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16/09/26

Regiones: África

Lecciones anticoloniales: de Abdelkrim a Ben Barka

Por Alex Anfruns

La ocupación francesa de África del Norte y África del Oeste pretendía tener la misión de «civilizar» los territorios bajo dominación colonial. En realidad el proyecto colonial respondía al afán de que nada quedase al margen del acaparamiento y el expansionismo capitalista. El director de la Deutsche Bank lo resumió con franqueza: «África dispone de riquezas naturales importantes y de una gran diversidad. De hecho, y hasta el día de hoy, ni siquiera ha sido posible determinar su extensión real. ¿No será una gran reserva económica a las puertas de Europa (…), que le permitiría cubrir sus necesidades crecientes en materias primas?».[1]

Desde el siglo XIX las primeras resistencias africanas se organizaron partiendo de estructuras sociales tradicionales. El colonialismo francés debía conocer bien las sociedades que ocupaba para controlarlas mejor. Con ese fin puso en marcha una operación cultural e ideológica procolonial fabricando el discurso orientalista: «Para Edward W. Said, el «orientalismo» no es una inocente rama del saber que estudia la civilización y las costumbres de los pueblos orientales, sino un sistema para conocer Oriente mediante el cual Occidente ha sido capaz de dominarlo desde un punto de vista político, sociológico, militar e ideológico (…)».[2]

Como consecuencia de las rivalidades, las potencias europeas habían dividido sus esferas de influencia colonial en la Conferencia de Berlín de 1885. En comparación con Argelia (1830–1962) la colonización de Marruecos (1912–1956) fue tardía y compartida entre Francia y España. Además, la ciudad de Tánger tenía un estatuto de «ciudad internacional», en virtud del Protocolo firmado en París por Francia, España y Reino Unido el 18 de diciembre de 1923.

En su correspondencia de guerra sobre cuestiones de la frontera argelino-marroquí entre 1903 y 1906, el general francés Lyautey menciona los riesgos de que su presencia «encienda la guerra santa y devuelva sus fuerzas a Bou Amama (…) Habrá quizás, en efecto, recrudescencia de fanatismo religioso y crecimiento momentáneo de las fuerzas de Bou Amama. ¿Y después?».[3] Efectivamente, Lyautey no temía aquellas revueltas aisladas. Resumía la nueva estrategia colonial francesa con «el método Gallieni, que reconstruye un país y conduce una política intensiva a salvo de la tropa (…) bajo la bandera de la policía mixta y del acuerdo con el Makhzen».[4]El Makhzen[5] fue simbolizado durante décadas por la clase social de propietarios feudales que a cambio de servicios otorgados se beneficiaban de la administración francesa: «En 1956, al final del protectorado, los 7 500 feudales eran propietarios de un millón ochocientas mil hectáreas (…) 600 mil notables marroquíes, representando el 10 % de la población rural, poseían 4 millones de hectáreas, es decir más de la mitad de las tierras cultivables. Los obreros agrícolas estaban sobreexplotados y vivían de manera muy miserable».[6]

Pero Lyautey revela también cómo el nacionalismo marroquí ejercía una vigilancia constante sobre las tentativas de penetración colonial en la frontera argelino-marroquí: «en cuanto reprimo lo que sea, (dicen que) ¡invado Marruecos! Si envío el menor reconocimiento para atrapar unos camellos robados, las autoridades jerifes, que se dan maravillosamente cuenta de la mentalidad europea, escriben a Fes que estoy comenzando una expedición militar…».

La guerra del Rif (1911–1927) fue uno de los más emblemáticos escenarios del juego de las potencias imperialistas y de la lucha anticolonial. Frente a la opinión antiguerra que el Partido Comunista Francés alentaba en Francia, el líder rifeño Abdelkrim El Khattabi había escrito una carta al Parlamento francés: «Nunca habría combatido a los franceses si el mariscal Lyautey no hubiera penetrado nuestro territorio para anexionarlo. El tiempo pondrá de lado las imágenes de la mentira, el sol de la verdad triunfará».[7] En aquella época Abdelkrim ya expresaba la necesidad de unir la lucha anticolonial de los pueblos norteafricanos, alentando a «los futuros muyahidines de Argelia y Túnez» a que «rompan las cadenas de los opresores y liberen su territorio».[8]Bajo el mando de Abdelkrim, el pueblo rifeño supo aprovechar las rivalidades y divisiones entre Francia, Reino Unido y España, hasta que los ejércitos francés y español comprendieron que solo colaborando podrían someterlos y evitar una derrota de consecuencias incalculables para sus intereses.

Abdelkrim, inventor de la guerrilla moderna en el siglo XX, ostentaba el título religioso de Emir. Pero conocía perfectamente bien la cultura española: trabajó como traductor y periodista para el diario colonial El Telegrama del Rif. Así, no combatía molinos de viento, sino a un ejército colonial que ocupaba las tierras del pueblo rifeño. Abdelkrim estaba a favor del desarrollo social y económico del pueblo marroquí. Tras la victoria rifeña de Anual (del 22 de julio al 9 de agosto de 1921), sus técnicas y estrategia de combate inspiraron la resistencia anticolonial de otros pueblos — como en China o en Vietnam— durante las décadas siguientes.

En aquella guerra dos militares que más tarde tendrían un papel político fascista de primer plano cruzaron sus destinos de carnicero: Pétain y Franco. En septiembre de 1923 el general Primo de Rivera había instalado su personal dictadura en España. Ante el empantanamiento de la guerra en el Rif, Pétain obtuvo la nominación de Comandante en jefe y se reunió con Primo de Rivera para elaborar una estrategia conjunta, lo cual provocó la dimisión de Lyautey.[10] Por otro lado, se aliaron a representantes de estructuras feudales marroquíes para acabar con aquel movimiento modernizador y progresista que Abdelkrim ejemplificaba a través de la creación de la República del Rif. Los servicios de Inteligencia franceses tenían fichadas a todas las tribus y empezaron una acción psicológica para aislar a Abdelkrim de sus potenciales aliados. Según los comunicados franceses hechos públicos más tarde, «la acción de los Asuntos Indígenas durante el invierno hará avanzar (nuestra posición en) el frente de cincuenta kilómetros sin (tener que) pegar un solo tiro».[11]Por su parte, Abdelkrim reconoció la eficacia de la acción psicológica del coronel Noguès sobre la tribu de los Beni Zeroual: «el combate por la patria no les interesaba, solo querían defender la fe y por supuesto su prestigio».[12] En Francia, el tema de la propaganda colonial se centraba en un complot combinado teledirigido por la «alianza germano-soviética»: «Se ensañaba en demostrar que el jefe rifeño solo era un subproducto de Moscú y Berlín extrañamente amalgamado, un caso de estudio en una conspiración a nivel mundial contra Francia».[13]

Tras la derrota de la resistencia rifeña, Abdelkrim Khattabi se exilió a El Cairo, en Egipto, donde en 1948 fundó el Comité de Liberación del Magreb, cuya prioridad era el apoyo a la causa por la independencia de Argelia. Mientras, el movimiento nacionalista marroquí Istiqlal era reprimido por las fuerzas coloniales francesas. Según el historiador Pierre Vermeren, el complot de 1951 «reunió todas las tendencias hostiles a la emancipación del Reino, a cuya cabeza estaban la Administración francesa y los servicios de la Residencia, pero también los «grandes musulmanes notables» que mantienen el país: a su cabeza el pacha Glaoui, los jefes de las hermandades religiosas tradicionalmente desconfiadas hacia el sultán, y reunidas por el jefe de la zaouia Abdelhai El Kettani».

Efectivamente, el pacha Glaoui de Marrakech se apoyaba en un poderoso lobby francés tanto en Marruecos como en Francia, que alimentaba sus ambiciones de convertirse en el rey de Marruecos.[14] Así, el 20 de agosto de 1953 el recurso al exilio forzado fue empleado contra el rey Mohamed V, quien fue enviado a la isla de Córcega y luego a la de Madagascar. Vermeren describe cómo, «sometidos a la autoridad arbitraria del Makhzen y hostiles a los burgueses nacionalistas, los feudales hicieron el juego a las autoridades coloniales a favor de un sultán inofensivo (Ben Arafa), que era la garantía a la vez de su potentado y de su nueva riqueza territorial. El Istiqlal buscó en el medio rural, los elementos para romper aquella Santa Alianza, fue (creando) el Ejército de Liberación Nacional».

Marruecos obtuvo su independencia en abril de 1956, apenas un mes después de Túnez. Pero tras haber obtenido la independencia, los nacionalistas marroquíes pudieron medir la distancia entre el discurso y los hechos. Mehdi Ben Barka, uno de los líderes incontestables de la lucha ideológica antimperialista en la fase neocolonial, lo explicó así: «al término de negociaciones de las cuales habían tomado la iniciativa, los colonialistas reconocieron la independencia para garantizar mejor sus privilegios».[15]Cuando Che Guevara visitó Casablanca en el verano de 1959, el primer ministro marroquí Abdallah Ibrahim le dio el contacto de Khattabi en El Cairo.[16] Egipto era entonces un lugar de exilio y reunión de los nacionalistas magrebíes, donde se catalizaba la energía de la lucha por la liberación de Argelia. Cuando en octubre de 1956 cinco líderes del Frente de Liberación Nacional argelino fueron secuestrados en el avión que les conducía desde Marruecos a Túnez, y enviados a la prisión en Francia, el rey marroquí Mohamed V expresó el ambiente de solidaridad dominante entre los países del Magreb. Según el argelino Hocine Ait Ahmed,[17] cuando supo del secuestro, el monarca propuso intercambiar «a su hijo contra nosotros».

En aquella época Marruecos también era el centro neurálgico del Grupo de Casablanca, una alianza de países progresistas establecida en 1960,[18] cuyo peso debía ser determinante en el destino del continente africano. Su territorio acogió a futuros dirigentes como el sudafricano Nelson Mandela, el angoleño Agustinho Neto, el caboverdiano Amílcar Cabral, o los argelinos Houari Boumediene, Ahmed Ben Bella y Mohamed Boudiaf.[19] Poco antes de su deceso durante una operación quirúrgica benigna, el rey Mohamed V contribuyó a organizar, el 4 de enero de 1961, la Conferencia Interafricana en Casablanca, que reunió a los representantes del gobierno provisional de Argelia, Malí, Libia, Ghana, Guinea y la República Árabe Unida (Egipto y Siria). La Carta de África fue adoptada con estos objetivos: «la liquidación del régimen colonial, la eliminación de la segregación racial, la evacuación de las fuerzas extranjeras de África, la oposición a todas las injerencias extranjeras, a todas las experiencias nucleares y la acción a favor de la unidad africana, la consolidación de la paz y de la seguridad en África y en el mundo».

También se firmaron resoluciones sobre el Congo y Palestina. Mohamed V desaprobó el envío de 3 000 soldados marroquíes al Congo en el marco de la misión de Naciones Unidas que terminó con la vida de Patrice Lumumba. ¿Cómo fue posible aquella participación que daba al traste con la solidaridad panafricana? El príncipe heredero actuaba bajo las directivas y en función de intereses franceses y estadounidenses. El partido de Ben Barka, la Unión Nacional de Fuerzas Populares (UNFP), incriminó al general Kettani que dirigía las fuerzas armadas reales desplegadas. Pero Kettani dijo haber ejecutado las ordenes de Hassan II.[20] La periodista Zakya Daoud explica cómo el primer ministro marroquí Abdallah Ibrahim fue empujado a la dimisión en mayo de 1960 por el heredero al trono Hassan II. Ibrahim había «decidido poner fin a la misión de trescientos policías franceses, calificados de asistentes técnicos que trabajaban en los servicios marroquíes, planteando con crudeza la cuestión de la organización del Ministerio del Interior y del estatus de la Policía, de la cual pide la reorganización. Jugó la carta en la mesa planteando el problema de los atributos del Ministerio del Interior y de la Seguridad nacional. Y lo que es peor, rechazó la adscripción de un oficial estadounidense, el comandante Blair, en el gabinete militar de Moulay Hassan, pidiendo su regreso a Washington. Era directamente declararle la guerra al príncipe, quien se calificaba a sí mismo como primer opositor al gobierno (…)».[21]

Tras haberse frustrado la tentativa de adoptar una Constitución que respondiera a la voluntad popular, el régimen de Hassan II se caracterizó por una represión generalizada conocida como «Los años de plomo». Como había predicho Ben Barka,«de ahora en adelante, el colonialismo recurre a sus satélites con el fin de alejar la corriente popular de los centros de decisión, sobre todo desde que Marruecos ha logrado imponerse en la escena internacional, a liberarse de toda influencia exterior cuya naturaleza corrobore indirectamente la política colonialista». En octubre de 1965 Ben Barka fue secuestrado en la cervecería Lipp de París, asesinado y sus restos nunca han sido identificados desde entonces.

Una de sus manifestaciones en la época contemporánea es la lucha de liberación de los países antiguamente colonizados. Tras las independencias, el auge de las ideas reaccionarias promovidas por las monarquías petroleras del Golfo pérsico fue aprovechado por las antiguas potencias coloniales. Sus aliados reaccionarios combatieron el panarabismo surgido de los movimientos nacionalistas con vocación social. Poco importa que para ello terminasen apoyando el fundamentalismo religioso. Esa alianza, en apariencia contradictoria, estaba y sigue estando dominada por los intereses económicos.

El líder de la revolución burkinabé Thomas Sankara tomó en cuenta los posibles conflictos que surgirían más tarde en su país sobre la base de la instrumentalización de las creencias religiosas, al expresar que «el rico y el pobre no pueden tener la misma moral, la Biblia y el Corán no pueden servir de la misma manera al que explota y al que es explotado, o entonces harán falta dos ediciones de la Biblia y dos ediciones del Corán».[22] Hay que constatar que una vez puesta en marcha la descolonización, el neocolonialismo tiene varios ases bajo la manga. No solo sigue interviniendo en operaciones de desestabilización ilegales y encubiertas, también desmoraliza a los «pueblos indígenas» con su propaganda. La vieja pretensión de extender la civilización se transforma en la creencia de que esos países deben imitar el modelo de democracia occidental, siguiendo las reglas dictadas por las organizaciones capitalistas como el FMI.

La exigencia de soberanía nacional requiere la participación de las clases populares tradicionalmente excluidas, para que estas lleven a cabo su liberación por sí mismas.

Fuente: Rebelión

Etiquetas: Abdelkrim | Ben Barka

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