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09/03/22
16/03/1791 | Insurrección comunera
Por Fernando Bossi Rojas

El 16 de marzo de 1781 estalla en la población neogranadina de El Socorro (hoy Colombia), una insurrección popular en contra de los abusos en el cobro de impuesto por parte de las autoridades peninsulares. ¡Viva el Rey, abajo el mal gobierno!, fue la consigna levantada por los sublevados.

Manuela Beltrán, una mujer de pueblo quien se dedicaba a la fabricación de cigarros de hoja, desafió en público a los mandamases y rompió los edictos que anunciaban los nuevos impuestos, provocando así la exaltación de la gente más humilde que era la principal perjudicada por aquella medida. Manuela era una mujer de “armas llevar”, ya que no sólo excitó con su acto agitativo al pueblo de El Socorro, sino que inmediatamente procedió a colaborar en la organización del movimiento insurreccional.

En principio fueron los más humildes de la sociedad quienes se pronunciaron a través de la movilización y la protesta. Luego se sumaron sectores más encumbrados. De hecho, quien pasó a liderar esta primera etapa del movimiento fue un hijo de españoles, perteneciente a las élites de El Socorro, Juan Francisco Berbeo.

Cerca de 4 mil personas, dirigidas por una junta llamada “El Común” (de allí el nombre de Comuneros), marcharon con destino a Bogotá. Los comuneros avanzaron y a su paso se sumaron miles de personas. En Zipaquirá, antes de llegar a la capital, donde ya sumaban cerca de 20 mil personas, una delegación oficial del gobierno negoció con los sublevados y firmaron unas capitulaciones. Las autoridades virreinales aceptaron prácticamente todo el pliego de reclamos de los comuneros. Así las cosas se podría haber dicho que el triunfo de la lucha comunera había dado resultado, más no fue así.

El asunto fue el siguiente: las autoridades colonialistas no estaban en condiciones de enfrentar la fuerza desplegada por los comuneros porque la mayoría de sus tropas, al mando del mismo virrey, habían sido trasladadas meses antes a Cartagena de Indias, ante la amenaza de una incursión inglesa. La maniobra entonces consistió en ganar tiempo, engañando a los insurrectos con unas capitulaciones que nunca iban a ser respetadas, pero que iban a provocar la desmovilización. Cosa que así sucedió. Mientras tanto las tropas colonialistas acantonadas en Cartagena regresaban para reprimir a quienes quisieran volver a sublevarse.

En ese estado de cosas es que aparece la figura del principal líder del movimiento, José Antonio Galán. José Antonio era de origen humilde, mestizo y trabajador rural, jornalero parece que fue ya que no poseía tierras propias. Hombre hecho y derecho, por su conducta y forma de relacionamiento había adquirido gran ascendencia sobre los trabajadores e indígenas de la región.

Galán ya había tenido sus desencuentro con quienes conducían el movimiento, que eran, como antes señalamos, representantes de sectores más acomodados. Cuando Galán, al paso de la columna, liberaba del pago de tributo a los indígenas, los mismos jefes del movimiento expresaban su desacuerdo. Pero la gota que rebalsó el vaso fue las capitulaciones y el pedido de desmovilización de los comuneros por parte de los españoles.

Galán, conocedor de la conducta de los colonialistas, desconfió desde un primer momento de las capitulaciones acordadas. Es por esa razón que él siguió con el movimiento y no bajó la guardia. Lo triste de esto es que Galán estaba en lo cierto, los españoles una vez que verificaron la dispersión de los sublevados y ya con las tropas que estaban en Cartagena en Bogotá, desconocieron lo firmado y comenzaron la represión.

El gran líder José Antonio y otros importantes comuneros fueron apresados y tras un ridículo juicio ahorcados.

Sin ánimo de morbosidad o truculencia, sino de simple y efectivo compromiso con la verdad, transcribo aquí un fragmento de la sentencia a muerte de Galán:

“.. Condenamos a José Antonio Galán a que sea sacado de la cárcel, arrastrado y llevado al lugar del suplicio, donde sea puesto en la horca hasta cuando naturalmente muera; que, bajado, se le corte la cabeza, se divida su cuerpo en cuatro partes y pasado por la llamas (para lo que se encenderá una hoguera delante del patíbulo); su cabeza será conducida a Guaduas, teatro de sus escandalosos insultos; la mano derecha puesta en la plaza del Socorro, la izquierda en la villa de San Gil; el pie derecho en Charalá, lugar de su nacimiento, y el pie izquierdo en el lugar de Mogotes; declarada por infame su descendencia, ocupados todos sus bienes y aplicados al fisco; asolada su casa y sembrada de sal, para que de esa manera se dé olvido a su infame nombre y acabe con tan vil persona, tan detestable memoria, sin que quede otra que la del odio y espanto que inspiran la fealdad y el delito”.

Estas sentencias, que desgraciadamente fueron muchas y similares a lo largo de la historia de nuestros pueblos, hay que hacerlas conocer entre quienes se interesen por la historia y la política, porque marcan categóricamente el carácter inhumano de la colonización, de la monarquía española (que vergonzosamente aún existe) y de las clases dominantes en general.

La insurrección se propagó por diferentes pueblos de la Nueva Granada y también en los Andes venezolanos, Galán y sus compañeros pelearon como héroes, pero de una u otra forma los realistas se fueron imponiendo a sangre y fuego.

Observen este detalle: los sectores más acomodados del levantamiento recibieron castigos leves, entre ellos Juan Francisco Berbeo; pero aquellos como el aguerrido Galán que reivindicaron medidas sociales más radicales, como la libertad de los esclavos y la protección de los indígenas, fueron los condenados sin contemplación.

Paralelamente, en los Andes peruanos, se producía el levantamiento en armas de Túpac Amaru y Micaela Bastidas, que hizo temblar el poder colonial del virreinato del Perú. Ambos movimientos fueron derrotados, pero la agonía del colonialismo español comenzaba a configurarse. Apenas diez años después, en la isla de Santo Domingo (actual República Dominicana y Haití) se producía el mayor movimiento insurreccional negro, mayoritariamente de esclavos, que llegó a culminar con la independencia de Haití en 1804, primera declaración en toda nuestra América Latina y Caribeña.

Una reflexión:

En el período que va de 1780 a 1804, se produjeron estas tres grandes sublevaciones anticoloniales de trascendencia indiscutida. Las tres representaron a los sectores más subalternos de la sociedad: indios (Andes), mestizos y criollos pobre (Nueva Granada) y negros (Santo Domingo). Faltaba, seguramente, un sector dirigente preparado para asumir la dirección de estos procesos, cosa que sucedió en los episodios que se desarrollaron a partir de 1810, donde los criollos acomodados y cierta clase media intelectual se sumaron a la lucha anticolonial.

Esto aparentemente fue así y en buenahora, ya que dada esa alianza patriótica se logró derrotar, al menos militarmente, a los españoles. Pero lo que quiero señalar es que llama la atención como la historia oficial -y a veces la no tan oficial-, a estos impresionantes movimientos de masas se los ningunea, se los menciona simplemente como movimientos precursores a la independencia, como simples antecedentes… Conclusión: al menoscabar y diferenciar a estas heroicas jornadas del supuestamente “verdadero” período de lucha por la independencia, se ubica a indios, negros y pobres en general no como protagonistas y hacedores, sino solo como sujetos secundarios, como “carne de cañón” de alguno de los bandos o como individuos en total indiferencia a los sucesos políticos y militares que estaban aconteciendo.

A mi entender ese período lo denominaría como “primera ofensiva unionista e independentista”, que abarcaría desde 1780 a 1830, cincuenta años (1830 por la muerte de Bolívar y lo que significa simbólicamente). Claro que este período podría tener fases, pero dentro del mismo eje anticolonialista e independentista… Dividirlo en precursores y realizadores es muy malintencionado y clasista, porque atrás de ese esquema está la idea de que los pobres fueron un factor ajeno a la independencia y las elites (criollas en este caso) fueron las clases determinantes. Sin las tres grandes insurrecciones que mencionamos, llevadas a cabo por los pueblos más humildes de nuestra tierra, nunca se hubiera podido avanzar en la conquista de la independencia, porque ellas fueron quienes comenzaron a resquebrajar el poder español en nuestro territorio. Hay que rediscutir la historia desde la perspectiva de los pueblos y no desde la óptica de las elites. Esa es una tarea impostergable…

Nota:

Un bonito bambuco en homenaje a El Socorro y la insurrección comunera.

LA PROVINCIA COMUNERA

Letra: Rodolfo Ortiz Camacho

Música: Jaime Figueroa Parra

Fuente:
Portal Alba

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