Argentina está perdiendo el miedo. La reciente movilización nacional es un símbolo claro, pese a la agresividad policial, miles salieron a las calles a reclamar sus derechos.
Ni la lluvia, ni la provocación de la falta de quorum para tratar la ley de tierras en Diputados, ni la represión ordenada por la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva (discípula de la exministra Patricia Bullrich y de quien aprendió que a los pobres hay que gasearlos y balearlos a discreción), ni las agachadas de la Suprema Corte, ni las "fuerzas del cielo" que invoca a diario el primer mandatario sionista de Latinoamérica, pudieron con la potencia del sector más consciente de un pueblo que poco a poco va entendiendo que su mejor autodefensa es la confrontación abierta y en las calles contra este gobierno impregnado de perversidad.
Se está perdiendo el miedo y eso genera irritación y cada vez más temor en los autoritarios que están acostumbrados a la docilidad de los que creen sus subordinados. La reciente movilización nacional es un símbolo de eso mismo.
Decenas de miles en Buenos Aires frente al Parlamento y cientos de miles de manifestantes en todo el país, unidos en dos reclamos fundamentales: la necesidad de que el gobierno cumpla con el financiamiento a la Universidad pública, a las que quiere hacer desaparecer por inanición, y por otro lado terminar con la amenaza de entregar las mejores tierras del país a los inversores extranjeros. A la cabeza de una nueva marcha histórica se alinearon los estudiantes universitarios junto a profesores y rectores. Acompañándolos en su protesta, un arco muy nutrido de hombres y mujeres de organizaciones sociales, sindicales y populares. A todos ellos gaseó la policía de Javier Milei, incluso cuando estaban realizando un acto totalmente pacífico en el centro de la plaza del Congreso, explicando las razones de la marcha.
Duele hasta las lágrimas tomar conciencia hasta qué punto la criminalidad gobernante ha convertido a la Argentina en una colonia, donde existe un altísimo porcentaje de pobreza que afecta en términos reales, no en las cifras mentirosas del gobierno, a más del 50 por ciento de la población, sumado a decenas de miles de trabajadores estatales y privados que se han quedado sin empleo en los últimos tres años, y un enorme porcentaje de familias de clase media para abajo, que de un día para el otro amanecieron sin vivienda, por no poder pagar el alquiler o la hipoteca bancaria. Ellos y ellas engrosan un verdadero ejército de excluidos que viven en la mismísima calle. "Tenés que andar eludiendo colchones si querés caminar por la ciudad de la furia", le decía un porteño a un periodista europeo que se asombraba de "como había cambiado en tan poco tiempo la ciudad". Ni hablar de la situación de los jubilados, con remuneraciones que no pasan de los 200 dólares mensuales en un país en que la canasta familiar supera los mil 300 verdes, o la debacle producida a nivel de la salud, con hospitales públicos donde médicos y enfermeras se convierten en héroes por seguir tratando de salvar vidas a pesar de que "falta de todo", desde las gazas hasta los analgésicos. O la caída en picada de la educación, donde docentes y alumnos se unen a diario en reclamos mínimos, que no son atendidos, y que no permiten que las clases se desarrollen normalmente. "Antes. por lo menos frenábamos la deserción escolar, porque dábamos de comer a los chicos, pero ahora lo de la comida se ha convertido en un lujo, y son pocas las escuelas que pueden ofrecerles ese alivio", relataba una maestra bonaerense.
Todas estas causas y muchas más que tienen que ver con una decisión gubernamental de llevar a cabo una guerra de clases, tratando de generar un país para pocos, y por supuesto ponerlo de rodillas ante Washington y "Tel Aviv", es lo que está sirviendo de acicate natural para que poco a poco grandes sectores de la población, descreídos de esa trampa para ingenuos que son las elecciones cada cuatro años, vuelvan a emerger con rabia en las calles, e impere en cada movilización la consigna que surgió del "Argentinazo" del 2001: "Que se vayan todos". Todos y todas, porque en la idea de acelerar el genocidio social, no hay divisiones de género, unos y otras, de la extrema derecha gobernante, se ufanan de la violencia que practican a diario.
Por eso, la bronca busca canales de actuación en donde mostrar el hartazgo frente a un gobierno que no tiene nada que envidiarle a la dictadura militar de 1976, y en ese sentido, las calles son el escenario natural para demostrar cuánto de orgullo y coraje sigue teniendo el pueblo argentino. Desafiando a la represión brutal, como la que se pude ver esta semana, donde más de 500 personas resultaron con heridas de distinta gravedad, y en que las detenciones, que cada vez ocurren con más asiduidad están abriendo un ciclo de consecuencias inevitables. No solo se está enfrentando a Milei y sus adláteres, sino que estas luchas de hoy, con los niveles de unidad y organización (dos condiciones imprescindibles) aún en desarrollo, le están advirtiendo al imperio guerrerista de Trump, que no todo le va a salir a pedir de boca como ya ha ocurrido en otros países del continente. Son tiempos duros, pero no imposibles de sortear. O como escribiera José Martí: está cerca “la hora de los hornos en que no se ha de ver más que luz”.
Por último, un párrafo para esa legión de colaboracionistas de ayer y de hoy que son los medios de comunicación hegemónicos. Los empresarios y también algunos opinadores que más que periodistas parecen representantes civiles de alguna fuerza represiva. Se sabe que siempre que ocurren grandes movilizaciones, ellos, los jerarcas de los "medios de tergiversación" se dedican a difamar a las y los luchadores, a generar matrices de opinión desfavorable a las concentraciones populares, a las huelgas o a cualquier medida de fuerza de las y los trabajadores. Lo han hecho siempre, pero desde que llegó Milei al gobierno, pueden criticar algunos dichos intragables del presidente, pero nunca dejan de hostigar a quienes le hacen frente, con los métodos que puedan, a las políticas de exterminio que plantea el capitalismo. Es lógico, se sienten amenazados, ellos también, en sus privilegios de alcahuetes del sistema.
De allí, que en cada manifestación donde entre los gases y las balas de goma, dejan un tendal de heridos, no faltan nunca aquellos que desde el relato "comunicacional", no tardan en dar voces de alarma, y a descubrir "infiltrados" por aquí y por allá. Lo dicen repetidamente e incitan a quienes los están escuchando en la TV o en la radio, a que se sumen al repudio a esos "violentos" que ellos descubren en su afán inquisidor. A partir de ese momento, con grititos histéricos "informan" que "son los mismos de siempre" y enfocan sus cámaras delatoras a los rostros desencajados por la represión, de pibes y pibas que agitan, corajudos, sus banderas frente a potentes chorros de agua con químicos de los vehículos policiales o al gas pimienta que quema los ojos, y suele dejar lesiones de todo tipo. "Infiltrados", vuelven a repetir detrás del micrófono, y le hace eco en el plató del canal otro grupo de cultores de la mentira. "Miren como tiran piedras, quién les paga para hacer esto", se pregunta el "cronista" indignado, refiriéndose a alguna baldosa que surca el aire y cae en ninguna parte. “¿Por qué no hay policías que meta presos a estos sujetos?", insiste en la pregunta, como queriendo ganar un ascenso en la comisaría del barrio. Son realmente insistentes estos sujetos que deshonran al periodismo popular, a aquel en que tanto creían maestros y militantes como Rodolfo Walsh o Enrique Walker. Se la pasan horas enteras repitiendo la imagen del joven cansado de que le tiren gases, y lo condenan de antemano, haga lo que haga, diga lo que diga. Describen el "peligro" de los "que se tapan la cara", siempre que sean hombres y mujeres de los barrios, pero nunca dicen nada de esos enmascarados recubiertos de chalecos anti balas, botas y protectores de cuero, y armados hasta los dientes que le tiran a matar a quien se les ponga delante y, sobre todo, como hacen los sionistas en Gaza, a los comunicadores y comunicadoras populares. Dan verdaderamente asco estos descubridores de infiltrados, porque nunca se los va a ver en sus pesquisas cotidianas hablar y denunciar a los verdaderos infiltrados, esos que habitan la Casa Rosada, que se codean con el FMI, con Trump y Netanyahu. Infiltrándose en toda Latinoamérica para ponerla al servicio de las corporaciones económicas saqueadoras.
Fuente: Almayadeen
