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06/02/24
Las bibliotecas patriotas en las revoluciones independentistas
Por Luis Oporto Ordoñez

Las bibliotecas fueron cultivadas por la élite ilustrada colonial de Charcas, pero curiosamente traspasó las fronteras sociales para estar al alcance de indígenas. Un caso singular es el de Mariano Tituataunchi, indio noble de Copacabana, “descendiente de la estirpe de los antiguos soberanos del Perú”, quien recibió educación en el Cusco, por lo que “escribía y leía el latín casi con perfección”, fue amigo de la causa patriota, “en correspondencia con todos los demás próceres de la independencia, trabajó con toda entereza de su alma por los intereses de su patria”, de quien da noticias Aranzáes.

Los patriotas poseían sendas bibliotecas que contenían obras de pensadores franceses e ingleses, por ejemplo El Contrato Social de Rousseau y otros que trataban ideas prohibidas por España, como la soberanía popular, la división de poderes en el gobierno de las naciones, doctrinas consideradas “peligrosas” que se leían en clubes secretos de patriotas rebeldes, “contrariando las prohibiciones, no solo se persistió en la lectura de las obras que contenían aquellas doctrinas, sino que se leyeron los documentos de ambas revoluciones (francesa y norteamericana)“. La Declaración de los derechos del hombre, promulgada por la Asamblea Constituyente de París, fue traducida por Antonio Nariño: circuló en buena parte de América, como lo demuestra Henríquez Ureña.

Se sabe también que el patriota paceño Pedro Domingo Murillo empezó a formar una selecta librería en 1797, llegando a acopiar 82 ejemplares, los que fueron incautados en agosto de 1805, al igual que la biblioteca bien nutrida de Gregorio García Lanza que “llevan un sello especial” de procedencia, según Sotomayor, “con 827 volúmenes que secuestró Guerra en la casa de Bernardo Callacagua, donde se halló”.

En Argentina notable labor cumplió aquella imprenta de la Casa de Niños Expósitos, entre 1781 y 1825, época en la que publicó 583 títulos, que se conservan hoy en la Biblioteca Pública de la Universidad Nacional de La Plata y en el Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires. Durante la guerra de la Independencia argentina fue bastión de ideas de la Junta Patriótica que dio a luz escritos incendiarios en sus prensas: “La Revolución de Mayo fue una revolución profundamente humanista en cuanto se produce como resultado de una esperanza de libertad y auténticamente legal […] fundamentos legítimos [que] no pudo la imprenta sino defenderlos […] como el camino natural de la expresión de las ideas, de las esperanzas y, como se ha dicho, de la libertad del hombre como ser pensante, consciente de su posición vital y su destino”.

Agustín José Donato, regente de dicha imprenta, adhirió a la causa patriótica, integrando el club clandestino la Sociedad de los Siete, poniendo a disposición de la Junta la imprenta en la que publicó El Contrato Social de Juan, con prólogo del fogoso Mariano Moreno, y la Gazeta de Buenos Aires, el primer periódico político sudamericano, el 7 de junio de 1810, en el que Moreno profetizó “el derecho y la libertad de escribir no es otra cosa que la libertad de imprenta”. La Gazeta llegó a imprimir 781 ediciones de las cuales 241 traían suplementos. Fue dirigida por Mariano Moreno, el Dean Funes y Vicente Pazos Kanki, el Español Americano, entre otros. Pasó a denominarse como Imprenta del Estado en 1825.

Moreno nació en Buenos Aires el 23 de septiembre de 1778. Fue abogado, periodista y político de las Provincias Unidas del Río de La Plata (actual Argentina). Estudió en la Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca, donde abrazó los ideales de Rousseau. Fue secretario de la Primera Junta Revolucionaria. Ideólogo de esa Revolución, abogado defensor de los derechos de los indios. La Junta lo designó para que redactara el Plan de Operaciones y el Proyecto de Estrategia Política de la Revolución (junio de 1810). Falleció en altamar, el 4 de marzo de 1811, cuando viajaba rumbo a Gran Bretaña a bordo de la goleta inglesa Fame.

La biografía de Vicente Pazos Kanki es impactante. Nació en Larecaja, en 1799, y murió en Buenos Aires, 1852. Hijo de español y mujer aymara. Estudió Teología y Filosofía en La Paz, se doctoró en Derecho y Cánones en la Universidad San Antonio Abad del Cusco y se ordenó sacerdote. Fue apasionado político independentista, escritor y periodista. Participó activamente en la Revolución de Mayo, en Buenos Aires, donde dirigió la Gazeta de Buenos Aires, el primer periódico político de esa época. Más tarde fundó El Censor. En octubre de 1812 salió al exilio a Londres, donde pasó cuatro años, abandonó sus hábitos y se dijo que se casó con una inglesa. Vivió también en Baltimore, París, Lisboa y Madrid. Tradujo el Acta de la Independencia al aymará y la publicó en La Crónica; escribió un Compendio de la Historia de los Estados Unidos en París y tradujo el Evangelio según San Marcos al aymará. Regresó a Buenos Aires en 1816 llevando consigo una imprenta, con la que se dedicó a publicar dos periódicos, “con la curiosidad de que uno de ellos, La Crónica Argentina, era netamente republicano, mientras que el otro, El Observador Americano, dirigida por Manuel Antonio Castro, era partidario de la monarquía”. Fue defensor de la Confederación Perú-Boliviana, por lo cual Andrés de Santa Cruz lo nombra Embajador en Londres (1829-1838). Allí escribió Memorias Histórico Políticas, una historia del descubrimiento, conquista y coloniaje de América en la que acusa de todos los males a España.

El general José de San Martín fue otro prócer que cultivó el arte de formar su librería. El historiador Felipe Pigna, que estudió la biografía de San Martín “en Archivos de Chile, Perú, España y Bélgica… [menciona] cosas interesantes, relacionadas con cómo se va formando políticamente. La biblioteca que construyó con pensadores como Rousseau y Montesquieu tiene mucho que ver con sus prácticas políticas”, descubre la faceta de San Martín de promotor de la cultura que “armaba sus bibliotecas y a veces las donaba, como la de Lima. En las reventas conseguía libros de referencia personal”. Tenía afición por la literatura y fue un gran lector de Don Quijote de la Mancha, obra de la que coleccionaba distintas ediciones en español y otros idiomas.

Fuente:
La época

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