Hace veinticuatro días el mundo cambió de forma irreversible. En la madrugada del 28 de febrero de 2026, el tándem sionista-norteamericano lanzó una ofensiva conjunta sobre Irán bajo el nombre clave Operación Epic Fury, iniciando lo que ya puede describirse sin eufemismos como la guerra de agresión más audaz del imperialismo en lo que va del siglo. No hubo declaración de guerra. No hubo autorización del Congreso. No hubo amenaza inminente que la justificara. Solo hubo una decisión tomada en las sombras, nutrida por décadas de lobbysmo sionista, y ejecutada contra un país soberano que, según el propio jefe de contraterrorismo norteamericano—un hombre nombrado por el propio Trump, un hombre del riñón de MAGA—, no representaba ninguna amenaza inmediata para los Estados Unidos.
Lo que vino después no fue la rápida capitulación que esperaban en Washington, personalmente creo que en Tel Aviv lo que les sirve es la guerra permanente a pesar de su pueblo. Fue la Revolución Islámica respondiendo con una contundencia que sorprendió a los analistas que tenían sus escritorios abarrotados de planes de desestabilización a partir de la idea de que estaba en una severa crisis política.
El casus belli fabricado y el rol de la AIPAC
Antes de describir el desarrollo del conflicto, hay que nombrar lo que pocos medios occidentales se atreven a decir con claridad. El 17 de marzo de 2026, Joseph Kent, director del Centro Nacional de Contraterrorismo de los Estados Unidos y figura central del aparato de inteligencia trumpista, renunció a su cargo denunciando públicamente que esta guerra se inició “bajo presión de Israel y su poderoso lobby americano”, y que Irán “no representaba ninguna amenaza inminente para nuestra nación.” La renuncia de Kent —un veterano de 11 misiones de combate, ex agente de la CIA y aliado político de Tulsi Gabbard (la Jefa de la inteligencia)— fue el gesto más revelador desde el inicio del conflicto. Lo siguió Tucker Carlson, quien llamó a la operación “absolutamente repugnante y malvada” y fue rápidamente abandonado por Trump, quien declaró que Carlson “ha perdido su camino” y “no es MAGA”, incluso oficiosos operadores de la inteligencia se animaron a insinuar que es agente iraní, lo mismo que están haciendo los sionistas en Israel con los periodistas de Hareetz.
En el largo y explosivo reportaje que Kent ofreció a Carlson horas después de su renuncia, describió con precisión el mecanismo de captura de la política exterior estadounidense. Señaló que Israel “se sintió empoderado para que sin importar lo que hiciera, sin importar en qué situación nos pusiera, podía tomar esas acciones y nosotros simplemente tendríamos que reaccionar.” La respuesta institucional fue inmediata y feroz. El portavoz del Pentágono lo descartó. El Speaker de la Cámara Mike Johnson insistió en que hubo “inteligencia clara de una amenaza inminente.” Y el FBI abrió una investigación contra Kent por presunta divulgación indebida de información clasificada, lo que en tiempos de guerra tiene el inequívoco sabor de la persecución política al disidente. No obstante todo lo que decía Kent, no distaba de las declaraciones del propio Marco Rubio frente al Congreso o de la comunidad de inteligencia norteamericana.
La conversación entre Carlson y el emblemático senador Ted Cruz, donde el periodista le preguntó directamente cuánto dinero había recibido de la AIPAC, ilustra la magnitud del problema. El Comité Americano-Israelí de Asuntos Públicos —que técnicamente no está registrado bajo la Ley de Registro de Agentes Extranjeros, a diferencia de lo que se les exige a los críticos de la guerra— es la columna vertebral de la influencia israelí sobre el Congreso. La asimetría es obscena y funcional. Quienes se oponen a la guerra con Irán deben registrarse como agentes extranjeros; quienes la promueven en nombre de Tel Aviv son simplemente “patriotas americanos.”
La arquitectura del terror sobre la infraestructura iraní
En solo veinticuatro días, la coalición sionista-norteamericana ejecutó más de 7.000 ataques sobre territorio iraní. Los objetivos no se limitaron a instalaciones militares o nucleares. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, al menos 18 hospitales y centros de salud fueron alcanzados. Escuelas fueron bombardeadas, incluyendo un ataque sobre una escuela primaria de niñas en Minab, al sur de Irán, que dejó más de 170 muertos, la mayoría menores de edad. La sede de la radiotelevisión estatal IRIB en Teherán fue atacada por Israel en una operación separada. El parlamento iraní fue blanco de ataques aéreos. La Asamblea de Expertos, el órgano encargado de elegir al nuevo Líder Supremo, fue bombardeada mientras sus 84 miembros se reunían en sesión preparatoria.
Este patrón sistemático no es el resultado de “daños colaterales.” Es una estrategia de destrucción integral de la arquitectura institucional del Estado iraní, ejecutada bajo la lógica colonial de que la soberanía de los pueblos que resisten al imperio es, en sí misma, un objetivo militar legítimo. Las fuentes iraníes —Tasnim News Agency, Mehr News Agency, el canal oficial de la Guardia Revolucionaria Islámica y el Tehran Times— documentaron en tiempo real los ataques sobre zonas residenciales en Urmia, las explosiones en Karaj, los incendios en depósitos de petróleo en Teherán y los ataques militares sobre la isla de Kharg, que concentra el 90% de las exportaciones de crudo iraní. La agencia Tasnim confirmó también el derribo de un dron armado israelí-americano sobre Teherán antes de que pudiera ejecutar su misión. La Guardia Revolucionaria, en comunicados que circularon ampliamente y sin haber sido desmentida, afirmó haber derribado aeronaves israelíes y norteamericanas (F35 y F15) en espacio aéreo iraní durante el transcurso de la guerra, además de más de una docena de drones .
El primer día de ataques eliminó al Ayatolá Alí Khamenei junto a varios altos funcionarios del Estado. Lejos de derrumbar la Revolución Islámica, la decapitación del liderazgo radicalizó la respuesta. Mojtaba Khamenei fue designado Líder Supremo en una sesión de emergencia de la Asamblea de Expertos que sobrevivió al bombardeo. En su primer comunicado oficial, el nuevo líder declaró que “el lever del bloqueo del Estrecho de Ormuz debe definitivamente ser utilizado.”
El Estrecho como arma geopolítica y la fisura del agónico petrodólar
La clausura efectiva del Estrecho de Ormuz desde el 1 de marzo de 2026 es, quizás, la consecuencia más transformadora de esta guerra. Antes del conflicto, por esa angosta franja de agua pasaba el 20% del petróleo mundial. Según datos de Lloyd’s List Intelligence, en la primera quincena de marzo de 2026 solo transitaron 77 embarcaciones por el Estrecho. En el mismo período del año anterior habían pasado 1.229. Una caída del 94%. Sobre un millar de buques cargueros aguardan anclados frente al Estrecho, imposibilitados de avanzar. Los mercados de seguros marítimos abandonaron la zona. El precio del crudo Brent superó los 112 dólares por barril.
Pero lo más revelador no es el cierre. Es lo que se mueve dentro de ese cierre. Desde el 28 de febrero, entre 11,7 y 16,5 millones de barriles de crudo iraní llegaron a refinerías chinas. No por los canales del sistema financiero dolarizado, no con los seguros de las aseguradoras occidentales, no con trazabilidad para Washington. Por una flota en las sombras protegida por la Guardia Revolucionaria, con cada barril liquidado en yuanes a través del sistema CIPS —el equivalente chino al SWIFT—, que en 2025 procesó el equivalente a 245 billones de dólares en transacciones denominadas en yuanes, un incremento del 43% respecto del año anterior.
Irán estaría considerando, permitir el paso de un número limitado de petroleros únicamente si los intercambios comerciales se realizan en yuanes chinos. Los analistas del South China Morning Post advierten sobre los desafíos operativos de tal esquema en condiciones de guerra. Pero la señal estratégica no necesita ser perfecta para ser efectiva. Es suficiente con que sea creíble, y es creíble porque ya está ocurriendo parcialmente. La arquitectura para un corredor energético paralelo denominado en yuanes existe y está funcionando. El Estrecho de Ormuz se ha convertido en laboratorio de una guerra monetaria tanto como en campo de batalla convencional.
Los países del Golfo observan la situación con una angustia que no saben cómo nombrar. Bahréin interceptó 143 misiles y 242 drones iraníes desde el inicio del conflicto, es decir defiende a Israel. Arabia Saudita derribó decenas de drones iraníes en una sola noche, defiende a Israel. Los Emiratos Árabes Unidos, que normalizaron relaciones con Israel en los Acuerdos de Abraham, son el sionismo árabe por excelencia, se encontraron recibiendo misiles y drones iraníes. Son los mismos que alimentan la guerra en Yemen, en Sudan y en RD Congo. Qatar, cuya instalación de gas natural licuado de Ras Laffan —la más grande del mundo— fue atacada por Israel y se verá afectada durante cinco años según las estimaciones, emitió su condena. Irán les ofreció un mensaje explícito a través del portavoz del parlamento que es una figura prominente de la política persa, Ghalibaf: “si se ataca la infraestructura energética iraní, la infraestructura de energía en toda la región será destruida de manera irreversible.”
La paradoja del Golfo es de una crueldad irónica. Estos Estados que durante años cultivaron relaciones con Washington y Tel Aviv, que normalizaron con Israel y que miraron hacia otro lado durante la masacre en Gaza, ahora pagan en moneda dura la factura de haber permitido que sus territorios sean plataformas de la agresión imperial. La destrucción de Ras Laffan es particularmente reveladora porque Qatar alberga bases militares norteamericanas. El fuego cruzado ya no distingue entre el patrocinador y el campo de lanzamiento.
Diego García y la nueva geometría del alcance iraní
En la madrugada del 21 de marzo, Irán disparó dos misiles balísticos de rango intermedio contra la base militar conjunta angloamericana de Diego García, ubicada en el Océano Índico a más de 4.000 kilómetros de Teherán. Ninguno de los dos misiles alcanzó el objetivo —uno se desintegró en vuelo, el otro fue interceptado por un SM-3 lanzado desde un buque de guerra norteamericano— pero el mensaje fue recibido con toda claridad en los estados mayores de Washington, Londres y Tel Aviv.
Diego García era considerada intocable por su remota ubicación, diseñada específicamente para mantenerse fuera del alcance de adversarios regionales. Allí operan los bombarderos B-2 que contribuyeron a la Operación Epic Fury. Si Irán puede alcanzar Diego García, puede alcanzar Europa central. Berlín, París y Roma están dentro del radio operativo de ese mismo sistema de misiles, advirtió el jefe del Estado Mayor israelí Eyal Zamir, con una intención comunicacional que resulta difícil de no leer como presión sobre los aliados europeos para que se sumen a la coalición bélica.
El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores iraní negó oficialmente la responsabilidad por el ataque. La ambigüedad es táctica. Al no reivindicar formalmente pero tampoco desmentir con énfasis, Teherán mantiene la incertidumbre estratégica que es, en sí misma, una forma de poder. Analistas consultados por CNN señalaron que la inteligencia de targeting a esa distancia probablemente provino de Rusia o China, lo que situaría la arquitectura de información de este conflicto en una dimensión muy diferente a lo que Washington había anticipado.
Los ataques sobre Dimona y la derrota estratégica del “escudo de hierro”
El sábado 21 de marzo, misiles balísticos iraníes atravesaron las defensas israelíes y golpearon las ciudades de Dimona y Arad, en el sur de Israel, a pocos kilómetros del Centro de Investigación Nuclear del Néguev. La televisión estatal iraní encuadró los ataques como respuesta a un ataque previo sobre el complejo nuclear de Natanz. El ejército israelí admitió que sus interceptores fallaron en ambas ciudades. “En Dimona y en Arad se lanzaron interceptores que no lograron impactar las amenazas, resultando en dos impactos directos de misiles balísticos con ojivas de cientos de kilogramos,” confirmaron los servicios de emergencia.
Dimona se encuentra a 10 kilómetros del reactor nuclear israelí. Arad, a 22. Las imágenes de edificios residenciales derrumbados, cráteres profundos y la fachada arrancada de bloques de apartamentos marcaron el fin de la ilusión israelí de invulnerabilidad en su propio territorio. Netanyahu, que el día anterior había declarado que las capacidades de misiles iraníes estaban “destruidas,” se vio obligado a reconocer que si nadie murió fue “por suerte, no por la intención” del enemigo.
La circulación en redes sociales de análisis OSINT que situaron el impacto cerca de un refugio que presuntamente albergaba a científicos nucleares israelíes no encontró confirmación independiente. La fuente iraní oficial encuadró los ataques como señal de “disuasión estratégica” y “nueva fase de la batalla,” sin reivindicar un objetivo de precisión sobre el personal nuclear. La narrativa de la “intelligentzia nuclear hebrea” diezmada debe leerse con cautela, no hay confirmación creíble. Pero lo que sí está confirmado es que los misiles iraníes penetraron el sistema de defensa multicapa más sofisticado de la región y golpearon a menos de diez kilómetros de la instalación nuclear más sensible de Israel.
Trump, el ultimátum y los cinco días de pausa
El domingo 22 de marzo, en la red Truth Social, el presidente Trump lanzó un ultimátum que elevó abruptamente la temperatura del conflicto. Si Irán no abría el Estrecho de Ormuz completamente “sin amenaza” en el plazo de 48 horas, los Estados Unidos atacarían sus plantas de energía, comenzando por “la más grande primero.” La respuesta iraní fue inmediata. El presidente del Parlamento Ghalibaf publicó en X que toda la infraestructura energética regional sería “irreversiblemente destruida” si las plantas iraníes son blanco de ataque. La amenaza incluyó instalaciones de desalinización, esenciales para el agua potable de toda la región del Golfo. La Guardia publicó una lista extensa de objetivos de infraestructura fácilmente destruibles.
Treinta horas después del ultimátum, Trump anunció que pospone los ataques sobre las plantas eléctricas iraníes “por cinco días, sujeto al éxito de las conversaciones en curso.” La Casa Blanca no explicó qué conversaciones, ni con quién, ni en qué formato. La pausa fue presentada como “productiva.” Irán no la reconoció como tal. El nuevo Líder Supremo mantuvo el bloqueo. Los misiles continuaron cayendo sobre los países del Golfo. Y los analistas con acceso a fuentes en el Pentágono señalaron que la pausa reflejaba menos un progreso diplomático y más el reconocimiento tardío de que atacar plantas de energía en un estado de 90 millones de personas con capacidad de respuesta regional sería el inicio de una espiral incontrolable.
El presupuesto de guerra y la cuestión Hegseth
El Pentágono solicitó al Congreso 200.000 millones de dólares adicionales para financiar la Operación Epic Fury, una cifra que equivale al 20% del presupuesto anual del Departamento de Defensa. Hegseth no confirmó el número con exactitud pero tampoco lo desmintió. “Cuesta dinero matar a los malos,” dijo ante la prensa, en una frase que sintetizó con brutalidad descarnada la filosofía de la administración. El Congreso, controlado por los republicanos, mostró “creciente incomodidad” —en palabras del propio influyente periódico qatarí Al Jazeera English— con el alcance de una operación que ningún cuerpo legislativo autorizó.
Pete Hegseth, el ex presentador de Fox News convertido en secretario de Defensa, condujo los primeros días de guerra con una desorganización comunicacional que fue noticia en sí misma. Expulsó a los fotógrafos de las ruedas de prensa porque sus imágenes eran “poco favorecedoras.” Reemplazó a los corresponsales veteranos del Pentágono por periodistas de canales de ultraderecha. Inventó el relato de que la prensa iraní difundía imágenes del USS Abraham Lincoln en llamas generadas por inteligencia artificial —una afirmación que sus propios medios aliados tuvieron que desmentir—. Un juez federal anuló sus restricciones de acceso a la prensa como “discriminación por punto de vista editorial.”
La pregunta que hoy circula entre los cuadros medios del Pentágono y la comunidad de inteligencia no es si Hegseth es incompetente —sobre eso hay consenso amplio— sino si su salida anticipada del cargo desestabilizaría la cadena de comando en medio de un conflicto activo. Su presencia como secretario de Defensa en tiempos de guerra es en sí misma un indicador del nivel de captura ideológica que sufrió el aparato de defensa norteamericano. Hegseth liquidó la oficina creada por Biden para minimizar las bajas civiles en guerras antes de que comenzara el conflicto. La matanza en la escuela de Minab es, en parte, el resultado directo de esa decisión burocrática. La pérdida de esa oficina fue presentada como victoria cultural contra el “wokismo.” El costo en vidas de niñas iraníes fue considerado irrelevante.
Los aliados que se niegan y la dama de hierro nipona que parece de hojalata
Trump convocó a una coalición de aliados para defender el Estrecho de Ormuz. El fracaso fue casi total. El canciller alemán Friedrich Merz declaró explícitamente que Alemania no participaría militarmente mientras el conflicto continúe. Francia y el Reino Unido suscribieron una declaración conjunta con Japón e Italia que se comprometía a “contribuir a esfuerzos apropiados” para garantizar el libre paso, sin especificar qué significa eso en la práctica. El Reino Unido sí autorizó el uso de sus bases —incluyendo Diego García y RAF Fairford— para operaciones “defensivas” norteamericanas. España, atacada verbalmente por Trump, terminó siendo malinterpretada por la Casa Blanca, que anunció su cooperación; Madrid lo desmintió de inmediato.
El episodio más revelador fue la visita de la primera ministra japonesa Sanae Takaichi a la Casa Blanca el 19 de marzo. Presentada en algunos medios como “dama de hierro nipona”, Takaichi llegó con los límites de la constitución pacifista japonesa claramente en mente, con el 82% de la ciudadanía japonesa opuesta a la guerra y con la evidencia de que mandar buques de guerra al Estrecho de Ormuz podría ser considerado un acto de guerra contra Irán. Trump la recibió con elogios hiperbólicos, la llamó “mujer espectacular” y le lanzó, frente a las cámaras, el comentario sobre Pearl Harbor cuando un periodista le consultó por qué no advirtió a sus aliados del bombardeo: “Queremos la sorpresa. ¿Quién sabe más de sorpresa que Japón? ¿Por qué no me avisaron de Pearl Harbor?” Takaichi, según los reportes, “tomó aliento profundo y se recostó con expresión incómoda.”
Al día siguiente, Trump declaró ante Fox News que Japón no iba a enviar buques de guerra al Estrecho. En la práctica, Takaichi negoció una arquitectura de compromiso: inversiones japonesas en Alaska, posible incorporación al escudo antimisiles “Golden Dome,” y exploración de operaciones de desminado que permitieran cumplir la constitución y satisfacer políticamente a Washington. La “dama de hierro” resultó ser, en la descripción del propio análisis de Foreign Policy, un ejercicio de “retórica pro-Trump esperando que las palabras aplaquen a la Casa Blanca tanto como las acciones.”
La comunidad de inteligencia en guerra consigo misma
La renuncia de Kent abrió una herida que el aparato político-militar trumpista intentó cauterizar con velocidad. La narrativa oficial fue que Kent era un “megalómano enloquecido” que quería “hacer una escena antes de que lo echaran.” La realidad que emergió del reportaje con Carlson fue más oscura. Kent describió que en el período previo a la guerra, “una buena cantidad de tomadores de decisiones clave no fueron autorizados a expresar su opinión ante el presidente.” El contraste con el proceso que precedió a los ataques de junio de 2025 —donde sí hubo “debate robusto”— sugiere que esta vez la decisión se tomó en un círculo íntimo determinado por la presión israelí y sin pasar por los filtros habituales de la evaluación de inteligencia.
Gabbard, jefa de Inteligencia Nacional y superior de Kent, eligió el silencio. Cuando fue consultada, respondió con un comunicado que evitó cualquier pronunciamiento sustantivo, señalando que “el presidente es responsable de determinar qué es y qué no es una amenaza inminente.” JD Vance fue descrito por Trump como alguien que estaba “quizás menos entusiasmado” con atacar Irán, aunque el presidente se apresuró a aclarar que “nos llevamos muy bien.” El propio chairman del Joint Chiefs of Staff, el general Dan Caine, resultó ser una figura relativamente nueva en el cargo, colocado después de la purga que Trump realizó sobre la cúpula militar al inicio de su segundo mandato.
Lo que este conflicto evidencia no es solo la captura de la política exterior norteamericana por el lobby sionista, sino la destrucción deliberada de los mecanismos de contrapeso institucional que podían moderar las decisiones de guerra. Cuando el director de Contraterrorismo debe renunciar para poder decir la verdad, cuando la directora de Inteligencia Nacional guarda silencio público para preservar su cargo, y cuando el secretario de Defensa es un exanimador de televisión que mide su éxito en ruedas de prensa, el aparato de guerra del país más poderoso del mundo opera sin frenos.
El horizonte de un conflicto que no tiene salida programada
Hegseth fue categórico ante el Congreso: no hay un “plazo definitivo” para el fin de la guerra. Será Trump quien decida “cuándo hemos logrado lo necesario.” La frase, pronunciada ante representantes que no autorizaron esta guerra y que ahora reciben una solicitud de 200.000 millones de dólares, resume el vacío estratégico que acompaña la operación.
En el frente militar, el ritmo de lanzamiento de misiles iraníes disminuyó entre los primeros días del conflicto y el 4 de marzo, lo que analistas atribuyen tanto al agotamiento parcial de inventario como a una estrategia deliberada de racionamiento para una guerra larga. Pero Diego García y Dimona demostraron que la capacidad de respuesta iraní está lejos de haber sido neutralizada. La Revolución Islámica no se está derrumbando. No hay levantamiento popular. No hay señales de que el aparato estatal esté cediendo. Netanyahu, en una conferencia de prensa histórica, admitió que “no está seguro de quién gobierna” Irán hoy, lo que es una confesión notable de que el objetivo de régimen change por decapitación no está produciendo el efecto esperado.
Lo que sí está produciendo es una catástrofe humanitaria documentada, la mayor perturbación del mercado energético global en décadas, la exposición de las fisuras dentro del bloque MAGA ante un conflicto que contradice su propio discurso de “America First,” y el inicio de un proceso de desdolarización del mercado energético que podría ser el legado estructural más duradero de esta guerra. Mientras el Brent supera los 110 dólares, mientras el Canal de Panamá opera a máxima capacidad con 36 a 38 buques diarios tratando de rerouting el tráfico de GNL, mientras China o India pagan en yuanes y sus barcos pasan, la pregunta que recorre los ministerios de finanzas desde Tokio hasta Frankfurt no es si el dólar sobrevivirá esta guerra, sino cuánto tiempo le queda.
La Revolución Islámica lleva 47 años resistiendo. No cayó ante ocho años de guerra con Irak, no cayó ante décadas de sanciones, no cayó ante las protestas de 2009, de 2019 ni de 2026. Los que apostaron a que caería ante la primera ola de misiles ya debieron revisar sus cálculos. La pregunta correcta, no es si Irán puede “sobrevivir.” Es cuánto le costará al proyecto imperial esta apuesta, y si el mundo que salga del otro lado del Estrecho de Ormuz seguirá siendo, en lo fundamental, el mismo que entró.
Fuente: PIA
