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11/03/22
Regiones: Argentina
“La juventud desinteresada y pura”: el movimiento estudiantil en la Universidad de Córdoba, Argentina, 1918
Por Renate Marsiske Schulte

Artículo publicado en el centenario de la Reforma Universitaria de Córdoba de 1918. «Fue una verdadera revolución, una conciencia muy serena y muy honda de los problemas nacionales, una responsabilidad muy grave afrontada con plena capacidad y con la alegre voluntad de los fuertes.»

INTRODUCCIÓN

Han pasado ya cien años desde el movimiento estudiantil de Córdoba, Argentina, que marcó el inicio de la “reforma universitaria” en muchas de las instituciones de educación superior en América Latina durante el siglo XX; y todavía está presente en la memoria de los universitarios, aunque sea sólo como parte de discursos y aniversarios. Un siglo después, su importancia y sus consecuencias siguen presentes y las universidades del continente continúan luchando en muchos lados por su independencia. Pero más allá de su innegable importancia, también es cierto que la llamada reforma universitaria se ha convertido en un mito:

La “Reforma Universitaria”… ya concierne exclusivamente a historiadores y creyentes. En el primer caso, se trata de disección y formol; en el segundo, de nostalgia y equívoco. La nostalgia es inofensiva y se resuelve en recordatorios, discursos de aniversario y remisión a la lectura del Manifiesto liminar original. El equívoco, en cambio, está confabulado con el mito (Ferrer, cit. en Alderete, 2012: 35).

Como era de esperar, en Argentina y en muchos otros países del Cono Sur se están realizando este año infinidad de eventos y publicaciones referentes a Córdoba 18; al mismo tiempo, en México la atención está puesta en analizar los violentos hechos del movimiento estudiantil de 1968 en Tlatelolco, a 50 años de haber acontecido. Es en este marco que me parece importante sacar de la leyenda y del olvido el acontecimiento cordobés, tan significativo, y hacer memoria de lo que pasó en los últimos meses de 1917 y los primeros de 1918, con énfasis en el ambiente universitario y los estudiantes.

Los actores de estos movimientos estudiantiles de la Reforma, a principios del siglo XX, eran los jóvenes que reivindicaban su capacidad de transformación democrática no sólo de la universidad pública, sino de la sociedad en su conjunto y de su país, dos procesos íntimamente ligados. Ellos, “desinteresados y puros, que no han tenido tiempo aún de contaminarse” (Portantiero, 1978: 133), estaban dispuestos a arriesgarse por el cogobierno, la autonomía universitaria, la docencia libre, la renovación de la planta de profesores y la extensión universitaria. Si entendemos el Manifiesto liminar, documento clave del movimiento, como manifiesto juvenil, entonces podremos afirmar que es parte de una tradición de literatura juvenilista que tiene sus inicios con la generación de 1837, se prolonga con la generación de 1900 y tiene sus antecedentes inmediatos en el Ariel de José Enrique Rodó y en El hombre mediocre de José Ingenieros.

Más aún, ya fuera de modo directo, como aconteció con la lectura de Rodó, y sobre todo, de Ingenieros, como modo indirecto, de las influencias retransmitidas de los textos de la generación de 1837, el Manifiesto de Córdoba muestra fácilmente su entronque en temas que son decisivos y en actitudes que son exclusivamente características de esta larga tradición rioplatense (Roig, 1981: 119).

La idea de la juventud como categoría social muestra la influencia directa de José Ortega y Gasset. Ortega estuvo en Buenos Aires en 1916 y sus conferencias provocaron un enorme interés entre los universitarios. Su libro El tema de nuestro tiempo (1985), especialmente, utiliza el término “generación” como categoría social que identifica a una élite destinada a actuar en la historia. “Estaba claro: la entrada al tiempo histórico por parte del continente latinoamericano debía estar marcada por la presencia de una joven generación cuya vanguardia eran los estudiantes” (Portantiero, 1978: 82). A la juventud correspondería orientar la dirección de los acontecimientos en nombre de causas puras. La movilización de las expectativas juveniles demandaba sanciones espirituales para el futuro. La disidencia generacional era considerada, en primer término, de inspiración moral; conforme a ello, el estudiante joven era el protagonista de este cambio social, de esta lucha contra las oligarquías y sus aliados en la universidad; los jóvenes eran los representantes de las causas nobles, incapaces de corromperse (Portantiero, 1978).

Argentina a principios del siglo XX: gobierno, inmigración, clases medias y educación universitaria

Durante el siglo XIX Argentina se había incorporado al sistema de la división internacional del trabajo como exportador de materias primas, sobre todo de carácter agrícola. Constituye el ejemplo cabal del país en el que una economía de exportación de productos primarios engendró rápidamente un importante mercado interno de manufacturas al cual siguió, casi sin transición, un proceso de industrialización. El crecimiento inusitado de la población por obra de la inmigración, la rápida urbanización y la infraestructura que se requería -por el tipo de productos que se exportaban-, generaron un conjunto de condiciones excepcionalmente favorables a la industrialización. El nivel relativamente elevado de los salarios iniciales y la rápida integración de la población en la economía de mercado fueron factores igualmente importantes que contribuyeron a que la industrialización de ese país adquiriera un fuerte impulso incluso antes del primer conflicto mundial de 1914. A este modelo económico correspondió una sociedad jerarquizada y polarizada en la que el sector exportador era el dominante, ya que detentaba el poder económico y político. A principios del siglo XX en Argentina difícilmente podían consolidarse nuevas fuerzas políticas; en la sociedad argentina la cultura y la educación eran propiedad exclusiva de los intelectuales miembros de la oligarquía; su actividad estaba orientada hacia Europa y Estados Unidos.

Este sistema cerrado de poder económico, político y cultural dificultaba la formación de nuevas élites; a pesar de ello, desde los años sesenta del siglo XIX, y debido a las inmigraciones masivas (Devoto, 2003), se habían empezado a conformar sectores nuevos de la sociedad argentina que trataron de encontrar un lugar en la estructura económica del país. Además, los grupos obreros empezaron a organizarse en sindicatos, llamando a huelga apoyados muchas veces por los pequeños campesinos y artesanos.

En el contexto internacional, la Primera Guerra Mundial puso en crisis el sistema de valores occidentales en el que América Latina estaba inscrita. La Revolución Mexicana de 1910 y la Revolución Rusa de 1917 abrieron nuevas perspectivas políticas y nuevas esperanzas sociales. En Argentina, en 1916, la llegada al poder, por medio de sufragio general, de la Unión Cívica Radical y de su candidato, Hipólito Irigoyen, representantes de las nuevas clases medias (Fuentes, 1987), abrió una esperanza de reformas.

Desde su radical ofensiva contra la hegemonía oligárquica, hasta su muerte en 1933, luego de asumir dos veces la presidencia del país (1916-1922, 1928-1930), Irigoyen se convirtió durante más de 30 años en depositario de las esperanzas del argentino medio: su intervención en el conflicto estudiantil en la Universidad de Córdoba y su apoyo a la reforma universitaria lo convirtieron en abanderado de las clases medias en contra de los intereses oligárquicos también en las universidades del país.

Como instrumento de asimilación de los inmigrantes, se confirió un papel especial a la educación, particularmente a la escuela primaria pública para los hijos de inmigrantes, de manera que entre la década del ochenta del siglo XIX y la crisis de 1930 se cimentaron las bases del sistema educativo argentino del siglo XX. La educación laica sirvió de agente en esta tarea, ya que actuaba en contra de las escuelas por nacionalidades, que empezaban a proliferar para ofrecer a los hijos de los inmigrantes un mundo cultural propio. De esta manera, la escuela, a través de los maestros, debía asumir, en primer lugar, una función moral, orientada a formar ciudadanos capaces de adaptarse (sin rebelarse) a las nuevas condiciones sociales y políticas; y, en segundo, una función de integración para construir una nacionalidad en un país con grandes diferencias regionales y con una población mayoritariamente con trasfondo migratorio. José Vasconcelos ya había expresado estos logros argentinos con mucha admiración: “En la Argentina no hay pueblos muertos; en ninguna región de la Argentina se puede decir que hay sólo habitantes; en todas hay gente con su bienestar seguro y su conciencia bien despejada” (Vasconcelos, 1983: 158). Para una expansión educativa acelerada se necesitaba, por supuesto, un rápido aumento de maestros, capaz de atender las necesidades de los niños; esta necesidad implicaba la urgente creación de escuelas Normales.

En la expansión educativa antes descrita se incluye también la universitaria, aunque a un ritmo más lento. En 1910 había alrededor de 6 mil estudiantes universitarios en el país, y en 1918 había 8 mil 634 (Tedesco, 1970: 157).1 El crecimiento de la demanda de educación también había llegado a las universidades, institución aristocrática y tradicional, símbolo de la oligarquía. A pesar de los muchos intentos de frenar la expansión de la educación universitaria, el gobierno de Hipólito Irigoyen y el movimiento estudiantil de Córdoba reforzaron su desarrollo, ya que facilitaron el acceso a las instituciones de educación superior por medio de su democratización.

La Universidad de Córdoba

¿La Universidad de Córdoba en 1918 era realmente como la veían los estudiantes de la Reforma, y como lo expresaron en su famoso Manifiesto?:

Las universidades han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la hospitalización segura de los inválidos y -lo que es peor aún- el lugar en donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallaron la cátedra que las dictara. Las universidades han llegado a ser así el fiel reflejo de estas sociedades decadentes, que se empeñan en ofrecer el triste espectáculo de una inmovilidad senil (Portantiero, 1978: 131).

Tomando en cuenta la radicalidad de los estudiantes a la hora de los conflictos universitarios, sería mejor escuchar otras voces, por ejemplo, la de Juan B. Justo, citado por Portantiero, quien describió a la Universidad de Córdoba en 1918 de la siguiente manera:

Entrar en la vetusta casa en que funciona la universidad de Córdoba es caer bajo la obsesión de imágenes eclesiásticas. En medio del patio nos encontramos con una estatua de fray Trejo y Sanabria, estatua bastante pesada para que no pudiera ser volteada a lazo en la última revuelta estudiantil. En el salón de grados nos encontramos a la cabecera con un enorme cuadro al óleo que representa al mismo obispo Trejo y Sanabria. En el otro extremo del salón una alegoría que representa, según me dijeron, a San Carlos, porque aquella universidad se llama Universidad de San Carlos. Y en el cielorraso otra alegoría que representa también, en traje griego y distribuyendo ciencia a manos llenas, al mismo obispo Trejo y Sanabria. La tribuna del salón de grados ha tomado la forma más parecida posible a un púlpito y no tengo dudas de que en gran parte lo es. No han de descender de aquella alta tribuna -porque es tan alta como un púlpito-, no han de descender generalmente sino palabras de unción católica y de retórica eclesiástica (Portantiero, 1978: 31).

Esto no nos deja duda de que la Universidad de Córdoba, siguiendo su larga historia y tradición, mantenía en 1918, en sus recintos, la influencia católica (Endrek, 1992: 12).

Esta Universidad tiene su origen en una fundación real: después de años de pleitos, en 1800 Carlos IV decidió fundar de nuevo, en el edificio del antiguo colegio jesuítico, la “Real Universidad Mayor de San Carlos y Nuestra Señora de Monserrat”, la que en 1856 se convirtió en Nacional. Al llegar Bartolomé Mitre a la presidencia de la República, el escritor y pedagogo Domingo Faustino Sarmiento, consciente del retraso educativo de su patria, buscó en Alemania en 1870 al científico Hermann Burmeister y lo nombró comisario extraordinario para dirigir e inspeccionar la Facultad de Ciencias Matemáticas y Físicas de la Universidad de Córdoba. Previamente lo había autorizado a contratar a siete profesores alemanes para que se encargaran de la investigación y de las tareas docentes, uno en matemáticas y uno en física, química, mineralogía, botánica, zoología y astronomía (Vera de Flachs, 1999). Sarmiento consideraba que esto serviría para romper con la tradición clerical de la ciudad y de su universidad, resultado de tres siglos de educación conventual.

A pesar de que con los años aumentó la matrícula universitaria en general, la diversificación de las carreras no se vio acompañada por un incremento de la demanda del tipo de profesionistas que se formaban en la nueva Facultad de Ciencias. Esto debido a que el desarrollo y la modernización del país, dentro del marco de un capitalismo dependiente, no ofrecía suficiente terreno para este tipo de profesionistas: parecía que la estructura económica no necesitaba físicos, químicos o agrónomos. De esta manera, las carreras de derecho y medicina seguían siendo las de más demanda y las únicas que podían ofrecer un ascenso social seguro y económico a los jóvenes de las nuevas clases medias; lo anterior porque podían ocupar, entre otros, lugares importantes dentro de la alta burocracia. La profesión de abogado ofrecía muchas posibilidades, no sólo el ejercicio de una profesión libre, sino el acceso al poder político.

Además, los métodos de enseñanza correspondían a una universidad colonial, no a un centro moderno de investigación y docencia. Decían los alumnos en su Manifiesto:

Los métodos docentes estaban viciados de un estrecho dogmatismo, contribuyendo a mantener a la Universidad apartada de la ciencia y de las disciplinas modernas. Las lecciones, encerradas en la repetición de viejos textos, amparaban el espíritu de rutina y de sumisión. Los cuerpos universitarios, celosos guardianes de los dogmas, trataban de mantener en clausura a la juventud, creyendo que la conspiración del silencio puede ser ejecutada en contra de la ciencia (Portantiero, 1978: 135).

El profesorado y la administración universitaria se encontraban en manos de cinco o seis familias cordobesas (Tünnermann, 1978).

En 1885, el presidente Nicolás Avellaneda sancionó una nueva ley para todas las universidades argentinas que las autorizaba a darse su propio estatuto. La vida y el desarrollo de cada institución dependerían, de ahora en adelante, de su claustro; y la elección del rector, cada cuatro años, de la asamblea universitaria. Con la nueva ley, cada universidad tenía la posibilidad de reformar sus planes de estudio, certificar los exámenes y otorgar los títulos; sólo el nombramiento de los profesores titulares quedaba en manos del poder ejecutivo, lo cual cimentaba la dependencia de las universidades respecto del Estado y provocó, en 1918, la demanda de autonomía universitaria de parte de los estudiantes.

Para principios del siglo XX los intentos de Sarmiento de modernizar la Universidad de Córdoba parecían olvidados, sobre todo en la facultad más importante de la Universidad, la de Derecho: “En la primera década del siglo XX la Facultad de Derecho seguía como en los dos siglos anteriores: preparaba a los hombres que ejercerían las funciones públicas y que dominarían los poderes económicos provinciales y nacionales” (Vera de Flachs, 2006: 29).

Pero no sólo algunos profesores y autoridades centrales reconocían la necesidad de nuevas ideas en la universidad; también los estudiantes estaban ávidos de escuchar opiniones encontradas. En 1910, un grupo de estudiantes invitó a Alfredo Palacios al salón de grados para una conferencia sobre las bases del Partido Socialista en Argentina, evento que fue prohibido. La misma suerte corrió Enrique Ferri, político, escritor y periodista italiano de visita en el país, director de Avanti!, el diario del Partido Socialista Italiano, quien estaba dispuesto a dar una conferencia en la Universidad cordobesa. Esto llevó a los estudiantes a formar un frente opositor a las autoridades universitarias. Las prohibiciones habían sido avaladas por el Consejo Superior, en donde los académicos habían discutido este asunto y habían llegado a la conclusión de que no se podía enseñar algo en una sola conferencia. Estas decisiones fueron apoyadas, a través de la prensa, por los grupos católicos de la sociedad, los cuales se referían de manera muy despectiva a los conferencistas. Por todos los medios se intentaba dejar fuera de las aulas la discusión de los hechos políticos actuales y las ideas contrarias al catolicismo. Hasta entonces, parecía que la reacción iba ganando.

En 1912 hubo algunos intentos, por lo demás bastante tibios, de reformar los planes de estudio y eliminar materias como Derecho público eclesiástico, pero estas acciones no tuvieron éxito, ya que los propios catedráticos, que habían llegado a la docencia apadrinados por favoritismos, se resistían a los cambios y a permitir aires renovadores en su facultad. En 1918 se enseñaba todavía derecho canónico y el juramento profesional se hacía sobre la Biblia. La vieja Casa de Trejo se podía caracterizar de la siguiente manera:

…el presupuesto era exiguo, las academias, con miembros vitalicios, no celebraban reuniones científicas, la investigación se había relegado y no se mantenía el contacto con el cuerpo universitario; los apellidos de familias tradicionales se multiplicaban en cargos administrativos y en las diferentes cátedras; ciertos autores, entre los que se contaban Darwin, Marx y Engels, no tenían cabida en las bibliotecas ni eran textos de consulta en las cátedras; la docencia privilegiaba la memorización y las materias humanísticas, mientras las carreras técnicas no tenían demanda y para rematar todavía se festejaba oficialmente con una misa el día de la virgen patrona y se obligaba a los estudiantes a asistir a ella (Vera de Flachs, 2006: 32).

Sin embargo, conforme avanzaba el tiempo se oían cada vez más voces inconformes con la situación de la Universidad, ya fuera de profesores jóvenes o de recién egresados; es el caso de Deodoro Roca, quien en 1917, junto con Saúl A. Taborda, Arturo Capdevila, Arturo Orgaz y otros, constituyeron la Asociación Córdoba Libre, que puso en marcha un proyecto de universidad popular, con la idea de dar clases de derecho, economía y cultura general, entre otros temas, a obreros. Así eran los nuevos tiempos que estaba viviendo Argentina por el triunfo del partido radical en las urnas, con Hipólito Yrigoyen a la cabeza. Por primera vez había esperanzas para los miembros de las clases medias, que formaban parte de los contingentes de inmigrantes del sur de Europa, de que alguien oyera sus reclamos, sobre todo los referentes al ingreso de sus hijos a las universidades, para asegurar su posición social y sus pretensiones de acceder a puestos políticos.

Paralelamente, las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, de la Revolución Rusa de 1917 y del ingreso al país de inmigrantes anarquistas, sumado a los problemas económicos, llevaron a las organizaciones obreras a una multitud de huelgas durante este gobierno. En Córdoba, en concreto, los empleados municipales, los tranviarios, los molineros y los obreros de la industria del calzado declararon la huelga a finales de 1917 y en las primeras semanas de 1918, apoyados por la Federación Universitaria de Córdoba. Para resumir la situación en que se encontraba la Universidad de Córdoba en 1918, lo que hacía inevitable el conflicto, vamos a citar Adriana Chiroleu:

Institución adaptada a los requerimientos de una minoría tradicional y oligárquica que preparaba a sus alumnos para el ejercicio de la función pública en sus distintos escalones, la irrupción de los sectores medios en la vida nacional, que reclamaban una mejor inserción en la estructura económica y un reconocimiento en los planos político, social y cultural similar al que habían obtenido en el económico, estaba destinada a chocar contra un muro de contención que irá mostrándose con el pasar del tiempo incapaz de frenar aquel avance arrollador (Chiroleu, 2000: 369).

En 1917, en la Facultad de Medicina la enseñanza era exclusivamente expositiva, ya que las autoridades habían decidido cerrar el internado en el Hospital de Clínicas, donde los estudiantes hacían prácticas y guardias en la noche para ganar algún dinero. Las cátedras se repartían entre determinadas familias y sus amigos y eran vitalicias. Una congregación semiclandestina, la Corda Frates, integrada por las altas autoridades eclesiásticas y políticas, jueces y universitarios, controlaba todos los aspectos de la vida cordobesa y, por supuesto, también a la Universidad.

Vida estudiantil2 en el barrio Clínicas: deportes, fiestas, juegos, paseos, relaciones amorosas

Al cerrar el internado por cuestiones económicas y morales, como ellos decían, las autoridades universitarias no se daban cuenta de que con esto destruían el equilibrio social de la vida estudiantil y del barrio Clínicas, y provocaban un movimiento estudiantil de grandes dimensiones. Las actividades de apoyo al movimiento llevaron a los jóvenes a comportarse de una manera más libre, más consciente, ya que no querían atender las normas burguesas heredadas del siglo anterior, formuladas por la Iglesia católica y trasmitidas por sus padres. El movimiento estudiantil no sólo llevó a una reforma universitaria, sino a una revolución social en la vida de los estudiantes cordobeses.

Debido a lo anterior, hay que analizar la importancia del barrio Clínicas para el movimiento estudiantil de 1918 y la vida de los estudiantes. Era un barrio estudiantil en donde vivían los estudiantes de medicina en casas de estudiantes o pensiones; allí pasaban gran parte de su vida diaria. Esto nos lleva a ocuparnos de las actividades de los jóvenes, esto es, el ambiente en el que vivían.

Después de haberse inaugurado el Hospital de Clínicas en 1913,

…en torno a su inmensa mole comenzaron a vivir los estudiantes universitarios, principalmente de medicina, formando con el discurrir de los años un barrio netamente estudiantil o en el que los universitarios imponían el tono que se conoció y conoce como Barrio de Clínicas a secas (Bravo Tedin, 1998: 10).

El barrio Clínicas, anteriormente barrio de Las Quintas, con sus calles sin pavimentar y comunicado por el precario tranvía Argentino, llamado la “carreta argentina” por su pésimo servicio, seguía creciendo, ya que prácticamente todas las casas familiares rentaban cuartos a los estudiantes de medicina, de farmacia y de odontología. En palabras del Dr. Raúl Mothe:

Los que hemos tenido ocasión de conocer las ciudades universitarias de aquella época: Buenos Aires, La Plata, Rosario, Santa Fé y Tucumán… la única que tenía un barrio con características propias, singulares y absolutamente originales es la ciudad de Córdoba con el Barrio Clínicas. Y dentro del barrio Clínicas el grupo estudiantil de medicina como grupo humano prevaleciente (Bravo Tedin, 1998: 17-18).

Estas casas, junto con las pensiones, estaban rodeadas de extensos terrenos baldíos que eran utilizados por los estudiantes de medicina para practicar deportes, sobre todo fútbol. Pero no sólo esto:

En el barrio había muchos sitios baldíos especialmente desde la calle Cnel. Olmedo hasta el Hospital Clínicas. Ranchos de paja, donde se hacían las grandes tertulias de antes: jugar a la lotería… Las calles eran totalmente de tierra, los focos -en las esquinas- estaban alumbrados a carburo. No era un barrio tranquilo, porque existían unas confiterías de Pedro y de Micheli donde se juntaban grandes cantidades de gente. Y más lo hacían para ir a jugar, que en este tiempo la policía no prohibía el juego (Bravo Tedin, 1998: 14).

En la parte sur del barrio estudiantil, en una zona de baldíos, se encontraba la Quinta Santa Ana, antigua propiedad jesuítica pero ya en proceso de dividirla en lotes para su venta. En estos terrenos era usual que los estudiantes cortaran las flores para entregarlos a sus novias, junto con un verso y una serenata.

De manera que el barrio Clínicas era el barrio de los estudiantes de medicina, vestidos de guardapolvo, hoy diríamos de bata blanca, muy diferentes a los trajes y las corbatas de los estudiantes de derecho. Este barrio estudiantil de la ciudad de Córdoba, aparte de ser de vida bohemia, fiestas, música y vida estudiantil, fue, sobre todo, un lugar de estudios para lograr un título universitario, el de médico, con el que los estudiantes respondían al esfuerzo de los padres de enviarles dinero para su sustento. Casi ningún estudiante trabajaba al mismo tiempo que estudiaba. La mayoría no eran cordobeses, sino del interior del país o de la provincia; pocos del litoral porteño. Una gran parte de ellos eran hijos de inmigrantes, sin los valores tradicionales y sobre todo religiosos de los hijos de la burguesía cordobesa. En verano, en los meses de enero y febrero, la población del barrio Clínicas disminuía en un 80 por ciento. En marzo empezaban a llegar nuevamente, y los estudiantes del primer semestre no sólo vestían guardapolvos, sino también sus libros, huesos y calaveras que los distinguían como estudiantes de medicina. En abril empezaban las clases, de manera que el barrio estaba repleto. Según los testimonios de los estudiantes de entonces, en el primer semestre no se estudiaba mucho, igual que en los meses de abril a junio de cada año. Recién en agosto los jóvenes empezaban a prepararse para los exámenes, y estudiaban, sobre todo, de noche.

Cuando los jóvenes llegaban de la provincia vivían primero en pensiones y luego, recomendados por algún hermano, primo o amigo, en las casas de estudiantes. El barrio Clínicas les ofrecía un ambiente familiar y solidario, de manera que no extrañaban a sus familias y su ciudad natal. Sus jóvenes habitantes se trataban entre ellos como amigos. Las puertas de las casas estaban siempre abiertas; no se necesitaban llaves. Vendían baratos los enseres que ya no necesitaban, se prestaban dinero, pero también libros y apuntes. Como no eran miembros de familias cordobesas, sino que habían venido de afuera, vivían con menos normas y de modos menos tradicionales, sobre todo en lo que se refiere a la religión.

Por los diferentes ambientes en estas casas de estudiantes: unos más serios, otros con vida más bohemia, algunas hospedaban a los líderes estudiantiles conocidos durante las jornadas del movimiento estudiantil, y otras se hicieron célebres en el barrio Clínicas, como la Casa de la Troya,3 donde los propios estudiantes se organizaron para compartir el espacio y los gastos. Para los que vivían allí había un reglamento que se cumplía estrictamente y que determinaba las horas de estudio y las de recreo; se nombraba un administrador mensual que recibía el dinero de cada uno para destinarlo a gastos comunes, de almacén, la luz (de 5 a 6 pesos por mes) y el apoyo doméstico, que cobraba 12 pesos por mes y realizaba las tareas de limpieza de la casa, lavado y planchado de la ropa. Esta persona podía ser una viuda sin ingresos que trataba a los estudiantes como a sus hijos, una empleada común o una exprostituta que se ganaba la vida de esa manera. Los estudiantes en una casa de éstas vivían con 40 pesos mensuales; sin embargo, a finales de cada mes muchas veces ya se les había acabado el dinero y en espera del próximo cheque de sus padres vivían de prestado. Normalmente para entonces ya habían empeñado sus relojes y ya no comían carne – que solía ser su alimento principal, comprada en una de las cinco carnicerías del barrio-, sino papas con huevos y mate, que eran baratos y nutritivos. En el comedor de las casas de estudiantes muchas veces también comían jóvenes que no vivían allí, pero que no tenían dónde hacerlo.

No obstante, quien en realidad solucionaba todos los problemas en el barrio Clínicas era el almacenero: cambiaba giros, fiaba, prestaba dinero para fiestas y viajes a cambio de un libro o alguna prenda, sabiendo que los estudiantes se quedarían a vivir en el barrio hasta terminar sus estudios y recibirse, mantenidos por sus padres con cheques mensuales.

Otro punto importante de reunión estudiantil del barrio Clínicas eran las peluquerías. Los peluqueros conocían todas las penas y alegrías de sus clientes, ya que los estudiantes se cortaban el pelo muy a menudo y además se afeitaban allí. Se pagaba por servicio prestado o como abonado una vez al mes, de manera que este tipo de establecimientos abundaba.

Era sumamente anhelado ser miembro de la Troya, donde normalmente vivían de 10 a 14 estudiantes. Si había una vacante, el consejo de los tres más viejos escogía al nuevo miembro. En los meses del movimiento estudiantil de 1918 esta casa se convirtió en el punto de reunión de los estudiantes reformistas, de los politizados, los que participan en todas las acciones del movimiento estudiantil, en las movilizaciones obreras y en la labor de extensión universitaria en los barrios de trabajadores. Gumersindo Sayago y Deodoro Roca

…concurrían a la Troya a reuniones donde se discutían problemas universitarios y donde se planteaban candidaturas, etc. no solamente para los consejos sino incluso para las federaciones universitarias, para los centros estudiantiles sobre todo de medicina y odontología. Hubo una época, de varios años, en que de la Troya salían los hombres que iban a dirigir los movimientos universitarios (Bravo Tedin, 1998: 38).

Allí se fundó el primer Ateneo de Córdoba, en donde se discutían los problemas de orden social y político que aquejaban al país y en el que participaron por invitación personas como Alejandro Korn y Alfredo Palacios, así como líderes de diferentes sindicatos y tendencias sindicalistas, comunistas, socialistas, radicales y moderados. En la Troya también nació la revista El Día Médico, órgano del Centro de Estudiantes de Medicina.

La vida estudiantil no sólo giraba en torno a los estudios, los exámenes y el tiempo en el salón de clase; también estaban el deporte, la diversión y el tiempo libre. Entre las actividades deportivas, el futbol era el más popular, pero no sólo en los terrenos baldíos cerca del barrio Clínicas se practicaba este deporte. Desde mucho antes de 1917 existían clubes deportivos en Córdoba: primero se conformó el Córdoba Athletic Club, organizado por funcionarios del Ferrocarril Central Argentino, en su mayoría ingleses; en 1905 algunos estudiantes fundaron el Club Central y después el Club Facultad de Medicina con estudiantes de medicina de Buenos Aires; y en 1906 se fundó 1906 la Liga Cordobesa de Fútbol. Lo que quedó de estos primeros intentos de organizar clubes de fútbol fue la fundación, en 1907, del Club Atlético Universitario.

Con el Club nace también en 1907 un símbolo: el de la U, letra que, usada sobre el pecho de nuestros deportistas, marca la iniciación de un largo prestigio deportivo a la par que será motivo de la popularidad de nuestra divisa. En casi todos los rincones de la patria hay Olguín que conoce y recuerda a la U. En la mente de los miles de aficionados que perfilaron por los campos de juegos de nuestra ciudad, estará grabado el grito de ¡UUU! Como equivalente sintético de aliento y emoción (Bravo Tedin, 1998: 83).

A partir de entonces habría un grupo de fútbol estudiantil que podía competir con el equipo de la Universidad de Buenos Aires. El club pasó por altibajos, generados sobre todo por la falta de presupuesto y la falta de un espacio físico propio, el cual lograron apenas en los años cincuenta. En 1910 el gobierno sólo les había prestado un lote en la Nueva Córdoba.

Los estudiantes cordobeses no sólo tenían un calendario académico al que se tenían que atener, sino también un calendario de fiestas acorde a sus obligaciones estudiantiles. Los carnavales marcaban el calendario festivo estudiantil en los años de la Reforma por ser las primeras fiestas antes de la primavera; más tarde se llevarían a cabo en el mes invernal de junio. La celebración clave era el 21 de septiembre, Día del Estudiante, que se prolongaba después a una Semana del Estudiante, últimas fechas antes de la preparación de los exámenes finales. Este festejo se tenía que preparar con tiempo para conseguir dinero por medio de colectas entre los profesores, y de cervezas en la Cervecería Córdoba, que no sólo mandaba la bebida, sino también las mesas y las sillas. Los negocios de la ciudad contribuían con carne, verduras y demás. El vino se conseguía en envases de 10 litros y era muy barato. Era una fiesta para todo Córdoba. El barrio Clínicas hervía de actividades: todas las casas estaban de fiesta. Se tenía que organizar la música y lo más difícil, las mujeres: en la noche llegaban primero las amigas de los estudiantes y jóvenes decentes, después las prostitutas y al final, ya en la madrugada, las de los cabarets. Las pocas familias que vivían en este barrio cerraban sus puertas y ventanas con papeles oscuros por adentro para no tener que ver los espectáculos que escenificaban los jóvenes en la calle.

Aparte de estas fiestas que marcaron la vida de los estudiantes cordobeses en los años antes y después de los acontecimientos de 1918, los jóvenes organizaban frecuentemente, con cualquier pretexto, comidas, festejos y celebraciones de todo tipo en sus casas. Los asados se organizaban sobre la marcha sin mayores preparaciones o invitaciones; el humo del fuego indicaba el camino hacia la fiesta. Estos encuentros duraban tanto como se pudiera estirar el dinero para la comida y la bebida.

Cuando hablamos aquí de estudiantes universitarios cordobeses estamos hablando de hombres jóvenes, de sus estudios, actividades, viviendas, fiestas, deportes, paseos y relaciones amorosas. En la Facultad de Medicina se encontraban muy pocas mujeres, sobre todo en la carrera de farmacia, donde se preparaban para después ser dueñas de una farmacia y vender medicinas. Según la novela de Carola Ferrari, que describe de manera bastante acertada el papel de las mujeres en Córdoba en la época de la Reforma, las estudiantes tenían que escuchar comentarios de algunos profesores, como “usted ¿no piensa casarse?”, “su lugar está al lado de su marido” o “mire que los años pasan y son más crueles para las mujeres” (Ferrari, 2013: 15). El sueño de cualquier mujer cordobesa de la época era casarse bien; la mayor suerte sería casarse con el hijo de uno de los ricos terratenientes de los alrededores de la ciudad que vivían en Buenos Aires y que visitaban sus tierras en Córdoba en verano (de diciembre a febrero) en sus coches. Cabe notar, sin embargo, que para una joven sin linaje era muy difícil lograr esto. Cuando llegaban a Córdoba después del largo viaje, estas familias porteñas no dejaban

…de quejarse del servicio de hotelería de Córdoba y de la atención de la servidumbre. Los comercios exhibían mercadería del siglo pasado, las calles de la ciudad les resultaban angostas, el clima agobiante, y los semblantes de las personas se les antojaban abominables (Ferrari, 2013: 108).

Un futuro médico, aunque todavía era estudiante, era del agrado de una madre cordobesa,

Su hija ya estaba en edad casadera y era una bendición haber encontrado un hombre indicado. Combinaba todo lo necesario para ser un buen marido: respetuoso, de buena familia, de un buen pasar económico o, en su defecto, con un título, como lo tendría en poco tiempo (Ferrari, 2013: 112).

Una vez casado, el joven médico podría acceder, a través del desempeño de las tareas propias de su profesión, a cargos públicos, por ejemplo, director de un programa de salud pública en Cochabamba, ya que ese puesto exigía que estuviera casado. Los cortejos entre los estudiantes y sus novias se llevaban a cabo de manera muy tímida en la Plaza Colón, y si ya eran más serios se hacían en la casa de la novia en presencia de algún miembro de la familia, que era el responsable de vigilar que la novia no adoptara posturas que recordaran a las muchachas ligeras del barrio Clínicas.

Tanto los encuentros amorosos como los amistosos se llevaban a cabo en la Plaza Colón, inaugurada a finales del siglo XIX. Era el paseo obligado de los jóvenes universitarios, quienes vestían su guardapolvo blanco para ser identificados como estudiantes de medicina; la plaza también era lugar de encuentro de vecinos del lugar y de las muchachas, siempre acompañadas de un familiar. Sobra decir que estaba prohibida la entrada de mujeres a las casas de estudiantes.

Las relaciones tan normadas y conservadoras con las jóvenes “decentes” y futuras novias hacía florecer los prostíbulos, tanto legales como clandestinos. Eran frecuentes las visitas de los jóvenes estudiantes a las prostitutas que se habían establecido en los alrededores del barrio Clínicas, en el poniente de la ciudad, principalmente en las calles Haedo Norte, Vieytes, Tablada y Santa Rosa. Tales establecimientos mantenían sus puertas cerradas y sólo admitían personas conocidas; funcionaban toda la noche a pesar de que, por norma, debían cerrar a las dos de la madrugada, ya que sus dueñas normalmente eran amigas de los policías. Había prostíbulos legales e ilegales; algunos tenían mucho éxito entre los estudiantes, ya fuera porque les daban muy buen trato o porque les permitían pagar después cuando no tenían dinero. Y, por supuesto, había casas en donde la dueña no ejercía la prostitución pero sí permitía reuniones íntimas en su casa y también se ofrecía “amor a domicilio”. Todo esto significa, como lo cuentan los médicos entrevistados, que las mujeres que se vendían eran parte del barrio Clínicas, convivían a diario con los estudiantes, y no eran personas no deseadas en este ambiente social estudiantil y bohemio.

El movimiento de reforma universitaria en la Universidad de Córdoba, 1918

El movimiento estudiantil en la Universidad de Córdoba fue la primera confrontación entre la sociedad argentina que comenzaba a experimentar cambios en su composición interna y una universidad enquistada en esquemas obsoletos (Steger, 1971). La realidad sociopolítica y socioeconómica argentina de principios de siglo, descrita más arriba, tuvo su reflejo en las universidades. Si bien las ideas fundamentales de este movimiento partieron de la singularidad del acontecimiento cordobés, ya se habían expresado en los congresos estudiantiles en los años anteriores en los diferentes países del Cono Sur:

  1. Autonomía política, docente y administrativa
  2. Cogobierno tripartito
  3. Agremiación estudiantil
  4. Asistencia libre e ingreso irrestricto
  5. Libertad y periodicidad de cátedra
  6. Pluralismo doctrinario
  7. Centralidad del alumno
  8. Enseñanza gratuita, laica y de alta excelencia
  9. Elevado presupuesto educativo
  10. Humanismo y especialización (Biagini, 2006: 286)

A finales de 1917, los estudiantes de la Facultad de Ingeniería manifestaron su descontento por las condiciones académicas de su centro de estudios. Al mismo tiempo, las autoridades universitarias habían suprimido el internado para estudiantes de medicina en el Hospital de Clínicas, perteneciente a la Facultad de Medicina, y con esto quitaban a los estudiantes una de sus pocas fuentes de trabajo. Todo esto aumentó el descontento de los estudiantes, quienes se organizaron para pedir a las autoridades universitarias: 1) la reforma del sistema vigente para la provisión de las cátedras; y 2) el levantamiento de la supresión del internado para los alumnos avanzados de la carrera de medicina en el Hospital de Clínicas.

Cuando empezaron las clases en marzo de 1918, después de las vacaciones de verano, los estudiantes organizaron las primeras asambleas en las facultades de Medicina e Ingeniería y decidieron ir a la huelga si las autoridades universitarias no accedían a sus peticiones. El 10 de marzo organizaron su primera manifestación callejera, apoyados por los estudiantes de la Facultad de Derecho y algunos compañeros de Buenos Aires, como se puede ver en el telegrama 1736 del 15 de marzo, enviado a Ceferino Garzón Macedo: “Va carta de adhesión del Ateneo de estudiantes Universitarios al justo y simpático movimiento estudiantil de Córdoba…” (carpeta 1, doc. 4),4 firmado por Pozzo y Monner Sans, delegados del Ateneo. Pocos días después nació la primera organización estudiantil conjunta de las tres facultades, el Comité Pro Reforma.

Esta primera manifestación dividía a la sociedad cordobesa y a sus familias: unos apoyaban a los estudiantes y otros se apostaban al lado de los jóvenes reformistas congregados para exorcizarlos arrojándoles agua bendita y persignándose continuamente. A estos últimos, ultra-católicos y allegados al obispo Bustos, los había organizado el Comité Pro Defensa de la Universidad y sostenían que el movimiento reformista era anarco-comunista y, peor aún, ateo y antirreligioso. Les molestaba la “insolencia” de los estudiantes y, quizás más, la participación de mujeres en ese movimiento. Según ellos, organizar una huelga era propio de obreros, y no de futuros líderes argentinos. También en Buenos Aires los jóvenes de clases altas y medias altas, estudiantes que en su tiempo libre se reunían en los clubes deportivos, rechazaron vehementemente el movimiento estudiantil de Córdoba y cualquier otra reforma política o social que pudiera limitar sus privilegios (Fuentes, 2016).

El 20 de marzo las autoridades del Consejo Superior de la Universidad decidieron no tomar en cuenta ninguna petición estudiantil, preservar el principio de autoridad e inaugurar oficialmente los cursos el 1º de abril. Tenían la certeza de que se trataba de unos pocos estudiantes rebeldes que se controlarían con el ejercicio de la autoridad.

El 31 de marzo de 1918, en vísperas de la apertura oficial de los cursos, el Comité Pro Reforma publicó un manifiesto en el que llamó a la huelga general de la universidad:

Nos levantamos para sacudir la esclavitud mental en que se pretende mantenernos; para romper el círculo vicioso de la anacrónica maestranza que nos cierra los horizontes de la luz espiritual; para arrojar la carga monstruosa y torturante que la inepcia docente nos impone como bagaje inútil para el noble ejercicio de las profesiones liberales (Portantiero, 1978: 139).

Los estudiantes se reunieron este mismo día en el Teatro Rivera Indarte, el más importante de Córdoba, para realizar un acto público donde hablaron también líderes estudiantiles de Buenos Aires. En esa ocasión declararon oficialmente la huelga en la universidad. El objetivo más importante del movimiento en ese momento era la modificación de la estructura de docencia en la universidad y, por ende, que se elevara el nivel académico.

El 1º de abril no se pudieron inaugurar los cursos porque ningún estudiante asistió a clases; las autoridades contestaron con la clausura de la Universidad. Ante esta crisis, el Comité Pro Reforma trato de conseguir el apoyo del gobierno pidiendo al ministro de Instrucción Pública, José S. Salinas, su intervención en la Universidad de Córdoba. Los estudiantes sabían que el Partido Unión Cívica Radical y el gobierno de H. Irigoyen no veían con buenos ojos a la Universidad, reducto del clericalismo y de la oligarquía provinciana, enemiga del nuevo régimen. A esta petición de intervención adjuntaron un memorial (Portantiero, 1978: 140) que expresaba las peticiones del Comité Pro Reforma Universitaria:

  1. democratización de la universidad;
  2. renovación del profesorado;
  3. reforma de los planes de estudio;
  4. periodicidad de cátedra para su renovación y actualización;
  5. concursos públicos para la provisión de cargos.

El 11 de abril el presidente H. Irigoyen nombró como interventor en la Universidad a José N. Matienzo, su amigo personal y simpatizante de la causa de los estudiantes; de esta manera aceptaba a los estudiantes como aliados para desmantelar la estructura universitaria. Al mismo tiempo, dado que el Comité Pro Reforma había buscado apoyo en otras universidades argentinas, el 11 de abril se constituyó en Buenos Aires la Federación Universitaria Argentina con delegados en las cinco universidades.

El primer acto de Matienzo para resolver el conflicto fue acceder a una de las peticiones de los estudiantes: levantar la supresión del régimen de internado en el Hospital de Clínicas. Los estudiantes levantaron la huelga y el 19 de abril se reanudaron las clases. Muchos profesores habían renunciado, poniendo sus cátedras a disposición de Matienzo. Ese mismo día Matienzo anunció un proyecto de reforma al estatuto de la universidad en el que se preveía la participación de los profesores en el gobierno de la universidad, sobre todo para la elección del rector y de los consejeros. La reforma Matienzo establecía la eliminación de las academias vitalicias, que ejercían una dictadura en la universidad; y ordenaba la elección de nuevas autoridades universitarias en caso de que tuvieran más de dos años en el puesto, es decir, la mayoría. Este proyecto de reforma estableció el día 28 de mayo para la elección de nuevos decanos y consejeros directivos de las tres facultades, y el 15 de junio para la elección del rector. La reforma Matienzo no incluyó la participación estudiantil en el gobierno de la Universidad; sin embargo, encontró inmediatamente el apoyo de los estudiantes, de los profesores jóvenes y de los recién graduados de orientación liberal.

El Comité Pro Reforma se convirtió en Federación Universitaria de Córdoba y empezó a editar la Gaceta Universitaria como su medio de comunicación oficial. Por medio de esta organización más sólida empezaron a presionar a los profesores para las futuras elecciones, de manera que sus candidatos ganaran las elecciones para decanos y consejeros de las facultades. Con esto terminó la intervención de José N. Matienzo, ya que la elección del rector era tarea únicamente de la Asamblea Universitaria. El candidato de los estudiantes reformistas para el puesto de rector era el doctor Enrique Martínez Paz, un hombre joven, liberal, con gran capacidad académica, desligado de los antiguos círculos universitarios comprometidos con el clero. Los otros dos miembros de la terna eran Antonio Nores, miembro de la oligarquía cordobesa y de Corda Frates,5 y Alejandro Centeno. Parecía que la elección de Enrique Martínez Paz estaba asegurada, ya que la mayoría de los miembros de la Asamblea Universitaria que debían elegirlo estaban apoyados por los estudiantes; sin embargo, la Asamblea logró, después de tres votaciones, una mayoría a favor de Antonio Nores “…una intensa campaña subterránea, movilizando intereses, pasiones y relaciones -por Mares sufragaron cinco primos hermanos suyos- volcó el resultado casi a último momento” (Portantiero, 1978: 40). Los estudiantes esperaban el resultado de la elección dentro de la Universidad. Cuando se dio a conocer la designación de Antonio Nores, estalló el escándalo. Para impedir la toma de posesión del nuevo rector, los estudiantes rompieron cristales, arrancaron cortinas, rompieron muebles y bajaron de las paredes los cuadros de los frailes que habían gobernado la universidad desde 1613. En medio de este desorden declararon por segunda vez la huelga general.

Las federaciones de Tucumán, La Plata, Buenos Aires y Santa Fe se solidarizaron y declararon también la huelga general; es decir, la agitación universitaria se volvió nacional. A partir de la votación de rector de la Universidad de Córdoba, que culminó con la derrota de Martínez Paz, el programa estudiantil empezó a radicalizarse en términos de reivindicaciones universitarias, a estructurarse más coherente en lo político y a buscar nuevas bases de alianza social, ensanchando también las limitadas fronteras de la provincia.

Dos días después, los estudiantes de la Federación Universitaria impidieron un segundo intento de Antonio Nores de asumir su cargo, al impedirle entrar a la universidady declarar:

Que el Dr. Antonio Nores carece de autoridad moral para calificar a la juventud, desde que en todo momento no ha procurado sino hostilizarla en toda forma, aceptando medidas dictatoriales y arbitrarias en el ejercicio de un poder que había sido usurpado por la intriga y por la insidia de camarillas demasiado conocidas (carpeta 2, doc. sin núm.).

En medio de esta agitación general, los estudiantes se vieron obligados a buscar nuevos aliados: consiguieron el apoyo de las organizaciones obreras de Córdoba y empezaron a formar comisiones mixtas de estudiantes y obreros. Este contacto con las clases populares propició que los estudiantes ampliaran su panorama ideológico. En sus discusiones pasaron de los problemas puramente académicos a temas educativos en general, a la situación económica del país y a sus consecuencias sociales. En la ideología y la retórica reformista, la renovación universitaria se entrelazó con la integración de la cultura de la nación; renovación social, democracia, laicismo, anticapitalismo, solidaridad con las luchas obreras, latinoamericanismo como empresa continental común y la denuncia del imperialismo y de las oligarquías aliadas a él como factor de dependencia y atraso constituían su panorama político. La idea de la solidaridad social les dejó entender la importancia de la extensión universitaria, aunque no llegaron a fundar universidades populares, como harían los estudiantes cubanos y peruanos.

Destacados intelectuales liberales, anticlericales y socialistas como José Ingenieros, Alejandro Korn, Manuel Ugarte y Telémaco Susini se pronunciaron públicamente a favor de la reforma universitaria. El líder socialista Juan B. Bustos visitó Córdoba en esos días y a su regreso a Buenos Aires defendió en la Cámara de Diputados la reforma universitaria.

El 21 de junio, después de seis días de huelga, los estudiantes publicaron en la Gaceta Universitaria el documento clave de la reforma de Córdoba, el Manifiesto liminar, redactado por Deodoro Roca y firmado por la mesa directiva de la Federación Universitaria de Córdoba. Este documento ha sido citado muchas veces, y se sigue citando hasta la fecha. El Manifiesto iba dirigido a los “hombres libres de Sudamérica” y decía:

Hombres de una república libre, acabamos de romper la última cadena que, en pleno siglo XX, nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que quedan son las libertades que faltan. Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana (Portantiero, 1978: 131).

Ante el fracaso de la elección del rector, los estudiantes dejaron de confiar en la capacidad del profesorado de propiciar una reforma radical en la universidad, lo que les llevó a pedir, en el mismo Manifiesto, “un gobierno estrictamente democrático y… que el demos universitario, la soberanía, el derecho a darse el gobierno propio radica principalmente en los estudiantes”. El documento reflejaba una ampliación del panorama ideológico de los estudiantes, en el sentido de que: 1) sus anhelos empezaron a tener una dimensión americana, no solamente argentina; y 2) se incluyó la consigna de un gobierno tripartito en la universidad, compuesto por profesores, estudiantes y graduados.

En los actos callejeros que organizó la Federación de Estudiantes de Córdoba en los días siguientes hablaron oradores de la Universidad de Buenos Aires, entre ellos Alfredo Palacios. En el mitin del 23 de junio se leyó la orden del día de la Federación Universitaria de Córdoba, que contenía el primer programa político de la reforma y reflejaba el mesianismo americano y juvenil de reforma:

…considerando: que el nuevo ciclo de civilización que se inicia, cuya sede radicará en América, porque así lo determinan factores históricos innegables, exige un cambio total de los valores humanos y una distinta orientación de las fuerzas espirituales, en concordancia con una amplia democracia sin dogmas ni prejuicios; que corresponde a las generaciones nacientes realizar esas grandes aspiraciones colectivas y marcar con claridad las rutas que deben seguir los países jóvenes como el nuestro para el logro de aquellos anhelos (Portantiero, 1978: 136).

El 30 de junio se organizó una manifestación más grande que las anteriores, pero fue reprimida violentamente por la policía. El 3 de julio se reunieron los principales actores del movimiento en la casa de Ceferino Garzón para hablar de los nombramientos y formalidades dentro de la Federación: Cortés Plá, el delegado de Ingeniería, asumió la secretaría, y Enrique Barros, la presidencia del movimiento.

Posteriormente, Cortés Plá y Barros se fueron a Buenos Aires para gestionar una salida para el movimiento de Córdoba. El contacto con sus compañeros cordobeses se mantenía mediante telegramas en los que se insistía en los constantes actos públicos y se saludaba “al triunfo de la verdad, honestidad y carácter representados por la juventud de Córdoba” (carpeta 1, doc. 19). El 10 de julio, Barros escribió: “imposibilitado dar detalles últimas gestiones por haber comprometido discreción. Puedo sin embargo llevar espíritus compañeros Córdoba seguridad absoluta triunfo definitivo causa juventud” (carpeta 1, doc. 17). Dos días más tarde envió una misiva a la Federación diciendo, “Bajo la fe de mi palabra de caballero que Nores no es ni será rector” (carpeta 1, doc. 23) y el 19 de julio terminó su telegrama con la siguiente frase: “mucha Unión y fuerza que Nores marcharase” (carpeta 1, doc. 16).

El presidente Yrigoyen siguió en todo momento y con mucho interés los acontecimientos en Córdoba, de tal forma que el 12 de julio se entrevistó por dos horas con Enrique Barros y con Cortés Plá, presidente y secretario de la Federación, a puertas cerradas. Según el telegrama de Cortés, el presidente argentino expresó en todo instante simpatías por la juventud y le permitió a Barros expresarle con entera libertad opiniones y sucesos de Córdoba (carpeta 1, doc. 24). Al salir de esta reunión, Barros redactó un telegrama a Horacio Valdés diciendo:

No hay por momento otra solución oficial que cimiente, redacta enseguida nota a salinas informándole clausura universidad y profundos trastornos producidos anterioridad y solicitando envío interventor para que bajo garantía poder federal se realice elección rector por ser insanablemente nula la que dio triunfo Nores (carpeta 1, doc. 25).

El Primer Congreso Nacional de Estudiantes, convocado por la Federación Universitaria Argentina para dar más fuerza a la organización estudiantil a nivel nacional, y para formular el programa de la Reforma, se reunió en Córdoba del 20 al 31 de julio. Su tema era la organización y orientación que deberían tener las universidades argentinas. Esto suscitó una gran discusión entre dos facciones de la Federación de Estudiantes: la primera veía a la reforma universitaria dentro de los límites de la universidad, como un asunto meramente académico, y la otra consideraba que una reforma universitaria no podía existir sin una reforma de la sociedad entera. El congreso en su conjunto se inclinó por la primera opción, es decir, ocuparse solamente de los problemas universitarios y formular un proyecto de Ley Universitaria y Bases Estatutarias. Este proyecto incluía: la democratización de la enseñanza, la libertad de cátedra, las cátedras paralelas, la docencia libre, la periodicidad de cátedra para su renovación y actualización, los concursos públicos para la provisión de cargos, la publicidad de los actos universitarios, y la aplicación necesaria del método científico. Todo ello presuponía una autonomía universitaria en lo académico: la libertad de cátedra, la designación de las autoridades universitarias, la determinación de los planes de estudio, etcétera, con la única limitante del presupuesto que el Estado le entregaría a la Universidad. Curiosamente, se reclamaba indirectamente una “autonomía”, pero sobre la base del rechazo de otra “autonomía” vigente, que ya no era compatible con los tiempos. La universidad se había organizado

…sobre un concepto de “soberanía” fundada “sobre una especie de derecho divino”: “el derecho divino que ejercía el profesorado universitario”. Se trataba de un profesorado que ejercía un poder autónomo dentro de categorías sociales y políticas derivadas de antiguas corporaciones coloniales (Roig, 1981: 131).

Otra de las innovaciones en este proyecto eran las cátedras libres.

El congreso estudiantil de Córdoba estaba apoyado por mítines de estudiantes en Buenos Aires. Para entonces el movimiento reformista de Córdoba había organizado federaciones estudiantiles en toda Argentina, por lo que llegaban telegramas de otras federaciones en apoyo a los estudiantes cordobeses (carpeta 1, doc. 8, 10 y 37) y reportando las manifestaciones hechas en sus respectivos lugares (carpeta 1, doc. 10 y 14). Éstos ya habían formulado un proyecto de ley para la universidad y tenían fuertes aliados fuera de la universidad. Pero ésta seguía cerrada, los estudiantes mantenían la huelga, el nuevo rector no había podido tomar posesión y quedaban pocos profesores. Para resolver esta situación, los estudiantes buscaron nuevamente la intervención del gobierno de Irigoyen, ya que su conflicto no era con el gobierno, sino con el profesorado del antiguo régimen, que pretendía burlar las reformas oficiales. Ellos sabían que la intervención del Estado era decisiva para el triunfo del movimiento reformista.

El 2 de agosto, el presidente H. Irigoyen nombró como nuevo interventor en la Universidad de Córdoba a Telémaco Susini, un intelectual que desde el principio se había solidarizado con el movimiento de Reforma. Esta decisión provocó la protesta y la crítica de todos los círculos conservadores y clericales. Susini nunca llegó a Córdoba, pero el 7 de agosto renunció el rector Antonio Nores, que no había podido tomar posesión gracias al movimiento reformista, y se nombró al vicerrector Belisario Caraffa para este cargo. Sin embargo, tampoco este nombramiento duró mucho: el 14 de agosto no sólo renunció él a su cargo, sino también los decanos de las facultades de Derecho y Ciencias Sociales, Julio Echegaray; el de Ciencias Médicas, Eliseo Soaje; y Vicente Vázquez de Novoa, de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

Los estudiantes sabían que solamente por medio de manifestaciones callejeras podían presionar al gobierno a intervenir en su favor, de manera que el 15 de agosto volvió a estallar el conflicto: en la madrugada los estudiantes derribaron la estatua de un profesor que era símbolo de clericalismo en la universidad cordobesa. Esto provocó la protesta del obispo de Córdoba y de los círculos religiosos, los cuales organizaron al día siguiente una manifestación de rechazo a los estudiantes; con esto intentaban presionar a las autoridades municipales a favor de una mayor intervención policíaca. El 16 de agosto anunció Barros en un telegrama a Córdoba el envío de Susini (carpeta 1, doc. 38). Sin embargo T. Susini seguía en Buenos Aires, por lo que la Federación de Estudiantes de Córdoba organizó una manifestación de 15 mil personas. Mientras tanto, Irigoyen había superado las dificultades políticas que le había provocado la designación de Telémaco Susini y nombró en su lugar al ministro de Instrucción Pública, José S. Salinas, como interventor en la Universidad de Córdoba. Pero también Salinas tardó en llegar a Córdoba. Esta tardanza en la resolución de los problemas universitarios llevó a los líderes estudiantiles, en especial a Barros, a problemas económicos: el 29 de julio había rechazado en Buenos Aires aceptar dinero “Me sobra dinero y dignidad” (carpeta 1, doc. 35), pero el 17 de agosto pidió a sus compañeros cordobeses en el telegrama 2231 (carpeta 1, doc. 40), que vendieran su motocicleta y sus muebles para constituir un fondo de guerra.

Ante esta inactividad, ya que la Universidad seguía cerrada, el 9 de septiembre los estudiantes reformistas decidieron abrirla, nombrar sus propias autoridades y normalizar las clases.

Que mientras llega la intervención nacional confiada al señor Ministro de Justicia e Instrucción Pública… las dificultades apuntadas colocando la Universidad bajo la superintendencia de la federación y nombrando ésta profesores interinos que dicten cursos de acuerdo a los programas oficiales y preparen a los estudiantes para las pruebas finales que decretará la intervención. La Federación Universitaria decreta:

  1. Asumir la Dirección de la Universidad Nacional de Córdoba.
  2. Encargar a los ciudadanos Horacio Valdés, Enrique Barros e Ismael Bordabehere la dirección de las facultades de Derecho, Medicina e Ingeniería respectivamente y nombrar secretario general al Sr. L. Ruiz Gómez.
  3. Los ciudadanos nombrados ejercerán conjuntamente la presidencia de la Universidad y procederán a proponer la designación del profesorado interino.
  4. Suspender la huelga y convocar a los estudiantes para que asistan al acto de la asunción del mando.
  5. Clausurar los archivos, reabrir las bibliotecas, encomendar a los estudiantes la mayor compostura y discreción durante el funcionamiento de las clases y su permanencia en la Universidad.
  6. Todos los actos de los decanos serán previamente comunicados a la federación.
  7. Remitir comunicación telegráfica al señor interventor expresándole que habiendo tomado la Universidad esperamos la reciba a la mayor brevedad posible.
  8. Invita al pueblo a concurrir a la inauguración de las clases.

Córdoba libre, septiembre 9 de 1918 (carpeta 1, doc. 215).

Las nuevas autoridades empezaron inmediatamente a nombrar nuevos profesores y personal universitario; sin embargo, la policía y el ejército impidieron la ceremonia de inauguración de los cursos y se llevaron detenidos a 83 estudiantes por algunas horas. Este mismo día llegó José S. Salinas a Córdoba para intervenir en el conflicto. Inmediatamente aceptó la renuncia de todos los profesores y nombró catedráticos de la universidad a los graduados que habían simpatizado con la Reforma, entre ellos Deodoro Roca.

En los nuevos estatutos de la universidad aprobados por Salinas se incluyeron las dos principales proposiciones del Congreso de Estudiantes: la docencia libre y la participación de los estudiantes en el gobierno de la Universidad. Estas decisiones del secretario de Instrucción Pública modernizaron a la Universidad de Córdoba y terminaron con el movimiento estudiantil. De esta manera se abrió la Universidad a sectores más amplios de alumnos, sin consideración de su origen y posición social, y se dio acceso a la enseñanza universitaria a todos los intelectuales competentes, independientemente de su ideología. El movimiento de reforma universitaria en Córdoba logró:

  1. la elección de los cuerpos directivos de la Universidad por la propia comunidad universitaria y la participación de sus elementos constitutivos: profesores, graduados y estudiantes;
  2. los concursos de oposición para la selección del profesorado y periodicidad de las cátedras;
  3. la docencia libre;
  4. la asistencia libre;
  5. la modernización de los métodos de enseñanza;
  6. la asistencia social a los estudiantes y, con ello, una democratización del ingreso a la universidad.

Con el fin de absorber las tensiones sociales, a partir de estas reformas la universidad cordobesa, y posteriormente los demás centros de educación superior argentinos, fueron vinculados al sistema educativo nacional, ya reformado por el gobierno de Irigoyen.

Después de los meses de invierno 1918, tan conflictivos en la Universidad de Córdoba, y de las consecuencias que esta etapa tuvo en la vida estudiantil -y la vida de la ciudad- no fue fácil regresar a la “normalidad” universitaria: los estudiantes presionaban para que se aplicaran los logros de su movimiento y un grupo de profesores del viejo régimen trataba de impedir, por ejemplo, el voto estudiantil. Podemos decir que los años de 1918 a 1923 fueron de gestación de los postulados reformistas: principalmente, convertir una universidad tradicional y clerical en una universidad autónoma, con la participación de sus actores en la toma de decisiones, así como la reforma de los planes de estudio y la instalación de profesores por medio de concursos de oposición. Los años de 1923 a 1928 se pueden considerar como el periodo de consolidación de la Reforma, aunque fueron acompañados por ataques continuos de los enemigos de la Reforma y por intentos de contrarreforma.

A pesar de las dificultades de establecer las reformas en la Universidad de Córdoba, en estos años siguientes a la Reforma, la chispa de las exigencias del movimiento estudiantil, y en especial la demanda de una autonomía universitaria para las universidades del continente, ya se habían extendido a muchas universidades latinoamericanas y ya no era posible olvidarlas.

CONCLUSIONES

El movimiento estudiantil de Córdoba en 1918 fue una confrontación entre una sociedad que comenzaba a experimentar cambios en su estructura interna, y una universidad, reducto del colonialismo.

Con la Reforma de Córdoba se creó una nueva conciencia universitaria y social, se afirmaron los valores propiamente latinoamericanos y se inició el proceso de democratización de las universidades latinoamericanas. Sin lugar a dudas, el movimiento reformista logró democratizar el acceso a la universidad por medio de ayuda social a estudiantes y de la implantación de la asistencia libre y horarios flexibles. Esto benefició, sobre todo, a los hijos de las clases medias emergentes, que trabajaban y estudiaban al mismo tiempo; las clases populares y las mujeres, en cambio, siguieron en gran parte excluidas de los estudios superiores. La nueva clase media apoyó el movimiento reformista, ya que estaba deseosa de escapar de su proletarización y de alcanzar posiciones hasta entonces reservadas a la burguesía y a la oligarquía terrateniente.

El movimiento reformista de Córdoba fue un movimiento espontáneo, sin ideología inicial clara, pero que maduró con el avance de la huelga. Sus ideas muestran las influencias de las corrientes filosóficas de esos años y las ideas de algunos pensadores americanos. Había ideas liberal-burguesas, anticlericales, antiimperialistas, socialistas y hasta anarquistas; todo ello se mezcló en la búsqueda de una respuesta americana al problema de la universidad y la sociedad.

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1 La Universidad de Córdoba fue fundada en 1613 como Colegio Máximo, la de Buenos Aires en 1821, la de La Plata en 1905, la Universidad de Santa Fe en 1889 como Universidad Provincial, y la de Tucumán en 1921.

2Un tratamiento más amplio de este tema se encuentra en Renate Marsiske, “Se alquila por inútil”: la Universidad de Córdoba, el barrio Clínicas y la vida de los estudiantes de medicina (1917-1918)”, en Armando Pavón (coord.), Libertades universitarias en el mundo hispánico. Siglos XVI al XX, en prensa

3Según Miguel Bravo Tedin, esta casa de estudiantes en la calle de Santiago de Compostela duró hasta el año de 1936. Después, a partir de 1952, sus antiguos habitantes se reunieron cada 21 de septiembre durante años; más adelante incorporaron a los hijos de algunos miembros fallecidos y, como dice uno de ellos, ninguno de ellos es pobre.

4Tanto las carpetas como los telegramas citados se encuentran en la Caja Reforma Universitaria, Archivo General de la Universidad de Córdoba.

5La Corda Frates era una congregación semiclandestina integrada por las altas autoridades eclesiásticas y políticas, jueces y universitarios, que controlaba todos los aspectos de la vida cordobesa y, por supuesto, de la Universidad.

* Investigadora titular del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación (IISUE) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) (México). Doctora en Estudios Latinoamericanos. Investigadora Nacional nivel I. CE: marsiske@unam.mx

Fuente:
Perfiles educativos vol. 40 no. 161 Ciudad de México
Julio/Septiembre 2018

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