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12/06/22
El problema de las “Edades Universales”: reflexiones acerca de una Historia Moderna y Contemporánea para Latinoamérica y el Caribe
Por Facundo Di Vincenzo

Hace más de diez quince soy docente de materias vinculadas a la enseñanza de la Historia Moderna y Contemporánea en diferentes espacios e instituciones educativas: universidades, terciarios, secundarios. Antes fui estudiante de grado y posgrado de Historia en la UBA de materias similares. Cuando releo los textos de los estudiosos sobre el tema, y al preparar las clases, siempre me molesta la ausencia de América en este periodo. Peor aún, me fastidia la forma en que se la menciona, cuando se la menciona. Intentaré explicar por qué me irritan estos autores.

A partir de la década de 1990, prácticamente a quinientos años de la llegada de los europeos a las Américas, una camada de historiadores, antropólogos, sociólogos y filósofos europeos y norteamericanos… descubrieron América. En su mayoría, provenían de corrientes de pensamiento “crítico”, se definían como superadores del estructuralismo –utilizando el léxico marxista europeo–, eran posestructuralistas o superestructuralistas. En definitiva, eran cientistas sociales que claudicaban, se rendían. Consideraban que de ahora en más el capitalismo no volvería a ser discutido. El problema era la superestructura. Algunos de ellos, como Francis Fukuyama, llegaron a escribir sobre el “fin de la historia”. Otros, sólidamente posicionados en las academias, cátedras e institutos de investigación, despilfarraban las sumas de dinero destinadas a la investigación por sus Estados para tratar temas vinculados a la corriente del “giro lingüístico”. Estos últimos, en líneas generales, sostenían que la Historia era una disciplina de la que había que desconfiar. Afirmaban que los historiadores habían leído a las fuentes, pero en su producto –el texto histórico– reproducían sus propias lógicas históricas y sociales. En síntesis, cuando uno leía un texto histórico no estaba leyendo a la fuente histórica, sino aquello que el historiador quería que el lector supiera de esa fuente histórica. Hayden White, Ricoeur, Foucault, Todorov, Wolf, Chomsky, Mary Louise Platt, lectores –y fanáticos– de Wittgenstein y Cassirer, descubrían que la Historia había sido escrita desde una mirada eurocéntrica, que se había ejercido poder sobre las otras regiones no “centrales”. Se asombraban al ver que nos habían silenciado, a nosotros, los periféricos. Al mismo tiempo, con una mirada situada en Europa, comenzaban a escribir “para nosotros” (?). Escribieron muchos libros. Hacían alusión a los campos de control académicos que cercenaban toda voz desarrollada desde fuera del centro de poder académico-científico. Otros, más místicos y espirituales quizás, se volcaron al estudio de las obras de Heidegger o a textos provenientes del lejano oriente, con el objeto de encontrar un nexo universal a toda la raza humana –infinidad de términos vinculados con estas tendencias he escuchado: Numen, Dasein, Karma, Chacras, etcétera. Así se satisfacían pensando que no somos diferentes a los europeos. Se deslumbraban al leer a Heidegger, quien transcribía la voz de un campesino, y hablaban alucinados de las enseñanzas de ese campesino, aunque extrañamente hacían oídos sordos a las diferentes voces de trabajadores y trabajadoras de nuestra América.

En definitiva, a quinientos años de la llegada de los europeos, estos autores descubrían que hacer historia, sociología, filosofía o antropología, era, y es también, hacer política. Peor aún: es sostener solapadamente determinada ideología política. Esta camada de autores, con sus trabajos vinculados a los relatos, la performance, la teoría del discurso o las resignificaciones posibles de un texto, en realidad lo que verdaderamente hicieron fue desvirtuar las verdaderas discusiones. ¿Por qué afirmo esto? Porque, sin preocuparse en estudiar y reflexionar sobre las posibles respuestas a nuestros problemas históricos más profundos, ellos –sociólogos, historiadores, antropólogos y filósofos– también fueron responsables del naufragio de nuestra región durante buena parte del siglo XX, ya que desde el campo científico que obtenía el financiamiento de los diferentes Estados latinoamericanos encuentro muy pocos autores y autoras que hayan elaborado lecturas desde nuestra región y para nuestra región. Incluso observo que la producción desde el mundo de las ciencias sociales en esos años se ha dedicado especialmente a silenciar a los autores y las autoras que han elaborado estudios, investigaciones e intervenciones vinculadas a diferentes exploraciones teóricas fundamentales para responder a nuestros problemas: el imperialismo británico-francés-norteamericano, la integración latinoamericana, las características de nuestros sistemas democráticos, las distintas constituciones nacionales, los dueños de los medios de comunicación o la discusión sobre el control los recursos naturales.

En síntesis, la gran mayoría del campo académico estatal ha silenciado las exploraciones más interesantes surgidas de nuestra región, desde los trabajos “fundantes” de Manuel Ugarte con El porvenir de Hispanoamérica (1910), Pedro Henríquez Ureña con La utopía de América (1925), Víctor Raúl Haya de la Torre en su libro Por la emancipación de América Latina (1927) o José Carlos Mariátegui en Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), hasta los textos de autoras y autores vinculados con la liberación nacional surgidos luego de las experiencias de gobiernos nacionales y populares en Latinoamérica, como Arturo Jauretche, Fermín Chávez, Juan José Hernández Arregui, Amelia Podetti, Carlos Montenegro, Jorge Abelardo Ramos, Alberto Methol Ferré, Amelia Podetti, Alcira Argumedo o Norberto Galasso, entre otros tantos.

El Pensador Nacional, escritor y político Arturo Jauretche (Lincoln, 1901-1974) cuenta en su libro de memorias Pantalones cortos (1972: 26): “Desde mi infancia, recuerdo cómo se nos embanderaba en las cosas ajenas. Era un niño tal vez un poco precoz y por eso alcanzo a rememorar las pasiones que se agitaron con la guerra ruso-japonesa [1904-1905] y después, con las Balcánicas. Más tarde, con la guerra ítalo-turca [1911-1912]. Aún recuerdo a un compañerito muerto de una pedrada en el ejército italiano que combatía con el ejército turco en las calles de mi pueblo y me duele el absurdo final que quizás me impactó para siempre. En cambio, nunca nos apedreamos por federales o unitarios, ni defendimos una esquina suponiendo que defendíamos el Paso de Obligado frente al invasor extranjero”. Ya en su infancia Jauretche descubre que algo estaba mal con la forma de ver y de vernos en el universo, de nuestro “ser en el mundo”. ¿Qué lugar tenemos en este universo? ¿Qué importancia tienen los sucesos de otras partes en nuestra vida? Por ejemplo: ¿qué hace que un niño de Lincoln, en la Provincia de Buenos Aires, muera de una pedrada defendiendo a Italia, y que otro lo ataque por responder al grupo que simpatiza con Turquía en una guerra que se produce a miles de kilómetros de la llanura pampeana? El recuerdo termina con una reflexión en donde Jauretche afirma que nunca se habían apedreado por temas propios, por cuestiones nacionales. Ahora bien, si nuestros problemas no merecen la atención que sí merecen los temas ajenos, será –como canta el jamaiquino Peter Tosh (1944-1987)– “que el mundo no fue hecho para nosotros”, aunque como dice la misma canción en otra parte: “así y todo, nosotros existimos” (Tosh, 1977). Verdadera paradoja: ¿cómo es posible que estando no estemos en el universo?

Repasemos. ¿Qué lugar tenemos en la historia universal? En otras palabras, ¿cuál es la periodicidad que aparece aún hoy en los manuales de escuela primaria, secundaria, universidades o Wikipedia? En primer lugar, comienzan a hablar de los procesos históricos de la humanidad tras la llamada Revolución del Neolítico, que se inicia hace unos 10.000 a 9.000 años, en donde grupos humanos ubicados en el continente africano pasan de ser recolectores y cazadores a ser productores de alimentos –siembran y cosechan el alimento, además de aprender a criar animales. Luego, la cronología continúa con la Edad Antigua, que comienza con la aparición de la escritura unos 3.500 años AC. En otras palabras: la prehistoria de aquí en más será el terreno para aquellos pueblos que no desarrollen la forma de comunicación escrita. Serán “pueblos sin historia”, como señala el antropólogo alemán Eric Wolf (2005). La Edad Antigua se origina en la Mesopotamia y Egipto, con las primeras formaciones urbanas, “la revolución urbana” que menciona el historiador Mario Liverani (1995). La Antigüedad finaliza con la caída del Imperio Romano de Occidente en 476 AC tras la invasión de los “bárbaros” del Este. La caída de Roma, según esta lectura, da comienzo a la edad más oscura de todas para la humanidad: la llamada Edad Media o Feudal, que debería terminar en 1492, momento en el cual los europeos “descubren” América. Sin embargo, no hay una posición definida sobre el tema, algunos historiadores sostienen que la caída del Imperio Romano de Oriente en 1453 debería marcar el corte, o la invención de la imprenta por Johannes Gutenberg en 1450. En resumen, la aparición de América no ha sido considerada como un acontecimiento trascendental para la humanidad, no ha logrado la unanimidad de los historiadores, por lo cual la Edad Moderna o Modernidad tiene tres comienzos diferentes según a quién se lea. La Modernidad finaliza con la Revolución Francesa de 1789, dando inicio a la Edad Contemporánea, que estaríamos transitando hasta nuestros días.

Como puede observarse, las edades históricas de la humanidad en realidad no atraviesan a toda la humanidad, ni siquiera a la mitad de la humanidad, sino que sus principios y finales se encuentran determinados por Europa y sus vecinos. Como escribió el historiador francés Fernand Braudel (2010), es la historia del Mediterráneo y sus contornos.

Comencemos nosotros ahora. En América la revolución del Neolítico no se produjo hace 10.000 o 9.000 años. Tampoco nos vimos afectados por la Revolución del Neolítico de las comunidades africanas, sino que los recolectores y cazadores que cruzaron el estrecho de Bering, entre Rusia y Alaska hace unos 15.000 años, desarrollaron tiempo después su propia revolución del Neolítico. En consecuencia, los habitantes de nuestro continente lograron por sí solos el paso de una economía recolectora a otra productora de alimentos hace unos 7.000 a 5.000 años. Específicamente, los arqueólogos hallaron vestigios de comunidades humanas sedentarias en el valle mesoamericano de Tehuacán, pero también en la cordillera de los Andes las comunidades desarrollan la domesticación de plantas y animales bajo relaciones sociales de producción y técnicas inéditas para la humanidad, como los casos de la comunidad ejidal en Mesoamérica (León Portilla, 1963) o el Ayllu en los Andes (Rostoworowski, 1988).

Continuemos. En nuestro continente, los primeros grandes centros urbanos surgen hace 1.700 a 1.100 años, mientras que las organizaciones estatales centralizadas políticamente en grandes extensiones territoriales aparecen entre hace 1.100 a 500 años. No tuvimos la misma cronología que la “humanidad”. No tuvimos feudalismo, y nuestra entrada a la Modernidad no fue moderna.

Entonces, deberíamos completar el incompleto razonamiento del escritor Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899-1986), quien en El escritor argentino y la tradición (1951: 203) afirma: “que no debemos temer y que debemos pensar que nuestro patrimonio es el universo; ensayar todos los temas, y no podemos concretarnos a lo argentino para ser argentinos: porque o ser argentino es una fatalidad, y en ese caso lo seremos de cualquier modo, o ser argentino es una mera afectación, una máscara”. Completemos. Ser argentino no es una afectación ni una máscara, la fatalidad es pensar que los valores, los sentidos, las categorías, los conceptos y la historia de la humanidad que han escrito unos cuantos seres del Atlántico Norte son valores, sentidos, categorías y conceptos válidos para todo el universo, y peor aún, la verdadera tragedia de Borges se encuentra en creer que nos han reconocido o ubicado en algún lugar de aquel “supuesto universo”. De allí quizás sus esfuerzos por narrar historias ajenas, como en el caso de su Historia de la eternidad (1936), Historia universal de la infamia (1954) o en El libro de arena (1975), probablemente aspirando a ser aceptado en ese exclusivo club, anhelo que ha logrado por su genialidad, sin dudas, como también por haber dejado su cuerpo en la fría Ginebra.

Bibliografía

Borges JL (1936): Historia de la Eternidad. Buenos Aires, Alianza Emecé, 1953.

Borges JL (1951): “El escritor argentino y la tradición”. En Discusión, Buenos Aires, Alianza, 1995.

Borges JL (1954): Historia universal de la infamia. Buenos Aires, Emecé, 2005.

Borges JL (1975): El libro de arena. Buenos Aires, Emecé.

Braudel F (2010): El mediterráneo y el mundo del mediterráneo en la época de Felipe II. México, Fondo de Cultura Económica.

Jauretche A (1972): Pantalones cortos. Buenos Aires, A. Peña Lillo.

León Portilla M (1963): Imagen del México Antiguo. Buenos Aires, Eudeba.

Liverani M (1995): El antiguo Oriente. Historia, sociedad y economía. Barcelona, Crítica.

Rostoworowski de Diez Canseco M (1988): Historia del Tahantisuyu. Lima, Instituto de Estudios Peruanos.

Tosh P (1977): “I am that”. Álbum Equal right, Columbia Records.

Wolf E (2005): Europa y la gente sin historia. México, Fondo de Cultura Económica.

Facundo Di Vincenzo es doctor en Historia, especialista en Pensamiento Nacional y Latinoamericano, profesor de Historia (USal, UNLa, UBA), docente e investigador del Centro de Estudios de Integración Latinoamericana “Manuel Ugarte” y del Instituto de Problemas Nacionales (UNLa), columnista del Programa Radial Malvinas Causa Central, Megafón FM 92.1.

Fuente:
Revista Movimiento

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