 que esto se volvió para él una tarea político-teórica de primera importancia, pues para comprender fenómenos como el nuevo movimiento obrero y las guerrillas que afloraban en los países centroamericanos, era fundamental revelar y relevar las afinidades entre el cristianismo y los revolucionarios en América Latina. Esta apuesta por los “cristianos por la liberación y el socialismo”, que también llamó “cristianos libertarios”, estuvo presente hasta el final en su praxis política, acercándose en su retorno a Chile a bases cristianas partidarias de la Teología de la Liberación y adhiriéndose al Movimiento Juan Alsina, que lleva su nombre por un sacerdote asesinado por la dictadura militar.  

Luis Vitale fue pionero de un marxismo ecológico e hizo suyo el dilema que planteó Rosa Luxemburgo de “socialismo o barbarie”, apostando por la esquina socialista frente a un capitalismo destructor de la Humanidad. Cuando a muy pocos marxistas les interesaba adentrarse en la profundidad de la crisis ecológica, escribe el libro Hacia una historia del ambiente en América Latina (1983), donde propone que los marxistas latinoamericanos deben superar la mera lectura de la sociedad humana y estudiar el ambiente, que es la totalidad expresada en la interacción naturaleza-sociedad. Situó el cruce entre el marxismo y la ecología, que hoy podemos catalogar como la apuesta ecosocialista, como el gran desafío de los marxistas en su encuentro con el siglo XXI.  

Otra de las apuestas de Luis Vitale fue restablecer las afinidades entre el feminismo y marxismo, partiendo de una base crítica, que las organizaciones marxistas han ejercido una dominación machista, autoritaria y represiva contra las mujeres en todos los ámbitos. A pesar de que los partidos de izquierda se negaban a reconocer el aborto por una cuestión de popularidad, era enfático en que las mujeres tienen el derecho de hacer libre uso de su cuerpo. También puso sobre la mesa el tema de los cuidados, que hoy son de primer orden el debate público, criticando radicalmente los beneficios del trabajo no remunerados para el capitalismo. Su libro La mitad invisible de la Historia: el protagonismo social de la mujer latinoamericana (1987), constituye un aporte significativo a los estudios de género y feminismo. Es más, la pensadora argentina Dora Barrancos (2005) señala respecto de este trabajo que “sus orientaciones ideológicas y un expreso deseo de abogar por la causa de la reivindicación femenina, lo condujeron a señalar las omisiones que el orden capitalista y patriarcal latinoamericano había efectuado al ignorar la contribución de las mujeres, tan subordinadas como las clases trabajadoras”.

Estas contribuciones se deben ubicar en un momento de la categorizada crisis global del imaginario marxista que, para Luis Vitale, no era otra cosa que la crisis de un marxismo ortodoxo, dogmático, positivista y economicista vinculado a la bancarrota del mal llamado “socialismo real”. Mientras los arrepentidos de la escolástica marxista extendían sus brazos a las nuevas modas teóricas, este marxista heterodoxo latinoamericano ratifica su intención declarada de no abandonar las coordenadas del marxismo revolucionario. Sin embargo, reconoce las limitantes del materialismo histórico dogmático, el nuevo contexto histórico que se abría y las particulares dinámicas de las resistencias latinoamericanas, apostando por enriquecer la teoría marxista con los aportes de los cristianos libertarios, el feminismo anticapitalista, la ecología subversiva, entre otro cumulo de experiencias y saberes subalternos.  

En el segundo lustro de la década de 1980 se instala en su natal Argentina, donde publica libros importantes, como Historia de la deuda externa latinoamericana (1986), en que analiza las consecuencias de la dependencia económica y la pérdida de la soberanía ante la carencia de una teoría propia de economía política en América Latina. En virtud de los resultados de plebiscito chileno de 1988, que vencía en las urnas la continuidad del tirano, Luis Vitale comienza a preparar su retorno a Chile. Con el “campo de experiencia” anclado en el exilio, que lo lleva a reformular su acervo teórico marxista, y envuelto en un “horizonte de expectativas” políticas y académicas para insertarse en la transición democrática, a mediados de 1989 vuelve al país que había elegido como suyo hace ya cuatro décadas.

Publica Introducción a una teoría de la Historia para América Latina (1992), donde más que una “introducción”, es una “síntesis” –o verdadero Aufhebung en su trayectoria político intelectual– de epistemología para estudiar la realidad latinoamericana, en base al monumental trabajo investigativo realizado durante 40 años y, particularmente, respecto de sus nueve tomos de la Historia general de América latina (1984). Propone una ruptura epistemológica radical con la llamada “Historia Universal”, de concepción unilateral de la Historia como reflejo de la imagen de europea occidental, pues su uso esquemático por parte de la historiografía tradicional no permite dar cuenta de la realidad específica de América Latina y, a su vez, asume el desafío de generar y recrear categorías de análisis específicas en base a la realidad concreta de América Latina.

Inmediatamente se incorporó a trabajar como profesor en diferentes universidades y participa en varios impulsos de organizaciones político-sociales, donde podemos destacar su participación en el “Movimiento 500 Años”, instancia que agrupó a múltiples dirigentes sociales, intelectuales y estudiantes en medio de las “conmemoraciones” de los 500 años de la invasión a América. Puso sus esfuerzos intelectuales en reflexionar sobre la desgarradora herencia colonial y la necesidad de anclar la perspectiva política de los pueblos ancestrales. En un texto intitulado A debatir las ideas del Peñi Aucan (1994), Luis Vitale propone como camino “ir forjando –junto con los pueblos originarios y otros movimientos sociales– un cuerpo de ideas y un proyecto que tanta falta nos hace para construir una sociedad alternativa al capitalismo monopólico internacional, una sociedad socialista autogestionaria, antipatriarcal, anticontaminante y pluriétnica, respetuosa de la nación-pueblo-mapuche, de su autonomía y autodeterminación”.

Aprovechando el centenario de su natalicio, relee críticamente al marxista peruano José Carlos Mariátegui, publicando Mariátegui y el socialismo indoamericano (1994); su reencuentro con el Amauta lo llevó desde el marxismo a la convicción del protagonismo de los pueblos indígenas en los procesos revolucionarios latinoamericanos. Es importante destacar que su histórico guevarismo lo sigue acompañando en esta época y, al cumplirse 30 años de la muerte del comandante Ernesto Guevara, presenta el libro El proyecto andino del Che (1997).   

Para mediados de los 90, alejado de las agrupaciones trotskistas, apuesta por la tesis de articulación de un partido de nuevo tipo, inspirado en gran medida en la experiencia del Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil, donde el movimiento obrero y los nuevos movimientos sociales tuvieran el protagonismo. Con el derrotero de la izquierda chilena de aquellos años, sus expectativas se frustraron. Sin embargo, el 1 de enero de 1994 irrumpe en el sureste de México un grupo de indígenas autodenominados Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), alzándose en armas contra el mal gobierno mexicano. En esa experiencia, como él mismo dirá, “Chiapas es una nueva y ancestral luz para los pueblos; una lección de táctica y estrategia para la izquierda revolucionaria y una experiencia decisiva para los núcleos de avanzada de los movimientos sociales de América Latina. La desesperanza comenzará a superarse con el mensaje zapatista en momentos en que el cielo estaba negro de nubarrones. ¡Caramba que es cierta aquella frase: ‘mientras más cerrada está la noche cercano está el amanecer’” (1994).

En aquellos años Luis Vitale crea varios centros de pensamiento, con el objeto de construir un territorio propio de reflexión política, solidaridad intelectual y difusión de ideas alternativas a las instituciones hegemónicas. Decenas de publicaciones orientadas a la difusión y formación política de los sectores movilizados. Envestido de pedagogo popular y con el profundo respeto, admiración y cariño que le tenían los movimientos políticos y sociales por su larga y consecuente trayectoria, dictaba permanentemente escuelas de formación política a los comités de pobladores, a los sindicatos de trabajadores, a las mujeres organizadas, a los grupos medioambientales, a los sectores indígenas y a todos los sectores en lucha que se lo solicitaban. 

El trabajo de medio siglo acumulado fue germinando algunos reconocimientos: obtuvo el Premio Bicentenario del Libertador Simón Bolívar y el Premio Ensayo de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH) en el año 2000.

Con el cambio de siglo se fue agravando de una enfermedad que lo aquejaba hace años y cada vez era más complicado desplazarse para él. Sin embargo, seguía aportando intelectualmente a través de sus clases en la Universidad de Chile; sus estudiantes lo recuerdan contando, después de las clases, la historia de América Latina entre anécdotas y cantando tangos. Tal es el afecto que dejó entre el estudiantado, que hasta el día de hoy se mantiene un mural con su rostro que es acompañado de una frase suya que dice: “experiencias del pasado a ser consideradas para las luchas del presente”. Además de sus quehaceres académicos, en este tiempo no deja de producir en clave de intervención política. Por ejemplo, en el año 2000 publica un folleto para dar cuenta de las transformaciones de la derecha y sus relaciones con el populismo, que daban cuenta de embriones fascistas de nuevo tipo. Estas reflexiones en la actualidad hacen más sentido que nunca frente a la ofensiva del neofascismo.  

Teóricamente, sin abandonar la perspectiva marxista, Luis Vitale se interesa cada vez más por el aporte anarquista y, en coautoría con Oscar Ortiz, publica el libro Contribución a la historia del anarquismo en América Latina (2002), donde escribirá a título autobiográfico que “conservé y sigo conservando ese élan libertario que me ha permitido no doblar el espinazo”. A partir de estos años comienza a definirse como un “marxista libertario”a modo de expresar un marxismo abierto que en forma de crisol alberga las potencialidades de las corrientes libertarias, de su viejo trotskismo-guevarista,­ de los nuevos movimientos sociales, el feminismo anticapitalista, el ecologismo subversivo, el indigenismo, el cristianismo revolucionario, el internacionalismo militante, entre otras perspectivas conducentes a la liberación. 

Como hemos visto, aproximarse al pensamiento de Luis Vitale revierte una complejidad de orden cuantitativo y cualitativo: por un lado, la frondosidad de su obra nos remite a más de 70 libros publicados y a un muy superior número indeterminado de artículo partidarios, ensayos teóricos-académicos, materiales formativos e intervenciones públicas; por el otro, la variedad de temáticas por la cual transita su producción intelectual, que abarca estudios sobre el movimiento obrero, ecología, cristianismo, feminismo, indianismo, identidad popular, etcétera, todos analizados desde una perspectiva política marxista principalmente historiográfica y sociológica, aunque él mismo terminará reconociendo que su apuesta metodológica es de carácter transdisciplinar.

A casi una década de su muerte: en octubre de 2019 el pueblo chileno se alzó contra todas las injusticias y grito que la dignidad se haga costumbre. Antes de su muerte había dicho que la transición democrática chilena solo podía finalizar con una revuelta que acabara realmente con la Constitución de Pinochet; tarea aún pendiente.

Muchas de las contribuciones que hemos visto de este marxista latinoamericano se hicieron carne en este proceso de irrupción del continuum de la Historia, pues las luchas por un nuevo amanecer se nutren de la memoria de los hombres y mujeres que trazaron el camino de la suspensión del tiempo histórico.

A 50 años del golpe de Estado, nos parece fundamental redimir desde las entrañas del olvido a Luis Vitale, permitiendo que las nuevas generaciones conozcan sus contribuciones y las actualicen al calor de las luchas concretas del pueblo.

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Michael Löwy Franco-brasileño, sociólogo y filósofo

Marco Álvarez Chileno, historiador

Bibliografía

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Barrancos, D. (2005). “Historia, historiografía y género. Notas para la memoria de sus vínculos en la Argentina”, Revista de Estudios de la Mujer. La Aljaba.

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*Correspondencia entre Luis Vitale y Michael Löwy 1978-2000. Agradecemos a Simón González por facilitarnos copias de algunas de estas cartas que consultamos para este trabajo y que fueron utilizadas para su tesis de grado y otros textos dedicados a la trayectoria de Luis Vitale.

Fuente:
Correo del alba

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