De Madrid a Tirana, pasando por Lisboa, Dublín, Bruselas, París o Roma, las capitales europeas se ven marcadas por un nuevo ciclo de movilizaciones que cuestionan el modelo económico del capitalismo: Los jóvenes europeos convierten las calles en un campo de batalla político para ganar el futuro
En todos los casos, la problemática central es la brutal reducción de las capacidades del Estado para dar servicios adecuados a la población y para garantizar los derechos fundamentales a la educación, la vivienda, la salud y la alimentación. Al margen de sus especificidades nacionales, lo que articula este otoño caliente en buena parte del continente europeo es la continuación y la profundización de las políticas neoliberales de “adelgazamiento” del sector público.
A ello se agrega el factor coyuntural de la guerra en Ucrania, cuyo gobierno ha sido sostenido durante cuatro años y medio por los países de la Unión Europea, los cuales han invertido cientos de miles de millones de euros con tal de evitar una victoria rusa. La masiva fuga de recursos hacia ese conflicto, definido por muchos analistas como una confrontación delegada entre la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y Moscú, ha implicado el desvío de dinero de las políticas de bienestar hacia la insaciable necesidad de armamento por parte de Kiev.
También debe añadirse el incremento generalizado de precios, pero especialmente agudo en el caso de los hidrocarburos, causado por esa conflagración y por la explosiva situación en el Golfo Pérsico que generó la agresión militar de Estados Unidos e Israel contra Irán. Los gobiernos deuropeos, con la excepción del español, han respondido a las expresiones de descontento con estrategias represivas brutales que no han hecho más que echar combustible al incendio social.
Los analistas coinciden que, en última instancia, la responsabilidad de la violencia que se ha apoderado de las calles europeas corresponde a autoridades insensibles e irresponsables que han dado prioridad a una guerra ajena por sobre las necesidades y derechos de sus poblaciones y que han ejercido contra ellas la violencia primigenia al negarles derechos básicos y condiciones mínimas de salud, estudio, trabajo y vivienda.
El presidente estadounidense Donald Trump y el vicepresidente JD Vance vincularon los disturbios en Francia a la migración e instaron a cerrar fronteras en el país europeo. “La inmigración de personas procedentes de un mundo totalmente diferente, personas con odio en el corazón, ha destrozado ese país que en su día fue grande”, afirmó Trump. “¡Cierren sus fronteras y tomen el control antes de que sea demasiado tarde!”, agregó. El sábado, Vance señaló a la migración como responsable de la violencia en las manifestaciones en Francia y acusó a la oposición demócrata de su país de querer “el mismo futuro” para Estados Unidos.
El movimiento por el acceso a una vivienda digna y a unos servicios públicos de calidad recorre Europa. Las acampadas que comenzaron en Madrid el 26 de septiembre se han replicado en otras grandes ciudades, como Roma, Lisboa, Oporto, París, Milán o Dublín. Italia, Albania, Bélgica y Portugal se vieron sacudidas de nueva cuenta ayer por nuevos disturbios y actos represivos, tras la jornada de protestas masivas d el sábado en Francia, donde el presidente, Emmanuel Macron, se vio desbordado por los acontecimientos a seis meses de la elección presidencial prevista para el año próximo.
Incapaz de ofrecer una respuesta de fondo al descontento social que recorre el país, y que ha tenido por epicentro las movilizaciones estudiantiles que demandan acciones concretas para restaurar un sistema educativo en ruinas, el gobierno ha reaccionado de manera doblemente equívoca: mientras que el jefe de Estado anunció la imposición de severas limitaciones a las manifestaciones, su primer ministro, Sébastien Lecornu, buscó criminalizar al candidato presidencial de izquierda Jean-Luc Mélenchon, dirigente de La Francia Insumisa (LFI), a quien atribuyó la responsabilidad de la violencia que se ha desatado.
En Bélgica la irritación por la creciente precariedad de la enseñanza pública ha sido articuladora del descontento por la crisis económica, la carestía y la falta de vivienda, mismas razones que alientan las movilizaciones en Italia. A ellas se suman, en Albania, el repudio a la corrupción y la inseguridad y los reclamos por un proyecto turístico depredador en el que está involucrado Jared Kushner, yerno de Donald Trump. En Portugal y España, el centro de gravedad de la exasperación social es la falta de viviendas dignas a precios accesibles y el desamparo de los inquilinos ante leyes y reglamentos redactados para favorecer a los arrendadores.
En todos los casos, la problemática central es la brutal reducción de las capacidades del Estado para dar servicios adecuados a la población y para garantizar los derechos fundamentales a la educación, la vivienda, la salud y la alimentación. Al margen de sus especificidades nacionales, lo que articula este otoño caliente en buena parte del continente europeo es la continuación y la profundización de las políticas neoliberales de “adelgazamiento” del sector público.
A esa necedad ideológica y pragmática –porque su aplicación beneficia, en última instancia, a entidades privadas que se ofrecen a remplazar los servicios públicos que los gobiernos ya no son capaces de ofrecer– se agrega el factor coyuntural de la guerra en Ucrania, cuyo gobierno ha sido sostenido durante cuatro años y medio por los países de la Unión Europea, los cuales han invertido cientos de miles de millones de euros con tal de evitar una victoria rusa.
La masiva fuga de recursos hacia ese conflicto, definido por muchos analistas como una confrontación delegada entre la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y Moscú, ha implicado el desvío de dinero de las políticas de bienestar hacia la insaciable necesidad de armamento por parte de Kiev. A ello debe añadirse el incremento generalizado de precios, pero especialmente agudo en el caso de los hidrocarburos, causado por esa conflagración y por la explosiva situación en el Golfo Pérsico que generó la agresión militar de Estados Unidos e Israel contra Irán.
Para colmo, los gobiernos del viejo continente, con la excepción del español, han respondido a las expresiones de descontento con estrategias represivas brutales que no han hecho más que echar combustible al incendio social. En última instancia, la responsabilidad de la violencia que se ha apoderado de las calles en diversas ciudades europeas corresponde a autoridades insensibles e irresponsables que han dado prioridad a una guerra ajena por sobre las necesidades y derechos de sus poblaciones y que han ejercido contra ellas la violencia primigenia al negarles derechos básicos y condiciones mínimas de salud, estudio, trabajo y vivienda.
El presidente francés Emmanuel Macron pidió calma y llamó a no confundir a los vándalos con los manifestantes que expresan demandas “legítimas”, mientras escala la represión contra los estudiantes en París, donde denuncian el deterioro de la educación pública al tiempo que aumenta el gasto militar. El gobierno francés anunció que impondrá toques de queda nocturnos en determinadas zonas de París y en otras ciudades y municipios. Mientras, cientos de personas en París y Marsella fueron enfrentadas por la policía, que intentó dispersarlos con gas lacrimógeno y granadas aturdidoras para impedir los intentos de saqueo de comercios.
Francia sufrió uno de sus peores días de disturbios en años, con protestas a nivel nacional por los altos precios y el deterioro de los servicios públicos, que dejaron un manifestante muerto, 2 mil 397 detenidos y tiendas saqueadas o dañadas en todo el país; mientras, se produjeron nuevos enfrentamientos en París y Marsella, donde la policía antidisturbios intervino para impedir los intentos de saqueo de comercios.
En Bruselas continúan las protestas contra los recortes y las políticas de austeridad. La Policía belga detuvo este sábado a 200 personas que participaron en las movilizaciones. También Fuera de la Unión Europea (Ue), pero dentro del continente, Albania lleva una semana imbuida en manifestaciones estudiantiles que piden la dimisión de su primer ministro.
En Europa occidental, todos los estados cuentan con su propia genealogía de movimientos por la vivienda. No es que haya una organización internacional establecida, sino que «ante un repertorio de protesta que se pone en juego, como es el caso de la acampada, se replican». Es por ello que en Oporto yLisboa cientos de personas acampan contra el Gobierno conservador de Luís Montenegro, a quien acusan de favorecer los intereses de los propietarios inmobiliarios frente a las necesidades de la población.
En París, el presidente Emmanuel Macron llamó anoche a la calma, y cuestionó: “al ver estas imágenes, todos nos hemos preguntado: ¿qué les pasaba por la cabeza? ¿cómo pueden los franceses hacerle esto a Francia?” Macron culpó de los disturbios a “elementos insurreccionales de grupos radicales de extrema izquierda, a los que se sumaron numerosos delincuentes”, y advirtió que “quienes saquearon tendrán que pagar por los daños, y quienes buscaron derribar la República rendirán cuentas”.
Pidió no “confundir” a los vándalos con los cientos de miles que llevaron a las calles sus reivindicaciones “legítimas” en manifestaciones multitudinarias y prometió “ayudas rápidas” a los comerciantes afectados por los saqueos, que continuaron ayer. Ordenó a los prefectos –encargados de las fuerzas policiales– trabajar con los alcaldes para proteger los edificios públicos y los negocios en las próximas semanas, “incluso prohibiendo ciertas reuniones cuando sea necesario”. Asimismo, exigió al ministro del Interior, Laurent Nuñez, “que extraiga todas las lecciones necesarias respecto a la recopilación de información y la previsión de este tipo de sucesos, y que tome medidas para asegurar que algo así no vuelva a ocurrir”.
A seis meses de las elecciones presidenciales en Francia, Macron anunció que en los próximos días se reunirá con diversas organizaciones para buscar soluciones a la crisis y planteó un diálogo sobre las preocupaciones de la juventud. “Nuestro país merece unas buenas elecciones presidenciales” y debates “con los partidos y no en la calle mediante la violencia”, sostuvo. La líder ultraderechista Marine Le Pen criticó un “poder macronista exhausto, agotado, desorientado” y se refirió a la situación como “una profunda crisis de confianza y de autoridad que hace pesar una amenaza sobre la democracia”.
Su rival de izquierda radical Jean-Luc Mélenchon, a quien el gobierno y Le Pen acusan de alentar las protestas, llamó a Macron a responder a las reivindicaciones de los manifestantes y a no “empeorar” la situación.
Mientras, cuentas israelíes en torno al partido español de extrema derecha Vox difundieron imágenes realizadas con inteligencia artificial de asaltos a ancianos y de robos cometidos en Estados Unidos en 2023 para acusar falsamente a los manifestantes franceses de esos delitos. El ministerio del Interior francés actualizó a 2 mil 397 los detenidos y a más de 500 los agentes heridos durante las protestas del sábado. La policía de París indicó que un manifestante murió de un ataque al corazón, mientras que la Federación de Comercio y Distribución contabilizó al menos mil 500 negocios dañados en todo el territorio.
En Italia, el Gobierno de Giorgia Meloni decidió enviar a Milán 500 soldados para garantizar la seguridad de la ciudad tras dos noches consecutivas de caos y saqueos en el centro, en una emulación de lo sucedido en Francia. Lo anunció el vicepresidente y líder de La Liga, Matteo Salvini, milanés, como parte de un decreto con nuevas medidas de seguridad que el Consejo de Ministros aprobará probablemente el martes.
Meloni ha mantenido una reunión con varios ministros y responsables de seguridad para acordar algunas decisiones, como extender el arresto preventivo a menores de edad, según los medios italianos. También se baraja la prohibición de reunirse en grupo en lugares públicos a los menores detenidos.
El día después de los disturbios en el centro de Milán, por segunda noche consecutiva, la plaza del Duomo está llena de furgones de la policía. Milán es una ciudad traumatizada, tras ver violentas escenas de grupos armados con barras de hierro que rompían escaparates y saqueaban tiendas de ropa para llevarse zapatillas de marca, o móviles en locales de telefonía, o asaltaban supermercados para robar tartas y hasta se llevaban bicicletas del Decathlon de Piazza Cairoli.
De momento, hacia las siete de la tarde se ha registrado una trifulca en Corso Vittorio Emanuele, donde un grupo de simpatizantes de la derecha había colocado una pancarta con la frase “Os remigraremos a todos”, pues parte de los participantes en los disturbios eran italianos de segunda generación, nacidos en Italia de padres inmigrantes. Contribuyeron a caldear más el ambiente unas declaraciones del famoso rapero milanés Marracash, que no es un chaval, tiene 47 años, pero es un referente de miles de jóvenes por sus letras de denuncia y en redes sociales ha escrito: “Me esperaba esta reacción desde hace tiempo y creo que estamos solo al principio. Por las buenas no cambias las cosas”.
La mayoría de las tiendas de marcas de lujo de calle Monte Napoleone, la más exclusiva de Italia, han cerrado a las dos de la tarde. Versace, Gucci, Prada, casi todas. En el llamado cuadrilátero de la moda muchos locales de todo tipo han echado también la persiana.
El problema, según explican las autoridades en los medios, es que no se sabe bien de dónde salen estos jóvenes ni qué quieren, no tienen mensajes políticos, no están organizados, acuden llamados por mensajes en Tik Tok y Telegram, y luego se mueven espontáneamente en grupos dispersos recorriendo la ciudad. Es pura rabia de descontento social. La etiqueta que les ha movilizado es simplemente “#italiainpiazza” (Italia en la calle). De hecho, se han visto en los disturbios banderas italianas, pero también palestinas y de otros países, como Albania, Marruecos y Túnez.
Muchos de estos jóvenes son de las afueras de Milán, una ciudad cada vez más rota por las desigualdades económicas, y llegan el fin de semana en tren de los municipios del norte hasta la estación Milano Centrale. En otras ciudades del norte, como Bérgamo, Brescia, Turín y Verona, se registraron también altercados la noche del sábado, además de en Bolonia, la única ciudad más al sur donde ha habido incidentes.
Fuente: Sur y Sur
