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16/10/26

Temas: Geopolítica

Regiones: Mundo

Acuerdo de venta de Diesel – Salvataje de Putin a Trump o derrota de las sanciones

Por Fernando Esteche

En seguida escribió en Truth Social que Rusia pondría de inmediato más de 300.000 toneladas de diésel en el mercado norteamericano, otras 500.000 en noviembre, un millón después y, según el estado de sus refinerías, tres millones más en poco tiempo. Casi 4,8 millones de toneladas anunciadas. Minutos más tarde el Departamento del Tesoro emitió la Licencia General 135, que autoriza la venta, entrega e importación de diésel de origen ruso hasta el 7 de abril de 2027.

En la superficie parece un acuerdo comercial de emergencia, pero es una pieza de otra arquitectura. En septiembre el propio Trump había firmado la ley de sanciones que lleva el nombre de Lindsey Graham, fallecido en circunstancias curiosas, pensada para estrangular los ingresos energéticos rusos y que ordena aplicar aranceles de hasta el 100% a los cinco mayores compradores de petróleo y gas de Rusia. Un mes después la misma Casa Blanca abre una ventana de seis meses para el diésel ruso. Desde que estalló la guerra contra Irán, el Tesoro venía otorgando permisos de treinta días para aliviar el mercado, pero ninguno había ido más allá de ese plazo desde el comienzo de la guerra en Ucrania, en febrero de 2022.

La ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán, lanzada en febrero, cerró en los hechos el estrecho de Ormuz y desató la crisis energética más grave en medio siglo. Desde entonces el diésel se duplicó en Estados Unidos. El 22 de septiembre el galón (casi cuatro litros) marcó un récord de 6,52 dólares según la AAA, la asociación de automovilistas que releva los precios en surtidor, y el día del anuncio seguía en 6,28. Y el diésel no es un dato más de la canasta. Mueve camiones, cosechadoras, trenes de carga y generadores de energía, y en un país donde la base republicana es rural y transportista su precio se vuelve variable electoral directa.

Antes de llamar a Moscú, Trump probó con los aliados. Amenazó a Europa con prohibir las exportaciones estadounidenses de diésel (la Unión Europea compra en Estados Unidos cerca de un tercio del diésel que importa de fuera del bloque) y obtuvo el 2 de octubre una impostada declaración del G7 que vuelve a prometer lo que ya debía liberar, 100 millones de barriles de crudo y diésel en cuatro meses, que no son otra cosa que el saldo pendiente de la liberación récord acordada en marzo. Los operadores lo leyeron así y los futuros recuperaron el nivel previo en cuestión de horas. Agotado el recurso de apretar a los socios, quedaba el adversario.

Moscú lo sabía. El 1 de octubre, en la sesión plenaria del Club Valdái, el foro anual de debate internacional que Moscú usa como tribuna de política exterior, Putin dijo que Rusia ya tenía diésel suficiente pero que no llegaría a los mercados globales mientras siguieran vigentes las prohibiciones y sanciones sobre su petróleo y sus derivados. Lo dijo sabiendo hacia qué colapso energético global empujan los bombardeos terroristas contra las refinerías rusas, y lo que sonó a queja técnica funcionó como tarifa. Ocho días después Washington la pagó, y el viceprimer ministro Alexander Novak anunció a la agencia estatal rusa TASS que Rusia empezaba a levantar de inmediato, antes de lo previsto, las restricciones a la exportación.

La victoria de Rusia

Leer el acuerdo como un salvavidas que Putin le arroja a Trump, como lo han hecho varios analistas, es quedarse con la mitad de la escena. Rusia obtiene una licencia que vuelve legal lo que hasta ayer circulaba por la flota fantasma, con descuentos de ocasión y transbordos frente a Limassol o Port Said. Y obtiene algo bastante más valioso, la imposibilidad evidente de que la Casa Blanca ejecute la ley Graham en la parte que manda castigar con aranceles a los grandes compradores de crudo ruso. Esos compradores se llaman China e India. La agencia estadounidense Associated Press advirtió el mismo viernes que el movimiento de Trump pone en duda la aplicación de esas sanciones secundarias. Una llamada que empezó con un saludo por el cumpleaños de Putin terminó desactivando la amenaza que pesaba sobre los dos mercados principales de Rusia.

Hasta Clayton Seigle, que pasó por el CSIS y hoy asesora a empresas desde una consultora fundada por ex jefes de gabinete de la CIA y del Pentágono (una voz nada sospechosa de simpatía hacia Moscú), admitió que el acuerdo le resulta muy beneficioso a Rusia justo cuando necesita desprenderse del diésel de verano para producir los grados de invierno y ártico que su propio territorio demanda. Moscú vacía tanques de un producto que en semanas le estorbaría, lo cobra a precio de crisis y recibe encima el agradecimiento público del presidente de Estados Unidos, que al subir al helicóptero rumbo a un acto de campaña dijo querer darle las gracias a Putin.

El diésel es apenas la parte visible de una negociación más gruesa, que tiene a Kirill Dmitriev como operador ruso y al sionista Kushner del lado estadounidense, y que se juega sobre dos activos. Uno es Nord Stream, los gasoductos que llevaban gas ruso a Alemania, en los que se discute la entrada de un inversor norteamericano. La apetencia no es nueva. En noviembre de 2024 trascendió que Stephen Lynch, un financista de Miami cercano al trumpismo que vivió veinte años en Moscú comprando activos rusos con descuento, había pedido al Tesoro autorización para pujar por Nord Stream 2 si la sociedad operadora, valuada en unos 11.000 millones de dólares, salía a subasta por quiebra. Esperaba quedarse con el gasoducto por centavos y lo presentaba como la ocasión de que el control del gas europeo pasara a manos norteamericanas. El otro son las refinerías y estaciones de servicio que Lukoil tiene en Europa y otras regiones, que pasarían a un consorcio formado por la agencia federal estadounidense de financiamiento al desarrollo (DFC) y fondos de Qatar y Emiratos, con el levantamiento de sanciones como condición. La propia Casa Blanca admitió que sus negociadores consiguieron para Estados Unidos un pago inicial sustancial y una participación en las ganancias. Dmitriev ya se había reunido el 29 de septiembre en Washington con funcionarios del Tesoro y de Energía, de modo que el diésel llegó como primera entrega de una mesa que venía armándose.

Esa mesa muestra el redespliegue estadounidense en su versión más cruda. La sanción deja de funcionar como castigo y opera como activo negociable, algo que se levanta a cambio de una porción del negocio, y la financiarización de la política exterior llega al punto en que el yerno del presidente discute participaciones sobre bienes de una petrolera rusa sancionada. Para Moscú es la confirmación de lo que viene sosteniendo desde 2022, que el régimen de sanciones occidental se parece menos a un muro que a una aduana con tarifas cambiantes.

El acuerdo abre además una cuña entre Washington y Europa. Londres y Bruselas mantienen intactas sus prohibiciones y el tope de precios sobre los derivados rusos, y Berlín repitió que no le interesa reabrir Nord Stream. Europa pagó cuatro años de energía cara por cortar con Rusia, acaba de ser forzada a vaciar reservas para aliviar a los transportistas norteamericanos y ahora mira cómo Washington le compra a Moscú lo que a ella le prohíbe comprar. Una fractura transatlántica que el Kremlin cultiva con paciencia y que se ensancha sola.

Hay otra dimensión, quizás la que Moscú más valora. Según el parte del Kremlin, Trump celebró la participación rusa en los esfuerzos por resolver la guerra con Irán. Ese mismo 9 de octubre Putin estaba en Avaza, sobre el Caspio turcomano, en la reunión ampliada del Consejo de Jefes de Estado de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), a la que por primera vez en la historia del bloque fue invitado un presidente iraní. Allí se reunió con Masud Pezeshkian y le ofreció un papel activo de mediación. Pezeshkian insistió en construir un marco definitivo para terminar la guerra y advirtió que el unilateralismo de Washington vuelve imposible cualquier arreglo. Días antes, en una llamada que reportó la agencia oficial iraní IRNA, Putin ya le había asegurado a Teherán que Moscú estaba dispuesto a asistir. Rusia habló con las dos orillas en la misma jornada, y en este mundo esa capacidad cotiza alto.

Ahora bien, Rusia se viene beneficiando de la guerra contra su socio estratégico, y eso también debe estar claro. La Escuela de Economía de Kiev, una universidad privada que trabaja con el ilegal gobierno ucraniano en el diseño de sanciones contra Rusia y que por eso no es fuente neutral, calculó en marzo que los ingresos rusos por exportaciones energéticas podían crecer en 2026 entre 84.000 y 252.000 millones de dólares por efecto de la guerra en el Golfo, y el FMI fue el primer organismo en mejorar su proyección de crecimiento ruso por esa renta extraordinaria. Para Teherán, que soporta bloqueo naval y bombardeos, ver a Moscú cobrar en Washington el diésel que esa guerra encareció pone a prueba la naturaleza de la alianza. La coordinación existe (un acuerdo de asociación estratégica a veinte años, un sistema de pagos rublo-rial que le valió al banco VTB nuevas sanciones del Tesoro en septiembre), pero el diésel muestra que cada uno juega también su propia partida.

¿Hay Diesel para todos?

Queda por ver a quién le deja de vender Rusia. En sentido estricto a nadie, porque desde el 8 de julio Moscú no exportaba diésel. La prohibición, impuesta tras la campaña ucraniana de drones contra refinerías, había sido extendida hasta el 31 de octubre, y la Agencia Internacional de Energía, el organismo energético de los países de la OCDE, estima que la producción rusa de diésel cayó cerca de un 30%. Lo que importa es hacia dónde dejará de fluir el producto que ahora se reabre.

Antes de la prohibición, Turquía y Brasil absorbían más de la mitad de las cargas rusas por vía marítima. Turquía operaba a la vez como consumidor y como plataforma de re-exportación. Brasil, que importa alrededor de una quinta parte del diésel que consume, hizo del producto ruso su proveedor principal durante buena parte de 2025 y alternó con el estadounidense según el diferencial de precio. Detrás venían Marruecos, Túnez, Egipto, Libia y Senegal, y una franja de África occidental (Togo y Ghana, entre otros) que depende del gasoil para generar electricidad y sostener el transporte.

Michael Lynch (sin parentesco con el financista de Miami), de la Energy Policy Research Foundation, un centro de estudios estadounidense dedicado a la economía de la energía, lo explicó con sencillez. Si Estados Unidos se queda con diésel ruso, los clientes habituales de Rusia no lo reciben y salen a buscarlo a otra parte, de modo que el precio mundial apenas se mueve. Suma cero en un mercado sin excedentes. Y las cuentas son elocuentes. Estados Unidos consume unos 3,77 millones de barriles diarios de diésel y otros destilados, según su propia Administración de Información Energética, algo así como medio millón de toneladas por día, lo que significa que las 300.000 toneladas iniciales alcanzan para unas catorce horas. Sobre el surtidor norteamericano el efecto es más simbólico que material. Para quien compita con ese comprador por las mismas cargas, en cambio, es bien concreto.

La licencia del Tesoro alcanza a cualquier destino, pero sólo levanta las sanciones estadounidenses, y la prioridad política la fija quien la firmó. Si las primeras cargas se orientan hacia el Atlántico norte, o si el comprador estadounidense simplemente entra a pujar con su capacidad de pago, los importadores del Sur que aprovechaban el descuento ruso pierden su ventaja. Ese descuento existía porque Rusia no podía venderle a Europa, y durante cuatro años funcionó como una transferencia involuntaria de renta hacia economías periféricas. La normalización selectiva que diseña Washington le devuelve esa renta a Moscú y el Sur paga la diferencia. Brasil ya lo vivió a fines de 2025, cuando los ataques ucranianos secaron la oferta rusa y tuvo que volver al diésel del Golfo de México, de la India y de Emiratos. Para las economías africanas que importan en dólares y a precio de crisis, cada tonelada desviada se traduce en tarifas eléctricas, fletes, boletos de transporte y alimentos más caros.

Moscú queda aquí en tensión con su propio discurso. La diplomacia rusa se presenta en los BRICS y en la Organización de Cooperación de Shanghái como socio confiable del Sur frente a la arbitrariedad occidental, y en Ankara, Brasilia, Rabat o Dakar se preguntarán si el diésel ruso sigue disponible cuando quien golpea la puerta es la Casa Blanca. Novak, viceprimer ministro de Rusia a cargo de la energía, aseguró que el mercado interno estará plenamente abastecido y que habrá volúmenes para todos los socios, y el consultor ruso del sector petrolero Dmitri Kasatkin, citado por TASS, mencionó a Turquía, Brasil y el norte y el oeste de África como destinos posibles. Habrá que ver si las refinerías, que siguen bajo fuego, permiten cumplir con todos.

Zelensky, un hombre desesperado

La palabra de Trump pesa hoy sobre Zelensky de una manera nueva, y la secuencia de las últimas semanas permite medirlo. El 13 de septiembre, desde su campo de golf de Doonbeg, en Irlanda, Trump dijo casi como un rezongo que el presidente ucraniano tenía que hacer una sola cosa, dejar de golpear el diésel ruso, porque eso perjudicaba al mundo. El 20 de septiembre, en una llamada que el diario británico de negocios Financial Times reconstruyó con dos funcionarios ucranianos presentes, repitió la palabra diésel una y otra vez. El 5 de octubre escribió que lo que encarecía la nafta ya no era Ormuz sino las refinerías rusas voladas por Ucrania, como si en las semanas previas no hubiera quedado fuera de servicio la ruta saudí que esquiva el estrecho por el mar Rojo. Y el 9 de octubre cerró el círculo comprándole a Putin el diésel que Kiev venía destruyendo, con la delegación ucraniana sentada en Miami.

Zelensky respondió hacia Washington con una dureza propia de su estado. Habló de una decisión débil de socios fuertes, dijo que su equipo negociador había sido usado como cortina de humo y anticipó que Rusia pagaría ese diésel con más terror. Pero más que el tono importa la posición en que queda. La campaña de ataques de largo alcance contra la infraestructura petrolera rusa fue en 2026 la única herramienta ofensiva con la que Kiev consiguió infligir un costo estratégico propio. Según el propio Putin en Valdái, le restó a Rusia cerca de un punto del producto y llegó a provocar colas en las estaciones de servicio hasta forzar la prohibición de exportar. Al convertir esos golpes en un problema del precio mundial, y por lo tanto del votante estadounidense, Trump deslegitima la carta ucraniana más eficaz y la vuelve políticamente cara. Zelensky prometió intensificar los ataques de todos modos. Puede hacerlo, pero cada refinería alcanzada de aquí al 3 de noviembre será leída en Washington como un sabotaje al surtidor republicano, y no puede ser leída de otra manera.

Las declaraciones de Trump tampoco deciden solas. Europa, a través del E3 (Alemania, Francia y Reino Unido), llevó a Miami a sus asesores de seguridad nacional y financia buena parte del esfuerzo militar ucraniano, mientras sostiene las sanciones que Washington afloja. La tregua parcial sobre infraestructura energética y exportaciones de granos que se discutió en Florida tuvo aceptación ucraniana y escaso entusiasmo ruso, señal de que la distancia entre Moscú y Kiev no se achica con anuncios. El poder de Washington sobre Zelensky se apoya menos en lo que Trump dice que en lo que controla, la inteligencia y la defensa antiaérea que Ucrania necesita para atravesar un invierno con sus baterías agotadas y su red eléctrica bajo ataque diario.

Hace un año, después de recibirlo en la Casa Blanca, Trump pidió a los dos ejércitos detenerse en la línea de contacto, una fórmula que suponía aceptar las ganancias territoriales rusas, y el primer borrador de paz de 28 puntos recogía la exigencia rusa de retirada ucraniana del Donbás. Lo que cambió en 2026 es la variable que ordena las preferencias de la Casa Blanca. Mientras la guerra en Ucrania fue un expediente diplomático, Trump osciló entre presionar a Kiev y amenazar a Moscú. Desde que la guerra contra Irán disparó los combustibles, Ucrania pasó a ser también un factor de inflación doméstica, y esa reclasificación vuelve vulnerable a Zelensky mucho más que cualquier frase en Truth Social. Si Witkoff y Kushner viajan a Moscú a fines de octubre, como anticipó el portal político estadounidense Axios, Kiev llegará a esa mesa con su principal arma ofensiva desacreditada por el aliado que debía sostenerla.

El interregno visto desde el Sur

Vista desde el Sur, la jornada del 9 de octubre condensa el momento del interregno mundial. Fue el Estado norteamericano, bajo la administración Biden, el que encabezó en 2022 la mayor ofensiva de sanciones de la historia contra la energía rusa, y fue el propio Trump quien la profundizó al sancionar a Rosneft y Lukoil en octubre de 2025 y al firmar la ley Graham hace apenas un mes. Más allá del cambio de inquilino en la Casa Blanca, es el mismo hegemón el que ahora le compra diésel al sancionado para atravesar una elección legislativa. Lo hace porque abrió en el Golfo una guerra que no logra cerrar y cuyo costo se mide en el surtidor de cada pueblo de Kansas.

En el mismo mensaje en que anunciaba el acuerdo con Putin, Trump proclamó el «control total» de Ormuz por parte de Estados Unidos. Si ese control fuera real, el diésel ruso sobraría. Y aun si lo fuera, la otra puerta de salida del crudo del Golfo está comprometida. En septiembre los hutíes tomaron toda la costa yemení del mar Rojo, incluida la isla de Perim, y quedaron en control de hecho de Bab el-Mandeb, por donde pasa cerca del 11% del petróleo que se transporta por mar. A mediados de ese mes un ataque que Riad atribuyó a milicias iraquíes dejó fuera de servicio el oleoducto Este-Oeste, la arteria de 1.200 kilómetros que lleva el crudo saudí hasta Yanbu justamente para esquivar Ormuz, y el 19 los hutíes reivindicaron misiles y drones contra instalaciones de Aramco en ese puerto. El oleoducto volvió a bombear hacia fines de septiembre, a la mitad de su capacidad nominal. Con los dos estrechos bajo amenaza, la distancia entre el relato de fuerza y la necesidad material es el rostro más nítido del declive.

El redespliegue norteamericano, esa reorganización de prioridades que concentra recursos en el hemisferio y en la competencia con China mientras transfiere costos a los aliados, se ve completo en la secuencia de octubre. Primero exprimió las reservas europeas, después negoció con Moscú por encima de Bruselas y de Kiev. Europa queda como el eslabón que paga dos veces, por haber roto con Rusia y por haber quedado a merced del diésel norteamericano.

Rusia, por su parte, confirma que la multipolaridad se juega en la capacidad de convertir una interdependencia forzada en palanca. Moscú no rompió con Teherán ni con Pekín para conseguir esta licencia, y aun así obtuvo de Washington un reconocimiento práctico como proveedor imprescindible y como mediador posible en la guerra que más le importa a la Casa Blanca. Es el margen que la transición abre para las potencias que resistieron las sanciones sin rendirse.

Para el Sur Global, de todos modos, la lectura no puede ser celebratoria. Un entendimiento bilateral entre Washington y Moscú montado sobre transacciones energéticas y sobre la venta de activos con fondos del Golfo reproduce una lógica de gran potencia en la que los importadores periféricos aparecen como variable de ajuste. Rusia negocia de igual a igual con Estados Unidos, y eso es un dato del mundo multipolar, aunque la cuenta de esa negociación se pague con diésel más escaso en Dakar o en Santos, que es un dato del mismo mundo y bastante menos citado.

La licencia vence el 7 de abril de 2027. Para entonces la elección de medio término habrá pasado y Rusia sabrá con precisión cuánto vale su diésel dentro de la política norteamericana. Ese número, más que las toneladas, fue lo que se negoció por teléfono el 9 de octubre.

Fuente: PIA

Etiquetas: diésel | Putin | Trump

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