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07/07/23
Temas: Gobierno
Regiones: Bielorrusia
Un vuelo de cigüeña sobre Bielorrusia
Por Oleg Yasinsky

Bielorrusia es un país absolutamente especial. Siendo la más pequeña de las ex-repúblicas eslavas de la Unión Soviética, es la única que celebra el día de su independencia no en la fecha de su separación de la URSS, como la gran mayoría que justamente perdió con eso, su soberanía, sino el 3 de julio, un día de 1944 cuando su capital Minsk, fue liberada por el Ejército Rojo de la ocupación hitleriana. También fue en esos tiempos el principal territorio guerrillero. En ninguna otra parte de Europa, hubo más resistencia al fascismo que en las pantanosas y boscosas tierras bielorrusas, donde uno de cada cuatro de sus habitantes murieron en esta guerra. En Bielorrusia también está la fortaleza de Brest, en la frontera con Polonia, el lugar donde se llevó a cabo el más desigual y gran combate de los soviéticos contra el fascismo, que duró desde el 22 de junio con unos 400 soldados del Ejército Rojo rodeados por los nazis, que resistieron 32 días al enemigo y nunca se rindieron. Además allí estaba la aldea de Jatín, que el 22 de marzo de 1943 fue quemada por los nazis alemanes y ucranianos con todos sus 149 habitantes, entre ellos 75 niños, por su apoyo (real o supuesto) a la guerrilla soviética. Al igual que en Jatín, en Bielorrusia los fascistas quemaron 9200 aldeas con sus habitantes.

El ave nacional de Bielorrusia es la cigüeña blanca, un ser sagrado que une la tierra con el cielo, guardián de las cosechas, del fuego celestial y de todas las fuerzas naturales. También es el símbolo de la paz, sabiduría, pureza, y el eterno renacer de la vida. La cigüeña generó muchas metáforas de ese “país bajo sus alas blancas” y la clásica canción que recordamos de un popular grupo bielorruso “Pesniary” como la imagen más nítida de Bielorrusia que imaginamos desde niños, es de una cigüeña blanca que vuela sobre un nebuloso bosque al amanecer. El color de las alas de la cigüeña es también parte del nombre del país que en su traducción significa “Rusia Blanca”. La bandera de Bielorrusia es también bastante especial pues conserva sus originales colores de la república soviética, combinándolos con un bello ornamento del típico bordado nacional.

Existen países que al parecer no tienen grandes atractivos turísticos ni un especial exotismo en sus paisajes o monumentos, pero que siempre nos hacen sentir más que acogidos, atrapados por la afectuosa sencillez de su gente, que después de compartir los primeros minutos, ya nos parecen los más viejos conocidos. Mis recuerdos de la infancia son largas caminatas por los húmedos bosques bielorrusos buscando los ricos hongos anaranjados bajo las alfombras de musgo y mil pequeños arroyos en todas partes con pececitos que parecen de arrecifes de corales. Las tierras donde crece y se comen muchos platos de papa y se toma la chicha de manzana, llamada en Bielorrusia “vino”.

Durante mucho tiempo Bielorrusia existía al margen de las noticias, que para estos tiempos, sin duda, es una gran ventaja. Cuando en Rusia y en Ucrania se aplicaba la “terapia de shock” de las reformas neoliberales, el segundo presidente de Bielorrusia independiente, Alexander Lukashenko, despreciado por muchos snob que se creen intelectuales, por su imagen simplona o poco refinada, hizo un inesperado vuelco en el curso político de su país, paró las privatizaciones de las empresas del Estado, mantuvo el control y el financiamiento gubernamental de la salud, la educación y las pensiones y en los tiempos cuando el flamante capitalismo post soviético estaba muy de moda, el paisaje humano y social de Bielorrusia recordaba los tiempos de la URSS. Para aquel entonces era casi un escándalo. En las ciudades del país casi por completo desapareció la publicidad extranjera, la desatada vida nocturna de las otras ciudades ex soviéticas fue restringida con el cierre de burdeles y la lucha despiadada contra las drogasque se tomó por algunos como un ataque directo contra la democracia pero que evitó muchas muertes. En los hospitales bielorrusos a los enfermos nunca les faltó nada, los que querían estudiar, podían seguir haciéndolo absolutamente gratis, las pensiones que no eran altas por lo menos alcanzaban para vivir dignamente y los productos alimenticios bielorrusos ganaron fama de ser los de mejor calidad y más naturales, ya que Bielorrusia llegó a ser el único país con un estricto control de calidad basado en los altos estándares soviéticos.

Pero el mundo tenía que acordarse de Bielorrusia. En octubre de 2015 la escritora bielorrusa Svetlana Aleksievich obtuvo el premio Nobel de literatura por “el polifónico sonido de su prosa y la eternización del sufrimiento y de valor”. Creo que es una buena escritora. Probablemente entre un par de docenas de los mejores escritores contemporáneos de habla rusa. También tiene un innegable talento para convertir sus tres creencias: la antirrusa, la anticomunista y la anti iglesia ortodoxa, en un producto coyuntural altamente demandado por la prensa mundial que desde hace más de una década trabaja en desestabilizar el gobierno bielorruso, llamándolo la “dictadura de Lukashenko”, por desobedecer la tiranía neoliberal globalizada. En ese momento varios pensamos, que este prestigioso premio internacional sería un preludio de varios acontecimientos alejados de la literatura, y lamentablemente, no nos equivocamos.

En agosto de 2020 Bielorrusia explotó en las portadas de los periódicos del mundo con imágenes de protestas masivas multitudinarias contra su gobierno. Después de las recientes elecciones presidenciales donde el mandatario Aleksander Lukashenko, quien está en el poder desde el 1994, obtuvo, según los datos oficiales, más del 80% de votos y la candidata opositora Svetlana Tijanóvskaya cerca de un 10% pero de acuerdo a las afirmaciones de sus adversarios políticos, Tijanóvskaya habría obtenido entre un 60 y un 70% de votos, acusando al gobierno de fraude. Ahora es imposible precisar la veracidad exacta de dichas cifras. Es muy probable, que con el recurso administrativo del gobierno, el nivel del apoyo a Lukashenko en algo se infló, pero considerando la alta aprobación de la gestión del Presidente por parte de la población bielorrusa, las cifras de apoyo de su candidata difundidas por la oposición, carecen de cualquier credibilidad. El proyecto del gobierno de Svetlana Tijanóvskaya era un compilado de las típicas recetas neoliberales que azotan a la mayor parte del planeta y su principal argumento no estaba en una propuesta política diferente, sino en que “Lukashenko está en el poder demasiado tiempo”. Su campaña fue generosamente apoyada económica y mediáticamente por el occidente, que empezó a tratar al gobierno bielorruso como “la última dictadura de Europa” y en varias ciudades bielorrusas cientos de miles de manifestantes salieron a protestar contra “el fraude electoral”, lo que fue un hecho insólito para la tranquila y pacífica Bielorrusia. La reacción del gobierno fue inmediata y dura. Lukashenko acusó a los países occidentales de un complot contra la soberanía bielorrusa y un intento de golpe de estado, tal como había sucedido en Ucrania hacía sólo 6 años. Los manifestantes fueron reprimidos por la policía y miles de ellos terminaron encarcelados. Los medios del mundo no se cansaban de mostrar “las represiones de la dictadura bielorrusa”. Desde los principios de estos acontecimientos Vladímir Putin expresó su firme apoyo a su homólogo bielorruso “contra la intentona golpista”. Es interesante, que al pasar casi tres años de aquellos acontecimientos y con todo lo sucedido en la vecina Ucrania, parece existir un consenso en la sociedad bielorrusa por mantener al presidente Lukashenko pues fue la única manera de salvar el país del destino de Ucrania, el mismo que tenían preparado para Bielorrusia los “promotores de la democracia” de la OTAN. Hablo de un consenso, porque la mayoría de mis conocidos bielorrusos, que antes se consideraban opositores a Lukashenko y participaron en las protestas, ahora reconocen que su presidencia es lo mejor que le podía haber sucedido a su país en estos momentos.

Un tema aparte es el rol de Bielorrusia en el actual conflicto armado en Ucrania. Es sabido, que el gobierno de Lukashenko es un aliado cercano de Rusia. Sin embargo, Bielorrusia, a pesar de las muchas y permanentes provocaciones o presiones desde afuera, se logró mantener fuera de la guerra, y desde los primeros intentos de resolver el conflicto ucraniano de forma pacífica (los acuerdos de Minsk, firmados exactamente en la capital bielorrusa y nunca cumplidos por Kiev) siempre y con una infinita paciencia insistió en la búsqueda de soluciones negociadas. Nadie sabe más de la guerra y nadie la odia más, que el pueblo bielorruso.

La reciente solución a la crisis con la compañía militar privada Wagner en Rusia, se hizo posible primero que nada, gracias a la intervención del presidente bielorruso. “El último dictador de Europa”, en los momentos de una extrema tensión, hizo verdaderos malabares diplomáticos salvando vidas de un sinnúmero de militares y civiles rusos, y gracias al buen manejo de la situación de Vladímir Putin, quien nunca dio órdenes de abrir fuego contra los rebeldes, y por eso contó con un gran apoyo de la población, que no quería masacres fratricidas, supo solucionar la peligrosa situación de la mejor forma.

Bielorrusia actual es el mejor ejemplo de que a pesar de todos los intentos que haga Occidente para dividir y destruir a nuestros pueblos soviéticos con su cultura y la memoria común, antes de lanzar nuestros sueños hacia el futuro, siempre existe la posibilidad de rescatar y conservar lo mejor.

Fuente:
RT

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