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06/03/22
Regiones: Rusia | Ucrania
La muerte de Europa y el parto de un nuevo orden
Por Augusto Zamora

Una suerte que no haya premio Nobel para la estupidez humana porque resultaría imposible adjudicarlo de tan abundantes candidatos que habría, empezando por los gobernantes europeos. La cuestión de Ucrania no es nada de lo que dicen, hasta el espasmo, los medios de comunicación occidentales –más correcto sería calificarles de accidentales.

Rusia no pretende anexionarse Ucrania; tampoco ha lanzado una guerra de conquista, ni, menos, es resultado de un delirio imperial por la grandeza perdida. Es un conflicto geopolítico en el más puro sentido del término. Geopolítico en términos decimonónicos, de lucha de poder y de intereses, pues no hay conflicto de ideologías, ni lucha entre sistemas, aunque los mercenarios y los bobos de siempre –que, tristemente, no son especie en peligro de extinción-, se desgañiten presentándolo de todos los olores con rebufo a retrete.

No, no es nada de eso. Es la vieja lucha entre el mundo que quiere nacer y el mundo que se niega a morir (que dicen dijo Antonio Gramsci), provocada por la negativa de la OTAN a no continuar expandiéndose hacia Rusia. Porque esa, y no otra, es la causa de la acción militar. Ganar seguridad para Rusia, lo que la UE/OTAN negó, lo que indicaba que persistía en su política expansionista.

Se afirma, repite y machaca que, cuando hay conflictos de esta magnitud, lo primero que muere es la verdad. Nosotros discrepamos. Creemos que lo primero que muere es la inteligencia, pues hay que ser ignorante, memo, lelo y demás perlas para creerse que Rusia se lanzó sobre Ucrania por banalidades como delirios de grandeza o despechos de amores imperiales, tipo nova de Corín Tellado (para quienes no la conozcan, la mayor autora de folletines de amor, a tres por semana, que sus mamás o abuelas recordarán con, esa sí, nostalgia de juventud). Nada de eso.

Las guerras son caras, muy caras, y su suerte depende, como recoge Tucídides, del dinero de que se disponga. No es Vladimir Putin ningún descerebrado, como patéticamente quieren presentarlo. Menos aún un aventurero tipo Craso, el multimillonario romano que, queriendo emular a César y Pompeyo, se financió una guerra contra los partos y los partos lo partieron por la mitad, junto a sus casi 30 000 soldados (de ahí viene la expresión craso error).

Lo referimos en el último artículo. Ucrania es una ficha, pero, sobre todo, Ucrania es una pieza en el tablero mundial (tomamos la expresión de Zbigniew Brzezinski), en el que se está jugando el reparto de poder para las próximas décadas, si acaso llegamos a ellas. Nos explicamos. Hay, en el presente, tres grandes jugadores –Rusia, EEUU y China- divididos en dos bandos. En una esquina, como en cuadrilátero de boxeo, la alianza entre China y Rusia, y, en la otra, EE.UU.

Esto no es invento nuestro. Quien lo dice y repite hasta la saturación es EE.UU. y su gallinero. Como en temas geoestratégicos solo los zaparrastrosos se inventan conflictos, citaremos documentos oficiales de EE.UU. De previo informamos que, en EE.UU., gobierno y Congreso tienen la amabilidad, previa censura, de hacerlos públicos, de forma que no se entera quien no quiere, porque están ahí (en inglés, obviamente), a disposición del público, que suele ser escandalosamente escaso. Esos documentos permiten, hoy, poner una gota de verdad en la orgía de manipulación y desinformación que se está viviendo en este ignaro gallinero europeo.

Empecemos con el documento más importante, titulado National Defense Strategy, de 2018, que es el que ha marcado la pauta hasta el presente. Según ese documento, “la competencia estratégica interestatal, y no el terrorismo, es ahora la principal preocupación de la seguridad nacional de Estados Unidos”. “La competencia estratégica a largo plazo con China y Rusia son las principales prioridades del Departamento (de Defensa), y requieren una inversión mayor y sostenida, debido a la magnitud de las amenazas que suponen para la seguridad y la prosperidad de Estados Unidos en el presente, y a la posibilidad de que esas amenazas aumenten en el futuro”.

Para enfrentar esa “competencia estratégica a largo plazo”, entre una lista generosa de medidas y acciones, el Departamento de Defensa establece como objetivos lo siguiente. En relación a China: “Reforzaremos nuestras alianzas y asociaciones en el Indo-Pacífico para lograr una arquitectura de seguridad en red capaz de disuadir la agresión, mantener la estabilidad y garantizar el libre acceso a los dominios comunes”.

Con respecto a Rusia: “Fortalecer la Alianza Transatlántica de la OTAN. Una Europa fuerte y libre, unida por los principios compartidos de la democracia, la soberanía nacional y el compromiso con el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte es vital para nuestra seguridad”.

En suma, EE.UU., desde 2018, se encuentra afanado en crear una pinza en torno a Rusia y China, cuyo pilar esencial son sus alianzas militares y políticas.

De esa guisa, a la OTAN le correspondería ser el Frente Atlántico del Ejército de EE.UU., en tanto EE.UU. se ocuparía, con sus aliados -Japón el primero- del Frente Pacífico. Toda la estrategia de EE.UU., toda, descansa en la concepción de dos frentes de guerra, siguiendo la política aplicada durante la II Guerra Mundial, durante la cual EE.UU. rehusó abrir un frente en el occidente de Europa porque quería dedicar toda su potencia contra Japón (por esa razón el desembarco de Normandía tuvo que esperar a junio de 1944).

Esta concepción es resultado de un hecho admitido en los documentos oficiales de EE.UU. Como se puede leer en el documento Providing for the Common Defense, también de 2018, “la superioridad militar de Estados Unidos -la columna vertebral de su influencia global y seguridad nacional- se ha erosionado hasta grado peligroso…

La capacidad de Estados Unidos para defender a sus aliados, sus socios y sus propios intereses vitales está cada vez más en entredicho. Si la nación no actúa con prontitud para remediar estas circunstancias, las consecuencias serán graves y duraderas”.

Es decir, EE.UU. sabe que no tiene capacidad militar suficiente para hacer frente a la alianza entre Rusia y China. Por tal motivo, Washington tiene como columna vertebral de su estrategia reunir el máximo número de alianzas y aliados. La National Defense Strategy lo expresa así: “Las alianzas y asociaciones mutuamente beneficiosas son cruciales para nuestra estrategia, ya que proporcionan una ventaja estratégica duradera y asimétrica que ningún competidor o rival puede igualar”.

“Más allá de nuestras principales alianzas, también duplicaremos la construcción de asociaciones en todo en todo el mundo, porque nuestra fuerza se multiplica cuando combinamos esfuerzos comunes para compartir costes y ampliar el círculo de cooperación. Al hacerlo, reconocemos que nuestros intereses nacionales vitales obligan a una conexión más profunda con el Indo-Pacífico, Europa y el hemisferio occidental”.

En resumen, como en EE.UU. saben que solos no pueden, están afanosamente reclutando a países que quieran dedicar parte relevante de sus presupuestos para suplir la inferioridad de EE.UU. y, llegada la hora, servir de carne de cañón en la guerra por venir contra Rusia y China.

Eso explicaría la negativa a negociar con Rusia los temas de seguridad, pues de lo que se trataba no era de la independencia y soberanía de Ucrania, sino de usar a Ucrania como trampa para que el gallinero europeo asumiera, a ciegas y en masa, su papel de Flanco Atlántico de EE.UU.

El objetivo, lo admitimos, ha sido conseguido, y ahora el gallinero europeo hará lo que quiere EE.UU.: rearmarse contra Rusia y prepararse para la guerra venidera. Solo que esa guerra no será convencional.

Será nuclear. Quien crea otra cosa no está entendiendo nada de los intereses en juego.

II

Es dentro de ese marco que deben buscarse las claves de los movimientos políticos y geopolíticos en el mundo actual. Quien no vislumbre o desconozca este marco solo puede elucubrar una sarta de disparates cultivados en ignorancia, fanatismo y bilis, mucha bilis.

El marco indicado explica, por ejemplo, que EE.UU. haya dejado toda la carga –política, militar y económica- de la crisis ucraniana al Frente Atlántico, por la simple razón de que EE.UU. no quiere restar recursos a su Frente Pacífico, el más duro, difícil y costoso. La UE/OTAN deberá, por tanto, embarcarse en una carrera armamentista contra Rusia, que es lo que exigía Donald Trump cuando presidía EE.UU.

La Europa atlantista ha aceptado sin rechistar ese papel, sin medir costos, informar a sus ciudadanos ni hacer cálculos del precio que pagará en su papel de gallinero subalterno. En este punto es preciso desmontar el mito de una OTAN “en muerte cerebral”. Nunca, en ningún momento, ningún gobierno europeo ha considerado esa posibilidad. Tanto así que la OTAN ha seguido ampliándose.

En 2009 ingresaron Albania y Croacia y, en 2017, Montenegro. Únicamente el mercenariado y el boberío han podido sostener tal ficción. Justamente, el conflicto en Ucrania ha terminado de reventar por la negativa de la OTAN a aceptar una Ucrania neutral. La querían en la OTAN y en esa obsesión se quedaron plantados. Por demás, el dominio de EE.UU. quedó demostrado cuando el gallinero aceptó, obedientemente, sepultar los proyectos de Euroejército y de crear una política exterior y de seguridad común, independiente de EE.UU.

El otro mito del gallinero es la supuesta soledad de Rusia. Hay que ser ciego, lelo o venal para sostener tal falacia. De entrada, Rusia tiene el apoyo de China y de India, que son palabras, no mayores, sino lo siguiente, pues esos dos países pesan más que todo el gallinero junto. Fuera de la burbuja gallinera, el mundo está más informado de lo que las gallinas pretenden, y sus senderos de relaciones son de tal complejidad y finura que resultan indigestos a las oxidadas neuronas atlantistas.

China necesita de Rusia por múltiples razones, de las geoestratégicas vitales a las energéticas, pasando por la Nueva Ruta de la Seda. India requiere de Rusia en sus litigios y celos con China, además de que el 75% de sus armas son de procedencia rusa. Podría alargarse la lista, pero no es menester. Quien se tome la molestia de pasar revista de las posiciones de los gobiernos del mundo se dará cuenta de que casi ninguno quiere mojarse.

Saben lo que es EE.UU. y saben lo que es la OTAN. Saben quiénes son los causantes de la crisis en Ucrania.

El gallinero se ha lanzado como ejército de troles salidos del Señor de los Anillos contra Rusia, con una rabia patológica que dejan ‘al vent’ su ethos destructor y eso está bien. Debe uno saber quiénes son los amigos y quiénes los enemigos. En Moscú no quedará ninguna duda, si alguna había, de que no es posible pensar en ningún entendimiento con los atlantistas. El gallinero de troles y peleles, con su virulencia antirrusa, ha acelerado la fractura del mundo en bloques y también provocado la muerte política de Europa. Ya no será más Europa, aunque lo parezca y siga en los mapas. Será, esencialmente, el Frente Atlántico del Ejército de EE.UU., a la espera de que EE.UU. ordene su inmolación.

Estamos asistiendo, en vivo, directo y a toda deformación, a la partición del mundo y al parto de uno nuevo, en el que el gallinero será irrelevante, pues será negocio a dirimir entre China, Rusia y EE.UU. No habrá nada que cierre la grieta que se ha abierto, aunque se normalicen las relaciones, pero será la normalidad de los entierros. La península Europa será más península que nunca, pues su conexión con Asia es –era- Rusia.

Sin Rusia solo les queda el Atlántico. Otro beneficio para Rusia y China es que el gallinero atlantista ha evidenciado su estrategia. Es tan similar a la aplicada a Alemania, en 1918, que es hora de cotizar lo que costaría un búnker. La diferencia está en que Rusia no es Alemania. Ocurre lo contrario, Rusia tiene de todo, desde energía infinita a recursos agropecuarios inagotables. Y poder nuclear.

Putin ha ordenado su puesta en alerta para recordárselo a los safios prepotentes del gallinero. Los mismos que, dentro de un puñado de años, irán, como los ucranianos hoy, a servir de carne de cañón para mayor gloria de un imperio que, en ese mismo puñado de años, dejará de serlo. Cuando deje de serlo, Rusia seguirá allí, y llegará la hora de rendir cuentas.

Indignación y pena por el pueblo ucraniano, utilizado como carne de cañón en nombre de ciegos y disparatados cálculos estratégicos de EE.UU. Y traidores los gobiernos que lo arrastraron a la desgraciada situación de hoy, cuando su obligación primera era garantizar su bienestar y tranquilidad. Miles de ucranianos, sin saberlo, están luchando una guerra que no es suya, provocada por una potencia que no ha dudado en dejarlos solos.

En el gallinero deberían tomar nota, pero ¡qué ilusión!: las gallinas no piensan. Y anótenlo por una vez. Rusia no abandonará Ucrania hasta que se declare país neutral. El gobierno ucraniano ha aceptado negociar con Rusia. Una idea, no inteligente, sino inevitable. Tarden más o tarden menos, si no hay acuerdo, los tanques rusos llegarán al Maidán, aunque los equipos rusos terminen jugando en las competiciones asiáticas.

Cerramos este artículo, que quedó más largo de lo propuesto, con estos comentarios:

“Estados Unidos suele hablar de humanidad, justicia y moralidad, pero lo que realmente hace es calcular intereses. El egoísmo estratégico y la hipocresía de Washington han quedado al descubierto una y otra vez en la práctica de su política internacional. Los informes indican que al menos 37 millones de personas han sido desplazadas en y desde Afganistán, Irak, Pakistán, Yemen, Somalia, Filipinas, Libia y Siria como resultado directo de las guerras libradas por Estados Unidos desde el 11 de septiembre de 2001”.

“Si un país solo se preocupa de sus propios intereses, alimenta las llamas por todas partes y constantemente exporta el caos a los demás, por más poderoso que sea, es inevitable que su credibilidad se quiebre y que su hegemonía llegue a su fin.

“Para los países y regiones que todavía tienen fantasías o actúan como peones de Estados Unidos, la crisis de Ucrania es un buen recordatorio: Un “socio” que solo anuncia “buenas noticias” cuando estás en dificultades no es de fiar”.

Está tomado de un editorial del diario Global Times, del Partido Comunista de China. No descuiden este dato. Tampoco que la crisis en Ucrania deja un mensaje: no es posible pensar en arreglos pacíficos con EE.UU. y su gallinero. Por tanto, la única vía posible para hacer frente a las pretensiones hegemónicas estadounidenses es la guerra. China tiene su símil de Ucrania. Se llama Taiwán, el enorme portaaviones terrestre estadounidense a apenas 230 kilómetros de la China continental. Si tocarle las verendas al oso es poco inteligente, tocárselas al dragón y al oso al mismo tiempo es suicida.

Pero hay más. La virulencia atlantista ha animado al ex primer ministro japonés, Shinzo Abe, a pedir que Japón se dote de armas nucleares con Estados Unidos, tomando como referencia la crisis en Ucrania. Global Times respondió de inmediato en un editorial:

“Estados Unidos está al tanto del movimiento de la derecha en Japón, pero ve al país como la palanca más importante para contrarrestar a China en el este de Asia. Como resultado, usar a Japón para contener a China se está convirtiendo gradualmente en una prioridad para Washington. Esto ha permitido a los políticos derechistas japoneses ver una oportunidad y aprovecharla al máximo para aflojar las ataduras estratégicas que los han amarrado durante casi 80 años, con la capacidad nuclear probablemente como su objetivo final”. Game over.

¿Agarran la seña o siguen de lelos inmersos en la nube tóxica informativa? EE.UU. quiere que Japón sea a China lo que Alemania será a partir de ahora a Rusia y, bueno, ya sabemos cómo acabaron esos países en la II Guerra Mundial. En fin, hablamos de geopolítica pura y dura y de un juego que es más grande de lo que se imagina el personal. En ese ámbito las gallinas no juegan. Se sacrifican para hacerlas sopa o esa receta gringa atiborrada de colesterol que es el fried chicken. Bienvenidos a la antesala de la primera Gran Guerra del siglo XXI. Que les aproveche el pollo.

Fuente:
Blog Público

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